Las tumbas de Saint-Denis

Marzo 15, 2009

Manuel Fernández-Cuesta: “Leer en tiempos de crisis”

Archivado en: Manuel Fernández-Cuesta — max @ 6:41 pm
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Confiemos, por una vez, en las estadísticas. En nuestro país ha crecido, repiten los datos oficiales, la comunidad lectora. Esta afirmación, por sí sola, debería ser motivo de satisfacción tanto para la industria del libro, necesitada de ampliar su cuota de mercado, como para los diferentes poderes públicos, deseosos de contar, sin duda, con una ciudadanía atenta, sensible y consciente.

Las reiteradas campañas de fomento de la lectura pretenden que lo hagamos de manera alegre y gozosa, divertida y espontánea, dando por sentado que el hecho físico e intelectual de leer, con independencia de la calidad, es un valor esencial de la democracia, un nuevo activo ciudadano comparable a la igualdad o a la tolerancia ante la diversidad.

Las acciones gubernamentales de impulso del hábito son genéricas, transversales, y no especifican o promueven materias concretas, títulos o escritores. Lo contrario sería, en los regímenes democráticos, una violenta intromisión en la autonomía de la voluntad, un atentado a la libertad de pensamiento, elección y empresa. Lea, repite el ministerio correspondiente, lea. El contenido ya lo decidirá usted -si puede y le dejan- actuando con su fuerza de cliente responsable (sic) sobre la inmensa y apetitosa oferta editorial.

Extender la cultura, sin proponer una definición de la misma, al cuerpo social a través de los libros preside las intenciones de la Administración, intenciones secundadas, con natural empeño, por las compañías productoras. Sin embargo, la lectura moderna, el modo contemporáneo de aproximación a las obras, es asumida por una parte mayoritaria de la ciudadanía -impulsada por estas campañas y el recuperado prestigio de la letra impresa- como un intento de recreación de la imaginaria “vida interior” (perdida ante la permanente exposición pública del mundo del trabajo), recreación artificial que cubriría un espacio vacío dentro del dominio de la individualidad. En resumen, una alternativa más de ocio privado ofrecido por la insaciable sociedad del espectáculo.

Sabido es que la lectura es una actividad individual. Un acto íntimo provocado por la relación entre el sujeto y el libro. Pero si esta acción no influye en el discurso colectivo dominante, si el trato con las imágenes, personajes, símbolos, sensaciones e ideas no genera crítica social y, por extensión, no facilita la participación juiciosa de la ciudadanía en los asuntos públicos, el hecho en sí quedará relegado a la mera intimidad, convirtiendo el ejercicio en una especie de autismo semántico o superflua exaltación de la subjetividad: un entretenimiento fugaz. Leer es el paso (necesario) del yo al nosotros. Un salto necesario para la profundización de la identidad colectiva.

Trascender, en aras de la participación, ese instante de intimidad que la lectura conlleva es una de las aspiraciones de toda comunidad lectora, de cualquier comunidad democrática. Es por esta razón que, superado el momento de soledad y concentración, esos minutos de introspección cada vez más escasos teniendo en cuenta el ruido reinante, la prolongación de las jornadas laborales y la convulsa vida en las sociedades occidentales, se impone el acercamiento de lo leído y experimentado al relato común, a la construcción múltiple, contra el pensamiento único, del sentido.

O la polis interpreta a sus clásicos y contemporáneos con sentido crítico y práctico, extrayendo consecuencias de sus miradas, o el individualismo, uno de los dogmas refutados en esta impredecible crisis neoliberal, seguirá articulando todas las respuestas posibles. Lee y difunde, se decía años atrás, cuando las palabras encadenadas influían. Los éxitos editoriales circulan de boca a oreja, se repite ahora.

Impulsado el libro, desde el siglo XIX, bajo la imaginaria entidad de capital cultural circulante, las obras adquieren su verdadero valor, su valor de uso y cambio, cuando las proposiciones e interrogantes que plantean -sean narración, ensayo o poesía- forman parte de los intercambios democráticos e integran el discurso activo del cuerpo social. Si Juan Marsé, Belén Gopegui, Isaac Rosa, Alejandro Gándara, Almudena Grandes o Antonio Muñoz Molina, por citar novelistas actuales, no consiguen generar una sociedad más reflexiva, si no sirven a los lectores -acostumbrados a leer sin modificar el escenario- para asaltar los cielos y cambiar los cimientos de la razón hegemónica, ¿cuál es su función? ¿Cuál será, en la sociedad posindustrial, la labor del escritor? ¿Agitar o entretener? ¿Impulsar o sedar? Los más respetuosos dirán: ambas. Para viajar alrededor de la equidistancia no hace falta tanta alforja de papel.

Con la llegada de esta crisis, que algunos llaman sistémica (estructural, crisis del modelo de producción) y otros se limitan a calificarla como la más grave (coyuntural, crisis del modelo de gestión) desde la fundación del actual orden mundial en el fastuoso complejo hotelero Mount Washington en Bretton Woods (julio, 1944), el sector editorial ha lanzado su valiente premisa y construido su particular storytelling: el libro será uno de los valores refugio del pequeño consumo. Disminuye la demanda, se sostiene, y la recesión es un hecho empírico, pero la lectura se mantendrá firme -y la industria sufrirá menos que otras, pese a los previsibles reajustes- ya que los consumidores no podrán pasar sin su dosis cotidiana de letra impresa, sin su compulsivo y organizado ocio lector. Respiremos tranquilos. El optimismo cultural nos hará libres.

Estos días, parece, vuelven a las librerías textos del vilipendiado Karl Marx. Keynes y Galbraith son rescatados -zombis altaneros y polvorientos- de los almacenes. A tenor de estas reediciones -aceptando que esta sorprendente premisa sea cierta-, en épocas de crisis vuelven las respuestas conocidas, aquellas que fueron olvidadas por la arrolladora presencia, casi militar, de la producción teórica y literaria de los thinks tanks neoliberales. Pero las claras exposiciones históricas, sociológicas o políticas de analistas como Eric Hobsbawm, Vicenç Navarro, Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi, José Manuel Naredo, Slavoj Zizek, Zygmunt Bauman o Terry Eagleton, por nombrar los más conocidos, no aparecen, como debieran, en el paisaje libresco cotidiano.

Vivimos en uno de los países europeos con mayor índice de fracaso escolar. Sumemos -un rápido cálculo- las horas de permanencia en el puesto de trabajo (el que lo tenga) al tiempo empleado en los desplazamientos. Añadamos a este resultado el promedio de horas, por persona, delante de la televisión (datos ofrecidos por los índices de audiencia), la convivencia con la familia, hijos o amigos, el aseo personal y la intendencia doméstica, urgencias, imprevistos y el obligado sueño. Finalizada la cuenta, pocas horas quedan para la lectura. ¿Cuándo puede el votante medio sumergirse en los clásicos o en las modernas obras de Coetzee, Modiano, Saramago, Doris Lessing, DeLillo, Lobo Antunes, Le Carré o el recuperado y cinematográfico Richard Yates, uno de los creadores que, con más claridad, analizó, años atrás, lo que somos? Malos tiempos, sin duda, para Antonio Gamoneda o Manuel Vilas, valiosos e intensos poetas de diferentes y relacionadas generaciones.

Confiemos, una vez más, en las estadísticas: en España ha crecido la comunidad lectora. Las razones y propuestas que encierran los libros, el punto de vista o la mirada del autor, siguen ausentes del debate, de la escena pública. La formación del gusto -esto es, la tendencia a la uniformidad del sentido e interpretación de acuerdo con los intereses dominantes- y la complacencia de los lectores -hemos pasado, en pocos años, de susurrar en la trastienda de las librerías a la exaltación de lo sentimental, la aventura con apariencia literaria y el bestseller nacional e internacional- parecen ser los ejes cartesianos que delimitan la creación, su actual norma de estilo. Una premisa se alza entre las ruinas del modelo de gestión capitalista: la lectura es, más que nunca, un arma arrojadiza. Un afilado e imprescindible instrumento para afrontar y combatir la inestabilidad, vital y laboral, del presente. La salud de una comunidad -las constantes vitales de una sociedad- se puede diagnosticar, también, analizando la lista de los libros más vendidos.

Manuel Fernández-Cuesta es director-editor de Ediciones Península (Grup 62)

Marzo 9, 2009

Manuel de la Fuente: “En brazos de Manitú, con el viento susurrándole al oído”

Archivado en: Manuel de la Fuente — max @ 5:01 pm
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Mangas Coloradas y su yerno Cochise, bravos entre los bravos, ya descansaban desde hacía tiempo en los cálidos y sagrados brazos de Manitú. El hacha de guerra quedaba ahora, desenterrada de nuevo, pidiendo sangre y cabelleras, en manos de Gerónimo, el fuego se encendía en su honor, los guerreros le tenían por guía y el más valiente de los valientes, los coyotes le huían y los casacas azules le temían. El orgullo chiricahua dependía de él, y también mantener la llama de la tradición, no olvidar a los que ya se habían ido. Cuando un apache moría, los bravos cerraban sus ojos y le engalanaban, le vestían con las mejores pieles y estampaban sobre su rostro las viejas pinturas de guerra. Luego, entre cantos, acompañados de su caballo favorito, iban a las montañas sagradas y, allí, para la eternidad, aunque la palabra adiós no existe en el idioma piel roja, su cuerpo era enterrado en una cueva, bajo piedras, como así había sido siempre, desde antes que los rostros pálidos y el caballo de hierro aparecieran. Sus posesiones, no demasiadas en un guerrero, eran repartidas entre su gente. Y allí quedaba hasta el fin de los siglos, entre los pinos, mientras el viento le susurraba un réquiem al oído. Que Manitú sea loado.

Febrero 25, 2009

María Toledano: “La caza”

Archivado en: María Toledano — max @ 4:08 pm
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El señor Mariano Fernández Bermejo, Ministro de Justicia, ha dimitido. Es decir, a Fernández, el fiscal prosperado, le han echado a gorrazos del Ministerio de Justicia. Llegar ministro de un gobierno progresista, míticos gobiernos de ZP, y que te echen así, haciendo el ridículo entre bestezuelas muertas, sangre derramada y cuernos retorcidos de venado, debe ser asunto delicado, triste, casi un discreto drama personal. Me imagino a su suegra, si la tiene, la pobre, el Señor Todopoderoso la conserve muchos años, la carita de estuco que se le habrá quedado. A Mariano Fernández Bermejo, que es de natural bravucón y malencarado, hombre firme y determinado de izquierdas (sic), le han puesto de patitas en la calle, con cajas destempladas y un rumor de siemprevivas que invade las cartucheras, por irse de cacería, una montería se decía en otros tiempos, con colegas y amigos del mismo jaez, intrépidos cazadores, gentes todas responsables y de intachable reputación. Fernández es el cazador cazado, cazado in fraganti, guárdate de los fotógrafos y de los conocidos con cámara de fotos, haciendo eso que en la noble nación española -y en algunos sectores de la vida civil- está tan mal visto: el franquista.

Esto de hacer el franquista, con perdón, es costumbre que se debe adquirir por el uso y frecuentación prolongada del poder, de todos los poderes. Será algo así como los pertinaces hongos que brotan en los zapatos de la gauche -si la suela es mala y suele ocurrir- de tanto andar por moquetas y recepciones de lujo y oropel. Recuerdo así, sin pensar mucho, a nuestro señorito González, don Felipe, surcando las aguas en el Azor, la embarcación del Generalísmo, la misma que el pequeño caudillo asesino llenaba de atunes y peces espada a los que tanta devoción religiosa tenía. La diferencia, señor Mariano, es que a don González, “queremos un hijo tuyo”, se le perdonaba y se le perdona todo, sabido es, tanto por sus méritos -que alguno tendrá, aunque una los ignore- como por su arrolladora gracia sevillana, españolísima y olé, mientras que a usted, de natural malencarado y bravucón, repito, y con una huelga de jueces en la recámara -el año que acomete la reforma de la carrera judicial y aumenta el presupuesto-, no le perdonan ni una. Siendo de Arenas de San Pedro, Ávila, y habiendo nacido en 1948, IX año triunfal, ya debería estar usted curado de espanto, trampas y cartuchos. ¿Cómo se puede ir de cacería, siendo Ministro de Justicia de PSOE, cuando tenemos presente La escopeta nacional de Berlanga y Azcona? Poco importa el resto de los cazadores, sus acompañantes; poco importa si había jueces u otras destacadas personalidades civiles y/o militares. El mero hecho de salir de montería, con la que está cayendo y lo que significa en el imaginario colectivo, merece el despido. A nadie le importa, señor Mariano, si los disparos se produjeron en Jaén y si tenía o no licencia actualizada; poco importa, señor Mariano, si la broma (con el reparador “taco” incluido) costó mil euros o dos billones. La cuestión es otra. La caza mayor, ex ministro socialista Bermejo, no está bien vista por millones de personas que han sufrido la dictadura y han visto a Franco, sus parientes, consejeros y amigos, con un pie en el hocico de un animal abatido. Para redondear el circo campestre sólo hubiera faltado, como en la película, un maduro empresario catalán, con su amante, tratando de vender porteros automáticos. La historia vuelve, más que nunca, como farsa. Farsa y esperpento. Y Mitrofán sin enterarse.

Con tres complicadas elecciones a las puertas, el presidente Rodríguez Zapatero, ha aceptado -los eufemismos más vivos que nunca- la dimisión del Ministro de Justicia, Fernández Bermejo. Los asesores de Moncloa, los mismos que contemplaron atónitos la fotografía, han hecho sus interesados cálculos. Mejor ahora, cuanto antes, aguantemos el chaparrón y en una semana se habrá pasado. No les falta razón a los cualificados miembros del ala oeste de la Moncloa. El tiempo juega a su favor: este suceso pasará pronto, sin duda, resta fuerza al discurso crítico del PP (inmerso en sus cuestiones de espías, corruptelas, gominas y demás) y la prensa, necesitada de carne fresca cada día, atenderá, en breve, otros asuntos. Los analistas tendrán razón pero permitirán, espero, que nos quedemos con este magnífico suceso para la posteridad, para contar y contar a nuestros nietos. Hay cosas que, pese al paso del tiempo, seguiremos recordando cada vez que surja la ocasión, toque disfrutar con recuerdos cínicos y tengamos ganas de reír. Ay, Mariano, Mariano, y todo este entuerto por pegar unos tiros al alba.

Enero 7, 2009

D.H. Lawrence: “Self-Pity”

Archivado en: D. H. Lawrence — max @ 3:30 pm
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I never saw a wild thing
sorry for itself.
A small bird will drop frozen dead from a bough
without ever having felt sorry for itself.

