Las tumbas de Saint-Denis

Octubre 11, 2009

“Política e intimidad” de María Toledano

Archivado en: María Toledano — max @ 5:49 pm
Tags:

“No cabe duda que los contratos o leyes, por los que la multitud transfiere su derecho a un Consejo o a un hombre, deben ser violados, cuando el bien común así lo exige.”

Spinoza, Tratado Político, cap.IV, 6

El capitalismo es, además de un régimen de explotación universal, el territorio de la paradoja y la contradicción. Al menos en los países primer mundo -sociedades que corren desmadejadas tras las huellas del prometido presente eterno, el tiempo del consumo- estamos perdiendo nuestra sombra. Vivimos una modernidad de banda magnética que se evapora a cada instante para renacer de nuevo, transformada, al instante, unos cuantos anuncios más tarde, en otro objeto o sensación con el recurrente marchamo de imprescindible. Hay demasiada luz, demasiados neones y focos que iluminan las escenas cotidianas. La aceleración de la dinámica capitalista de los noventa, impulso atroz -turbocapitalismo- que tiene su origen en la presidencia de Ronald Reagan en EE.UU. y su prolongación en Gran Bretaña, ha supuesto, entre otras cosas, la pérdida (o privatización) de la vida privada, el relato ordenado de la intimidad, entendido como reflexión narrativa y política, no narcisista, sobre uno mismo y su quehacer en el mundo.

Inútil parece la resistencia ante el avance irremediable este fenómeno exhibicionista. Abunda en los medios de comunicación (desde la imagen de un bombardeo grabada con cámara al hombro -una falsa mirada subjetiva- hasta la telebasura) y en blogs y demás bitácoras personales. Las redes sociales (Facebook y otras) son pasarelas, escaparates, de la maravilla (o el drama) que representa vivir en el sistema global de flujos y reflujos informativos. Poco importa el grado -que lo descrito sea verdadero o falso no altera acto de transferencia- de desvelamiento o la intensidad, se trata de mostrar en el ágora de los intercambios emocionales -amplificado hasta el delirio por Internet-, la parte privada, hasta ahora oculta. El yo y el nosotros han pasado de ser un reducto íntimo, unido por la pertenencia a una categoría, en algunos casos, ligados por la conciencia de clase, a la esfera universal de lo público. Los sentimientos, bajo múltiples formas, se compran y venden, habiendo logrado el capitalismo, por fin, convertir en mercancía las emociones del yo (del nosotros).

Esta pérdida o privatización radical de la intimidad (impuesta o consentida) ha convertido al cuerpo social en un mero intercambiador de sensaciones. Desde la elección de un automóvil -sensación de vivir al límite, por ejemplo, fuera de las carreteras convencionales- hasta el color o prestaciones del teléfono portátil, pasando por el atuendo para presentarse en el espacio público; del voto al amor. La cantidad de mercancía nueva o vestida de nueva expuesta -vintage emocional consumista- se ha multiplicado hasta el infinito. Los mostradores han ocupado todo el espacio físico, incluidas las escondidas trastiendas morales de la intimidad, impidiendo cualquier otro intercambio que no esté previsto por el propio y regulado mercado. El orden emocional del capitalismo, desarrollado hasta el extremo de la esquizofrenia en el último decenio, ha triunfado. El nuevo paradigma axiológico se ha impuesto.

La verdad, pese a la sofisticación de los envoltorios, se presenta desnuda. Basta estirar un poco el cuello, leer entrelíneas la prensa, observar con atención la televisión o pasear un sábado por la tarde por un centro comercial para ver el grado de incertidumbre y miedo reinante. Miedo e insatisfacción provocados por la persecución del placer que se escapa. El sistema impide cumplir, por su naturaleza huidiza, todos los anhelos. La respuesta clínica (la respuesta política ha desaparecido, aniquilada) a este estado de incertidumbre, un estado de sitio psicológico, es el aumento exponencial de los ligeros trastornos mentales y la dependencia, cada vez mayor, de los psicofármacos. Esta es una de las consecuencias que la (supuesta) seguridad e infalibilidad del modelo de sociedad ha provocado. En el espejo de lo público, por un lado, la paradoja de la insatisfacción social, al no ser posible la satisfacción emocional o material permanente; por detrás, junto a los remaches del marco, la leyenda impresa en la madera: el modelo es el mejor de los posibles. Paradojas y contradicciones. Este fenómeno ocurre en nuestra propia casa, en las habitaciones donde compartimos instantes privados, en el trabajo, en las miradas y caricias, hasta en la noción del tiempo, que determina, como sabemos, la concepción de la muerte. A esto denominan los manuales de sociología y ciencia política, “sociedad del bienestar”.

Julio 6, 2009

María Toledano: “Territorio, soberanía y democracia”

Archivado en: María Toledano — max @ 2:21 am
Tags:

Incluso los durmientes son obreros y cooperantes de cuanto sucede en el mundo

Heráclito, frag. XLI

Esta visto que hacen lo que quieren con nosotros. Pese a nuestra individualidad, tan alabada por los poderes, medios de comunicación y empresas, funcionamos como un rebaño -banco de peces en el océano- cuando los asuntos mayores están en juego, cuando nos asustan. La democracia moderna, una conquista republicana del ciudadano burgués frente al súbdito, se ha convertido, con el paso de los años y la sofisticación de la propaganda, en un instrumento de combate, el más importante, del poder político y empresarial. Negar la democracia de mercado, la llamada “democracia de superficie” (Badiou, l’Hypothèse communiste , 2009 ), debería ser una de las principales tareas teóricas y prácticas de la izquierda anticapitalista. Pero negar la democracia de partidos, negar la democracia representativa y el principio de que la soberanía reside en el cuerpo electoral, conlleva infinidad de problemas. Nos enfrentamos ante un dogma, una idea sagrada, consagrada, que ha adquirido categoría de mito.

La democracia de mercado o “democracia de superficie” tiene sus propias y sutiles reglas de juego. Una normativa oscura, llena de requiebros, que escapa al control directo de los ciudadanos. Los poderes públicos formulan el modelo de desarrollo económico y la Constitución legitima, con su manto sagrado de valores, el esquema del poder. El ciudadano asiste al espectáculo (en general con indiferencia) y confirma con su recurrente voto (con independencia de la fuerza política de su preferencia) el sistema existente. La legitimación es automática y permanente puesto que el recuento, salvo una abstención masiva (imposible de concebir en el estadio actual de la evolución política y cultural de la ciudadanía), siempre contemplará, en el caso español, la victoria de uno de los dos partidos mayoritarios. Este modelo, nacido de la inmolación de las Cortes franquistas y confirmado por la Ley electoral, está concebido para que el juego de mayorías y minorías (inherente a la democracia, según la fórmula anglosajona) parta de la victoria del cualquiera de las dos fuerzas hegemónicas, según sea la corriente dominante, partidos de ámbito nacional que, además, tienen que buscar acuerdos y refugios con los partidos nacionalistas, agrupaciones políticas, en general, hijas de la burguesía de negocio local. Un esquema de apariencia perfecta, para la perpetuación de la democracia de mercado, que ha funcionado, con sus dudas y miserias, más de treinta años. Este diseño político, complicado con la nueva financiación que se pretende imponer, está resultando un caos y un atentado al principio de igualdad, desde el instante mismo en que el desarrollo del poder autonómico y local produce una manifiesta desigualdad jurídica y real (de hecho y derecho) entre los habitantes del mismo país. Y de nuevo, casi sin darnos cuenta, caemos de bruces ante otro dogma inviolable: el modelo territorial del estado.

En primer lugar, a modo de nota suelta, deberíamos reflexionar sobre la antigua (y revolucionaria) idea de que la soberanía reside en el pueblo, organizado como cuerpo electoral. ¿Hace cuánto tiempo que el pueblo, en la democracia de mercado, ha dejado de ser soberano? ¿Es acaso posible verificar el estado de salud democrática del cuerpo electoral? O dicho más claramente, ¿es posible hoy, con la intromisión de los medios de comunicación en la esfera privada (y la conciencia) de los individuos, afirmar que cada vez que se vota se hace asumiendo la crucial responsabilidad que el ejercicio de este derecho conlleva? ¿Es lícito, aunque sea desde un punto de vista formal y a modo de ejemplo, cuestionar el sufragio universal frente a la manipulación que vivimos en la sociedad de la información? ¿Somos los ciudadanos libres y conscientes a la hora de emitir nuestro voto o estamos condicionados igual que lo estamos ante el escaparate cotidiano del consumo? Cuestión interesante y compleja.

En segundo lugar, y con la idea de dejar unas pinceladas para una posterior reflexión, deberíamos abordar el mito consagrado en el Título VIII de la Constitución del 1978: el modelo territorial del estado. ¿Es posible que la ley electoral siga favoreciendo a los partidos políticos que se presentan en una sola CC.AA. frente a formaciones de ámbito nacional? ¿Es justo (y democrático) que las burguesías nacionalistas obtengan del estado más beneficios fiscales, exenciones, competencias y, en definitiva, mayor cuota de poder político y económico para sus territorios por el mero hecho de disponer de formaciones políticas que apoyan al partido mayoritario en el gobierno nacional cuando éste no cuenta con una mayoría suficiente para llevar a cabo su proyecto legislativo? ¿Está la nación sometida, como dice el sector más reaccionario de la derecha, al chantaje del nacionalismo burgués? Cuestión interesante y compleja. La izquierda histórica, Rosa Luxemburgo y Lenin, entre otros, ya abordaron estos problemas.

Estas dos cuestiones deberían, por si solas, suscitar un interesante debate en el seno de la izquierda anticapitalista, e incluso, en el seno de una organización como IU, en el caso de que esta formación minoritaria pretenda y desee erigirse como alternativa económica, moral e intelectual. No es fácil ponerle el cascabel a un gato rabioso que defiende su territorio de caza. No es fácil desmontar el esquema impuesto por el mercado (y sus representantes políticos) a través de fórmulas de apariencia democrática. Cuestionar la democracia de mercado, la democracia de superficie, y sus mitos fundamentales es, en el peculiar caso español, un camino razonable para alcanzar otros modelos de sociedad.

Mayo 26, 2009

María Toledano: “Brotes de memoria roja”

Archivado en: María Toledano — max @ 12:41 pm
Tags:

“El olvido está en los recuerdos. Advierto que mi aprendizaje de vejez no es otra cosa que la forma que adoptan ahora en mí el pasado y sus sombras.”

