Las tumbas de Saint-Denis

Abril 12, 2009

Pedro A. Martín: “El juguete”

Archivado en: Pedro A. Martín — max @ 6:20 pm
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Era alto, bien parecido y portaba un traje de un corte que algunos definen como moderno. Con movimiento seguro entró en la tienda y nada mas llegar al mostrador preguntó si vendía juguetes. Sí, contesté, y que tipo de juguetes buscaba. Contestó que uno de esos, ya sabe, una pistola. Aún se extendió algo más. Quería una que fuera manejable, pesara poco y además también barata. Cuando le dije que no tenía pistolas baratas levantó las cejas en señal de disgusto. Pidió que le mostrara algunas y lo hice a la vez que le explicaba varias de las características de las mismas: peso, modelo, modo de carga, tipo de munición y según para que delitos cual era mas interesante. Le mostré varias para entre dos y cinco años, seis y doce, algún modelo juvenil y por supuesto, para adultos. Después de elegir una Mágnum tipo Clint su interés derivó hacia la manejabilidad y el precio con munición incluidas. La verdad, dijo, no había pensado gastar tanto, pero… No parecía encontrarse seguro de su elección, pero sí de la adquisición. Volvió a quejarse del precio pero con gesto tranquilo sacó dinero de una elegante billetera disponiéndose a pagarme y lo hizo a la vez que se negaba a que le envolviera su recién comprado juguetito porque quería cargarlo aquí mismo. También lo hizo y cuando terminó la operación levantó su juguete a la altura de mis ojos y agradeciéndome la atención prestada disparó.

Septiembre 18, 2008

Pedro A. Martín: “Hazte caso”

Archivado en: Pedro A. Martín — max @ 11:13 pm
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Si quieres saber como soy

hazte caso:

mira la puerta y no la abras.

Si lo haces verás como me alejo

hacia la próxima puerta.

Aquella última, la del fondo,

la transparente.

Febrero 7, 2008

Pedro A. Martín: “Boxeo”

Archivado en: Pedro A. Martín — max @ 1:57 pm
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Los reflejos del agua caída y la única farola de la esquina dejaban ver un poco la calle. Vivo aquí desde que nací y nunca me acostumbré a tanta miseria. Siempre acabo en el mismo lugar. Este barrio de negros es solo para negros. Para negros pobres, que los negros ricos están en la NBA. Negros de hambre y de gospel que alimenta su espíritu. “Aguanta, hermano” nos dicen, pero el pescado rara vez no está podrido. Y cuando no te pegan un tiro eres viejo a los treinta años, desnutrido y sin dientes para masticar la poca comida que encuentras en la basura. Y encima sonado para el resto de tus días. De negro.

Los blancos pagaban por vernos las cejas y las narices rotas y sangrantes. Los tiburones de las apuestas, también blancos, nos vendían los brillos del dinero y de los coños blancos que solo se abren para introducirse nuestros billetes de a cien. Cuando los tienes. Se cierran y se van. “Vuelve a ganar y llámame” o sea, “sangra de nuevo y tráeme tu dinero de negro”.

Así empezó todo cuando aquel blanco me vio pegándome de puñetazos con otro negro menos fuerte que yo. “Tu vales para boxear” dijo, y ya estaba en aquel sucio gimnasio. El tipo, el “entrenador”, no me enseñó a mover los pies como había visto a Clay o a Foreman. No. Me enseñó a romper las caras hasta dejar salir la sangre a borbotones del que me ponían delante. A machacarle los riñones y el alma, si podía, a cualquier infeliz como yo.

Gané algo de dinero que enseguida gasté en putas caras o baratas. En Velmas con el pelo teñido de oro. En alcohol y cocaína, en algún hostal pestilente de la 47 con la 118. Y aquel 12 de Junio, en Las Vegas, me dejaron sonado. Vi la lona en el tercero y mi cerebro ya no fue cerebro. Noté como se encogía cuando me golpeó, y cómo ya no recuperó el mismo sitio. Aquel tipo, también negro, era una mula pegando. Me metió la izquierda varias veces al hígado mientras alguna derecha me trabajaba la ceja opuesta. El último me lo dio en la boca y me tumbó. Ya no fui el mismo. Perdí el conocimiento y en la lejanía oí como contaban hasta diez.

No volví a mover la parte derecha de la cara y me quedé con lo que veía por este otro ojo que aún se mantiene abierto con la esperanza, algún día, de ver mas allá de este callejón lleno de muertos que no saben que lo están.

“Todo en el boxeo está al revés” me dijeron. Tarde lo comprendí. “Sangra, puto negro, pagamos por tu sangre”. Por toda.

Enero 12, 2008

Pedro A. Martín: “El mercado de Las Pulgas”

Archivado en: Pedro A. Martín — max @ 3:22 am
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Tomaba el tren de las 16.30. Llegó a la estación con tiempo suficiente para buscar el andén, despacio, sin hacer ruido. En Paris, pensó, todo es demasiado grande. Las ausencias, más.
Esa mañana se vistió con parsimonia, sin reloj. La falda de cuero negro, las medias también negras y el suéter encima de la piel y debajo de la cazadora que aquel día , dos años atrás, había comprado a un inmigrante paquistaní en el mercado de Las Pulgas. Cuando conoció a Nadina.
Ya en el taxi, que encontró con dificultad, se encontraba angustiada, mal. Sabía de vacíos, de días extremos, horas de cien minutos y segundos eternos. Y sabía las razones.
En el mostrador de información de la estación le dijeron el número del andén. Estaba lejos y andaría. Lo hizo sin esquivar a todos esos cuerpos sin rostro, era esquivada. Pasaba todo lento, las voces, los colores. Cuando entregó el billete a quien se lo reclamó lo hizo sin dejar de mirar por la ventana del tren como si aún perteneciera al mundo del otro lado del cristal. Después llegaría el traqueteo del tren en marcha que se confundía con el latido de su corazón, pausado, regular, sin alteración, sin vida. No pensó durante el viaje. Se dejaba acompañar por las imágenes confusas de dentro y de afuera. Sin ver, sin mirar, respirando despacio con esa sensación en los parpados que anuncia inundación y naufragio.
Pronto comprendió que no debería haber tomado ese tren esa tarde. No llegaría a ninguna parte. Jamás. Las ausencias no desaparecen: lo son. Se perpetúan en la piel como los tatuajes de siempre, imborrables.
Lamentó haberse puesto la falda de cuero negro, las medias también negras y el suéter encima de la piel y debajo de la cazadora. No de haber ido alguna vez al mercado de Las Pulgas.

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