Enero 2, 2009

Jerome David Salinger: “Un día perfecto para el pez plátano”

Archivado en: Jerome David Salinger — max @ 10:34 pm
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En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó
del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y-ya era la cuarta o quinta llamada-levantó el auricular del teléfono.
-Diga-dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
-Su llamada a Nueva York, señora Glass-dijo la operadora.
-Gracias-contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
-¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
-Sí, mamá. ¿Cómo estás?-dijo.
-He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
-Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han…
-¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
-Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde…
-¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada…
-Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente -dijo la chica-. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después…
-Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que…
¿Estás bien, Muriel? Dime la verdad.
-Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
-¿Cuándo llegasteis?
-No sé… el miércoles, de madrugada.
-¿Quién condujo?
-Él-dijo la chica-. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
-¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que…
-Mamá-interrumpió la chica-, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
-¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
-Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles… se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche?
-Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para…
-Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para…
-Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás…
-Muy bien-dijo la chica.
-¿Sigue llamándote con ese horroroso…?
-No. Ahora tiene uno nuevo
-¿Cuál?
-Mamá… ¿qué importancia tiene?
-Muriel, insisto en saberlo. Tu padre…
-Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948-dijo la chica, con una risita.
-No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo…
-Mamá-interrumpió la chica-, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza…
-Lo tienes tú.
-¿Estás segura?-dijo la chica.
-Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la… ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
-No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
-¡Pero está en alemán!
-Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia-dijo la chica, cruzando las piernas-. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma… nada menos…
-Espantoso. Espantoso. Es realmente triste… Ya decía tu padre anoche…
-Un segundo, mamá-dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama-. ¿Mamá?-dijo, echando una bocanada de humo.
-Muriel, mira, escúchame.
-Te estoy escuchando.
-Tu padre habló con el doctor Sivetski.
-¿Sí?-dijo la chica.
-Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas… ¡Todo!
-¿Y…?-dijo la chica.
-En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
-Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra -dijo la chica.
-¿Quién? ¿Cómo se llama?
-No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
-Nunca lo he oído nombrar.
-De todos modos, dicen que es muy bueno.
-Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que… anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa…
-Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
-Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la…
-Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí-dijo la chica-. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
-¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta?
Está…
-Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
-¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
-Me he quemado toda, mamá, toda.
-¡Qué horror!
-No me voy a morir.
-Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
-Bueno… sí… más o menos…-dijo la chica.
-¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
-En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
-Bueno, ¿qué dijo?
-¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije…
-¿Porqué te hizo esa pregunta?
-No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé-dijo la chica-. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo…
-¿El verde?
-Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas…! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison… la mercería…
-Pero ¿qué dijo él? El médico.
-Ah, sí… Bueno… en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar.
Había mucho barullo.
-Sí, pero… ¿le… le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
-No, mamá. No entré en detalles-dijo la chica-. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
-¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse… ya sabes, raro, o algo así…? ¿De que pudiera hacerte algo…?
-En realidad, no-dijo la chica-. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno… todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
-En fin. ¿Y tu abrigo azul?
-Bien. Le subí un poco las hombreras.
-¿Cómo es la ropa este año?
-Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
-¿Y tu habitación?
-Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra-dijo la chica-. Este año la gente es espantosa.
Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.
-Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
-Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
-Muriel, te lo voy a preguntar una vez más… ¿En serio, va todo bien?
-Sí, mamá-dijo la chica-. Por enésima vez.
-¿Y no quieres volver a casa?
-No, mamá.
-Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos…
-No, gracias-dijo la chica, y descruzó las piernas-.
-Mamá, esta llamada va a costar una for…
-Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra… quiero decir, cuando una piensa en esas esposas alocadas que…
-Mamá-dijo la chica-. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
-¿Dónde está?
-En la playa.
-¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
-Mamá-dijo la chica-. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
-No he dicho nada de eso, Muriel.
-Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
-¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
-No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
-Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
-Lo conoces muy bien-dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas-. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
-¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
-No, mamá. No, querida-dijo la chica, y se puso de pie-. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
-Muriel, hazme caso.
-Sí, mamá-dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
-Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro…, ya me entiendes. ¿Me oyes?
-Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
-Muriel, quiero que me lo prometas.
-Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá-dijo la chica-. Besos a papá-y colgó.
-Ver más vidrio-dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre-. ¿Has visto más vidrio?
-Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
-No era más que un simple pañuelo de seda… una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo-dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter-. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
-Por lo que dice, debía de ser precioso-asintió la señora Carpenter.
-Estáte quieta, Sybil, cariño…
-¿Viste más vidrio?-dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
-Muy bien-dijo. Tapó el frasco de bronceador-. Ahora vete a jugar, cariño.
Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
-¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?-dijo.
El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
-¡Ah!, hola, Sybil.
-¿Vas a ir al agua?
-Te esperaba-dijo el joven-. ¿Qué hay de nuevo?
-¿Qué?-dijo Sybil.
-¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
-Mi papá llega mañana en un avión-dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
-No me tires arena a la cara, niña-dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil-. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
-¿Dónde está la señora?-dijo Sybil.
-¿La señora?-el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo-.
Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería.
Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
-Pregúntame algo más, Sybil-dijo-. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
-Es amarillo-dijo-. Es amarillo.
-¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
-Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
-¿Vas a ir al agua?-dijo Sybil.
-Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
-Necesita aire-dijo.
-Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir-retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena-. Sybil-dijo-, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti-estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil-. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
-Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano-dijo Sybil.
-¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
-Bueno -dijo-. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
-Sí que podías.
-Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
-¿Qué?
-Me imaginé que eras tú.
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
-Vayamos al agua-dijo.
-Bueno-replicó el joven-. Creo que puedo hacerlo.
-La próxima vez, échala de un empujón -dijo Sybil.
-¿Que eche a quién?
-A Sharon Lipschutz.
-Ah, Sharon Lipschutz -dijo él-. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.-De repente se puso de pie y miró el mar-. Sybil-dijo-, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
-Un pez plátano-dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces.
Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
-Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano-dijo el joven.
Sybil negó con la cabeza.
-¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
-No sé-dijo Sybil.
-Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
-Whirly Wood, Connecticut-dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
-Whirly Wood, Connecticut-dijo el joven-. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
Sybil lo miró:
-Ahí es donde vivo-dijo con impaciencia-. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
-No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso -dijo él.
Sybil soltó el pie:
-¿Has leído El negrito Sambo?-dijo.
-Es gracioso que me preguntes eso-dijo él-. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.-Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil-. ¿Qué te pareció?
-¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
-Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
-No eran más que seis-dijo Sybil.
-¡Nada más que seis! -dijo el joven-. ¿Y dices «nada más»?
-¿Te gusta la cera?-preguntó Sybil.
-¿Si me gusta qué?
-La cera.
-Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza:
-¿Te gustan las aceitunas?-preguntó.
-¿Las aceitunas?… Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
-¿Te gusta Sharon Lipschutz?-preguntó Sybil.
-Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás.
Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
-Me gusta masticar velas-dijo ella por último.
-Ah, ¿y a quién no?-dijo el joven mojándose los pies-. ¡Diablos, qué fría está!-Dejó caer el flotador en el agua-. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
-¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?-preguntó él.
-No me sueltes-dijo Sybil-. Sujétame, ¿quieres?
-Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo-dijo el joven-.
Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
-No veo ninguno-dijo Sybil.
-Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empujando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
-Llevan una vida triste-dijo-. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella negó con la cabeza.
-Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos
de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos-empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte-. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
-No vayamos tan lejos-dijo Sybil-. ¿Y qué pasa despues con ellos?
-¿Qué pasa con quiénes?
-Con los peces plátano.
-Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
-Sí-dijo Sybil.
-Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
-¿Por qué?-preguntó Sybil.
-Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
-Ahí viene una ola-dijo Sybil nerviosa.
-No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia-dijo el joven-, como dos engreídos.
Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
-Acabo de ver uno.
-¿Un qué, amor mío?
-Un pez plátano.
-¡No, por Dios!-dijo el joven-. ¿Tenía algún plátano en la boca?
-Sí-dijo Sybil-. Seis.
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
-¡Eh!-dijo la propietaria del pie, volviéndose.
-¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
-¡No!
-Lo siento-dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió.
El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
-Adiós -dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel-que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia- entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
-Veo que me está mirando los pies-dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
-¿Cómo dice?-dijo la mujer.
-Dije que veo que me está mirando los pies.
-Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo -dijo la mujer, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
-Si quiere mirarme los pies, dígalo-dijo el joven-. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
-Déjeme salir, por favor-dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
-Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos-dijo el joven-. Quinto piso, por favor.
Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.

Silvio Rodríguez: “Aunque no esté de moda”

Archivado en: Silvio Rodríguez — max @ 4:15 pm
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Hoy de mí hacia tí,
hoy de tí hacia mí
quiero hacerte un regalo viejo
desempolvemos algo,
las pasiones lejanas
algo de aquellos sueños sin ventana
Vivamos de corrido, sin hacer poesía,
aprendamos palabras de la vida.

Desnudémonos, pues,
como viejos amantes
que lo mismo de siempre
nos quede delante.
Desnudémonos, pues,
como viejos amantes
que se apague la luz
y que el sol se levante.

Te quiero salvar de tu desnudez
en pleno centro de la soledad.
Me quiero salvar haciendo revolución
desde tu cuerpo de cristal.

Algo nos está pasando,
ayer te leí una mano
y cada dibujo al verme me interrogó.
algo nos está pasando,
ayer apreté el interruptor
de encender la luz
y encendí el sol.

Hoy de tí hacia mí,
hoy de mí hacia tí
vamos a hablar en voz muy baja
dime lo que te pasa, déjame levantarte,
déjame darte un beso y curarte
vivamos de corrido, sin hacer poesía
aunque no esté de moda en estos días.

Aunque no esté de moda te pido una mano,
mis entrañas no entienden de estética y cambios
aunque no esté de moda
repite conmigo
quiero amor, quiero amor,
quiero amor compartido.

Te quiero salvar de tu desnudez
en pleno centro de la soledad.
Me quiero salvar haciendo revolución
desde tu cuerpo por variar.

Algo nos está pasando,
un ruido como de pasos
viene en la oscuridad
y se vuelve a ir.
Algo nos está pasando,
desde que la gente está empeñada
en quererse amar
y en poder vivir.

Diciembre 24, 2008

María Toledano: “La destrucción de la política”

Archivado en: María Toledano — max @ 6:36 pm
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Rebelión

Al caer la tarde, cuando se apagan las luces de los centros comerciales y el mundo de neón desaparece, el individuo se refugia en su casa, abre los paquetes (el único instante diario de placer) y siente realizada la condición de consumidor otorgada por el mercado. Como este placer es momentáneo -sólo existe mientras realiza el acto mismo- pocos minutos después, en soledad, vuelve al estado natural de inacción: la pasividad propia de las sociedades democráticas del siglo XXI. Así, con este tipo de afirmaciones, debería arrancar una reflexión sobre la imposibilidad de la política -entendida como confrontación- en los estados armónicos y culturales de libre mercado. Esta mirada debería recoger la ausencia de un relato político articulado, el temor que cualquier idea colectiva -nacida de la experiencia real- provoca en los fabricantes de opinión y la resignación, por no decir indiferencia, que un análisis sobre las posibilidades de un futuro social y laboral organizado de otra manera sugiere entre los votantes. La realidad se ha disfrazado con el velo azul de los antidepresivos y la cohesión social depende del calendario laboral: fiestas, puentes y demás divertimentos comunes.

La política, en el viejo capitalismo, era tensión y huelgas, despidos y batallas sindicales, ayuda mutua, por citar el viejo concepto anarquista, y solidaridad obrera: cultura popular (común) y conciencia de clase. La nueva política, en este capitalismo acelerado que se refunda sobre conocidos cimientos y reuniones, rechaza el conflicto como algo ajeno y aboga por una sociedad uniformizada por el patrón-consumo, una burbuja brillante que deslumbra con infinita potencia. La política ha desaparecido puesto que ha desaparecido el escenario y el terreno donde era posible el enfrentamiento real. Desde la segunda mitad de los años ochenta, por fijar fechas, el escenario material dejó su sitio en la esfera del dominio-resistencia al escenario virtual y los conflictos dejaron de afectar a personas concretas para adquirir dimensión de acontecimiento mediático. Esto no quiere decir que la realidad del desempleo no afecte a personas reales (todo aquel que pierde el empleo y no puede afrontar el pago de su préstamo hipotecario, por ejemplo) y que los problemas (precariedad, inseguridad laboral) no sean tangibles. Quiere decir, de forma simbólica, que la condición de verosimilitud que conllevaba la realidad, ha sucumbido ante la estadística, las declaraciones altisonantes de los políticos o la vulgaridad de una nota de prensa explicativa. El trabajo ha desaparecido del debate público y los problemas, por tanto, son de otra índole discursiva. Ya no hacen política los ciudadanos, las organizaciones o sindicatos de servicios: la hacen los thinks tanks (entre ellos) y sus medios de transmisión de ideología dominante. De actores a espectadores. Entre los actores (emisores activos) y los espectadores (receptores pasivos) se encuentra un foso, una barrera de contención, una distancia. La cuarta pared de la que hablaban los teóricos del teatro nos ha sepultado con su armazón de hormigón y lazos de colores.

Frente a esta tesitura, frente al peso muerto del “fin de la historia” como lucha de clases que preconizan sin descanso, algunos partidos políticos minoritarios (de la izquierda) intentan levantar la cabeza, asomarse entre los escombros, vislumbrar otra forma de hacer política con una articulación que recupere la dimensión colectiva del quehacer. Sus intenciones son loables y en esa línea es necesario perseverar. Sin embargo, pese a que los altavoces están preparados y la palabra sea certera y justa, al mirar hacia atrás, los soldados han desaparecido. Imaginemos una “vanguardia consciente” a la que no siguiera nadie. Imaginemos la desolación. Recuperar el sentido de la historia colectiva debería ser uno de los primeros pasos. Al recuperar la historia, la lucha (de clases) se convierte en reflejo de lo que somos, de lo que podemos ser. La condena al consumo, la condena a la frágil felicidad sólo puede entenderse como una pena privativa de libertad. La batalla, el campo abierto, es el lugar donde las múltiples identidades inventadas por el capitalismo, los cantos de sirena de la plural subjetividad, desaparecen y la identidad de clase, de pertenencia a un sujeto histórico determinado, adquiere dimensión de discurso político. Sólo en la historia, entendida como narración de la experiencia y acción, puede la izquierda recuperar sus soldados, sus famélicas legiones.

Noviembre 25, 2008

María Toledano: “Una muerte digna para Izquierda Unida”

Archivado en: María Toledano — max @ 3:43 pm
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Rebelión

Nace la enfermedad, en ocasiones, del mismo remedio. Gracián.

Nació enferma, como esos niños de la posguerra española, hambre y piorrea, cuyas condiciones materiales (agonías de ayer y hoy) no garantizaban el primer año de vida. Nació con los brazos romos, poco pelo y ralo, oscuras manchas en la piel y una mirada perdida que, desde luego, no presagiaba salud. Nació contrahecha, deforme y jorobada como los grandes Leopardi y Gramsci y fue parida (y concebida) con dolor y alegría, si acaso es posible, extraña conjunción política -el marchamo de legitimidad ética- heredera de las grandes gestas del PCE durante el franquismo. Vio la luz con problemas intestinales y arritmias varias, costras en las extremidades, rodillas dobladas hacia adentro, cuatro dedos en cada mano y una protuberancia en la cabeza, a modo de falso cuerno de la abundancia (préstamos bancarios) o ariete contra la ofensiva neoliberal del PSOE de González y sus sátrapas provinciales y locales. Nació en 1986, creo recordar, y aunque los familiares cercanos (carlistas y humanistas, entre otros) eran optimistas, “OTAN, de entrada, no”, rechazaba el alimento. Sin embargo, azares del destino y coyuntura política, empezó a comer y su salud, sin mejorar demasiado, le permitió ganar peso en las semanas que siguieron a su alumbramiento. Nació enferma, eso sí, y pese a algunos momentos posteriores de gloria electoral (asociados a la corrupción del PSOE y a los diversos califatos independientes), no parecía que su esperanza de vida fuera muy elevada. Pese a los malos augurios -heraldos negros- y la irrupción de algunos estrategas de escasa formación política e intelectual -que luego siguieron su carrera hasta la ruina y salen siempre en la fotografía junto al líder, sea el que sea-, la niña enferma ya ha cumplido veintidós años, veintidós largos y nada fructíferos años, que lucen como veintidós soles tristes de otoño, ese sol que se levanta adormecido y sin fuerza los días de niebla.

Nació enferma, ya sabíamos, con graves (e irresolubles) problemas en la estructura ósea. Su esqueleto moderno y funcional (flexible columna vertebral de movimiento político-social), era ajeno a la tradición combatiente, ajeno a su cuerpo electoral, a lo que los amigos y vecinos podían reconocer y comprender. Empezó a andar en el mercado de los votos -con las dificultades propias de sus extremidades blandas y las rodillas inversas- y, a cada paso, parecía que se iba a romper. Su inestable equilibrio -la correlación de fuerzas- crujía con cada desgarro interior, cada reunión. Sus primeras palabras, dichas con tanta ilusión como ingenuidad, demostraron que hablaría con dificultad. No estaba dotada. Su nula capacidad para articular un discurso coherente y crítico acorde con la historia y el presente y su imposibilidad para afrontar con éxito la potencia simbólica del enemigo situaba a la enferma en un terreno de nadie, a medio camino entre la centralidad roja del mundo del trabajo (el motor inmóvil de los clásicos) y la amalgama rojiverdevioleta tan apreciada por las clases medias y medias-bajas urbanas bienpensantes. La enferma tenía varios diagnósticos en su cajón de sastre y tomaba pastillas (o no) en función de la enfermera de turno. Un día, lejanos años de euforia -sarampión electoral- unos quisieron acercarse al ala izquierda del PSOE (sic) y otros, hablaron de orillas (dos, claro). Entre unos y otros, la niña enferma, tierna y débil (la envenenada ignorancia de El País y el abrazo mortal de El Mundo), cayó al río -creyendo que era mozuela pero tenía marido- y claro, como no podía ser de otra forma, cogió un constipado mayor que derivó en pulmonía que, ay, derivó en neumonía. En el hospital, lógico, acabaron todos. Tenía, la pobre, respiración asistida y cortisona recorriendo su pequeño cuerpo. El jaleo en la habitación (sucesivamente compartida con un poeta, escritoras laureadas y varios cantantes) era insoportable. Nadie ponía sensatez y razón política en el desconcierto de voces cruzadas, mensajes contradictorios y resquebrajados marcos referenciales (pese a la claridad expositiva de Lakoff y otros teóricos de la comunicación). Más que habitación de hospital -lugar de reposo y sosiego- parecía aquello guardería en septiembre o, mucho peor, barraca de feria (ambulante) en la que todos buscan un premio, la muñeca chochona, un trabajo, una remuneración o lo que fuera menester con tal de permanecer. Esa es, pese a la apariencia, una de las cuestiones centrales. Nadie, tras la moqueta y el cargo, quiere volver a sus rutinas, trabajos (en el caso de tener) y vidas anónimas. “Izquierda Unida tiene un trozo muy pequeño de la tarta y en vez de preocuparse por ampliarlo, están más ocupados en repartirse las migas”, dice Carrillo, padre de la patria y anciano prohombre nacional.