Antonio Gamoneda, Un armario lleno de sombra (2009)

Recordar es vivir de nuevo, vivir -la mayoría de las veces- con dolor o resentimiento. Saco fuerzas de la inevitable flaqueza que me acompaña -demasiados años caminando, demasiados familiares y amigos muertos a la espalda- y revuelvo cajones a la búsqueda de fotografías y papeles: un instante (dulce) para la melancolía. Las descoloridas imágenes, con sus arrugas, el papel también se marchita, conforman un pasado que ya no nos pertenece, aunque las vivencias fueran nuestras; un tiempo pretérito que ha quedado asumido, fagocitado, por la historia oficial y sus amanuenses con terno gris. Los historiadores profesionales (y los otros, incluso algunos atrevidos jóvenes novelistas) se empeñan en contarnos cómo fue aquello que pasó cuando éramos capitanes (Teresa Pamies dixit) o cuando éramos protagonistas indirectos (los primeros actores guardan todavía sus secretos de alcoba o los vendieron a cambio de prebendas). Leo libros que transmiten, de cara a las futuras generaciones, impresiones equivocadas o malintencionadas: la historia oficial. Aparecen, casi a la vez, dos libros del fotógrafo Agustí Centelles. Un diario, apuntes del natural, notas sobre vida cotidiana y emocionados alegatos, y un álbum de fotografías tomadas en el campo de concentración francés de Bram. Centelles quiso dejar constancia de las vicisitudes con palabras e imágenes: la combinación mágica de la era moderna. Las democracias europeas, traicionando sus valores y principios rectores (si los tenían, si los tienen), dieron la espalda a la joven República española (cerraron las fronteras, impidieron la llegada de ayuda civil y militar) sin que la Historia se haya detenido mucho en este instante. Han pasado décadas y la vida está, si acaso está viva, en otra parte. Abro y cierro cajones. Encuentro papeles. Tomo un párrafo largo.

“La memoria configura, junto a la sangre y los recuerdos, nuestra leyenda e identidad, la conciencia colectiva, los mitos y símbolos, lo que somos y jamás seremos; pegada a la sombra proyectada y a las huellas del pasado, camina a fogonazos, incertidumbres, destellos, igual que circulan las estrellas fugaces por la bóveda celeste; la memoria va y viene, recuerda cuando le conviene y se olvida de las obligaciones contraídas con el tiempo, de su existencia; se erige en dueña de las fronteras, las imaginarias y las reales, vigiladas por soldados, se pierde en las novedades, en los presentes azarosos y discontinuos, en los flujos y reflujos del rencor, en la constitución material del ser y de las cosas y sus relaciones; baúl de la miseria singular y colectiva y de los acontecimientos de otras vidas, maldita memoria, recuerda el daño y poco olvida y atesora en su jardín, polvoriento jardín, malas hierbas, insectos, margaritas y tréboles de cuatro hojas, cuando había, cosas de niños; atesora también el espasmo del dolor y la pesadumbre del dolor, la espera; la memoria va y viene y en su devenir cruzado, cambiante y torrencial, agitado por el fuego del tiempo que se recrea, perseguido por la fiebre, dispone las secuencias vividas, sentidas, en alacenas, en los estrechos nichos, cemento y arena, de los cementerios civiles, osarios de evocaciones y flores marchitas, más baratos -el Santo Entierro, se pagaban cuotas trimestrales para asegurarse el entierro- que los ilustres panteones -memoria impresa en el mármol, letras de molde-, memoria viajera, perdida en un anden, memoria aprisionada, recuperada en las miradas blancas, cataratas de espanto, de un viejo, en los sabañones y heridas abiertas de una vieja, en las tímidas lágrimas de una niña, en los pliegues y miedos de un hombre sin porvenir, enfermo, alcohólico, sifilítico, tuberculoso, castigado por su condición de hombre, en las miradas ausentes de los amigos perdidos, muertos: el recuerdo; ahora apenas quedan fotografías en papel -no quedan fotógrafos callejeros, quizá vuelvan con la precariedad, como han vuelto los limpiabotas-, ayudaban, todo es digital, y la memoria, los hechos constitutivos de la memoria se difuminan, se esconden y almacenan en los ordenadores, discos duros externos, cajas negras de aviones estrellados, en recodos, angosturas y penitencias de los sistemas informáticos, lugares inhóspitos donde puede morir, para siempre, el recuerdo, maldita memoria, maldita memoria, viajaba también, cuando cruzamos, el plural es necesario, la frontera de Francia, puente de Hendaya, por ejemplo, o por Gerona (ahora Girona enferma de nacionalismo pueril y provinciano), en maletas de cartón, cuadernos, tarjetas postales de barcos y paisajes, hojas sueltas, escrita en servilletas -un número de teléfono, una cita- archivos, documentación, el recuerdo (que conforma la historia) es documentación oficial, burocracia de estado y de gobierno, y sentido, lo que hace que las cosas adquieran su razón de ser, sentido y referencia, la identidad del ser: se hablaba de la memoria aclaratoria o escrutadora, soñadora o indagatoria; la memoria es una mirada esquiva, oblicua, torcida, que, con el paso de los años, se hace más ausente como el recuerdo de aquella comida, cuando éramos jóvenes y nada nos sentaba mal y comíamos y reíamos y soñábamos y bebíamos y luego pasaba el tiempo, lento, sentados, tumbados, mirando el ventanal, cuando teníamos un ventanal y un punto de vista sobre el mundo, no como ahora que somos multifocales, como las gafas.”

Las palabras dejan huellas en el fondo del cajón, huellas de humedad y desconsuelo, marcas en la pared, desconchones de vida, igual que quedan grabadas las cicatrices en la piel. Las palabras dejan huellas pese a la celeridad del presente, una aceleración que provoca, amén de otras enfermedades menores, pérdida de conciencia colectiva. Por eso, lógico, pasa lo que pasa.

Abril 28, 2009

María Toledano: “La izquierda en el diván”

Archivado en: María Toledano — max @ 4:07 pm
Tags:

Rebelión

Los años finales de la vida pasan con demasiada rapidez. A medida que la edad avanza, y en mi caso no es poca ya, el tiempo desaparece como las nubes en primavera sin que se puedan fijar los recuerdos o conservar los instantes. La memoria se va borrando poco a poco, se desvanece y, pese a los esfuerzos, reiterados esfuerzos, dolorosos esfuerzos, no se consigue recordar aquello que se desea. El cerebro empieza a funcionar de manera autónoma, casi a su aire y criterio. El paso del tiempo va destruyendo lo que somos, lo que fuimos, cosificándonos, haciéndonos parte inerme de una gran marea negra que nos agita, golpea y abandona al borde de cualquier acantilado, en cualquier playa desierta. Los años finales de la vida pasan, parece ser, con demasiada rapidez. No lo sé. Quizá no sea malo. La vejez es el paraíso cruel de las dudas, el miedo y la incertidumbre.

Abre el mes de mayo su recorrido con la celebración del trabajo -ironías de la crisis sistémica-, la jornada que conmemora asesinatos, y se cierra abril, entre otras desmemorias, con la proclamación de la República Española y la revolución de Portugal. En otros tiempos, cuando sabíamos lo que significaba ser de izquierdas, esas fechas tenían alto valor simbólico. Eran días para recordar, celebrar, entristecerse o reír. Hoy, cuando el huracán de la historia postcontemporánea nos ha pasado (a todos) por encima, estos cruciales acontecimientos sólo son notas a pie de página en los almanaques del tiempo perdido, libros que nadie lee, vivencias muertas (si se admite la expresión). 14 de abril de 1931. Apenas guardo recuerdos propios. Lo que me queda es indirecto, impostado, falso: memoria de otros, recuerdos de recuerdos. Más cerca, muchos más cerca, tengo la guerra, los obligados desplazamientos, la necesidad y luego el exilio. Salto en el tiempo. Portugal, 25 de abril, 1974. Parece que fue ayer, un ayer de alegrías y canciones de José Afonso, cuando los altivos capitanes dijeron basta. Cierro los ojos, busco en los archivos polvorientos de mi cabeza (las conexiones neuronales no funcionan con la rapidez de antaño) y veo el sereno rostro del general (en 1974 era un austero coronel de 52 años) Vasco Gonçalves. Parece que fue ayer, insisto, y, sin embargo, la aceleración del presente ha convertido aquella experiencia valiente y radical de nuestros maltratados vecinos peninsulares en unas fotografías descoloridas, pasado remoto. Todo es remoto, historia enterrada, salvo lo que está sucediendo en este preciso instante, salvo el presente más incomprensible y feroz. El presente es la memoria activa de lo que está siendo ante nuestros ojos, ante el desconcierto de nuestros ojos. El presente, desde que se ha instalado el tempo acelerado del capitalismo -una prolongación sofisticada del modo lineal, agustiniano- es fugaz, incierto, estéril: tierra baldía. El presente es el lugar de combate, el escenario, la cuarta pared, donde ocurre todo aquello que no debería suceder.

Los pobres nunca nos hemos recostado en un diván. Nunca hemos podido mirar el tiempo y la vida, como el que observa el deambular de la gente desde la terraza de un café, desde un diván. La imposibilidad material de cambiar de punto de vista, la mirada sobre el mundo y el ángulo de ataque, ha favorecido nuestra lucha. Estamos hechos de decisiones y errores, discusiones y batallas. Salvo algunos interesados y muchos arribistas, estamos condenados a la lucidez del análisis, a la perspicacia del enemigo, a las patrañas y las escisiones. Hemos vivido en un mundo deformado por las noticias de la guerra fría y de la guerra caliente, hasta componer nuestra imagen del mundo con los jirones de la experiencia, con las miserias de la experiencia, con las maldades de la experiencia. Los divanes, desde Freud, son objetos, muebles, decoración de interiores, que no han existido en nuestros entornos de alacenas, jergones, mesas de madera e infiernillos. Se llamaban infiernillos por el calor y el color del fuego. Un pequeño infierno debajo de cada mesa. Primero eran de carbón, brasas. Más tarde, con el progreso, fueron eléctricos. ¿Has apagado el infiernillo? Las faldas de las mesas-camilla ardían con facilidad. Los divanes, pese a su larga tradición centroeuropea, calaron mal en los países mediterráneos. Bastante teníamos con afrontar y superar el catolicismo, la hipocresía, los curas con pistola y la Sección Femenina. Arriba España.