Y así, como el que no quiere la cosa, pegando palos de ciego y algún escaso acierto, se llegó hasta hoy, hasta la esperpéntica última Asamblea Federal. El resultado es conocido: escasa representación pública, nula presencia social. Aquella enferma a la que todos quisimos tanto pide, exige, que le dejen morir en paz. Desde la izquierda, con fundadas razones éticas frente a los imperativos católicos, siempre se ha defendido el derecho a la eutanasia. La enferma ya no puede más y pide, suplica, que desconecten los cables. Esta terrible agonía de Izquierda Unida recuerda, un poco, aquella otra: Franco, noviembre de 1975. Sus fieles, los más interesados en aplicar imposibles remedios de choque contra la tromboflebitis y demás males acumulados, no querían que el dictador muriera. Normal. Se acababa el negociado. Muere Izquierda Unida de agotamiento. Nació enferma, como aquellos niños de posguerra a los que les faltaba calcio.

Octubre 13, 2008

Ray Bradbury: “Yacía como los pliegues de un brillante manto dorado” de “Fahrenheit 451″

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Pero, ahora, sólo escucho

Su retumbar melancólico, prolongado, lejano,

En receso, al aliento

Del viento nocturno, junto al melancólico borde

De los desnudos guijarros del mundo.

Los sillones en que se sentaban las tres mujeres crujieron.

Montag terminó:

Oh, amor, seamos sinceros

El uno con el otro. Por el mundo que parece

Extenderse ante nosotros como una tierra de ensueños,

Tan diversa, tan bella, tan nueva,

Sin tener en realidad ni alegría, ni amor, ni luz,

Ni certidumbre, ni sosiego, ni ayuda en el dolor;

Y aquí estamos nosotros como en lóbrega llanura,

Agitados por confusos temores de lucha y de huida

Donde ignorantes ejércitos se enfrentan cada noche.

Mrs. Phelps estaba llorando.

Las otras, en medio del desierto, observaban su llanto que iba acentuándose al mismo tiempo que su rostro se contraía y deformaba. Permanecieron sentadas, sin tocarla, asombradas ante aquel espectáculo. Ella sollozaba inconteniblemente. El propio Montag estaba sorprendido Y emocionado.

-Vamos vamos -dijo Mildred-. Estás bien, Clara, deja de llorar. Clara, ¿qué ocurre?

- Yo… yo -sollozó Mrs. Phe1ps-. No lo sé, no lo sé, es que no lo sé. ¡Oh, no…

Mrs. Bowles se levantó y miró, furiosa, a Montag.

-¿Lo ve? Lo sabía, eso era lo que quería demostrar. Sabía que había de ocurrir. Siempre lo he dicho, poesía y lágrimas, poesía y suicidio y llanto y sentimientos terribles, poesía y enfermedad. ¡Cuánta basura! Ahora acabo de comprenderlo. ¡Es usted muy malo, Mr. Montag, es usted muy malo!

Faber dijo:

-Ahora…

Montag sintió que se volvía y, acercándose a la abertura que había en la pared, arrojó el libro a las llamas que aguardaban.

-Tontas palabras, tontas y horribles palabras, que acaban por herir -dijo Mrs. Bowles-. ¿Por qué querrá la gente herir al prójimo? Como si no hubiera suficiente maldad en el mundo, hay que preocupar a la gente con material de este estilo.

-Clara, vamos, Clara -suplicó Mildred, tirando de un brazo de su amiga-. Vamos, mostrémonos alegres, conecta ahora la <familia». Adelante. Riamos y seamos felices. Vamos, deja de llorar, estamos celebrando una reunión.

-No -dijo Mrs. Bowles-. Me marcho directamente a casa. Cuando quieras visitar mi casa y mi «familia», magnífico. ¡Pero no volveré a poner los pies en esta absurda casa?

-Váyase a casa. -Montag fijó los ojos en ella, serenamente-. Váyase a casa y piense en su primer marido divorciado, en su segundo marido muerto en un reactor Y en su tercer esposo destrozándose el cerebro. Váyase a casa y piense en eso, y en su maldita cesárea también, y en sus hijos, que la odian profundamente, Váyanse a casa y piensen en cómo ha sucedido todo en si han hecho alguna vez algo para impedirlo ¡Acasa, a casa!  -vociferó Montag-. Antes de que las derribe de un puñetazo y las eche a patadas.      

Las puertas golpearon y la casa quedó vacía. Montag se quedó solo en la fría habitación, cuyas paredes tenían un color de nieve sucia.

En el cuarto de baño se oyó agua que corría. Montag escuchó cómo Mildred sacudía en su mano las tabletas de dormir.

-Tonto, Montag, tonto. ¡Oh, Dios, qué tonto! -repetía Faber en su oído-.

-¡Cállese!

Montag se quitó la bolita verde de la oreja y se la guardó en un bolsillo.

El aparato crepitó débilmente: « … Tonto… tonto…

Montag registró la casa y encontró los libros que Mildred había escondido apresuradamente detrás  del refrigerador. Faltaban algunos, y Montag comprendió

que ella había iniciado por su cuenta el lento proceso de dispersar la dinamita que había en su casa, cartucho por cartucho. Pero Montag no se sentía furioso, sólo agotado y sorprendido de sí mismo. Llevó los libros al patio posterior y los ocultó en los arbustos contiguos a la verja que daba al callejón. Sólo por aquella noche, en caso de que ella decida seguir utilizando el fuego.

Regresó a la casa.

-¿Mildred?   

Llamó a la puerta del oscuro dormitorio. No se oía ningún sonido.

Fuera, atravesando el césped, mientras se dirigía hacia su trabajo, Montag trató de no ver cuán completamente oscura y desierta estaba la casa de Clarisse McCIellan…

Mientras se encaminaba hacia la ciudad, Montag estaba tan completamente embebido en su terrible error que experimentó la necesidad de una bondad y cordialidad ajena, que nacía de una voz familiar y suave que hablaba en la noche. En aquellas cortas horas le parecía ya que había conocido a Faber toda la vida. Entonces, comprendió que él era, en realidad, dos personas, que por encima de todo era Montag, quien nada sabía, quien ni siquiera se había dado cuenta de que era un tonto, pero que lo sospechaba. Y supo que era también el viejo que le hablaba sin cesar, en tanto que el «Metro» era absorbido desde un extremo al otro de la ciudad, con uno de aquellos prolongados y mareantes sonidos de succión. En los días subsiguientes, y en las noches en que no hubiera luna, o en las que brillara con fuerza sobre la tierra, el viejo seguiría hablando incesantemente, palabra por palabra, sílaba por sílaba, letra por letra. Su mente acabaría por imponerse y ya no sería más Montag, esto era lo que le decía el viejo, se lo aseguraba, se lo prometía. Sería Montag más Faber, fuego más agua. Y luego, un día, cuando todo hubiese estado listo y preparado en silencio, ya no habría ni fuego ni agua, sino vino. De dos cosas distintas y opuestas, una tercera. Y, un día, volvería la cabeza para mirar al tonto y lo reconocería. Incluso en aquel momento percibió el inicio del largo viaje, la despedida, la separación del ser que hasta entonces había sido.

Era agradable escuchar el ronroneo del aparatito, el zumbido de mosquito adormilado y el delicado murmullo de la voz del viejo, primero, riñéndole y, después, consolándole, a aquella hora tan avanzada de la noche, mientras salía del caluroso «Metro» y se dirigía hacia el mundo del cuartel de bomberos.

-¡Lástima, Montag, lástima! No les hostigues ni te burles de ellos. Hasta hace muy poco, tú también has sido uno de esos hombres. Están tan confiados que siempre seguirán así. Pero no conseguirán escapar. Ellos no saben que esto no es más que un gigantesco y deslumbrante meteoro que deja una hermosa estela en el espacio, pero que algún día tendrá que producir impacto. Ellos sólo ven el resplandor, la hermosa estela, lo mismo que la veía usted.

Montag, los viejos que se quedan en casa, cuidando sus delicados huesos, no tienen derecho a criticar. Sin embargo, ha estado a punto de estropearlo todo desde el principio. ¡Cuidado! Estoy con usted, no lo olvide. Me hago cargo de cómo ha ocurrido todo. Debo admitir que su rabia ciega me ha dado nuevo vigor. ¡Dios, cuán joven me he sentido! Pero, ahora… Ahora, quiero que usted se sienta viejo, quiero que parte de mi cobardía se destile ahora en usted. Las siguientes horas cuando vea al capitán Beatty, manténgase cerca de él, déjeme que le oiga, que perciba bien la situación. Nuestra meta es la supervivencia. Olvídese de esas solas y estúpidas mujeres…

-Creo que hace años que no eran tan desgraciadas –dijo Montag-. Me ha sorprendido ver llorar a Mrs Phe1ps. Tal vez tengan razón, quizá sea mejor no enfrentarse con los hechos, huir, divertirse. No lo sé, me siento culpable…

-¡No, no debe sentirse! Si no hubiese guerra, si reinara paz en el mundo, diría, estupendo, divertios. Pero, Montag, no debe volver a ser simplemente un bombero No todo anda bien en el mundo.

Montag empezó a sudar.

-Montag, ¿me escucha?

-Mis pies -dijo Montag-. No puedo moverme. ¡Me siento tan condenadamente tonto! ¡Mis pies no quieren moverse!

-Escuche. Tranquilícese -dijo el viejo con voz suave-. Lo sé, lo sé. Teme usted cometer errores. No tema. De los errores, se puede sacar provecho. ¡Si cuando yo era joven arrojaba mi ignorancia a la cara de la gente! Me golpeaban con bastones. Pero cuando cumplí los cuarenta años, mi romo instrumento había sacado una fina y aguzada punta. Si esconde usted su ignorancia, nadie le atacará y nunca llegará a aprender. Ahora, esos pies, y directo al cuartel de bomberos. Seamos gemelos, ya no estamos nunca solos. No estamos separados en diversos salones, sin contacto entre ambos. Si necesita ayuda, cuando Beatty empiece a hacerle preguntas, yo estaré sentado aquí, junto a su tímpano, tomando notas.

Montag sintió que el pie derecho y, después, el izquierdo empezaban a moverse.

-Viejo -dijo-, quédese conmigo.

El Sabueso Mecánico no estaba. Su perrera aparecía vacía y en el cuartel reinaba un silencio total, en tanto que la salamandra anaranjada dormía con la barriga llena de petróleo y las mangueras lanzallamas cruzadas sobre sus flancos. Montag penetró en aquel silencio, tocó la barra de latón y se deslizó hacia arriba, en la oscuridad, volviendo la cabeza para observar la perrera desierta, sintiendo que el corazón se le aceleraba; después, se tranquilizaba; luego, se aceleraba otra vez. Por el momento, Faber parecía haberse quedado dormido.

Beatty estaba junto al agujero, esperando, pero de espaldas, como si no prestara ninguna atención.

-Bueno -dijo a los hombres que jugaban a las cartas-, ahí llega un bicho muy extraño que en todos los idiomas recibe el nombre de tonto.

Alargó una mano de lado, con la palma hacia arriba, en espera de un obsequio. Montag puso el libro en ella. Sin ni siquiera mirar el título, Beatty lo tiró a la papelera y encendió un cigarrillo.

-Bien venido, Montag. Espero que te quedes con nosotros, ahora que te ha pasado la fiebre y ya no estás enfermo. ¿Quieres sentarte a jugar una mano de póquer? 

Se instalaron y distribuyeron los naipes. En presencia de Beatty, Montag se sintió lleno de culpabilidad. Sus dedos eran como hurones que hubiesen cometido alguna fechoría y ya nunca pudiesen descansar, siempre agitados Y ocultos en los bolsillos, huyendo de la mirada penetrante de Beatty, Montag tuvo la sensación de que si Beatty hubiese llegado a lanzar su aliento sobre ellos, sus manos se marchitarían, irían deformándose y nunca más recuperarían la vida; habrían de permanecer enterradas para siempre en las mangas de su chaqueta olvidadas. Porque aquéllas eran las manos que habían obrado por su propia cuenta, independientemente de él, fue en ellas donde se manifestó primero el impulso apoderarse de libros, de huir con Job y Ruth y Shakespeare; y, ahora, en el cuartel, aquellas manos parecían bañadas en sangre.

Dos veces en media hora, Montag tuvo que dejar la partida e ir al lavabo a lavarse las manos. Cuando regresaba, las ocultaba bajo la mesa.

Beatty se echó a reír.

-Muéstranos tus manos, Montag. No es qué desconfiemos de ti, compréndelo, pero…

Todos se echaron a reír.

-Bueno -dijo Beatty-, la crisis ha pasado y está bien. La oveja regresa al redil. Todos somos ovejas que alguna vez se han extraviado. La verdad es la verdad. Al final de nuestro camino, hemos llorado. Aquellos a quienes acompañan nobles sentimientos nunca están solos, nos hemos gritado. Dulce alimento de sabiduría manifestada dulcemente, dijo Sir Philip Sidney. Pero por otra parte: Las palabras son como hojas, y cuanto más abundan raramente se encuentra debajo demasiado fruto o sentido, Alexander Pope. ¿Qué opinas de esto?

-No lo sé.

-¡Cuidado! -susurró Faber, desde otro mundo muy lejano-.

-¿0 de esto? Un poco de instrucción es peligrosa. Bebe copiosamente, o no pruebes el manantial de la sabiduría; esas corrientes profundas intoxican el cerebro, y beber en abundancia nos vuelve a serenar. Pope. El mismo ensayo. ¿Dónde te deja esto?

Montag se mordió los labios.

-Yo te lo diré -prosiguió Beatty, sonriendo a sus naipes-. Esto te ha embriagado durante un breve plazo. Lee algunas líneas y te caes por el precipicio. Vamos, estás dispuesto a trastornar el mundo, a cortar cabezas, a aniquilar mujeres y niños, a destruir la autoridad. Lo sé, he pasado por todo ello.

-Ya estoy bien -dijo Montag, muy nervioso-.

-Deja de sonrojarte. No estoy pinchándote, de veras que no. ¿Sabes? Hace una hora he tenido un sueño. Me había tendido a descabezar un sueñecito. Y, en este sueño, tú y yo, Montag, nos enzarzamos en un furioso debate acerca de los libros. Tú estabas lleno de rabia, me lanzabas citas. Yo paraba, con calma, cada ataque. Poder, he dicho. Y tú, citando al doctor Johnson, has replicado: ¡El conocimiento es superior a la fuerza! Y yo he dicho: «Bueno, querido muchacho», el doctor Johnson también dijo: Ningún hombre sensato abandonará una cosa cierta por otra insegura. Quédate con los bomberos, Montag. ¡Todo lo demás es un caos terrible!

-No le hagas caso -susurró Faber-. Está tratando de confundirte. Es muy astuto. ¡Cuidado!

Beatty rió entre dientes.

-Y tú has replicado, también con una cita: La verdad saldrá a la luz, el crimen no permanecerá oculto mucho tiempo. Y yo he gritado de buen humor: ¡Oh, Dios! ¡Sólo está hablando de su caballo! Y: El diablo puede citar las Escrituras para conseguir sus fines. Y tú has vociferado: Esta época hace más caso de un tonto con oropeles que de un santo andrajoso, de la escuela de la sabiduría. Y yo he susurrado amablemente: La

dignidad de la verdad se pierde con demasiadas protestas. Y tú has berreado: Las carroñas sangran ante la presencia del asesino. Y yo he dicho, palmoteándote una mano: ¿Cómo? ¿Te produzco anginas? Y tú has chillado: ¡La sabiduría ría es poder! Y: Un enano sobre los hombros de un gigante es el más alto de los dos. Y he resumido mi opinión con extraordinaria serenidad: La tontería de confundir una metáfora con una prueba, un torrente de verborrea con un manantial de verdades básicas, y a sí mismo con un oráculo, es innato en nosotros, dijo Mr. Valéry en una ocasión.