Esta visto que, con la edad, la memoria va por donde quiere. Los recuerdos, impulsados por el viento de las palabras, por su frágil resonancia, componen un especial y significativo campo semántico. Diván e infiernillo, así, en diminutivo, como quitándole enjundia a la expresión, son términos que no deberían ir juntos. Nada parece unir estas dos palabras y mucho menos en un nota que se titula -no sin cierta pretensión- “La izquierda en el diván”. Diván e infiernillo conforman una triste pareja de baile de salón. Una de esas parejas, a media luz, detenidas en un escorzo imposible, a las que la edad ha estropeado el maquillaje y la belleza. Los años finales de la vida pasan, parece ser, con demasiada rapidez. No lo sé. Quizá no sea malo. La vejez, reitero, es el paraíso cruel de las dudas, el miedo y la incertidumbre. La izquierda también envejece. Las palabras se asocian entre sí buscando acomodo en un presente lleno de anuncios publicitarios y trampas retóricas. Si no fuera injusto diría que la izquierda se sentó una tarde en un diván de terciopelo rojo y le gustó la textura, la suavidad, la caricia. En realidad sería una injusticia histórica. Por eso es mejor no pensarlo.

Febrero 25, 2009

María Toledano: “La caza”

Archivado en: María Toledano — max @ 4:08 pm
Tags:

El señor Mariano Fernández Bermejo, Ministro de Justicia, ha dimitido. Es decir, a Fernández, el fiscal prosperado, le han echado a gorrazos del Ministerio de Justicia. Llegar ministro de un gobierno progresista, míticos gobiernos de ZP, y que te echen así, haciendo el ridículo entre bestezuelas muertas, sangre derramada y cuernos retorcidos de venado, debe ser asunto delicado, triste, casi un discreto drama personal. Me imagino a su suegra, si la tiene, la pobre, el Señor Todopoderoso la conserve muchos años, la carita de estuco que se le habrá quedado. A Mariano Fernández Bermejo, que es de natural bravucón y malencarado, hombre firme y determinado de izquierdas (sic), le han puesto de patitas en la calle, con cajas destempladas y un rumor de siemprevivas que invade las cartucheras, por irse de cacería, una montería se decía en otros tiempos, con colegas y amigos del mismo jaez, intrépidos cazadores, gentes todas responsables y de intachable reputación. Fernández es el cazador cazado, cazado in fraganti, guárdate de los fotógrafos y de los conocidos con cámara de fotos, haciendo eso que en la noble nación española -y en algunos sectores de la vida civil- está tan mal visto: el franquista.

Esto de hacer el franquista, con perdón, es costumbre que se debe adquirir por el uso y frecuentación prolongada del poder, de todos los poderes. Será algo así como los pertinaces hongos que brotan en los zapatos de la gauche -si la suela es mala y suele ocurrir- de tanto andar por moquetas y recepciones de lujo y oropel. Recuerdo así, sin pensar mucho, a nuestro señorito González, don Felipe, surcando las aguas en el Azor, la embarcación del Generalísmo, la misma que el pequeño caudillo asesino llenaba de atunes y peces espada a los que tanta devoción religiosa tenía. La diferencia, señor Mariano, es que a don González, “queremos un hijo tuyo”, se le perdonaba y se le perdona todo, sabido es, tanto por sus méritos -que alguno tendrá, aunque una los ignore- como por su arrolladora gracia sevillana, españolísima y olé, mientras que a usted, de natural malencarado y bravucón, repito, y con una huelga de jueces en la recámara -el año que acomete la reforma de la carrera judicial y aumenta el presupuesto-, no le perdonan ni una. Siendo de Arenas de San Pedro, Ávila, y habiendo nacido en 1948, IX año triunfal, ya debería estar usted curado de espanto, trampas y cartuchos. ¿Cómo se puede ir de cacería, siendo Ministro de Justicia de PSOE, cuando tenemos presente La escopeta nacional de Berlanga y Azcona? Poco importa el resto de los cazadores, sus acompañantes; poco importa si había jueces u otras destacadas personalidades civiles y/o militares. El mero hecho de salir de montería, con la que está cayendo y lo que significa en el imaginario colectivo, merece el despido. A nadie le importa, señor Mariano, si los disparos se produjeron en Jaén y si tenía o no licencia actualizada; poco importa, señor Mariano, si la broma (con el reparador “taco” incluido) costó mil euros o dos billones. La cuestión es otra. La caza mayor, ex ministro socialista Bermejo, no está bien vista por millones de personas que han sufrido la dictadura y han visto a Franco, sus parientes, consejeros y amigos, con un pie en el hocico de un animal abatido. Para redondear el circo campestre sólo hubiera faltado, como en la película, un maduro empresario catalán, con su amante, tratando de vender porteros automáticos. La historia vuelve, más que nunca, como farsa. Farsa y esperpento. Y Mitrofán sin enterarse.

Con tres complicadas elecciones a las puertas, el presidente Rodríguez Zapatero, ha aceptado -los eufemismos más vivos que nunca- la dimisión del Ministro de Justicia, Fernández Bermejo. Los asesores de Moncloa, los mismos que contemplaron atónitos la fotografía, han hecho sus interesados cálculos. Mejor ahora, cuanto antes, aguantemos el chaparrón y en una semana se habrá pasado. No les falta razón a los cualificados miembros del ala oeste de la Moncloa. El tiempo juega a su favor: este suceso pasará pronto, sin duda, resta fuerza al discurso crítico del PP (inmerso en sus cuestiones de espías, corruptelas, gominas y demás) y la prensa, necesitada de carne fresca cada día, atenderá, en breve, otros asuntos. Los analistas tendrán razón pero permitirán, espero, que nos quedemos con este magnífico suceso para la posteridad, para contar y contar a nuestros nietos. Hay cosas que, pese al paso del tiempo, seguiremos recordando cada vez que surja la ocasión, toque disfrutar con recuerdos cínicos y tengamos ganas de reír. Ay, Mariano, Mariano, y todo este entuerto por pegar unos tiros al alba.

Diciembre 24, 2008

María Toledano: “La destrucción de la política”

Archivado en: María Toledano — max @ 6:36 pm
Tags:

Rebelión

Al caer la tarde, cuando se apagan las luces de los centros comerciales y el mundo de neón desaparece, el individuo se refugia en su casa, abre los paquetes (el único instante diario de placer) y siente realizada la condición de consumidor otorgada por el mercado. Como este placer es momentáneo -sólo existe mientras realiza el acto mismo- pocos minutos después, en soledad, vuelve al estado natural de inacción: la pasividad propia de las sociedades democráticas del siglo XXI. Así, con este tipo de afirmaciones, debería arrancar una reflexión sobre la imposibilidad de la política -entendida como confrontación- en los estados armónicos y culturales de libre mercado. Esta mirada debería recoger la ausencia de un relato político articulado, el temor que cualquier idea colectiva -nacida de la experiencia real- provoca en los fabricantes de opinión y la resignación, por no decir indiferencia, que un análisis sobre las posibilidades de un futuro social y laboral organizado de otra manera sugiere entre los votantes. La realidad se ha disfrazado con el velo azul de los antidepresivos y la cohesión social depende del calendario laboral: fiestas, puentes y demás divertimentos comunes.

La política, en el viejo capitalismo, era tensión y huelgas, despidos y batallas sindicales, ayuda mutua, por citar el viejo concepto anarquista, y solidaridad obrera: cultura popular (común) y conciencia de clase. La nueva política, en este capitalismo acelerado que se refunda sobre conocidos cimientos y reuniones, rechaza el conflicto como algo ajeno y aboga por una sociedad uniformizada por el patrón-consumo, una burbuja brillante que deslumbra con infinita potencia. La política ha desaparecido puesto que ha desaparecido el escenario y el terreno donde era posible el enfrentamiento real. Desde la segunda mitad de los años ochenta, por fijar fechas, el escenario material dejó su sitio en la esfera del dominio-resistencia al escenario virtual y los conflictos dejaron de afectar a personas concretas para adquirir dimensión de acontecimiento mediático. Esto no quiere decir que la realidad del desempleo no afecte a personas reales (todo aquel que pierde el empleo y no puede afrontar el pago de su préstamo hipotecario, por ejemplo) y que los problemas (precariedad, inseguridad laboral) no sean tangibles. Quiere decir, de forma simbólica, que la condición de verosimilitud que conllevaba la realidad, ha sucumbido ante la estadística, las declaraciones altisonantes de los políticos o la vulgaridad de una nota de prensa explicativa. El trabajo ha desaparecido del debate público y los problemas, por tanto, son de otra índole discursiva. Ya no hacen política los ciudadanos, las organizaciones o sindicatos de servicios: la hacen los thinks tanks (entre ellos) y sus medios de transmisión de ideología dominante. De actores a espectadores. Entre los actores (emisores activos) y los espectadores (receptores pasivos) se encuentra un foso, una barrera de contención, una distancia. La cuarta pared de la que hablaban los teóricos del teatro nos ha sepultado con su armazón de hormigón y lazos de colores.

Frente a esta tesitura, frente al peso muerto del “fin de la historia” como lucha de clases que preconizan sin descanso, algunos partidos políticos minoritarios (de la izquierda) intentan levantar la cabeza, asomarse entre los escombros, vislumbrar otra forma de hacer política con una articulación que recupere la dimensión colectiva del quehacer. Sus intenciones son loables y en esa línea es necesario perseverar. Sin embargo, pese a que los altavoces están preparados y la palabra sea certera y justa, al mirar hacia atrás, los soldados han desaparecido. Imaginemos una “vanguardia consciente” a la que no siguiera nadie. Imaginemos la desolación. Recuperar el sentido de la historia colectiva debería ser uno de los primeros pasos. Al recuperar la historia, la lucha (de clases) se convierte en reflejo de lo que somos, de lo que podemos ser. La condena al consumo, la condena a la frágil felicidad sólo puede entenderse como una pena privativa de libertad. La batalla, el campo abierto, es el lugar donde las múltiples identidades inventadas por el capitalismo, los cantos de sirena de la plural subjetividad, desaparecen y la identidad de clase, de pertenencia a un sujeto histórico determinado, adquiere dimensión de discurso político. Sólo en la historia, entendida como narración de la experiencia y acción, puede la izquierda recuperar sus soldados, sus famélicas legiones.

Noviembre 25, 2008

María Toledano: “Una muerte digna para Izquierda Unida”

Archivado en: María Toledano — max @ 3:43 pm
Tags:

Rebelión

Nace la enfermedad, en ocasiones, del mismo remedio. Gracián.

Nació enferma, como esos niños de la posguerra española, hambre y piorrea, cuyas condiciones materiales (agonías de ayer y hoy) no garantizaban el primer año de vida. Nació con los brazos romos, poco pelo y ralo, oscuras manchas en la piel y una mirada perdida que, desde luego, no presagiaba salud. Nació contrahecha, deforme y jorobada como los grandes Leopardi y Gramsci y fue parida (y concebida) con dolor y alegría, si acaso es posible, extraña conjunción política -el marchamo de legitimidad ética- heredera de las grandes gestas del PCE durante el franquismo. Vio la luz con problemas intestinales y arritmias varias, costras en las extremidades, rodillas dobladas hacia adentro, cuatro dedos en cada mano y una protuberancia en la cabeza, a modo de falso cuerno de la abundancia (préstamos bancarios) o ariete contra la ofensiva neoliberal del PSOE de González y sus sátrapas provinciales y locales. Nació en 1986, creo recordar, y aunque los familiares cercanos (carlistas y humanistas, entre otros) eran optimistas, “OTAN, de entrada, no”, rechazaba el alimento. Sin embargo, azares del destino y coyuntura política, empezó a comer y su salud, sin mejorar demasiado, le permitió ganar peso en las semanas que siguieron a su alumbramiento. Nació enferma, eso sí, y pese a algunos momentos posteriores de gloria electoral (asociados a la corrupción del PSOE y a los diversos califatos independientes), no parecía que su esperanza de vida fuera muy elevada. Pese a los malos augurios -heraldos negros- y la irrupción de algunos estrategas de escasa formación política e intelectual -que luego siguieron su carrera hasta la ruina y salen siempre en la fotografía junto al líder, sea el que sea-, la niña enferma ya ha cumplido veintidós años, veintidós largos y nada fructíferos años, que lucen como veintidós soles tristes de otoño, ese sol que se levanta adormecido y sin fuerza los días de niebla.

Nació enferma, ya sabíamos, con graves (e irresolubles) problemas en la estructura ósea. Su esqueleto moderno y funcional (flexible columna vertebral de movimiento político-social), era ajeno a la tradición combatiente, ajeno a su cuerpo electoral, a lo que los amigos y vecinos podían reconocer y comprender. Empezó a andar en el mercado de los votos -con las dificultades propias de sus extremidades blandas y las rodillas inversas- y, a cada paso, parecía que se iba a romper. Su inestable equilibrio -la correlación de fuerzas- crujía con cada desgarro interior, cada reunión. Sus primeras palabras, dichas con tanta ilusión como ingenuidad, demostraron que hablaría con dificultad. No estaba dotada. Su nula capacidad para articular un discurso coherente y crítico acorde con la historia y el presente y su imposibilidad para afrontar con éxito la potencia simbólica del enemigo situaba a la enferma en un terreno de nadie, a medio camino entre la centralidad roja del mundo del trabajo (el motor inmóvil de los clásicos) y la amalgama rojiverdevioleta tan apreciada por las clases medias y medias-bajas urbanas bienpensantes. La enferma tenía varios diagnósticos en su cajón de sastre y tomaba pastillas (o no) en función de la enfermera de turno. Un día, lejanos años de euforia -sarampión electoral- unos quisieron acercarse al ala izquierda del PSOE (sic) y otros, hablaron de orillas (dos, claro). Entre unos y otros, la niña enferma, tierna y débil (la envenenada ignorancia de El País y el abrazo mortal de El Mundo), cayó al río -creyendo que era mozuela pero tenía marido- y claro, como no podía ser de otra forma, cogió un constipado mayor que derivó en pulmonía que, ay, derivó en neumonía. En el hospital, lógico, acabaron todos. Tenía, la pobre, respiración asistida y cortisona recorriendo su pequeño cuerpo. El jaleo en la habitación (sucesivamente compartida con un poeta, escritoras laureadas y varios cantantes) era insoportable. Nadie ponía sensatez y razón política en el desconcierto de voces cruzadas, mensajes contradictorios y resquebrajados marcos referenciales (pese a la claridad expositiva de Lakoff y otros teóricos de la comunicación). Más que habitación de hospital -lugar de reposo y sosiego- parecía aquello guardería en septiembre o, mucho peor, barraca de feria (ambulante) en la que todos buscan un premio, la muñeca chochona, un trabajo, una remuneración o lo que fuera menester con tal de permanecer. Esa es, pese a la apariencia, una de las cuestiones centrales. Nadie, tras la moqueta y el cargo, quiere volver a sus rutinas, trabajos (en el caso de tener) y vidas anónimas. “Izquierda Unida tiene un trozo muy pequeño de la tarta y en vez de preocuparse por ampliarlo, están más ocupados en repartirse las migas”, dice Carrillo, padre de la patria y anciano prohombre nacional.

Y así, como el que no quiere la cosa, pegando palos de ciego y algún escaso acierto, se llegó hasta hoy, hasta la esperpéntica última Asamblea Federal. El resultado es conocido: escasa representación pública, nula presencia social. Aquella enferma a la que todos quisimos tanto pide, exige, que le dejen morir en paz. Desde la izquierda, con fundadas razones éticas frente a los imperativos católicos, siempre se ha defendido el derecho a la eutanasia. La enferma ya no puede más y pide, suplica, que desconecten los cables. Esta terrible agonía de Izquierda Unida recuerda, un poco, aquella otra: Franco, noviembre de 1975. Sus fieles, los más interesados en aplicar imposibles remedios de choque contra la tromboflebitis y demás males acumulados, no querían que el dictador muriera. Normal. Se acababa el negociado. Muere Izquierda Unida de agotamiento. Nació enferma, como aquellos niños de posguerra a los que les faltaba calcio.

Septiembre 3, 2008

María Toledano: “Un septiembre sin Fiesta del PCE”

Archivado en: María Toledano — max @ 7:22 pm
Tags:

A las gentes de edad con propensión a la exageración, la nostalgia revolucionaria, la literaria guerra fría (que vuelve como épica y farsa al tiempo) y la desmemoria (ya sólo recuerdo -igual que hacía mi admirado Andréi Gromyko- lo que me interesa, cuando me interesa), deberían darnos pocos disgustos. Sería conveniente, incluso necesario, que la vida transcurriera sin sobresaltos ni asperezas, que las comidas fueran sin sal, poco aceite, de ligera digestión y a sus horas, invariable la sonrisa del médico (inquieto, mira el reloj, tiene varios pacientes por hora y no está la cosa para perder el tiempo con las recetas e historias del personal) y que las pastillas estuvieran bien acomodadas -cada una de un color diferente, tendencia multicolor made in USA, y en su pequeño compartimento- en el plateado pastillero de vieja plata, que diría, o algo parecido, el gran Alejo Carpentier en las primeras líneas de su exótico Concierto barroco. Sería conveniente, incluso razonable, que la realidad -eso que han inventado (tras tanto afán y reflexión en los múltiples think tanks) para que nosotros, mortales, seamos felices y que en nada se parece a lo real- siguiera el curso natural de las cosas. Sería razonable, conveniente, no alterar demasiado el cauce de los ríos, evitar inventos innecesarios (he visto que hay libros que se pueden mojar y que sirven para que los que nunca han leído se los lleven a la playa y/o piscina; estaría bien, dicho sea de paso y sin ánimo de molestar, ver en ese innovador formato plástico la nueva reflexión otoñal del veterano combatiente Santiago Carrillo flotando, a la deriva, camino de las Azores); que lloviera cuando le toca, que las flores brotaran en primavera y que fuera imposible -el mercado mundial se opone con fuerza de tarjeta de crédito- encontrar frutas y verduras curiosas fuera de su natural temporada. Sería deseable, por no decir práctico para la comunicación mundial (ahora que estamos todos sometidos a las técnicas narrativas del storytelling), que las personas -sobre todo las que tienen altavoces mediáticos o responsabilidades públicas- supieran de qué hablan -al menos un poco, aunque fuera por decoro- cuando hablan de algo (bien sobre la independencia de Kosovo o de Osetia del sur -como si fueran situaciones geoestratégicas comparables, sostiene la OTAN y la EU-, bien sobre la desaceleración, sic, económica y la ex-bubble inmobiliaria), y que los periódicos contarán, estos sí, como siempre, para no perder la rutina, lo que les venga en gana sin atender, faltaría más, a cómo han ocurrido los hechos que describen o analizan. En resumen, sería justo y necesario, que al personal de edad, a todos aquellos que hemos transitado, malvivido y vencido, aunque sea por longevidad, al franquismo político y moral y al dictador ecuestre, pequeñín y asesino, nos dieran pocos sustos (ya nos da bastantes Manoliño Fraga con sus declaraciones sobre el caudillo). Y en estas estaba yo, leyendo tranquila la prensa independiente, ahora global y mexicana, de la mañana, cuando me entero de golpe, sin previa acomodación interior ni examen de conciencia, como si llamaran a la puerta y apareciera Carlitos Slim con alguna recomendación -me lo cuenta mi nieta Lola, con esa mala educación y algo de mala leche que muestra la juventud para las cosas importantes y de comer (nunca mejor dicho tratándose de lo que se trata, niña, coño, que con la comida no se juega)- que este septiembre, recuerdo todavía el agua bendita aquel lejano 16 de junio de 1977 en Torrelodones, no habrá Fiesta del PCE, que la han suspendido por razones diversas, todas muy bien explicadas (explicaditas, hubiera dicho mi madre, con cierta sorna), en un elaborado y bien escrito documento (que más parece, por su forma, una explicatio non petita). Un septiembre sin fiesta del PCE -se decía, no sin falso orgullo, que la Fiesta abría el curso político, ahora lo abre la señora Campos en Telefive con Rodríguez Z.- ya no es un verdadero septiembre. Desconsolada, teatral mi gesto, me pregunto en voz alta. ¿Dónde voy a comprar ahora los libros que no se encuentran en las librerías? ¿En qué lugar voy a encontrarme con los amigos, algunos hasta camaradas, que veo una vez al año? ¿Cuándo podré escuchar, rodeada de gente afín (es un decir), las palabras del Secretario General? Lola, con su perversa inocencia me cuenta que en Wikipedia, entrada “Fiesta del PCE”, está todo contado. Mi incredulidad avanza. Malo, por el carácter simbólico del fracaso, es que no haya fiesta, ni encuentros, ni conferencias, ni chorizos, ni langosta congelada cubana, pero que lo cuenten en Wikipedia, así, como si fuera una novela histórica, me parece peor. Lola me ayuda en este lance, sonríe todo el tiempo, y nos vamos juntas de viaje por la red. Transcribo, para mi propio asombro, lo que leo: Fiesta del PCE, Historia, tercer párrafo. “ En 2007 se celebró el 30 aniversario, con menor asistencia debido entre otras cosas a la Noche en Blanco , que programó el Ayuntamiento de Madrid para el mismo fin de semana. Se celebró además sin la habitual zona de acampada, los ingresos fueron menores y hubo varios problemas; por lo que en 2008 se decidió suspender la fiesta para el mes de septiembre, pensando en la posibilidad de realizarla en la primavera de 2009. ” Apago el ordenador. Quizá exagere pero esto de que el PCE no pueda, no sea capaz (por las razones que sea, todas válidas, seguro) de montar su Fiesta no suena bien. No quiero imaginarme -prefiero no pensar- si tuviera que organizar, así, como el que no quiere la cosa, la Revolución con sus soviets y todo.