Montag meneó la cabeza doloridamente. Le parecía que le golpeaban implacablemente en la frente, en los ojos, en la nariz, en los labios, en la barbilla, en los hombros, en los brazos levantados. Deseaba gritar: « ¡Calla! ¡Estás tergiversando las cosas, deténte!» alargó la mano para coger una muñeca del otro.

-¡Caramba, vaya pulso! Te he excitado mucho, ¿verdad, Montag? ¡Válgame Dios! Su pulso suena como el día después de la guerra. ¡Todo son sirenas Y campanas! ¿He de decir algo más? Me gusta tu expresión de pánico. Swahili, indio, inglés… ¡Hablo todos los idiomas! ¡Ha sido un excelente y estúpido discurso!

-¡Montag, resista! -La vocecita sonó en el oído de Montag-. ¡Está enfangando las aguas!

-Oh, te has asustado tontamente -dijo Beatty- porque he hecho algo terrible al utilizar esos libros a lo que tú te aferrabas, en rebatirte todos los puntos. ¡Qué traidores pueden ser los libros! Te figuras que te ayudan, y se vuelven contra ti. Otros pueden utilizarlos también, y ahí estás perdido en medio del pantano, entre un gran tumulto de nombres, verbos y adjetivos. Y al final de mi sueño, me he presentado con la salamandra y he dicho: «¿Vas por mi camino?» Y tú has subido, y hemos regresado al cuartel en medio de un silencio beatífico, llenos de un profundo sosiego. -Beatty soltó la muñeca de Montag, dejó la mano fláccidamente. apoyada en la mesa-. A buen fin, no hay mal principio.

Silencio. Montag parecía una estatua tallada en piedra. El eco del martillazo final en su cerebro fue apagándose lentamente en la oscura cavidad donde Faber esperaba a que esos ecos desapareciesen. Y, entonces, cuando el polvo empezó a depositarse en el cerebro de Montag, Faber empezó a hablar, suavemente:

-Está bien, ha dicho lo que tenía que decir. Debe aceptarlo. Yo también diré lo que debo en las próximas horas. Y usted lo aceptará. Y tratará de juzgarlas y podrá decidir hacia qué lado saltar, o caer. Pero quiero que sea su decisión, no la mía ni la del capitán. Sin embargo, recuerde que el capitán pertenece a los enemigos más peligrosos de la verdad y de la libertad, al sólido e inconmovible ganado de la mayoría. ¡Oh, Dios! ¡La terrible tiranía de la mayoría! Todos tenemos nuestras arpas para tocar. Y, ahora, le corresponderá a usted saber con qué oído quiere escuchar.

Montag abrió la boca para responder a Faber. Le salvó de este error que iba a cometer en presencia de los otros el sonido del timbre del cuartel. La voz de alarma proveniente del techo se dejó oír. Hubo un tic tac cuando el teléfono de alarma mecanografió la dirección. El capitán Beatty, con las cartas de póquer en una mano, se acercó al teléfono con exagerada lentitud y arrancó la dirección cuando el informe hubo terminado. La miró fugazmente y se la metió en el bolsillo. Regresó Y volvió a sentarse a la mesa. Los demás le miraron.

-Eso puede esperar cuarenta segundos exactos, que es lo que tardaré en acabar de desplumaros -dijo Beatty, alegremente-.

Montag dejó sus cartas.

-¿Cansado, Montag? ¿Te retiras de la partida?

-Sí.

-Resiste. Bueno, pensándolo bien, podemos terminar luego esta mano. Dejad vuestros naipes boca abajo

-Preparad el equipo. Ahora será doble. -Y Beatty volvió a levantarse-. Montag, ¿no te encuentras bien? Sentiría que volvieses a tener fiebre…

-Estoy bien.

-Magnífico! Éste es un caso especial. ¡Vamos, apresúrate! cuando el polvo empezó a depositarse en el cerebro de Montag, Faber empezó a hablar, suavemente: Está bien, ha dicho lo que tenía que decir. Debe aceptarlo. Yo también diré lo que debo en las próximas horas. Y usted lo aceptará. Y tratará de juzgarlas y podrá decidir hacia qué lado saltar, o caer. Pero quiero que sea su decisión, no la mía ni la del capitán. Sin embargo, recuerde que el capitán pertenece a los enemigos más peligrosos de la verdad y de la libertad, al sólido e inconmovible ganado de la mayoría. ¡Oh, Dios! ¡La terrible tiranía de la mayoría! Todos tenemos nuestras arpas para tocar. Y, ahora, le corresponderá a usted saber con qué oído quiere escuchar.

Montag abrió la boca para responder a Faber. Le salvó de este error que iba a cometer en presencia de los otros el sonido del timbre del cuartel. La voz de alarma proveniente del techo se dejó oír. Hubo un tic tac cuando el teléfono de alarma mecanografió la dirección. El capitán Beatty, con las cartas de póquer en una mano, se acercó al teléfono con exagerada lentitud y arrancó la dirección cuando el informe hubo terminado. La miró fugazmente y se la metió en el bolsillo. Regresó Y volvió a sentarse a la mesa. Los demás le miraron.

-Eso puede esperar cuarenta segundos exactos, que es lo que tardaré en acabar de desplumaros -dijo Beatty, alegremente-.

Montag dejó sus cartas.

¿Cansado, Montag? ¿Te retiras de la partida?

-Sí.

-Resiste. Bueno, pensándolo bien, podemos terminar luego esta mano. Dejad vuestros naipes boca abajo

Preparad el equipo. Ahora será doble. -Y Beatty volvió a levantarse-. Montag, ¿no te encuentras bien?

Sentiría que volvieses a tener fiebre…

-Estoy bien.

Magnífico! Éste es un caso especial. ¡Vamos, apresúrate!

Saltaron al aire y se agarraron a la barra de latón como si se tratase del último punto seguro sobre la avenida que amenazaba ahogarles; luego, con gran decepción por parte de ellos, la barra de metal les bajó hacia la oscuridad, a las toses, al resplandor y la succión del dragón gaseoso que cobraba vida.

-¡Eh!

Doblaron una esquina con gran estrépito del motor y la sirena, con chirrido de ruedas, con un desplazamiento de la masa del petróleo en el brillante tanque de latón, como la comida en el estómago de un gigante mientras los dedos de Montag se apartaban de la barandilla plateada, se agitaban en el aire, mientras el viento empujaba el pelo de su cabeza hacia atrás. El viento silbaba entre sus dientes, y él, pensaba sin cesar en mujeres, en aquellas charlatanas de aquella noche en su salón, y en la absurda idea de él de leerles un libro. Era tan insensato y demente como tratar de apagar un fuego con una pistola de agua. Una rabia sustituida por otra. Una cólera desplazando a otra. ¿Cuándo dejaría de estar furioso y se tranquilizaría, y se quedaría completamente tranquilo?

-¡Vamos allá!

Montag levantó la cabeza. Beatty nunca guiaba pero esta noche sí lo hacía, doblando las esquinas con la salamandra, inclinado hacia delante en el asiento del conductor, con su maciza capa negra agitándose a su espalda, lo que le daba el aspecto de un enorme murciélago que volara sobre el vehículo, sobre los números de latón, recibiendo todo el viento.

-¡Allá vamos para que el mundo siga siendo feliz. Montag!

Las mejillas sonrojadas y fosforescentes de Beatty brillaban en la oscuridad, y el hombre sonreía furiosamente.

-¡Ya hemos llegado!

La salamandra se detuvo de repente, sacudiendo hombres. Montag permaneció con la mirada fija en la brillante barandilla de metal que apretaba con toda la fuerza de sus puños.

«No puedo hacerlo -pensó-. ¿Cómo puedo realizar esta nueva misión, cómo puedo seguir quemando cosas? No me será posible entrar en ese sitio.»

Beatty, con el olor del viento a través del cual se había precipitado, se acercó a Montag.

-¿Todo va bien, Montag?

Los hombres se movieron como lisiados con sus embarazosas botas, tan silenciosos como arañas.

Montag acabó por levantar la mirada y volverse. Beatty estaba observando su rostro.

-¿Sucede algo, Montag?

-Caramba -dijo éste, con lentitud-. Nos hemos detenido delante de mi casa.

Septiembre 19, 2008

Alicia Rosales: “Estaba arrojada al combate de tus ojos…”

Archivado en: Alicia Rosales — max @ 4:21 pm
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Estaba arrojada al combate de tus ojos, en la fecundidad de una tierra de esperanza. Asomada a tu frente poseía la certeza del futuro sin tregua, aquel que tus pasos anhelaban construir en el abismo de la vida. Levantó la mirada de la página y recordó imágenes vividas tiempo atrás cuando todavía florecía la adolescencia a la salida de aulas y conciertos, en la ilusión clandestina. Nada parecido había vuelto a ocurrirle desde que te descubrió jugando a mecer las olas en una lágrima sin límites. En el espacio que debía hacer suyo reconoció tus palabras desvistiéndola de inocencia. Un amor furtivo doblaba ahora la esquina del recuerdo y le asaltaba el grito de tu boca. Entonces pensó que no eran necesarias más palabras de rendición porque ya se había entregado sin condiciones al viento de tu noche.

Amanecía al otro lado del silencio y el alba esquivaba las rejas para inundar su pequeño secreto. Oía la vida en la frontera de su cuerpo y supo, un día más, que debía perderse en el olvido. Y, sin embargo, amar la vida por encima de todo fue el último pensamiento en cruzar su frente antes de sentir la violencia sobre su piel. La página era una interrogación insistente y recordó el gesto de tu discurso cuando iniciabas el trayecto hacia la afirmación radical de tu historia. En tus ojos brillaba la consigna nunca herida y pintabas claveles rojos sobre las paredes de la estación.

Madrid, junio de 1989.

Septiembre 18, 2008

Pedro A. Martín: “Hazte caso”

Archivado en: Pedro A. Martín — max @ 11:13 pm
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Si quieres saber como soy

hazte caso:

mira la puerta y no la abras.

Si lo haces verás como me alejo

hacia la próxima puerta.

Aquella última, la del fondo,

la transparente.

Septiembre 14, 2008

Anaïs Nin: “Mathilde”

Archivado en: Anaïs Nin — max @ 6:52 pm
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Mathilde era sombrerera en París, y contaba apenas veinte años cuando la sedujo el Barón. Aunque la aventura no había durado más que dos semanas, en ese breve espacio de tiempo quedó imbuida, por contagio, de la filosofía de la vida y de la manera expeditiva de resolver los problemas propios del Barón. Algo que éste le dijo casualmente una noche la intrigaba: que las mujeres parisienses gozaban de la más elevada cotización en Sudamérica debido a su pericia en materia amorosa, a su vivacidad y a su talento, que las hacían contrastar acusadamente con muchas esposas de aquellos países. Estas aún cultivaban la tradición de mantenerse en un plano borroso y de obediencia, que diluía sus personalidades y que, posiblemente, se debía a la resistencia de los hombres a hacer de ellas unas amantes. Al igual que el Barón, Mathilde desarrolló una fórmula para actuar en la vida como en una serie de papeles; o sea, diciéndose todas las mañanas, mientras se cepillaba su rubio pelo: “Hoy quiero ser tal o cual persona”, y procediendo en consecuencia. Un día decidió que deseaba ser una distinguida representante de un conocido modista parisiense e irse al Perú. Todo cuanto tenía que hacer era interpretar el papel. Así pues, se vistió con cuidado y se presentó con extraordinaria seguridad en casa del modista. El puesto de representante le fue concedido y se le entregó un pasaje de barco para Lima. A bordo, se comportó como una embajadora francesa de la elegancia. Su innato talento para apreciar los buenos vinos, los buenos perfumes y ios buenos vestidos la señalaron como una dama refinada. Su paladar era el de un gourmet. Mathilde poseía sobrados encantos para realzar ese papel. Reía de continuo, le sucediera lo que le sucediera. Cuando se extraviaba una maleta, reía. Cuando la pisaban, reía. Fue su risa lo que atrajo al representante de la naviera española, Dalvedo, quien la invitó a sentarse a la mesa del capitán. Dalvedo iba elegantemente vestido de esmoquin, se comportaba como si él mismo fuera el capitán y contaba anécdotas. La noche siguiente la sacó a bailar. Se daba perfecta cuenta de que el viaje no era lo bastante largo como para cortejar a la joven de forma usual, de modo que inmediatamente empezó a alabar el pequeño lunar de la mejilla de Mathilde. A medianoche le preguntó si le gustaban los higos chumbos. Ella nunca los había probado. Dalvedo le dijo que tenía algunos en su camarote. Pero Mathilde quería realzar su valor mediante la resistencia, y se mantuvo en guardia cuando penetraron en él. Había rechazado con facilidad las manos audaces de los hombres con las que se rozaba mientras vendía las insidiosas caricias de los maridos de sus clientes, y los pellizcos en los pezones a cargo de los amigos que la invitaban al cine. Nada de eso le había causado ninguna sensación. Tenía una vaga pero tenaz idea de lo que la podía agitar. Deseaba ser cortejada con un lenguaje misterioso. Era su condición desde su primera aventura, ocurrida cuando sólo tenía dieciséis años. Un escritor célebre había entrado un día en su tienda. No buscaba un sombrero, sino que preguntó si vendía unas flores luminosas de las que había oído hablar; unas flores que brillaban en la obscuridad. Las deseaba, explicó, para una mujer que brillaba en la obscuridad. Podía jurar que cuando la llevó al teatro y se sentó en la parte trasera del palco, sin luz, con su traje de noche, su piel era tan luminosa como la más fina de las conchas marinas, de un fulgor rosa pálido. Y él quería esas flores para que las llevara en el pelo. Mathilde no las tenía. Pero en cuanto el hombre se hubo marchado, fue a mirarse al espejo. Esa era la clase de sentimiento que deseaba inspirar. ¿Podría? La tonalidad de su cutis no era de aquella clase; tenía más fuego que luz. Sus ojos eran ardientes, de color violeta. Llevaba el cabello teñido de rubio, pero proyectaba a su alrededor una sombra cobriza. Su piel era asimismo de color de cobre, firme y en absoluto transparente. Su cuerpo llenaba sus vestidos, ciñéndoselos plenamente. No llevaba corsé, pero su figura tenía la misma forma que si lo utilizara. Se arqueaba para sacar el pecho y ele-var las nalgas. El hombre volvió, pero esta vez no pretendió comprar nada.

Permaneció de pie mirándola, sonriendo con su rostro alargado y finamente tallado, y entregándose, con sus gestos elegantes, al ritual de encender un cigarrillo. –Esta vez he venido sólo para verla –dijo. El corazón de Mathilde latió tan aprisa, que sintió como si hubiera llegado el momento que esperaba desde hacía años. A punto estuvo de ponerse de puntillas para escuchar el resto de sus palabras. Sintió como si fuera la luminosa mujer que se sentaba atrás, en el palco obscuro, recibiendo las exóticas flores. Pero lo que el cortés escritor de pelo gris dijo con su aristocrática voz fue: –En cuanto la vi, se me levantó. La crudeza de aquellas palabras fue como un insulto. Se ruborizó y lo abofeteó. Esta escena se repitió en varias ocasiones. Mathilde advirtió que en su presencia los hombres solían enmudecer, privados de toda inclinación romántica a hacer la corte. Palabras como aquéllas salían de sus bocas sólo con que la vieran. Su efecto era tan directo que todo cuanto podían expresar era su turbación física. En lugar de aceptar eso como un tributo, Mathilde se ofendía. Ahora se hallaba en el camarote de Dalvedo, el afable español, que estaba pelando unos higos chumbos para ella y charlando. Mathilde fue recuperando la confianza. Se sentó en el brazo de una silla, vestida con su traje de noche de terciopelo rojo. Pero el acto de pelar los higos quedó interrumpido. Dalvedo se levantó y dijo: –Tiene usted en su mejilla el más seductor de los lunares. Ella pensó que trataría de besárselo, pero no lo hizo. Se desabrochó rápidamente, se sacó el miembro y, con el gesto que un apache dirigiría a una mujer de la calle, le ordenó:

–Arrodíllate. Mathilde lo abofeteó y se dirigió a la puerta. –No te vayas –imploró él–. Me has vuelto loco; mira en qué estado me has puesto. Ya estaba así toda la noche, mientras bailábamos. No puedes dejarme ahora. Trató de abrazarla. Mientras luchaba por librarse de él, Dalvedo eyaculó sobre su vestido. Tuvo que cubrirse con su capa para regresar a su camarote. En cuanto Mathilde llegó a Lima, sin embargo, vio realizado su sueño. Los hombres se le acercaban con palabras floridas, disfrazando sus intenciones con gran encanto y ornamentos retóricos. Este pre-ludio al acto sexual la satisfizo; le agradaba un poco de incienso. En Lima recibió mucho, pues formaba parte del ritual. Había sido elevada a un pedestal de poesía, de modo que su caída hacia el abrazo final podía parecer más que un milagro. Vendió muchas más noches que sombreros.