______________________________________________

“Yulunga” (Dead Can Dance “Into the Labyrinth”, 1993)

Junio 26, 2008

María Toledano: “Socialismo cubano o barbarie global”

Archivado en: María Toledano — max @ 10:14 pm
Tags:

Rebelión

Con Fidel y sin Fidel, Cuba es libre porque es

revolucionaria y es revolucionaria porque es libre

Iñaki Errazkin, Y en eso se fue Fidel, Txalaparta, 2008

Una vez más, y van muchas desde aquel lejano enero de 1959, el proceso revolucionario cubano está en las primeras páginas de la prensa libre. Resulta curioso comprobar cómo un país, una pequeña isla caribeña, permanece constante en la agenda de los grandes medios de comunicación cada vez que respira, cada vez que se agita al compás de su propio son. Debe ser una maldita obsesión, una patología digna de diván, ya que no se entiende -salvo su histórica y nada desdeñable función de espejo público- qué interés puede tener, para nosotros, los llamados occidentales, las vicisitudes internas y externas del socialismo cubano. Con la que está cayendo en el mundo, con el turbocapitalismo neoliberal en recesión, la trágica y constante actualidad en Iraq (el nuevo Vietnam del estratégico aliado) y el alza del precio del petróleo (por fijar sólo un par de puntos de interés), ahora resulta que los medios de transmisión y formación de la ideología dominante se ocupan de Fidel Castro, de sus declaraciones, de la supuesta rivalidad (o frialdad, según el literario día que tenga el corresponsal de turno) con su hermano Raúl y de una chica isleña -¿próxima candidata al Cervantes o Príncipe de Asturias?- que escribe, igual que varios millones en el plural ciberespacio, un blog. Aceptemos que en tiempos de la guerra fría, Cuba, uno de los puntos neurálgicos de la geopolítica de las potencias, estuviera en el punto de mira de EE.UU.; aceptemos, por seguir con la lógica interna del capital, que su posición geográfica y su política exterior antiimperialista inquietaran al vecino del Norte, escamado ante el empuje de su perverso ejemplo subversivo. Ahora bien, después del telegénico derribo del Muro de Berlín (creo que se explotó poco; en 1989 no estaban todavía preparados para el espectáculo total) y la desaparición de la URSS (un borracho subido en un tanque leyendo papeles en blanco mientras el resto de los cuadros organizaba en sus dachas el reparto de las empresas), la situación debería haber cambiado. La política de bloques ha dejado paso a un mundo multipolar (dicen, inocentes, desde Europa) y los contadores de historias no se han enterado. Cuba ya no es pilar de la geopolítica. Sólo es un país diferente, con un diferente sistema de propiedad. Insignificante, culto y diferente. Esto, para ustedes, gentes de orden y variopintos think tanks, no parece demasiado serio.

El caso es que los cubanos, pueblo orgulloso donde los haya y que conoce los finos hilos de su política nacional como ya quisieran muchos analistas españolísimos conocer la nuestra, tienen razones para seguir mostrando su indómito e invertebrado carácter, la historia de sus diferentes liberaciones y sus singularidades: esa forma franca y democrática (para extrañeza y espanto de los foros internacionales) de concebir las relaciones entre los pueblos, la solidaridad interna y externa, el nuevo e imparable desarrollo económico y la autocrítica. Desaparecido del escenario FC, ausente por lógica voluntad y razones de edad y salud, los sempiternos enemigos de los barbudos se vanagloriaron (demasiado pronto, como siempre) de su triunfo. Todavía recuerdo -y sonrío- las imágenes de las espontáneas manifestaciones en las grasientas avenidas Miami, difundidas por todas las televisiones: cuatro viejos en un bar insultaban a FC. Los periódicos europeos se llenaron de necrológicas -muchas de ellas también espontáneas (hora era de ganarse el sueldo y los parabienes)- llenas de odio y prosa de tempestad que nunca publicaron, textos barnizados con ese espíritu de incomprensible venganza que ha presidido la relación entre Cuba y las democracias de libremercado desde que unos cuantos jóvenes “nacionalistas” (la política y el conocimiento de la realidad les llevó al socialismo) terminaron con la dictadura mafiosa y cabaretera de Fulgencio Batista. Y en esto que -cuando tenemos todo preparado, a punto de comenzar el show y las tertulias de tanta ignorancia como buenos estipendios- llega FC, gallego cubano de Birán, y no se muere. Y de nuevo, cincuenta años después, se acabó la diversión. Esta visto que lo único que le interesa al socialismo cubano y a FC en particular es amargarnos la fiesta mediática a los carnívoros espectadores del occidente cristiano y liberal.

Socialismo cubano (singularidad política y económica) o barbarie global (conocida explotación revestida con el aura mágica del consumo) parece ser una de las disyuntivas teóricas y prácticas para este arranque del siglo XXI. En realidad, poco o nada podemos decir sobre la transformación (aparente o real) que están llevando a cabo los dirigentes cubanos. Poco o nada -por el momento- se puede decir (alabar las reformas que favorezcan la vida cotidiana de la población; criticar, en algún caso, la excesiva aceleración -de cara a Occidente- de determinados procesos de afirmación de la individualidad), porque compartir el destino vital e intelectual de un proceso político y cultural, moral y simbólico, significa respetar sus pasos, ver hacia dónde camina esta nueva etapa, sin FC al mando, de la Revolución. La democracia -repiten sin tregua los líderes del mercado- consiste en respetar la autonomía de la voluntad del otro, su espacio de libertad e integración. Hagamos, pues, lo mismo y observemos los acontecimientos cubanos con la atención que cualquier proceso político complejo requiere. La ingerencia, práctica habitual de los EE.UU. desde su fundación, no debe ser, una vez más, norma de uso. Si la Revolución se desvía de su línea de conquistas sociales y desarrollo humano, si el proceso deja de ser un referente para los oprimidos del mundo, no hará falta leer artículos de FC, del Financial Times o las burdas copias de El País; los propios cubanos, revolucionarios o no, lo dirán.

Junio 11, 2008

María Toledano: “Saramago y Cuba, sobre conciencia y revolución”

Archivado en: María Toledano — max @ 4:32 pm
Tags:

Hasta aquí he llegado. Desde ahora en adelante Cuba seguirá su camino, yo me quedo. Así arrancaba José Saramago un breve artículo publicado -cómo no- en EL País el pasado 14 de abril. En este texto, el escritor portugués afincado/exiliado (sic) en Lanzarote, uno de los iconos de la izquierda moral -si acaso existe tal cosa-, fijaba su posición respecto a los últimos acontecimientos ocurridos en la isla caribeña. El autor de El año de la muerte de Ricardo Reis y otros libros de interés que le valieron el premio Nobel, expresaba en ese brillante texto una digna posición de conciencia.Ignoro si el insigne escritor conoce la expresión la conciencia era verde y se la comió un burro. La voz interior, esa que algunos escuchan apoyando el mentón contra la palma de la mano resuena, en ocasiones, como canto de sirena. Y es sabido que si uno se deja llevar por la música celestial que emana del yo -ése pronombre cuyo uso deploraba W. Benjamin-, acaba estrellándose en un acantilado. De ahí a la vida íntima y al recogimiento que produce el pensamiento profundo, media un paso. Esta visto que eso de tener conciencia y exhibirla con gallardía -un lujo al alcance de algunos privilegiados con salarios garantizados- debe ser asunto moral de mucho fundamento. Disentir es un acto irrenunciable de conciencia, apunta José Saramago. Aunque más parece, en este caso, que don José ha tenido un desliz de conciencia, unas ligeras fiebres individualistas: el ego, ese señor tan serio de terno gris.

Tras unas semanas de agitación y coincidiendo con la invasión de Iraq, el gobierno cubano ordenó la detención de docenas de opositores (con sus consiguientes procesos judiciales y largas condenas penales) y el fusilamiento, tras un juicio sumarísimo, de unos secuestradores. Como es costumbre entre nosotros, la derecha – dolida por el espontáneo comportamiento pacifista de numerosos colectivos durante la reciente guerra- exigió al personal notorio y bienpensante (artistas, directores de cine, intelectuales de oficios varios, diseñadores, huéspedes de Hotel Glamour, cantantes de Operación Triunfo, etc.) que se manifestara en contra de estas drásticas medidas, dignas de la represión tiránica del comunismo internacional. Y así lo hicieron.

La política de oposición interna financiada -y reconocida en algunos casos- con el dinero de la CIA, los numerosos atentados que ha sufrido Fidel Castro, la guerra encubierta o declarada (frustrados intentos de invasión militar), la propaganda anticomunista, el histórico acoso económico al socialismo cubano o las leyes Helms- Burton, no deben ser asunto que requiera un detenido examen de conciencia. Ni siquiera dolor de constricción. El grito ahogado de Saramago y su conciencia libre, Hasta aquí he llegado, resonó como un pistoletazo de salida en las limpias mentes de sus colegas. El icono moral había hablado. Oráculo de la serenidad, el compromiso y la palabra justa, si él lo decía -tan alto y claro- todo estaba permitido. Saramago, por tanto, investido del poder simbólico que la izquierda le otorgó no hace demasiados años (detalle éste a tener en consideración en la creación de su figura universal como símbolo moral de resistencia anticapitalista, al margen de los indiscutibles méritos literarios del escritor) ha usado, atendiendo su criterio personal y a su conciencia libre, la tribuna de su magnífico pedestal para alimentar -quiero creer que él no es consciente- los peores demonios de nuestro jardín particular.

Las reacciones no se hicieron esperar y muchos -deseosos de expresar una posición de equilibrio o como pago a los infinitos servicios prestados por sus respectivas empresas- corrieron a firmar manifiestos, escribir artículos, enviar cartas a los periódicos. El caso era dejarse ver, firmar donde hiciera falta, condenar con violencia de verbo fácil las atrocidades del sátrapa del caribe. En definitiva, utilizando el poder mediático de sus nombres y los mecanismos de denuncia y figuración, se lanzaron contra el comportamiento dictatorial y represivo de nuestro -antiguo- hombre en La Habana. Quizás estar consciente sea un olvido, escribió Pessoa.