En esa época, Lima sufría la fuerte influencia de su numerosa población china. Fumar opio estaba a la orden del día. Jóvenes ricos iban en pandilla de burdel en burdel, pasaban las noches en los fuma-deros, donde había prostitutas disponibles, o alquilaban habitaciones completamente vacías en los barrios bajos, donde podían tomar drogas en grupo y ser visitados por las rameras. A los jóvenes les gustaba ir a ver a Mathilde. Había transformado su tienda en un budoir, lleno de chaises longues, encajes y raso, cortinas y cojines. Martínez, un aristócrata peruano, la inició en el opio. Llevaba a sus amigos a fumar, y a veces pasaban dos o tres días perdidos para el mundo y para sus familias. Las cortinas permanecían cerradas. La atmósfera era obscura e invitaba a dormir. Compartían a Mathilde. El opio los volvía más voluptuosos que sensuales. Podían pasarse horas acariciándole las piernas. Uno de ellos le tomaba un seno, mientras que otro enterraba sus besos en la delicada carne del cuello, limitándose a presionar con los labios, porque el opio ampliaba todas las sensaciones. Un beso podía hacer temblar todo el cuerpo. Mathilde yacía desnuda en el suelo. Todos los movimientos eran lentos. Tres de los cuatro jóvenes estaban echados entre los almohadones. Perezosamente, un dedo buscaba el sexo de la muchacha, penetraba en él y allí permanecía, entre los labios de la vulva, sin moverse. Otra mano lo pretendía también, se contentaba con describir círculos en torno suyo, y al cabo iba en busca de otro orificio. Un hombre ofrecía su miembro a la boca de Mathilde. Ella lo succionaba lentamente; todo contacto era magnificado por la droga. Luego, durante horas, podían yacer tranquilos, soñando.

Las imágenes eróticas se formaban de nuevo. Martínez comenzó a ver el cuerpo de una mujer, hinchado, sin cabeza; una mujer con los pechos de una balinesa, el vientre de una africana y las altas nalgas de una negra, todo confundido con una imagen de carne móvil; una carne que parecía hecha de materia elástica. Los erguidos senos se hincha-ban en dirección a su boca, y su mano se extendía hacia ellos, pero entonces las demás partes del cuerpo se ensanchaban, se volvían prominentes y colgaban sobre el propio cuerpo de Martínez. Las pier-nas se separaban de una forma inhumana e imposible, como si las cercenaran de la mujer, a fin de dejar el sexo expuesto, abierto; como si alguien hubiera tomado un tulipán en la mano y lo abriera por completo, forzándolo. Este sexo era móvil también y cambiaba como si fuera de goma, como si lo ensancharan unas manos invisibles, unas manos curiosas que pretendieran desmembrar el cuerpo para acceder a su interior. Entonces, el trasero se volvía completamente hacia él y empezaba a perder su forma, como si lo hubieran arrancado. A cada momento parecía que el cuerpo iba a abrirse del todo, hasta rasgarse. A Martínez le acometió la furia porque otras manos sujetaban ese cuerpo. Trató de incorporarse y buscar el seno de Mathilde, y si encontraba allí otra mano o una boca chupándolo, buscaría el vientre, como si aún se tratara de la imagen que obsesionó su sueño causado por el opio, y entonces caería sobre la parte inferior de aquel cuerpo, de manera que pudiera besarlo entre las piernas abiertas. El placer que experimentaba Mathilde acariciando a los hombres era inmenso, y las manos de éstos se deslizaban sobre su cuerpo y lo arrullaban de tal manera, tan regularmente, que raras veces la acometía un orgasmo. Sólo adquiría conciencia de ello una vez se habían marchado los hombres. Despertaba de sus sueños causados por el opio, con el cuerpo aún no descansado. Permanecía acostada limándose las uñas y aplicándose laca en ellas, haciendo su refinada toilette para futuras ocasiones y cepillándose el rubio cabello. Sentada al sol, y utilizando algodón empapado en peróxido, se teñía el vello púbico del mismo color que el cabello. Abandonada a sí misma, la obsesionaban los recuerdos de las manos sobre su cuerpo. Ahora, bajo su brazo, sentía una que se deslizaba hacia su cintura. Se acordó de Martínez, de su manera de abrirle el sexo como si fuera un capullo, de cómo los aleteos de su rápida lengua cubrían la distancia que mediaba entre el vello púbico y las nalgas, terminando en el hoyuelo al final de la espalda. ¡Cuánto amaba él ese hoyuelo que le impulsaba a seguir con sus dedos y su lengua la curva que se iniciaba más abajo y se desvanecía entre las dos turgentes montañas de carne! Pensando en Martínez, Mathilde se sintió invadida por la pasión. Y no podía aguantar su regreso. Se miró las piernas. Por haber permanecido demasiado tiempo sin salir, se habían blanqueado de ma-nera muy sugestiva, adquiriendo el tono blanco yeso del cutis de las mujeres chinas, esa mórbida palidez de invernadero que gustaba a los hombres de piel obscura, y en particular a los peruanos. Se miró el vientre, impecable, sin una sola línea fuera de lugar. El vello púbico relucía ahora al sol con reflejos rojos y dorados. “¿Cómo me ve él?”, se preguntó. Se levantó y colocó un largo espejo junto a la ventana. Lo puso de pie, apoyándolo en una silla. Luego, mirándolo, se sentó frente a él, sobre la alfombra, y abrió len-tamente las piernas. La vista resultaba encantadora. El cutis era perfecto, y la vulva rosada y plana. Mathilde pensó que era como la hoja del árbol de la goma, con la secreta leche que la presión del dedo podía hacer brotar y la fragante humedad que evocaba la de las conchas marinas. Así nació Venus del mar, con aquella pizca de miel salada en ella, que sólo las caricias pueden hacer manar de los escondidos recovecos de su cuerpo. Mathilde se preguntaba si podría hacer salir aquello de su misterioso centro. Se abría con los dedos los dos pequeños labios de la vulva y empezaba a acariciarla con suavidad felina. Atrás y adelante, como hacía Martínez con sus morenos y más nerviosos dedos. Rememoró esos dedos sobre su piel, en contraste con ella, y cuya reciedumbre parecía que iba a lastimar el cutis antes que arrancar placer con su contacto. jQué delicadamente la tocaba –pensó–, cómo sujetaba la vulva entre sus dedos, como si tocara terciopelo! Se la sujetó como Martínez lo hacía, con el índice y el pulgar. Con la mano que le quedaba libre continuó las caricias. Experimentó la misma sensación, como de derretirse, que le procuraban los dedos de Martínez. De alguna parte, empezaba a fluir un líquido salado que cubría las aletas del sexo, que ahora relucía entre ellas. Mathilde quiso entonces conocer su aspecto cuando Martínez le pedía que se diera la vuelta. Se tendió sobre el costado izquierdo y expuso el trasero al espejo. Ahora podía ver su sexo desde otro lado. Se movió como se movía para Martínez. Vio cómo su propia mano aparecía sobre la pequeña colina formada por las nalgas, y empezaba a acariciarlas. Su otra mano se colocó entre las piernas y se mostró en el espejo por detrás. Esta mano acariciaba el sexo de atrás adelante Se introdujo el índice y empezó a frotarse contra él. Entonces la invadió el deseo de tomar por los dos lados, por lo que insertó el otro índice en el orificio trasero. Ahora, cuando se movía hacia adelante, se encontraba con un dedo, y cuando el vaivén la empujaba atrás, hallaba el otro dedo, como le ocurría cuando Martínez y un amigo suyo. la acariciaban a la vez. La proximidad del orgasmo la excitó, y la recorrieron las convulsiones, como si sacudiera el último fruto de una rama, sacudiendo, sacudiendo la rama para que cayera todo en un orgasmo salvaje, que se consumó mientras se miraba en el espejo, contemplando sus manos que se movían, la miel que brillaba y el sexo y el ano que resplandecían, húmedos, entre sus piernas. Después de ver sus movimientos en el espejo, comprendió la historia que le relatara un marinero: los marineros de su barco habían hecho una mujer de goma para pasar el rato y satisfacer los deseos que sentían durante los seis o siete meses que permanecían en el mar. La mujer había sido hecha a conciencia, y les producía una ilusión perfecta. Los marineros la amaban y se la llevaban a la cama. Estaba construida de tal manera, que todas sus aberturas podían satisfacerles. Poseía la cualidad que una vez atribuyó a su joven esposa un anciano indio: al poco de su matrimonio, la mujer era la amante de todos los jóvenes de la hacienda. El amo llamó al viejo indio para informarle de la escandalosa conducta de su joven esposa, y le aconsejó que la vigilara mejor. El indio meneó escépticamente la cabeza y repuso: –Bueno; no veo por qué tendría que preocuparme. Mi mujer no está hecha de jabón, así que no va a desgastarse. Eso es lo que sucedía con la mujer de goma. Los marineros la encontraban incansable y diferente; en verdad, una maravillosa compañera. No había celos, no se peleaban entre ellos, no existía la posesión. La mujer de goma fue muy amada, pero pese a su inocencia, su naturaleza flexible y buena, su generosidad y su silencio, pese a su fidelidad hacia los marineros, les contagió a todos de sífilis. Mathilde se rió al recordar al joven marinero peruano y su descripción, de cómo se acostaba sobre la muñeca, como si se tratara de un colchón de aire, y cómo, a veces, la muñeca le hacía botar sobre ella por su misma elasticidad. Mathilde se sentía exactamente como esa mujer de goma cuando tomaba opio. ¡Cuan placentera era la sensación de total abandono! Su única ocupación era contar el dinero que sus amigos le dejaban. Uno de ellos, Antonio, no parecía contento con el lujo de la habitación. Siempre estaba rogando a Mathilde que fuera a visitarlo. Regateaba mucho y tenía el aspecto del hombre que sabe hacer traba-jar a las mujeres para él. Poseía, ante todo, la elegancia necesaria para qué éstas se sintieran orgullosas de él; un cuidado aspecto de hombre acomodado y de suaves maneras que –se notaba– en el momento necesario podía llegar a la violencia. Sus ojos tenían la mirada del gato que hace desear acariciarlo, pero que no quiere a nadie, que nunca considera que deba responder a los impulsos que despierta.

Tenía una amante con la que se complementaba bien, pues le igualaba en fuerza y vigor, y era capaz de resistir todos los golpes; una mujer que llevaba su feminidad con honor y que no pedía compasión de los hombres; una mujer de verdad que sabía que una lucha vigorosa era un maravilloso estimulante para la sangre (la compasión sólo la diluye), y que las mejores reconciliaciones sólo pueden pro-ducirse después del combate. Sabía que cuando Antonio no estaba con ella se encontraba en casa de la francesa tomando opio, pero eso la preocupaba menos que no saber dónde estaba. Aquel día acababa de cepillarse el bigote con satisfacción, y se preparaba para una fiesta de opio. Con objeto de aplacar a su amante, empezó a pellizcarle y acariciarle las nalgas. Se trataba de una mujer de aspecto poco habitual, con algo de sangre africana. Sus senos eran los más enhiestos que jamás hubiera visto, colocados casi paralelamente a la línea del hombro, de forma por completo redonda y de gran tamaño. Fueron esos pechos lo primero que le atrajo. Estaban dispuestos de manera tan provocativa, tan cerca de la boca, apuntando hacia arriba, que despertaban en él una respuesta directa. Era como si su sexo tuviera una peculiar afinidad con aquellos senos; en cuanto se mostraron en el burdel donde halló a la mujer, el sexo de Antonio se alzó para desafiarlos en términos de igualdad. Cada vez que fue al prostíbulo, experimentó el mismo fenómeno. Por fin sacó a la mujer de aquella casa y se fue a vivir con ella. Al principio, sólo podía hacer el amor a sus pechos. Le tenían embrujado, obsesionado. Cuando introducía el pene en su boca, los senos parecían apuntar hambrientos hacia aquel sexo, lo dejaba así, entre los pechos, sujetán-dolos con las manos contra el miembro. Los pezones eran anchos, y se endurecían en su boca como un hueso de fruta. Excitada por las caricias de Antonio, se quedaba con la parte inferior del cuerpo completamente desatendida. Sus piernas se zarandeaban, pidiendo violencia, y el sexo se abría, pero él no le prestaba atención. Los senos llenaban su boca y entre ellos colocaba el pene; le gustaba ver el esperma rodándolos. El resto del cuerpo de la mujer se retorcía en el vacío, con las piernas y el sexo caracoleando como una hoja a cada caricia, batiendo el aire, hasta que ella misma llevaba allí sus manos y se masturbaba. Aquella mañana, cuando estaba a punto de irse, repitió sus caricias. La mordió en los pechos. Ella le ofreció su sexo, pero no lo aceptó. La obligó a arrodillarse frente a él y a tomar el pene en su boca. Frotó los senos contra sí, lo cual, en ocasiones, provocaba el orgasmo en la mujer. Acto seguido, Antonio se marchó, caminando despreocupadamente en dirección a la casa de Mathilde. Halló la puerta entreabierta y penetró con pasos felinos, sin hacer el menor ruido sobre la alfombra. Halló a Mathilde a gatas en el suelo, frente a un espejo, mirándose la entrepierna. –No te muevas, Mathilde –le dijo–. Me gusta esa postura. Se agachó sobre ella como un gato gigantesco, y la penetró. Dio a Mathilde lo que no diera a su querida. El peso de Antonio la hizo al fin derrumbarse y tumbarse en la alfombra. Este levantó el trasero de Mathilde agarrándolo con ambas manos, y la poseyó una y otra vez. Su miembro parecía estar hecho de hierro candente; era largo y estrecho, se movía en todas direcciones y brincaba dentro de ella con una agilidad que la muchacha nunca había conocido. Antonio, cuyos gestos eran cada vez más rápidos, decía con voz ronca: –¡Córrete ya, córrete ya, córrete te digo! Dámelo todo, ahora. Dámelo todo. Como nunca has hecho. ¡Entrégate! Con estas palabras, ella empezó a brincar contra él furiosamente, y el orgasmo se consumó, llegó como un rayo que alcanzara a los dos al mismo tiempo. Los otros les hallaron todavía abrazados sobre la alfombra. Se echaron a reír al ver el espejo, que había reflejado el encuentro. Comenzaron a preparar las pipas de opio. Mathilde estaba lánguida. Martínez comenzó su sueño de mujeres hinchadas y con el sexo abierto. Antonio conservaba la erección y pidió a Mathilde que se le sentara encima; ella lo hizo. Cuando la fiesta del opio hubo terminado, y todos excepto Antonio se hubieron marchado, éste repitió la proposición de que le acompañara a su antro particular. Las entrañas de Mathilde abrasaban todavía a causa de la penetración, y consintió, pues deseaba estar con él y repetir aquel abrazo. Caminaron en silencio por las callejuelas del barrio chino. Mujeres de todas partes del Mundo les sonreían desde las ventanas abiertas y les invitaban, de pie en los umbrales. Algunas habitaciones estaban expuestas a la calle. Sólo una cortina ocultaba las camas, por lo que podían verse parejas abrazándose. Había mujeres sirias con su atavío nativo, árabes cubriendo con joyas sus cuerpos semidesnudos, japonesas y chinas haciendo señas picaras, y corpulentas africanas acuclilladas en círculo, charlando entre ellas. Había una casa llena de prostitutas francesas cubiertas con cortas camisas rosadas, tejiendo y cosiendo como si estuvieran en el hogar. Llamaban a los peatones prometiéndoles siempre especialidades. Las casas eran pequeñas, pero iluminadas, polvorientas, llenas de humo y repletas de voces apagadas: murmullos de borrachos y de parejas haciendo el amor. Las chinas adornaban el escenario y lo hacían confuso, aún más con biombos y cortinas, linternas, incienso ardiendo y Budas de oro. Era un laberinto de joyas, flores de papel, colgaduras de seda y alfombras, con mujeres tan variadas como los diseños y los colores que invitaban a los hombres que pasaban a acostarse con ellas. Antonio tenía una habitación en ese barrio. Condujo a Mathilde por la arrruinada escalera, abrió una puerta casi inservible por el uso, y la empujó dentro. No había muebles. Sobre el suelo se extendía una estera china, en la que estaba acostado un hombre envuelto en harapos; un hombre tan flaco y de aspecto tan enfermizo, que Mathilde retrocedió. –Ah, estás aquí –dijo Antonio en tono más bien irritado. –No tenía donde ir. –Pues aquí no puedes quedarte, ¿sabes? La policía anda tras de ti. –Sí, ya lo sé. –Supongo que fuiste tú el que robó la cocaína el otro día. Sabía que eras tú. –Sí –confirmó el hombre, amodorrado e indiferente. Entonces Mathilde vio que su cuerpo estaba cubierto de arañazos y pequeñas heridas. El hombre hizo un esfuerzo por sentarse. Sostenía una ampolla en una mano, y en la otra una pluma estilográfica y una navajita. Mathilde lo miró con horror.