La violenta y repetida acción del sistema de protección/defensa de la propiedad privada, la opresión del capitalismo histórico en su fase más cruel y destructiva, el control sobre los medios de producción y sobre la circulación de la información a que estamos sometidos no pueden ni deben justificar las decisiones de las autoridades cubanas. Ni siquiera en caso de legítima defensa. Que el socialismo cubano requiere mejoras y reformas resulta indudable. Todo sistema que no encuentre su razón de ser en la explotación y la plusvalía requiere permanentes renovaciones. El socialismo, o es una revolución permanente o tiende, como la experiencia histórica ha demostrado, a la inoperante burocracia. Así lo han declarado desde la misma isla. Los valores de occidente, incluida la conciencia individual como expresión del libre albedrío no olvidemos, son los valores defendidos desde las trincheras del capitalismo. El pensamiento dominante es el pensamiento de la clase dominante.

Disentir es un derecho que se encuentra y se encontrará inscrito con tinta invisible en todas las declaraciones de derechos humanos pasadas, presentes y futuras. Disentir. Parece mentira que el autor de La caverna, todo un alegato anticapitalista, incurra en errores de tamaña naturaleza. ¿Quién puede disentir, don José? ¿Dónde se puede disentir? ¿En qué declaración de derechos humanos está recogido el derecho a disentir? ¿No estaremos hablando de derechos formales? Es cierto que un parado occidental puede disentir, incluso por escrito. ¿Qué empresa editorial publicará su protesta? ¿Qué periódico dará publicidad a su expresión de desamparo? Y, ya puestos, ¿con qué consecuencias personales y laborales? ¿Cambiarán las cosas por el mero hecho de que exista el derecho formal a la crítica o a la oposición, dentro de los límites que concedan – eso sí- los textos legales? Es muy posible, incluso probable, que la asunción individual de los derechos formales -esa gran conquista de la burguesía liberal y por extensión del capitalismo- consiga que algunos se sientan libres: mujeres y hombres con autonomía de la voluntad. Somos, en principio y según rezan las ordenanzas, dueños de nuestra palabra y nuestra conciencia. Nos protege el celebrado derecho a la libertad de expresión. Pero, ¿de qué estamos hablando? ¿En qué consiste ese derecho que, según parece, no pueden ejercer los ciudadanos en Cuba?

La construcción de pensamiento y de la acción colectiva, del socialismo, no es una broma académica o un ejercicio de estilo que se pueda despachar con suficiencia, apelaciones a la conciencia individual y desprecio desde las tribunas de los medios de comunicación libres a los que tan acostumbrados estamos en nuestro país. Se requiere, para subsistir frente al enemigo todopoderoso, una fuerte determinación, confianza, valor y resultados. El permanente acoso que los EEUU lleva a cabo sobre Cuba desde 1959 ha provocado en numerosas ocasiones excesos. Cuando uno vive a escasas millas del declarado enemigo, cuando cualquier movimiento es juzgado por millones de seres en la tierra a través de la propaganda de la maquinaria imperialista, cuando el socialismo cubano -con sus infinitos defectos, abusos y errores- está sometido a la presión más grande que haya conocido país alguno, resulta comprensible -no justificable- alguna actitud hostil de defensa. Mi vida es como si me golpearan con ella, anotó Pessoa, tan querido de José Saramago. La vida de todos los que quisieran alzarse del suelo, de todos los explotados, es también como si nos golpearan con ella. Cuando cualquier trabajador del mundo enarbola una bandera cubana está diciendo muchas cosas. Y nunca, pese los errores, hasta aquí he llegado.

Renunciar al futuro, a la construcción de una alternativa al capitalismo, renegar de la Revolución pese a las carencias e imperfecciones, jugar a crítico aséptico en nombre de los derechos humanos y la (supuesta) libertad, es ponerse un mandil sobre el cuerpo desnudo, regado por el sudor y los sofocos casi tropicales, y servir hamburguesas de rata a turistas de falo tan inquieto como arrugado, gusanos de créditos blandos e inconfesables esfuerzos, que alientan, golpe a golpe, un nuevo tipo de colonialismo.

Existen países que escriben su historia en letras de molde, alambicados discursos, jornadas de puertas abiertas y flexibles textos legales de imposible modificación capaces de organizar guerras en el tercer mundo en busca de sus recursos naturales y otros que, menos solemnes, redactan los hechos constituyentes de su identidad colectiva en papeles manchados con prisa de aguacero y letra crispada. Existen países pequeños con ideas, empeños y esperanzas. Existen países alineados con el capital internacional y otros, como Cuba, que eligieron hace tiempo la escabrosa senda de la soledad. Y en el camino siguen. Como recordó Alejo Carpentier: Hombre de mi tiempo, soy de mi tiempo y mi tiempo trascendental es el de la Revolución Cubana.

Abril 7, 2008

María Toledano: “El mito de la transición española. La recuperación de la identidad nacional perdida”

Archivado en: María Toledano — max @ 12:03 pm
Tags:

I

La dictadura franquista destruyó la organización de la sociedad republicana y desarticuló su incipiente ser social. Esta descomposición total de lo colectivo, de lo común, trajo como consecuencia, entre otros factores, la ausencia de tensión política durante el régimen -salvo la actuación del PCE- y el control absoluto de la población por parte del aparato represor. La aniquilación del tejido socio-asociativo, que tanto favoreció la implantación transversal del franquismo como sistema autoritario, con el corporativismo nacional-católico como base ideológica, produjo, desde el Plan de estabilización de 1959, una anómala situación ya que el ambicioso proyecto interclasista de la tecnocracia emergente -Franco cedió pronto el poder económico quedándose con la representación política y el orden policial- carecía de referente social. El poder institucional se apoyaba en el terror ejercido por una amplia red policial -desde los serenos a la Brigada Político-Social- y en la omnipresencia de cancerberos militares y religiosos. Las funciones estratégicas de estas fuerzas de choque eran claras. Mientras los militares, vencedores en el campo de batalla, aseguraban la verdad histórica revelada y la cohesión nacional, la vanguardia religiosa garantizaba el orden moral y la educación. Con la cartografía en la mano, a la tecnocracia -necesitada de articular una estrategia económica capaz de vencer el aislacionismo- le faltaba una pieza: una sociedad protoconsumista que impulsase la demanda interna y que fuera capaz de adaptar la estructura productiva, casi autárquica, al novedoso sistema económico. Impulsada por el INI, un pluriempleo, en muchos casos, de la casta militar, y las grandes corporaciones bancarias; ayudada por las inversiones extranjeras, el crecimiento del turismo, el dinero procedente de la emigración europea y las congelaciones salariales, la tecnocracia dirigió la renovación con mano de hierro como única forma de asegurar la pervivencia económica de su clase. Si la izquierda antifranquista se refugiaba en la idea de pueblo derrotado -los vencidos de 1939- siguiendo la estela de una continuidad frentepopulista, los “aperturistas” de la dictadura, adalides de la renovada identidad, buscaban anclajes sólidos en las pujantes capas medias católicas. Sabido es que la importante migración campo-ciudad de esos años favoreció esta dinámica industrial. Para potenciar esta nueva estratificación social acorde con el modelo propuesto era imprescindible recuperar una parte de la leyenda: reinventar el cuerpo social y reinventar eso que, bajo palio y espada, llamaban España.

La construcción de un universo simbólico y referencial, entendido como el conjunto de elementos necesarios para imponer, de forma permanente, un punto de vista interesado sobre el mundo, requiere el concurso de múltiples elementos. En primer lugar se necesita un corpus teórico formado por conceptos intuitivos y trascendentes (sustrato material de la ideología dominante, un lenguaje) cuya comprensión no requiera información previa: patria, España, ejército, religión, bandera, educación, matrimonio, familia, etc. Una vez concebido el aparato conceptual con sus respectivas ramificaciones y procesos, es decir, definidos los fundamentos de verdad y verosimilitud del sistema general de valores, es preciso establecer un procedimiento eficaz de difusión: la propaganda. Al principio era el verbo, hecho logos o carne, y hablaba por la radio Queipo de Llano. Después, coincidiendo con el desarrollismo, vino la “excepción española”, los paradores nacionales y las invocaciones a la “diferencia”: la constitución real de la idea de pueblo soberano que la tecnocracia requería.

En la actualidad, superada esa etapa de barbarie inferior e inmersos ya en la civilización líquida y democrática emanada del acuerdo constitucional de 1978 -una etapa donde el discurso dominante fluctuó sin consolidación- habla el EPS con sus reportajes, entrevistas y opinión, más los centros comerciales -luminosos campos de concentración de masas- como lugares de esparcimiento, relación social y ocio. La sofisticación o la aparente sofisticación de les temps modernes -en puridad, una versión tecnológica de la cosmovisión liberal-conservadora del siglo XIX con las modificaciones impuestas por los acuerdos de Bretton Woods (1944)- es la clave argumental de nuestros días, el paradigma cerrado y bloqueado de la modernidad. Desde mediados de los años setenta, a medida que la sociedad adquiría niveles cada vez más elevados de interiorización mercantil y el consumo se erigía en árbitro y semáforo de las clases sociales marcando fronteras insalvables, el mensaje emitido por los propietarios de la razón, y de los medios de producción de objetos e ideas, se tornaba cálido, íntimo y próximo, adaptando su apariencia a la “sinuosa” sensibilidad, a la novedosa manera de mirar y sentir el mundo de la socialdemocracia capitalista: “ser” se hizo “sentir”, un “sentir de formas evanescentes” (sic). Para reforzar este razonamiento y comprender la evolución social, bastaría repasar la historia de la publicidad y sus ideologemas fundamentales o el concepto mismo de “imagen”. Una vez atado y bien atado, según la conocida fórmula, el mecanismo de reproducción -incluso las ideas, en sentido platónico, se han transformado en logotipos, marcas o señas de identidad grupal en este estadio avanzado del capitalismo tardío- y sembrada la duda sobre la pervivencia y validez de los principios de la izquierda, la sociedad fue cayendo en una apatía, una ausencia de sí, viviendo a merced de las necesidades (fisiológicas) de los mercados. A esta permanente provisionalidad -la irrupción de lo precario en las relaciones sociales, políticas, sentimentales, económicas y culturales; un ser/no ser, un estar/no estar, un sentir/no sentir- se añadió, desde la muerte de Franco, el “pacto del olvido”. La explosiva mezcla de irresponsabilidad social, impulsada por las fuerzas políticas y sindicales, y diversión continua, fomentada por los poderes públicos y privados, es a lo que algunos han llamado, sin ironía, “el espíritu de la transición”.

II

Entre nosotros y centrando los ejemplos en la proliferación y multiplicidad de mensajes partidistas, es fácil rastrear las huellas de esta gran transformación. De Una, Grande y Libre o los rojos no llevan sombrero -locuciones-fuerza que tuvieron su efecto en los años de la posguerra- se ha pasado a expresiones de honda -y falsa- significación colectiva, Juntos podemos o Para que España funcione, llegando a la tautología, Cambio del cambio, o al minimalista y exquisito Zapatero presidente (ZP). En estos casos, la identificación del mensaje propuesto -repetido hasta la saciedad por todos los canales de divulgación- con los pilares éticos del libremercado global, a diferencia del capitalismo de corte familiar, proteccionista, del sistema anterior, ha impedido a los individuos abandonar este imaginario círculo de tiza resultando muy difícil, en la práctica, concebir un modo teórico y práctico -radical- de acercarse a las contradicciones estructurales del Estado neoliberal. Sin necesidad de detenernos en la cronología conocida, al ser designado por el caudillo sucesor a título de rey, el aleccionado monarca selló con siete católicas y militares llaves -recuérdese su medida aparición la noche del 23 de febrero de 1981 con los galones de capitán general- la posibilidad de un cambio de la forma-estado anterior. “Un sistema político como el actual que silencia el pasado de donde procede, se afirma como realidad presente en la misma medida que se niega como virtualidad futura”, escribía García Trevijano en junio de 1985. El tránsito, por tanto, del régimen nacional-católico al sistema actual de partidos diseñado por los estrategas del franquismo -Fernández-Miranda, Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado, Tarancón y otros- con la aportación imprescindible de las estrellas neodemocráticas -Carrillo, González, Guerra, etcétera- condujo a la calma político-social requerida por el sistema-mundo capitalista para prosperar en armonía. El asunto de la modernización estaba lanzado -no es fácil bajarse de un tren en marcha- y llevaba varios lustros fermentándose. En realidad, como se ha apuntado, desde que los jóvenes tecnócratas del Opus Dei pasaron a controlar la economía nacional. Pese a la apariencia, pese a la omnipresencia de Franco, el desembarco de los integristas -cuyas relaciones siempre fueron complejas con el intocable Carrero Blanco- fue la primera piedra de la Transición: una manera diferente, acorde con el mercado, de afrontar el futuro. Con la llegada del lobby, y salvo algunas apariciones “estelares”, el caudillo se dedicó a la pesca y la caza dejando el Estado en manos del empresariado. Eran los nuevos mandarines y condujeron la nave del franquismo, con destreza de consejo de administración, hasta la primera victoria electoral de UCD.

Después de la experiencia revolucionaria portuguesa de abril de 1974, con la alarma que produjo en EE.UU. y en muchos sectores de la oligarquía española, y teniendo en cuenta la avanzada enfermedad del dictador, las cabezas rectoras del entramado católico-empresarial fijaron -oídas algunas sugerencias del Departamento de Estado de EE.UU.- el marco de la futura transición. Era preferible estar preparados, conocer los deseos de las formaciones opositoras y contener los posibles excesos reivindicativos. Como es sabido, el debate entre reforma y ruptura, que tantas discusiones y documentos produjo, no dejó de ser un juego semántico. La llamada Transición se desarrolló dentro del seno del franquismo con el acuerdo cupular entre los epígonos del régimen (hacedores de la reforma) y la oposición (diques de contención). Cada cual asumió su cuota de responsabilidad en la desactivación social cumpliendo conforme a lo esperado -luego recibieron medallas y reconocimientos- su “misión”. Al tiempo que los dirigentes del franquismo apaciguaban la inquietud de las fuerzas reaccionarias de Estado -una parte de la iglesia, banca y ejército- sobre el giro democrático y la continuidad que se avecinaba, la oposición, concentrada en “plataformas” y “platajuntas” con la hegemonía del PCE y la irrupción del recapitalizado PSOE de Suresnes, más algunas personalidades independientes, rebajaba la intensidad de las exigencias del pueblo soberano, una población sometida a 25 años de paz: aletargada por la furia de la represión y el miedo. En este sentido, merece la pena recordar dos textos diversos pero complementarios: Soberanos e intervenidos de Joan Garcés y El miedo en la posguerra de Enrique González Duro. Pese a la apariencia, en ningún caso la ruptura (imaginaria) planteada por algunos partidos, en escritos internos y ponencias de escasa repercusión, fue otra cosa que un intento de conquistar una mayor representatividad (mercado electoral) o una posición preponderante en el espacio de lo público (visibilidad). Las fuerzas del futuro arco parlamentario ya habían optado, tiempo atrás, por un proceso constituyente sin participación -como si eso no fuera un quebranto del principio jurídico básico que conforma la idea de poder constituyente- que garantizara el desarrollo en libertad y sin ira. Convertir la aspiración de las élites políticas y económicas del Estado -el franquismo ya era una rémora en su estrategia- en el deseo común de la ciudadanía y convencer, de forma simultánea, a la izquierda antifranquista de la necesidad del consenso, haciendo pasar los intereses de la burguesía urbana y de las altas capas de la clase media por los anhelos de la colectividad, fue una sutil operación de mercadotecnia política. Un modelo que luego haría las delicias de dictadores y cúpulas neoliberales de Latinoamérica: la expiación de la culpa colectiva e individual sin culpables.

III

Como decíamos en entregas anteriores, explicar cómo las corrientes políticas dominantes (oposición y régimen) lograron caer de pie tras este salto desde el acantilado del odio (el franquismo asesinaba -garrote vil- en marzo de 1974 al militante anarquista Puig Antich y fusilaba en septiembre de 1975, aplicando la pena capital, y nadie -salvo los pequeños círculos “politizados”- pidió explicaciones a posteriori), es una cuestión que merecería una detenida mirada sobre el olvido y la pérdida de la condición humana de los españoles sometidos a la dictadura gris, y sobre la desvergüenza de algunos dirigentes políticos de la izquierda.

Sería preciso un análisis cualitativo que incluyera desde la idea de orfandad colectiva -se descorchó bastante menos champán del comentado- hasta la indiferencia con la que la ciudadanía aceptó -trágala- el giro del aparato franquista -sin bajarse del coche oficial- y su cambió sustancial de discurso para analizar con detalle esta evolución. En esta línea argumental, sería injusto olvidar la labor moderadora ejercida, con sumo cuidado y equilibrio, por el diario El País, auténtico vertebrador -sine die- del pensamiento progresista nacional. “Durante años El País lo fue todo: unidad de medida, medio de cambio, medio de pago. Pero detrás de un periódico hay deseos e intereses. El País no lo reconoce: si los reconociera, la verdad que produce sería provisional y relativa. Para producir una verdad definitiva y absoluta hay que ser totalmente independiente (neutral, ni con el uno ni con el otro). El País ha sido el espejo de la transición hacia la democracia” escribió Jesús Ibáñez en Por una sociología de la vida cotidiana (1994).

Bajo estas maniobras cupulares latía el problema central de la legitimación popular de la democracia heredera del franquismo. El objetivo perseguido era, entre otros, que la izquierda antifranquista, es decir, los elementos situados a la izquierda del PSOE, no buscara -en el caso de que lo pretendiera- su fundamento histórico y testimonial en la II República, en la legalidad rota tras el golpe de estado de los africanistas. La ley electoral y la maquinaria del poder simplificaron después la confusión producida por la aparición de docenas de partidos, creando una especie de bipartidismo imperfecto alterado, tan sólo, por la significativa presencia de las burguesías nacionalistas y los restos del naufragio del PCE-IU. Se trataba, por tanto y de forma imperiosa, de crear una joven “sociedad civil” que actuara como motor e impulso -tutelada siempre por el rey vestido, al principio, de uniforme- del progreso institucional, una “sociedad civil” que careciera de historia política reconocible: una sociedad sin memoria. Para eso se aplicó la innovadora fórmula del consenso (ver J. M. Buchanan y G. Tullock,. El cálculo del consenso: fundamentos lógicos de la democracia constitucional) consiguiendo que la democracia representativa fuera una especie de creación ex-nihilo (no constituyente) e inmaculada, una “sensación de vivir” más que una forma concreta de gobierno cotidiano. Esta democracia de mercado debía tener suficientes elementos comunes, tanto en lo referido a la elección de las reglas óptimas de eficiencia económica como a los criterios en la toma de decisiones, para aglutinar, previo acuerdo y sin fricción, las diferentes clases sociales y sus intereses naturales, teniendo en cuenta que la España de 1975 estaba destrozada tras la violencia física y psíquica ejercida por el franquismo. Era fácil. Juan Carlos I, sabedor de la importancia de la imagen en el mundo espectacular, volvió a la carretera -años antes, por orden de Franco, siendo príncipe, ya había recorrido la geografía dándose a conocer- para hablar de consenso, concordia y reconciliación. Eran tres conceptos clave, intangibles fundamentos del poder público, que escondían, en realidad, los tres ejes del nuevo orden político: negociaciones con los grupos de poder hegemónicos (iglesia, banca, ejército) y con las burguesías nacionalistas; paz social (tarea encargada a los sindicatos) y olvido (empresa de la que se encargó la cultura subvencionada). Resulta curioso constatar como hoy -en el año 2008- frente al empuje de las burguesías nacionalistas, el rey sigue cabalgando a lomos de estos tres conceptos esenciales. Nada cambia.

Para inventar esta “sociedad civil” había que resolver el obstáculo que suponía la ausencia de identidad nacional. Tanto para los teóricos del derecho franquista como para los pensadores de la “condición democrática” se trataba de ajustar el principio de soberanía -de cara a lo que denominaban “proceso constituyente” y teniendo en cuenta la crisis económica: inflación más desempleo- a la realidad socio-política. Lejos de estos consultores orgánicos recuperar una de las tesis centrales de Carl Schmitt: “soberano es aquel que decide sobre el estado de emergencia”. Para que las esencias del régimen no chocaran con las aspiraciones de cambio de una parte de la colectividad, era urgente recuperar una cierta idea de identidad nacional (unidad de destino transformada en acción común) hasta convertir al antiguo “cautivo y derrotado” pueblo en ejemplo de concordia, protagonista directo o trascendental, sujeto activo de la historia del renovador proceso. El reconocimiento de los derechos históricos, consagrado más adelante en el Título VIII de la Constitución, podría verse como una prueba fehaciente, jurídica, de la necesidad de crear pueblo soberano, sujeto de derecho -al tiempo que se reconocían aspiraciones históricas de autogobierno- allí donde existiera un vestigio, un caldo de cultivo social. La redacción final del texto constitucional, con la formulación conocida del Título VIII, no garantizó la igualdad -las consecuencias llegan hasta la actualidad- pero remendó, hasta que han terminado por explotar, dos desgarros. En primer lugar, la ausencia de identidad nacional -una o varias, el caso era recuperar este “sentimiento”, inventando tradiciones o costumbres si era preciso, tras la destrucción sistemática de la posguerra- y, en segundo, la cuestión del autogobierno o la redefinición de España impulsada por las burguesías financieras nacionalistas. (Continuará)

Noviembre 13, 2007

María Toledano: “Zombis en la izquierda”

Archivado en: María Toledano — max @ 4:49 pm
Tags:

Se deleitan con las riadas y las aguas, los lugares desiertos,

les gusta pasear solos por huertos, jardines, paseos privados, calles traseras.