Rompió el extremo de la ampolla con el dedo, sacudiendo los fragmentos. Luego, en lugar de introducir una jeringa hipodérmica, metió la estilográfica y extrajo el líquido. Con la navajita se practicó un corte en el brazo, ya cubierto de heridas antiguas y de otras más recientes, se insertó la pluma en el corte e introdujo la cocaína en su carne. –Es demasiado pobre para comprarse una aguja –comentó Antonio–. No le di dinero porque pensé que así evitaría que robara, pero mira lo que ha encontrado. Mathilde quiso irse, pero Antonio se lo impidió. Quería que tomaran cocaína juntos. El hombre yacía boca arriba con los ojos cerrados. Antonio sacó una aguja y puso a Mathilde una inyección. Se acostaron en el suelo, y ella fue presa de un extraordinario entumecimiento. –Te sientes como muerta, ¿verdad? –le preguntó Antonio. Era como si le hubieran dado éter. La voz de Antonio parecía llegar de muy lejos. Se movió hacia él y sintió como un desmayo. –Se te pasará –dijo él. Comenzó una pesadilla. Muy lejos, estaba la figura del hombre postrado, echado de espaldas en la estera, y más cerca el cuerpo de Antonio, muy ancho y negro. Antonio tomó el cortaplumas y se echó sobre Mathilde. Ella sintió el miembro en su interior, suave y placentero, y se entregó a un movimiento lento, relajado, en oleadas. El pene se escabulló, y Mathilde lo sintió mecerse sobre la sedosa humedad de su entrepierna, pero no había quedado satisfecha, e hizo un gesto para recuperarlo. Luego en la pesadilla, Antonio abrió el cortaplumas y se lanzó sobre las piernas abiertas de Mathilde, la tocó con la punta de la navaja y la empujó suavemente. Mathilde no experimentó dolor alguno. Le faltó energía para moverse; estaba hipnotizada por aquel cuchillo abierto. De pronto cobró conciencia de lo que sucedía: no se trataba de una pesadilla. Antonio estaba mirando cómo la punta del cortaplumas tocaba la entrada de su sexo. Chilló y se abrió la puerta. Era la policía, que buscaba al ladrón de cocaína. Mathilde fue rescatada del hombre que tan a menudo acuchillaba la vulva de las prostitutas, razón por la que nunca tocaba a su amante en esa parte. Mientras vivió con ella, sólo había estado a salvo cuando lo provocativo de sus senos mantuvo su atención apartada del sexo, de la morbosa atracción hacia la que llamaba “la heridita de la mujer”, que tan violentamente se sentía tentado de ensanchar.

Septiembre 3, 2008

María Toledano: “Un septiembre sin Fiesta del PCE”

Archivado en: María Toledano — max @ 7:22 pm
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A las gentes de edad con propensión a la exageración, la nostalgia revolucionaria, la literaria guerra fría (que vuelve como épica y farsa al tiempo) y la desmemoria (ya sólo recuerdo -igual que hacía mi admirado Andréi Gromyko- lo que me interesa, cuando me interesa), deberían darnos pocos disgustos. Sería conveniente, incluso necesario, que la vida transcurriera sin sobresaltos ni asperezas, que las comidas fueran sin sal, poco aceite, de ligera digestión y a sus horas, invariable la sonrisa del médico (inquieto, mira el reloj, tiene varios pacientes por hora y no está la cosa para perder el tiempo con las recetas e historias del personal) y que las pastillas estuvieran bien acomodadas -cada una de un color diferente, tendencia multicolor made in USA, y en su pequeño compartimento- en el plateado pastillero de vieja plata, que diría, o algo parecido, el gran Alejo Carpentier en las primeras líneas de su exótico Concierto barroco. Sería conveniente, incluso razonable, que la realidad -eso que han inventado (tras tanto afán y reflexión en los múltiples think tanks) para que nosotros, mortales, seamos felices y que en nada se parece a lo real- siguiera el curso natural de las cosas. Sería razonable, conveniente, no alterar demasiado el cauce de los ríos, evitar inventos innecesarios (he visto que hay libros que se pueden mojar y que sirven para que los que nunca han leído se los lleven a la playa y/o piscina; estaría bien, dicho sea de paso y sin ánimo de molestar, ver en ese innovador formato plástico la nueva reflexión otoñal del veterano combatiente Santiago Carrillo flotando, a la deriva, camino de las Azores); que lloviera cuando le toca, que las flores brotaran en primavera y que fuera imposible -el mercado mundial se opone con fuerza de tarjeta de crédito- encontrar frutas y verduras curiosas fuera de su natural temporada. Sería deseable, por no decir práctico para la comunicación mundial (ahora que estamos todos sometidos a las técnicas narrativas del storytelling), que las personas -sobre todo las que tienen altavoces mediáticos o responsabilidades públicas- supieran de qué hablan -al menos un poco, aunque fuera por decoro- cuando hablan de algo (bien sobre la independencia de Kosovo o de Osetia del sur -como si fueran situaciones geoestratégicas comparables, sostiene la OTAN y la EU-, bien sobre la desaceleración, sic, económica y la ex-bubble inmobiliaria), y que los periódicos contarán, estos sí, como siempre, para no perder la rutina, lo que les venga en gana sin atender, faltaría más, a cómo han ocurrido los hechos que describen o analizan. En resumen, sería justo y necesario, que al personal de edad, a todos aquellos que hemos transitado, malvivido y vencido, aunque sea por longevidad, al franquismo político y moral y al dictador ecuestre, pequeñín y asesino, nos dieran pocos sustos (ya nos da bastantes Manoliño Fraga con sus declaraciones sobre el caudillo). Y en estas estaba yo, leyendo tranquila la prensa independiente, ahora global y mexicana, de la mañana, cuando me entero de golpe, sin previa acomodación interior ni examen de conciencia, como si llamaran a la puerta y apareciera Carlitos Slim con alguna recomendación -me lo cuenta mi nieta Lola, con esa mala educación y algo de mala leche que muestra la juventud para las cosas importantes y de comer (nunca mejor dicho tratándose de lo que se trata, niña, coño, que con la comida no se juega)- que este septiembre, recuerdo todavía el agua bendita aquel lejano 16 de junio de 1977 en Torrelodones, no habrá Fiesta del PCE, que la han suspendido por razones diversas, todas muy bien explicadas (explicaditas, hubiera dicho mi madre, con cierta sorna), en un elaborado y bien escrito documento (que más parece, por su forma, una explicatio non petita). Un septiembre sin fiesta del PCE -se decía, no sin falso orgullo, que la Fiesta abría el curso político, ahora lo abre la señora Campos en Telefive con Rodríguez Z.- ya no es un verdadero septiembre. Desconsolada, teatral mi gesto, me pregunto en voz alta. ¿Dónde voy a comprar ahora los libros que no se encuentran en las librerías? ¿En qué lugar voy a encontrarme con los amigos, algunos hasta camaradas, que veo una vez al año? ¿Cuándo podré escuchar, rodeada de gente afín (es un decir), las palabras del Secretario General? Lola, con su perversa inocencia me cuenta que en Wikipedia, entrada “Fiesta del PCE”, está todo contado. Mi incredulidad avanza. Malo, por el carácter simbólico del fracaso, es que no haya fiesta, ni encuentros, ni conferencias, ni chorizos, ni langosta congelada cubana, pero que lo cuenten en Wikipedia, así, como si fuera una novela histórica, me parece peor. Lola me ayuda en este lance, sonríe todo el tiempo, y nos vamos juntas de viaje por la red. Transcribo, para mi propio asombro, lo que leo: Fiesta del PCE, Historia, tercer párrafo. “ En 2007 se celebró el 30 aniversario, con menor asistencia debido entre otras cosas a la Noche en Blanco , que programó el Ayuntamiento de Madrid para el mismo fin de semana. Se celebró además sin la habitual zona de acampada, los ingresos fueron menores y hubo varios problemas; por lo que en 2008 se decidió suspender la fiesta para el mes de septiembre, pensando en la posibilidad de realizarla en la primavera de 2009. ” Apago el ordenador. Quizá exagere pero esto de que el PCE no pueda, no sea capaz (por las razones que sea, todas válidas, seguro) de montar su Fiesta no suena bien. No quiero imaginarme -prefiero no pensar- si tuviera que organizar, así, como el que no quiere la cosa, la Revolución con sus soviets y todo.

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“Yulunga” (Dead Can Dance “Into the Labyrinth”, 1993)

Agosto 20, 2008

José Saramago: “A viagem do elefante” (Fragmento)

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Não há vento, porém a névoa parece mover-se em lentos turbilhões como se o próprio bóreas, em pessoa, a estivesse soprando desde o mais recôndito norte e dos gelos eternos. O que não está bem, confessemo-lo, é que, em situação tão delicada como esta, alguém se tenha posto aqui a puxar o lustro à prosa para sacar alguns reflexos poéticos sem pinta de originalidade. A esta hora os companheiros da caravana já deram com certeza pela falta do ausente, dois deles declararam-se voluntários para voltar atrás e salvar o desditoso náufrago, e isso seria muito de agradecer se não fosse a fama de poltrão que o iria acompanhar para o resto da vida, Imaginem, diria a voz pública, o tipo ali sentado, à espera de que aparecesse alguém a salvá-lo, há gente que não tem vergonha nenhuma. É verdade que tinha estado sentado, mas agora já se levantou e deu corajosamente o primeiro passo, a perna direita adiante, para esconjurar os malefícios do destino e dos seus poderosos aliados, a sorte e o acaso, a perna esquerda de repente duvidosa, e o caso não era para menos, pois o chão deixara de poder ver-se, como se uma nova maré de nevoeiro tivesse começado a subir. Ao terceiro passo já não consegue nem sequer ver as suas próprias mãos estendidas à frente, como para proteger o nariz do choque contra uma porta inesperada. Foi então que uma outra ideia se lhe apresentou, a de que o caminho fizesse curvas para um lado ou para o outro, e que o rumo que tomara, uma linha que não queria apenas ser recta, uma linha que queria também manter-se constante nessa direcção, acabasse por conduzi-lo a páramos onde a perdição do seu ser, tanto da alma como do corpo, estaria assegurada, neste último caso com consequências imediatas. E tudo isto, ó sorte mofina, sem um cão para lhe enxugar as lágrimas quando o grande momento chegasse. Ainda pensou em voltar para trás, pedir abrigo na aldeia até que o banco de nevoeiro se desfizesse por si mesmo, mas, perdido o sentido de orientação, confundidos os pontos cardeais como se estivesse num qualquer espaço exterior de que nada soubesse, não achou melhor resposta que sentar-se outra vez no chão e esperar que o destino, a casualidade, a sorte, qualquer deles ou todos juntos, trouxessem os abnegados voluntários ao minúsculo palmo de terra em que se encontrava, como uma ilha no mar oceano, sem comunicações. Com mais propriedade, uma agulha em palheiro. Ao cabo de três minutos, dormia. Estranho animal é este bicho homem, tão capaz de tremendas insónias por causa de uma insignificância como de dormir à perna solta na véspera da batalha. Assim sucedeu. Ferrou no sono, e é de crer que ainda hoje estaria a dormir se salomão não tivesse soltado, de repente, em qualquer parte do nevoeiro, um barrito atroador cujos ecos deveriam ter chegado às distantes margens do ganges. Aturdido pelo brusco despertar, não conseguiu discernir em que direcção poderia estar o emissor sonoro que decidira salvá-lo de um enregelamento fatal, ou pior ainda, de ser devorado pelos lobos, porque isto é terra de lobos, e um homem sozinho e desarmado não tem salvação ante uma alcateia ou um simples exemplar da espécie. A segunda chamada de salomão foi mais potente ainda que a primeira, começou por uma espécie de gorgolejo surdo nos abismos da garganta, como um rufar de tambores, a que imediatamente se sucedeu o clangor sincopado que forma o grito deste animal. O homem já vai atravessando a bruma como um cavaleiro disparado à carga, de lança em riste, enquanto mentalmente implora, Outra vez, salomão, por favor, outra vez. E salomão fez-lhe a vontade, soltou novo barrito, menos forte, como de simples confirmação, porque o náufrago que era já deixara de o ser, já vem chegando, aqui está o carro da intendência da cavalaria, não se lhe podem distinguir os pormenores porque as coisas e as pessoas são como borrões indistintos, outra ideia se nos ocorreu agora, bastante mais incómoda, suponhamos que este nevoeiro é dos que corroem as peles, a da gente, a dos cavalos, a do próprio elefante, apesar de grossa, que não há tigre que lhe meta o dente, os nevoeiros não são todos iguais, um dia se gritará gás, e ai de quem não levar na cabeça uma celada bem ajustada. A um soldado que passa, levando o cavalo pela reata, o náufrago pergunta-lhe se os voluntários já regressaram da missão de salvamento e resgate, e ele respondeu à interpelação com um olhar desconfiado, como se estivesse diante de um provocador, que havê-los já os havia em abundância no século dezasseis, basta consultar os arquivos da inquisição, e responde, secamente, Onde é que você foi buscar essas fantasias, aqui não houve nenhum pedido de voluntários, com um nevoeiro destes a única atitude sensata foi a que tomámos, manter-nos juntos até que ele decidisse por si mesmo levantar-se, aliás, pedir voluntários não é muito do estilo do comandante, em geral limita-se a apontar tu, tu e tu, vocês, em frente, marche, o comandante diz que, heróis, heróis, ou vamos sê-lo todos, ou ninguém. Para tornar mais clara a vontade de acabar a conversa, o soldado içou-se rapidamente para cima do cavalo, disse até logo e desapareceu no nevoeiro. Não ia satisfeito consigo mesmo. Tinha dado explicações que ninguém lhe havia pedido, feito comentários para que não estava autorizado. No entanto, tranquilizava-o o facto de que o homem, embora não parecesse ter o físico adequado, deveria pertencer, outra possibilidade não cabia, pelo menos, ao grupo daqueles que haviam sido contratados para ajudar a empurrar e puxar os carros de bois nos passos difíceis, gente de poucos falares e, em princípio, escassíssima imaginação. Em princípio, diga-se, porque ao homem perdido no nevoeiro imaginação foi o que pareceu não lhe ter faltado, haja vista a ligeireza com que tirou do nada, do não acontecido, os voluntários que deveriam ter ido salvá-lo. Felizmente para a sua credibilidade pública, o elefante é outra coisa. Grande, enorme, barrigudo, com uma voz de estarrecer os tímidos e uma tromba como não a tem nenhum outro animal da criação, o elefante nunca poderia ser produto de uma imaginação, por muito fértil e dada ao risco que fosse. O elefante, simplesmente, ou existiria, ou não existiria. É portanto hora de ir visitá-lo, hora de lhe agradecer a energia com que usou a salvadora trombeta que deus lhe deu, se este sítio fosse o vale de josafá teriam ressuscitado os mortos, mas sendo apenas o que é, um pedaço bruto de terra portuguesa afogado pela névoa onde alguém (quem) esteve a ponto de morrer de frio e abandono, diremos, para não perder de todo a trabalhosa comparação em que nos metemos, que há ressurreições tão bem administradas que chega a ser possível executá-las antes do passamento do próprio sujeito. Foi como se o elefante tivesse pensado, Aquele pobre diabo vai morrer, vou ressuscitá-lo. E aqui temos o pobre diabo desfazendo-se em agradecimentos, em juras de gratidão para toda a vida, até que o cornaca se decidiu a perguntar, Que foi que o elefante lhe fez para que você lhe esteja tão agradecido, Se não fosse ele, eu teria morrido de frio ou teria sido comido pelos lobos, E como conseguiu ele isso, se não saiu daqui desde que acordou, Não precisou de sair daqui, bastou-lhe soprar na sua trombeta, eu estava perdido no nevoeiro e foi a sua voz que me salvou, Se alguém pode falar das obras e feitos de salomão, sou eu, que para isso sou o seu cornaca, portanto não venha para cá com essa treta de ter ouvido um barrito, Um barrito, não, os barritos que estas orelhas que a terra há-de comer ouviram foram três. O cornaca pensou, Este fulano está doido varrido, variou-se-lhe a cabeça com a febre do nevoeiro, foi o mais certo, tem-se ouvido falar de casos assim, Depois, em voz alta, Para não estarmos aqui a discutir, barrito sim, barrito não, barrito talvez, pergunte você a esses homens que aí vêm se ouviram alguma coisa. Os homens, três vultos cujos difusos contornos pareciam oscilar e tremer a cada passo, davam imediata vontade de perguntar, Onde é que vocês querem ir com semelhante tempo. Sabemos que não era esta a pergunta que o maníaco dos barritos lhes fazia neste momento e sabemos a resposta que lhe estavam a dar. Também não sabemos se algumas destas coisas estão relacionadas umas com as outras, e quais, e como. O certo é que o sol, como uma imensa vassoura luminosa, rompeu de repente o nevoeiro e empurrou-o para longe. A paisagem fez-se visível no que sempre havia sido, pedras, árvores, barrancos, montanhas. Os três homens já não estão aqui. O cornaca abre a boca para falar, mas torna a fechá-la. O maníaco dos barritos começou a perder consistência e volume, a encolher-se, tornou-se meio redondo, transparente como uma bola de sabão, se é que os péssimos sabões que se fabricam neste tempo são capazes de formar aquele maravilhas cristalinas que alguém teve o génio de inventar, e de repente desapareceu da vista. Fez plof e sumiu-se. Há onomatopeias providenciais. Imagine-se que tínhamos de descrever o processo de sumição do sujeito com todos os pormenores. Seriam precisas, pelo menos, dez páginas. Plof.
Fundação José Saramago © 2008

Junio 27, 2008

Manuel de la Fuente: “Teorías”

Archivado en: Manuel de la Fuente — max @ 5:24 pm
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En su atinadísimo libro «¿Por qué los taxistas madrileños no ponen nunca el aire acondicionado y los de Singapur sí?», el profesor Aitor Mentoso deconstruye la problemática socio-circulatoria de la capital española con sabias palabras y acertadas teorías. El doctor Mentoso asegura que lo que produce lipotimias y estragos varios es el sudar en demasía, sin posibilidad de refrigeración o hidratación alguna. Mentoso, doctor en Teoría de la Memez Cuántica por la Universidad de Jauja, autor también del conocido y enjundioso estudio «Maroto el de la moto, y la noción de estruendo en la vida moderna», se ha puesto de actualidad gracias a su irrefutable teoría denominada Notenguismo, publicada en revistas de prestigio como «Consumidores y consumidos», principalmente. Sus axiomas son fácilmente demostrables. De ellos se desprende que lo más normal que le sucede a un ciudadano cuando llega a cualquier establecimiento y demanda algún producto es que le respondan: «No tengo». Entonces, ante la cara de confusión del comprador, el dependiente siempre está al quite con un socorridísimo «Pero si quiere se lo encargo. Y lo tiene aquí esta tarde». Defiende Mentoso que eso no busca la fidelización del cliente sino, simplemente, su humillación y que pierda el tiempo, uno de los deportes nacionales aparte del últimamente tan de moda de parar penaltis. Aitor Mentoso también ha elaborado una teoría sobre el aparcamiento indebido, ampliamente desarrollada en los tres tomos de «La doble fila y el Producto Nacional Bruto no, brutísimo», deslumbrante ensayo de cómo el prójimo tiene una tendencia innata (en Madrid, además de innata permitida, cuando no fomentada) de hacernos la puñeta en cuanto nos descuidemos. Tampoco se le escapa al ensayista otro desasosegador fenómeno que se pone de rabiosa actualidad en estos días veraniegos: el preocupante desaliño de la población tanto nacional como foránea (lo malo siempre se aprende). Y lo hace con denuedo y tesón intelectuales en «Chanclas, camisetas de tirantes y bermudas, o la confirmación de que descendemos del mono» Y no del más listo, añadiríamos por nuestra humilde parte.

Junio 26, 2008

María Toledano: “Socialismo cubano o barbarie global”

Archivado en: María Toledano — max @ 10:14 pm
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Rebelión

Con Fidel y sin Fidel, Cuba es libre porque es

revolucionaria y es revolucionaria porque es libre

Iñaki Errazkin, Y en eso se fue Fidel, Txalaparta, 2008

Una vez más, y van muchas desde aquel lejano enero de 1959, el proceso revolucionario cubano está en las primeras páginas de la prensa libre. Resulta curioso comprobar cómo un país, una pequeña isla caribeña, permanece constante en la agenda de los grandes medios de comunicación cada vez que respira, cada vez que se agita al compás de su propio son. Debe ser una maldita obsesión, una patología digna de diván, ya que no se entiende -salvo su histórica y nada desdeñable función de espejo público- qué interés puede tener, para nosotros, los llamados occidentales, las vicisitudes internas y externas del socialismo cubano. Con la que está cayendo en el mundo, con el turbocapitalismo neoliberal en recesión, la trágica y constante actualidad en Iraq (el nuevo Vietnam del estratégico aliado) y el alza del precio del petróleo (por fijar sólo un par de puntos de interés), ahora resulta que los medios de transmisión y formación de la ideología dominante se ocupan de Fidel Castro, de sus declaraciones, de la supuesta rivalidad (o frialdad, según el literario día que tenga el corresponsal de turno) con su hermano Raúl y de una chica isleña -¿próxima candidata al Cervantes o Príncipe de Asturias?- que escribe, igual que varios millones en el plural ciberespacio, un blog. Aceptemos que en tiempos de la guerra fría, Cuba, uno de los puntos neurálgicos de la geopolítica de las potencias, estuviera en el punto de mira de EE.UU.; aceptemos, por seguir con la lógica interna del capital, que su posición geográfica y su política exterior antiimperialista inquietaran al vecino del Norte, escamado ante el empuje de su perverso ejemplo subversivo. Ahora bien, después del telegénico derribo del Muro de Berlín (creo que se explotó poco; en 1989 no estaban todavía preparados para el espectáculo total) y la desaparición de la URSS (un borracho subido en un tanque leyendo papeles en blanco mientras el resto de los cuadros organizaba en sus dachas el reparto de las empresas), la situación debería haber cambiado. La política de bloques ha dejado paso a un mundo multipolar (dicen, inocentes, desde Europa) y los contadores de historias no se han enterado. Cuba ya no es pilar de la geopolítica. Sólo es un país diferente, con un diferente sistema de propiedad. Insignificante, culto y diferente. Esto, para ustedes, gentes de orden y variopintos think tanks, no parece demasiado serio.

El caso es que los cubanos, pueblo orgulloso donde los haya y que conoce los finos hilos de su política nacional como ya quisieran muchos analistas españolísimos conocer la nuestra, tienen razones para seguir mostrando su indómito e invertebrado carácter, la historia de sus diferentes liberaciones y sus singularidades: esa forma franca y democrática (para extrañeza y espanto de los foros internacionales) de concebir las relaciones entre los pueblos, la solidaridad interna y externa, el nuevo e imparable desarrollo económico y la autocrítica. Desaparecido del escenario FC, ausente por lógica voluntad y razones de edad y salud, los sempiternos enemigos de los barbudos se vanagloriaron (demasiado pronto, como siempre) de su triunfo. Todavía recuerdo -y sonrío- las imágenes de las espontáneas manifestaciones en las grasientas avenidas Miami, difundidas por todas las televisiones: cuatro viejos en un bar insultaban a FC. Los periódicos europeos se llenaron de necrológicas -muchas de ellas también espontáneas (hora era de ganarse el sueldo y los parabienes)- llenas de odio y prosa de tempestad que nunca publicaron, textos barnizados con ese espíritu de incomprensible venganza que ha presidido la relación entre Cuba y las democracias de libremercado desde que unos cuantos jóvenes “nacionalistas” (la política y el conocimiento de la realidad les llevó al socialismo) terminaron con la dictadura mafiosa y cabaretera de Fulgencio Batista. Y en esto que -cuando tenemos todo preparado, a punto de comenzar el show y las tertulias de tanta ignorancia como buenos estipendios- llega FC, gallego cubano de Birán, y no se muere. Y de nuevo, cincuenta años después, se acabó la diversión. Esta visto que lo único que le interesa al socialismo cubano y a FC en particular es amargarnos la fiesta mediática a los carnívoros espectadores del occidente cristiano y liberal.

Socialismo cubano (singularidad política y económica) o barbarie global (conocida explotación revestida con el aura mágica del consumo) parece ser una de las disyuntivas teóricas y prácticas para este arranque del siglo XXI. En realidad, poco o nada podemos decir sobre la transformación (aparente o real) que están llevando a cabo los dirigentes cubanos. Poco o nada -por el momento- se puede decir (alabar las reformas que favorezcan la vida cotidiana de la población; criticar, en algún caso, la excesiva aceleración -de cara a Occidente- de determinados procesos de afirmación de la individualidad), porque compartir el destino vital e intelectual de un proceso político y cultural, moral y simbólico, significa respetar sus pasos, ver hacia dónde camina esta nueva etapa, sin FC al mando, de la Revolución. La democracia -repiten sin tregua los líderes del mercado- consiste en respetar la autonomía de la voluntad del otro, su espacio de libertad e integración. Hagamos, pues, lo mismo y observemos los acontecimientos cubanos con la atención que cualquier proceso político complejo requiere. La ingerencia, práctica habitual de los EE.UU. desde su fundación, no debe ser, una vez más, norma de uso. Si la Revolución se desvía de su línea de conquistas sociales y desarrollo humano, si el proceso deja de ser un referente para los oprimidos del mundo, no hará falta leer artículos de FC, del Financial Times o las burdas copias de El País; los propios cubanos, revolucionarios o no, lo dirán.

Junio 11, 2008

María Toledano: “Saramago y Cuba, sobre conciencia y revolución”

Archivado en: María Toledano — max @ 4:32 pm
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Hasta aquí he llegado. Desde ahora en adelante Cuba seguirá su camino, yo me quedo. Así arrancaba José Saramago un breve artículo publicado -cómo no- en EL País el pasado 14 de abril. En este texto, el escritor portugués afincado/exiliado (sic) en Lanzarote, uno de los iconos de la izquierda moral -si acaso existe tal cosa-, fijaba su posición respecto a los últimos acontecimientos ocurridos en la isla caribeña. El autor de El año de la muerte de Ricardo Reis y otros libros de interés que le valieron el premio Nobel, expresaba en ese brillante texto una digna posición de conciencia.Ignoro si el insigne escritor conoce la expresión la conciencia era verde y se la comió un burro. La voz interior, esa que algunos escuchan apoyando el mentón contra la palma de la mano resuena, en ocasiones, como canto de sirena. Y es sabido que si uno se deja llevar por la música celestial que emana del yo -ése pronombre cuyo uso deploraba W. Benjamin-, acaba estrellándose en un acantilado. De ahí a la vida íntima y al recogimiento que produce el pensamiento profundo, media un paso. Esta visto que eso de tener conciencia y exhibirla con gallardía -un lujo al alcance de algunos privilegiados con salarios garantizados- debe ser asunto moral de mucho fundamento. Disentir es un acto irrenunciable de conciencia, apunta José Saramago. Aunque más parece, en este caso, que don José ha tenido un desliz de conciencia, unas ligeras fiebres individualistas: el ego, ese señor tan serio de terno gris.

Tras unas semanas de agitación y coincidiendo con la invasión de Iraq, el gobierno cubano ordenó la detención de docenas de opositores (con sus consiguientes procesos judiciales y largas condenas penales) y el fusilamiento, tras un juicio sumarísimo, de unos secuestradores. Como es costumbre entre nosotros, la derecha – dolida por el espontáneo comportamiento pacifista de numerosos colectivos durante la reciente guerra- exigió al personal notorio y bienpensante (artistas, directores de cine, intelectuales de oficios varios, diseñadores, huéspedes de Hotel Glamour, cantantes de Operación Triunfo, etc.) que se manifestara en contra de estas drásticas medidas, dignas de la represión tiránica del comunismo internacional. Y así lo hicieron.

La política de oposición interna financiada -y reconocida en algunos casos- con el dinero de la CIA, los numerosos atentados que ha sufrido Fidel Castro, la guerra encubierta o declarada (frustrados intentos de invasión militar), la propaganda anticomunista, el histórico acoso económico al socialismo cubano o las leyes Helms- Burton, no deben ser asunto que requiera un detenido examen de conciencia. Ni siquiera dolor de constricción. El grito ahogado de Saramago y su conciencia libre, Hasta aquí he llegado, resonó como un pistoletazo de salida en las limpias mentes de sus colegas. El icono moral había hablado. Oráculo de la serenidad, el compromiso y la palabra justa, si él lo decía -tan alto y claro- todo estaba permitido. Saramago, por tanto, investido del poder simbólico que la izquierda le otorgó no hace demasiados años (detalle éste a tener en consideración en la creación de su figura universal como símbolo moral de resistencia anticapitalista, al margen de los indiscutibles méritos literarios del escritor) ha usado, atendiendo su criterio personal y a su conciencia libre, la tribuna de su magnífico pedestal para alimentar -quiero creer que él no es consciente- los peores demonios de nuestro jardín particular.

Las reacciones no se hicieron esperar y muchos -deseosos de expresar una posición de equilibrio o como pago a los infinitos servicios prestados por sus respectivas empresas- corrieron a firmar manifiestos, escribir artículos, enviar cartas a los periódicos. El caso era dejarse ver, firmar donde hiciera falta, condenar con violencia de verbo fácil las atrocidades del sátrapa del caribe. En definitiva, utilizando el poder mediático de sus nombres y los mecanismos de denuncia y figuración, se lanzaron contra el comportamiento dictatorial y represivo de nuestro -antiguo- hombre en La Habana. Quizás estar consciente sea un olvido, escribió Pessoa.

La violenta y repetida acción del sistema de protección/defensa de la propiedad privada, la opresión del capitalismo histórico en su fase más cruel y destructiva, el control sobre los medios de producción y sobre la circulación de la información a que estamos sometidos no pueden ni deben justificar las decisiones de las autoridades cubanas. Ni siquiera en caso de legítima defensa. Que el socialismo cubano requiere mejoras y reformas resulta indudable. Todo sistema que no encuentre su razón de ser en la explotación y la plusvalía requiere permanentes renovaciones. El socialismo, o es una revolución permanente o tiende, como la experiencia histórica ha demostrado, a la inoperante burocracia. Así lo han declarado desde la misma isla. Los valores de occidente, incluida la conciencia individual como expresión del libre albedrío no olvidemos, son los valores defendidos desde las trincheras del capitalismo. El pensamiento dominante es el pensamiento de la clase dominante.

Disentir es un derecho que se encuentra y se encontrará inscrito con tinta invisible en todas las declaraciones de derechos humanos pasadas, presentes y futuras. Disentir. Parece mentira que el autor de La caverna, todo un alegato anticapitalista, incurra en errores de tamaña naturaleza. ¿Quién puede disentir, don José? ¿Dónde se puede disentir? ¿En qué declaración de derechos humanos está recogido el derecho a disentir? ¿No estaremos hablando de derechos formales? Es cierto que un parado occidental puede disentir, incluso por escrito. ¿Qué empresa editorial publicará su protesta? ¿Qué periódico dará publicidad a su expresión de desamparo? Y, ya puestos, ¿con qué consecuencias personales y laborales? ¿Cambiarán las cosas por el mero hecho de que exista el derecho formal a la crítica o a la oposición, dentro de los límites que concedan – eso sí- los textos legales? Es muy posible, incluso probable, que la asunción individual de los derechos formales -esa gran conquista de la burguesía liberal y por extensión del capitalismo- consiga que algunos se sientan libres: mujeres y hombres con autonomía de la voluntad. Somos, en principio y según rezan las ordenanzas, dueños de nuestra palabra y nuestra conciencia. Nos protege el celebrado derecho a la libertad de expresión. Pero, ¿de qué estamos hablando? ¿En qué consiste ese derecho que, según parece, no pueden ejercer los ciudadanos en Cuba?

La construcción de pensamiento y de la acción colectiva, del socialismo, no es una broma académica o un ejercicio de estilo que se pueda despachar con suficiencia, apelaciones a la conciencia individual y desprecio desde las tribunas de los medios de comunicación libres a los que tan acostumbrados estamos en nuestro país. Se requiere, para subsistir frente al enemigo todopoderoso, una fuerte determinación, confianza, valor y resultados. El permanente acoso que los EEUU lleva a cabo sobre Cuba desde 1959 ha provocado en numerosas ocasiones excesos. Cuando uno vive a escasas millas del declarado enemigo, cuando cualquier movimiento es juzgado por millones de seres en la tierra a través de la propaganda de la maquinaria imperialista, cuando el socialismo cubano -con sus infinitos defectos, abusos y errores- está sometido a la presión más grande que haya conocido país alguno, resulta comprensible -no justificable- alguna actitud hostil de defensa. Mi vida es como si me golpearan con ella, anotó Pessoa, tan querido de José Saramago. La vida de todos los que quisieran alzarse del suelo, de todos los explotados, es también como si nos golpearan con ella. Cuando cualquier trabajador del mundo enarbola una bandera cubana está diciendo muchas cosas. Y nunca, pese los errores, hasta aquí he llegado.

Renunciar al futuro, a la construcción de una alternativa al capitalismo, renegar de la Revolución pese a las carencias e imperfecciones, jugar a crítico aséptico en nombre de los derechos humanos y la (supuesta) libertad, es ponerse un mandil sobre el cuerpo desnudo, regado por el sudor y los sofocos casi tropicales, y servir hamburguesas de rata a turistas de falo tan inquieto como arrugado, gusanos de créditos blandos e inconfesables esfuerzos, que alientan, golpe a golpe, un nuevo tipo de colonialismo.

Existen países que escriben su historia en letras de molde, alambicados discursos, jornadas de puertas abiertas y flexibles textos legales de imposible modificación capaces de organizar guerras en el tercer mundo en busca de sus recursos naturales y otros que, menos solemnes, redactan los hechos constituyentes de su identidad colectiva en papeles manchados con prisa de aguacero y letra crispada. Existen países pequeños con ideas, empeños y esperanzas. Existen países alineados con el capital internacional y otros, como Cuba, que eligieron hace tiempo la escabrosa senda de la soledad. Y en el camino siguen. Como recordó Alejo Carpentier: Hombre de mi tiempo, soy de mi tiempo y mi tiempo trascendental es el de la Revolución Cubana.

Junio 6, 2008

Henry Miller: “Sexus” (fragmento 2)

Archivado en: Henry Miller — max @ 3:39 pm
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-Entonces confesó algo que era –bien lo sabía yo- una puñetera mentira, pero aun así, interesante. Una de esas “deformaciones” o “trasposiciones” propias de los sueños. Sí, cosa bastante curiosa, las otras chicas, verdad, sintieron lástima de ella… lástima de haberla metido en aquél fregado. Sabían que no estaba acostumbrada a acostarse con todo quisqui. Así, que pararon el coche y cambiaron de asiento para que se sentara delante, con el tipo peludo, que hasta entonces había parecido decente y tranquilo. Ellas se sentaron detrás en las rodillas de aquellos hombres, con las faldas alzadas, mirando hacia delante y, mientras fumaban sus cigarrillos y reían y bebían, les dejaba ponerse las botas.
“¿Y qué hizo el otro tipo, mientras sucedía eso?”, me sentí obligado a preguntar al final.
“No hizo nada”, dijo. “Le dejé que me cogiera la mano y le hablé lo más rápido que pude para quitárselo de la cabeza.”
“Venga, hombre”, dije, “déjate de cuentos. A ver, ¿qué hizo? ¡Cuenta!¡Cuenta!”
Bueno, el caso es que le tuvo cogida la mano mucho tiempo, lo creáis o no. Además, ¿qué podía hacer? ¿Es que no iba conduciendo el coche?
“¿Quieres decir que en ningún momento se le ocurrió parar el coche?”
Claro que sí. Lo intentó varias veces, pero ella lo convenció para que no lo hiciese… Ése era el rollo. Estaba pensando desesperadamente cómo pasar a la verdad.
“¿Y al cabo de un rato?”, dije, para allanar el terreno.
“Pues, de repente, me soltó la mano…” Hizo una pausa.
“¡Sigue!”
“Y después volvió a cogerla y se la colocó sobre la pierna. Llevaba la bragueta abierta y tenía el aparato tieso… y estremeciéndose. Era un aparato enorme. Me entró un susto tremendo, pero no me dejaba retirar la mano. Tuve que hacerle una paja. Después paró el coche e intentó arrojarme fuera. Le rogué que no lo hiciese. “Sigue conduciendo despacio”, dije, “Haré lo que quieras… después. Estoy asustada”. Se limpió con un pañuelo y reanudó la marcha. Entonces empezó a decir las guarrerías más soeces…”
“¿Como por ejemplo?¿Qué dijo exactamente?¿Lo recuerdas?”
“Oh, no quiero hablar de eso… era repugnante.”
“Después de lo que me has contado, no veo por qué vacilas por unas palabras”, dije, “¿Qué diferencia hay? Igual podrías…”
“Muy bien, si lo deseas… “Eres la clase de tía a la que me gusta follar”, dijo. “Hace mucho tiempo que tengo ganas de joderte. Me gusta la forma de tu culo. Me gustan tus tetas. No eres virgen: ¿a qué vienen tantos remilgos? Como si no te hubieran jodido más que una gallina… como si no tuvieses un coño que te llega hasta los ojos” …y cosas así.”
“Me estás poniendo cachondo”, dije. “Vamos, cuéntamelo todo”
Ahora veía que le encantaba desembuchar. Ya no era necesario disimular por más tiempo: estábamos disfrutando los dos.
Al parecer, los hombres del asiento trasero querían cambiar de pareja, cosa que la asustó de verdad. “Lo único que podía hacer era fingir que quería que me jodiese el otro primero. Éste quería parar al instante y salir del coche. “Conduce despacio”, lo engatusé, “luego podrás hacer lo que quieras conmigo… no quiero tenerlos a todos encima a la vez”. Le cogí la picha y empecé a darle masajes. Al cabo de un intante estaba tiesa… más incluso que antes. ¡La Virgen! Te lo aseguro, Val, nunca había tocado una herramienta como aquélla. Debía de ser un animal. Me obligó a cogerle los huevos también: eran pesados y estaban hinchados. Se la meneé deprisa, con la esperanza de hacerlo correrse enseguida…”
“Oye”, le interrumpí, excitado con lo de la gran polla de caballo, “hablemos claro. Debías de morirte de ganas de follar, con aquél aparato en la mano…”
“Espera”, dijo, con los ojos brillantes. Ya estaba tan mojada como una gansa, con los masajes que le había estado dando…
“No me hagas correrme ahora”, suplicó, “o no podré acabar la historia. ¡La Virgen! Nunca pensé que querrías oír todo esto”. Cerró las piernas bajo mi mano, para no excitarse demasiado. “Oye, bésame…” y me metió la lengua hasta la garganta. “Ay, Señor, ¡ojalá pudiéramos follar ahora! Esto es una tortura. Tienes que curarte eso pronto… me voy a volver loca…”
“No te distraigas… ¿Qué más ocurrió? ¿Qué hizo él?”
“Me cogió por la nuca y me metió la cabeza a la fuerza en su entrepierna. “Voy a conducir despacio como has dicho”, susurró, “quiero que me la chupes. Después de eso, estaré listo para echarte un polvo como Dios manda”. Era tan enorme, que creí que iba a asfixiarme. Sentí ganas de morderlo. De verdad, Val, nunca había visto una cosa igual. Me obligó a hacerle de todo. “Ya sabes lo que quiero”, dijo, “Usa la lengua. No es la primera vez que te metes una picha en la boca”. Al final, empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo, a meterla y sacarla. Me tuvo todo el tiempo cogida de la nuca. Estaba a punto de volverme loca. Entonces se corrió… ¡pufff! ¡Qué asco! Creí que no acabaría nunca de correrse. Aparté la cabeza rápidamente y me echó un chorro a la cara… como un toro.”
Para entonces estaba a punto de correrme yo también. La picha me bailaba como una vela mojada. “Con purgaciones o sin ellas, esta noche follo”, pensé para mis adentros.
Después de una pausa, reanudó el relato. Que si la hizo acurrucarse en el rincón del coche con las piernas levantadas y le anduvo hurgando por dentro, mientras conducía con una mano y el coche iba haciendo eses por la carretera, que si le hizo abrirse el coño con las dos manos y después lo enfocó con la linterna, que si le metió el cigarrillo y la obligó a intentar chupar con el coño. Que si uno de ellos intentó ponerse de pie y meterle la picha en la boca, pero que estaba demasiado borracho para lograrlo. Y las chicas… entonces ya en pelotas y cantando canciones verdes, sin saber adónde se dirigía ni qué vendría después.
“No”, dijo, “tenía demasiado miedo para sentirme apasionada. Eran capaces de cualquier cosa. Eran unos matones. En lo único que podía pensar era en cómo escapar. Estaba aterrada y lo único que él seguía diciendo era: “Ya verás, preciosa… te voy a joder hasta las entrañas. ¿Qué edad tienes? Ya verás…”. Y entonces se la cogía y la blandía como una porra. “Cuando te meta esto dentro de ese chochito tan mono que tienes, vas a sentir algo. Voy a hacer que te salga por la boca. ¿Cuántas veces crees que puedo hacerlo? ¡Adivina!”. Tuve que responderle “¿Dos…tres veces?”. “Supongo que nunca te han echado un polvo de verdad. ¡Tócala!”. Y me hizo cogerla otra vez, mientras se movía hacia delante y hacia atrás. Estaba viscosa y resbaladiza… debió de estar corriéndose todo el tiempo. “¿Qué tal sienta, amiga? Puedo alargarla dos o tres centímetros más, cuando te barrene ese agujero tuyo con ella. Por cierto, ¿qué tal, si te la metiera por el otro agujero? Mira, cuando acabe contigo, no vas a poder ni pensar en follar en un mes”. Así es como hablaba…”
“¡Por el amor de Dios, no te detengas ahora!”, dije. “¿Qué más?”
Pues, paró el coche, junto a un campo. Se habían acabado las contemplaciones. Las chicas estaban intentando vestirse, pero los tipos las sacaron desnudas. Estaban gritando. Una de ellas se ganó un guantazo en la mandíbula para que fuese aprendiendo y cayó como un tronco junto a la carretera. La otra se puso a apretar las manos, como si estuviese rezando, pero no podía emitir sonido alguno, de tan paralizada estaba por el miedo.
“Esperé a que abriera su puerta”, dijo Mona. “Entonces salí de un brinco y eché a correr por el campo. Se me salieron los zapatos. Me corté los pies con los espesos rastrojos. Corrí como una loca y él tras de mí. Me alcanzó y me arrancó el vestido: lo desgarró de un tirón. Después le vi alzar la mano y al momento siguiente vi las estrellas. Tenía agujas en la espalda y veía agujas en el cielo. Él estaba encima de mí cabalgándome como un animal. Me hacía un daño terrible. Quería gritar, pero sabía que lo único que haría sería volver a pegarme. Me quedé tumbada y rígida de miedo y lo dejé magullarme. Me mordió por todo el cuerpo –los labios y las orejas, el cuello, los hombros, los pechos- y no dejó de moverse ni por un instante: no paraba de follar, como un animal enloquecido. Pensé que me había roto todo por dentro. Cuando se retiró, creí que había acabado. Me eché a llorar. “Calla”, dijo, “o te doy una patada en la mandíbula”. Sentía la espalda como si hubiera estado rodando entre cristales. Él se quedó tumbado boca arriba y me dijo que se la chupase. Todavía la tenía grande y viscosa. Creo que debía de tener una erección perpetua. Tuve que obedecer. “Usa la lengua”, dijo, “¡Lámela!”. Se quedó tumbado respirando pesadamente, con los ojos en blanco y la boca completamente abierta. Después me puso encima de él, haciéndome saltar como si fuera una pluma, girándome y retorciéndome como si estuviese hecha de goma. “Así está mejor, ¿eh?”, dijo. “Ahora dale tú, ¡zorra!”, y me sostuvo ligeramente de la cintura con las dos manos, mientras yo follaba con todas mis fuerzas. Te lo juro, Val, no me quedaba una pizca de sentimiento… excepto un dolor abrasador, como si me hubieran metido por el cuerpo una espada al rojo vivo. “Ya está bien”, dijo. “Ahora ponte a cuatro patas… y levanta bien el culo”. Entonces me lo hizo todo… la sacaba de un sitio y la metía en el otro. Me tenía con la cabeza enterrada en el suelo, en pleno lodo, y me obligó a cogerle los cojones con las dos manos. “¡Apriétalos!”, dijo, “pero no demasiado fuerte, ¡o te parto la boca!”. El lodo me estaba entrando en los ojos… apestaba horriblemente. De repente, sentí que apretaba con todas sus fuerzas… estaba corriendose otra vez… era caliente y espesa. Yo ya no podía resistir un momento más. Me desplomé de cara contra el suelo y sentí derramárseme la lefa por la espalda. Le oí decir: “¡Maldita sea tu estampa!”, y después debió de golpearme otra vez, porque no recuerdo nada hasta que me desperté tiritando de frío y me vi cubierta de cortes y magulladuras. El suelo estaba mojado y yo estaba sola…”
En aquél punto la historia siguió una dirección y despues otra y otra. Con mi afán por seguir sus divagaciones, casi me olvidé del sentido de la historias, que era el de que ella había contraído una enfermedad. Al principio no se había dado cuenta de lo que era, porque se había manifestado como un grave acceso de hemorroides. La causa había sido haber permanecido tumbada en el suelo mojado, afirmó. Al menos, esa había sido la opinión del médico. Después vino lo otro… pero había ido al médico a tiempo y la había curado.

Luis Cernuda: “Cómo llenarte, soledad”

Archivado en: Luis Cernuda — max @ 3:23 pm
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Cómo llenarte, soledad,
sino contigo misma…

De niño, entre las pobres guaridas de la tierra,
quieto en ángulo oscuro,
buscaba en ti, encendida guirnalda,
mis auroras futuras y furtivos nocturnos,
y en ti los vislumbraba,
naturales y exactos, también libres y fieles,
a semejanza mía,
a semejanza tuya, eterna soledad.

Me perdí luego por la tierra injusta
como quien busca amigos o ignorados amantes;
diverso con el mundo,
fui luz serena y anhelo desbocado,
y en la lluvia sombría o en el sol evidente
quería una verdad que a ti te traicionase,
olvidando en mi afán
cómo las alas fugitivas su propia nube crean.

Y al velarse a mis ojos
con nubes sobre nubes de otoño desbordado
la luz de aquellos días en ti misma entrevistos,
te negué por bien poco;
por menudos amores ni ciertos ni fingidos,
por quietas amistades de sillón y de gesto,
por un nombre de reducida cola en un mundo fantasma,
por los viejos placeres prohibidos
como los permitidos nauseabundos,
útiles solamente para el elegante salón susurrado,
en bocas de mentira y palabras de hielo.

Por ti me encuentro ahora el eco de la antigua persona
que yo fui,
que yo mismo manché con aquellas juveniles traiciones;
por ti me encuentro ahora, constelados hallazgos,
limpios de otro deseo,
el sol, mi dios, la noche rumorosa,
la lluvia, intimidad de siempre,
el bosque y su alentar pagano,
el mar, el mar como su nombre hermoso;
y sobre todo ellos,
cuerpo oscuro y esbelto,
te encuentro a ti, tú, soledad tan mía,
y tú me das fuerza y debilidad
como el ave cansada los brazos de la piedra.

Acodado al balcón miro insaciable el oleaje,
oigo sus oscuras imprecaciones,
contemplo sus blancas caricias;
y erguido desde cuna vigilante
soy en la noche un diamante que gira advirtiendo a los hombres,
por quienes vivo, aún cuando no los vea;
y así, lejos de ellos,
ya olvidados sus nombres, los amo en muchedumbres,
roncas y violentas como el mar, mi morada,
puras ante la espera de una revolución ardiente
o rendidas y dóciles, como el mar sabe serlo
cuando toca la hora de reposo que su fuerza conquista.

Tú, verdad solitaria,
transparente pasión, mi soledad de siempre,
eres inmenso abrazo;
el sol, el mar,
la oscuridad, la estepa,
el hombre y su deseo,
la airada muchedumbre,
¿qué son sino tú misma?

Por ti, mi soledad, los busqué un día;
en ti, mi soledad, los amo ahora.

Walt Whitman: “Una araña paciente y silenciosa”

Archivado en: Walt Whitman — max @ 3:18 pm
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Una araña paciente y silenciosa,
vi en el pequeño promontorio en que
sola se hallaba,
vi cómo para explorar el vasto
espacio vacío circundante,
lanzaba, uno tras otro, filamentos,
filamentos, filamentos de sí misma.

Y tú, alma mía, allí donde te encuentras,
circundada, apartada,
en inmensurables océanos de espacio,
meditando, aventurándote, arrojándote,
buscando si cesar las esferas
para conectarlas,
hasta que se tienda el puente que precisas,
hasta que el ancla dúctil quede asida,
hasta que la telaraña que tú emites
prenda en algún sitio, oh alma mía.

(Versión de Leandro Wolfson)

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