Robert Burton, Anatomía de la melancolía (1621)

No todo fue naufragar

Silvio Rodríguez

Vivimos en un estanque. Parece un lago, pero es un estanque. El agua se agita despacio al compás de las ocurrencias y las modas, nuestras tempestades cotidianas. En la pequeña isla de la incertidumbre y las frustraciones -combatidas en Occidente por los psicofármacos, el coche grande y la casa adosada- una parte de la izquierda (moral y marginal) lee libros cubiertos por el polvo de décadas de exilio y represión, muertes físicas y editoriales, añora épocas de creación espontánea (lucha de clases) y expulsa los demonios interiores -no los del jardín, que no tenemos- con una exagerada dosis de cinismo. Otros (lectores de Paul Auster y El País, por situarnos con dos bruscas pinceladas), los modernos o reformistas -sin querer abandonar el prestigio histórico de las siglas y los postulados estéticos que cimentaron décadas de enfrentamientos- piensan en recalificar el erial patrio -maniobras electorales, hoy por ti, mañana por mí- o en adecuar el discurso político al tiempo presente, a los cambios marcados (siempre) por la agenda de los gobernantes y sus redes bancarias. Ignoran estos reformistas, es su determinante condición, que el tiempo ya no discurre de forma lineal hacia el progreso (sabido desde Agustín de Hipona hasta Fukuyama pasando por el lustroso Hegel) sino que este presente, que se hace eterno (elástico) cada instante, es el continuum del nuevo/viejo capitalismo, su tiempo real de combate, ahora en esta nueva fase expansiva, consumista, bélica e imperial.

Nuestra noción clásica, judeocristiana, de tiempo -pasado, presente y futuro, la trinidad del discurrir vital, el ciclo natural- ha cambiado ante nuestros ojos sin darnos cuenta. El pasado es remoto, otra vida, memoria sentimental, Cuéntame, leyenda y/o guión de cine, y el futuro ya está aquí, insiste la mercadotecnia y la publicidad. El presente ha quedado suspendido, como si estuviera entre paréntesis diría Husserl -el fenomenólogo borrado de la dedicatoria de El ser y el tiempo (segunda edición) por el nazismo cultural del poeta Heidegger- encerrando el sentido y la referencia histórica del mundo desarrollado (sic) en una deslumbrante noria de estímulos y respuestas automáticas: el supermercado universal, abierto 24h. Este cambio de paradigma, low cost, de marco semántico y conceptual (No pienses en un elefante de Lakoff desarrolla esta idea al hilo de las técnicas de comunicación política de los neocons y los demócratas USA, y para aquellos que quieran saber más del asunto, Moral politics. How liberal and conservatives think, Chicago, 2002), se ha producido de manera sutil, inapreciable. Esta mutación ha convertido la realidad en reproducción e imagen: multiplicación de mercancías. En este ir y venir por los acogedores pasillos del instante, en este alocado devenir sin movimiento (la bóveda celeste de los antiguos), la alternativa anticapitalista ha sucumbido por la combinación de la fuerza centrífuga, que expulsa a los individuos y los discursos hacia las tinieblas exteriores, y la centrípeta, esa (falsa) tensión interior que ha logrado llevar hasta el centro mismo de la acción y la creación (el desagüe de la política) cualquier intento subversivo al convertirlo en parte de la renovada identidad industrial: piezas del museo de la memoria.

Estamos asistiendo al final de las organizaciones de izquierda revolucionaria, anticapitalista. Las horas caen del reloj (relojes, en sentido metafórico, sin segundero) y las manecillas se clavan en los recuerdos, en los páramos donde nunca amanece mientras los muertos, en las cunetas, juegan al tute. La brillante novela/ensayo Museo de la Revolución de Martín Kohan da cuenta de ello hablando, al revés, del instante y la aceleración. Al fondo, amontonados en alguna escombrera, tratando de levantar la cabeza del barro, los jóvenes antisistema, antiglobalización, alzan la voz desordenada y su música sincopada. Quizá en ellos esté la nueva respuesta. En ellos y en los miles de desheredados que corren por las acequias en busca de su tiempo perdido, un modelo alejado del presente descoyuntado que inspira tanto violento anuncio de detergentes, hipotecas y amores fugaces. Zombis en la izquierda y beatos, más vivos que nunca, en la derecha. La guerra, extendida al mundo, sigue, persevera en su ser, en su naturaleza delictiva y criminal.

Octubre 23, 2007

María Toledano: “Espacio público y democracia de mercado”

Archivado en: María Toledano — max @ 3:10 pm
Tags:

Un fantasma recorre, hambriento, la democracia de mercado. Por las fronteras transitan desvalidos y mercancías precintadas, pasaportes sin lustre y capitales fijos y circulantes. La geografía del petróleo, ahora política internacional, es un arma para la guerra: escuadras y cartabones puntiagudos. Bajo la furia de los neones, el consumo y la mercadotecnia (la ideología del presente continuo, el discurso sentimental, circular y vacío), vivimos, como dice G. Agamben, en un estado de excepción permanente. El marco constitucional que regula los derechos –si acaso existen fuera de la formalidad jurídica de la norma– es de cristal. En este contexto, definido el neoliberalismo como “una teoría de prácticas político-económicas que afirma que la mejor manera de promover el bienestar del ser humano consiste en no restringir el libre desarrollo de las capacidades y libertades empresariales del individuo dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada fuertes, mercados libres y libertad de comercio” (David Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Akal, 2007), la apelación a lo público, al lugar de convivencia e igualdad, no deja de ser una ironía o, en el peor de los casos, una trampa. La confusión entre lo público y lo colectivo se extiende. Tengo ya 78 años y he visto morir a muchos amigos que distinguían con claridad los dos conceptos. Eran tiempos de ideas y cajas de resistencia. Los fantasmas modernos, zombis en el paraíso, arrastran hipotecas –relucientes bolas de hierro– por los hipermercados. Han conseguido, capitalismo popular inmobiliario, que seamos propietarios, unidades económicas independientes sometidas a sus relaciones de poder y dominación, seres a merced del euribor, la precariedad laboral (y emocional) y los psicofármacos.La socialdemocracia –a diferencia del neoliberalismo– lleva tiempo preocupada por la necesidad de armonizar espacio público y capitalismo. Su principal objetivo es la paz social, la estabilidad que permita preservar el modelo de explotación sin que los efectos negativos repercutan en su agenda de gobierno. Cuando alcanza el poder, su cálculo del consenso –herencia de las luchas sindicales europeas de los años 60 y 70, el pacto capital-trabajo que presidió Europa– le incita, ya que no desea alterar las reglas, a extender, en el caso español es evidente, derechos sociales (legítimos) a grupos minoritarios con cierta cuota de representación a cambio de privatizar con discreción, levantar algún hospital frente a las desregulaciones, elevar, con porcentajes ridículos, las pensiones mínimas y crear guarderías en barrios marginales concediendo, al tiempo, subvenciones a colegios con ideario de Legionario. Migajas políticas, diezmos laicos. Ocupado el cuerpo social en estériles polémicas, las redes macroeconómicas se hacen cada vez más tupidas. La confusión semántica avanza. Llaman “público” a los servicios generales, la intendencia básica de la comunidad: sanidad, educación y transporte. El término “colectivo” ha desaparecido del vocabulario. Cada vez que el complejo tecnológico-militar acelera el ciclo del turbocapitalismo (la expresión es de Luttwak), la socialdemocracia apela a la conservación del dominio público como si se tratara de proteger una reserva natural: flora y fauna. Pese a la apariencia de libertad, el modelo económico de intercambio entre empresas y naciones diseñado por el capitalismo financiero –al principio fue el verbo, Bretton Woods, 1944– constituye la única realidad posible. Afirmar que la democracia es incompatible con el capitalismo –como se demuestra en infinidad de países– les parece una excentricidad radical. En este territorio de progresía, aeropuertos internacionales, aristocracia obrera, segundas residencias y EPS encuentra la socialdemocracia su tradicional bolsa de votos. Los conservadores, más proclives al modelo liberal puro, apelan al autoritarismo, el orden, los valores de la familia, la religión y la eficacia.

Como es sabido, neoliberales y socialdemócratas tienen, en los sistemas de partidos, infinidad de puntos en común. Ambos patrones de gestión atentan contra lo común, contra la construcción de identidades comunitarias, contra el tejido socio-asociativo cercenando, de hecho, la resistencia. Los beneficios bancarios crecen cada año y los medios de comunicación lo celebran con algarabía y despliegue fotográfico. Parece ser síntoma inequívoco de la salud de las naciones. Los antiguos sindicatos de clase se han convertido en gestores de servicios y los partidos de la izquierda transformadora, tras su renuncia a la revolución, pasean por los pasillos de la historia parlamentaria la espera de pactos y prebendas. Leo Decidme cómo es un árbol (Umbriel-Tabla Rasa, 2007), las memorias del poeta Marcos Ana, 23 años en las cárceles franquistas. Por sus páginas desfila una forma determinada y valiente de mirar el mundo. Marcos Ana siempre supo, como tantos olvidados, la diferencia entre lo público y lo colectivo. Aquellos que defendemos lo común, lo colectivo y comunista (Ecce comu, en palabras de Gianni Vattimo), somos piezas de museo, arqueología del siglo XX. Derrotados por el neoliberalismo, confío en que, restos del naufragio, seamos útiles para levantar, con la ayuda del movimiento altermundista, la mitopoiesis creativa y espontánea del porvenir. De lo contrario, cualquier día nos darán medallas por haber tragado sin protestar –falsa dignidad de muerto– todas sus reformas en beneficio de la sofisticada y plural democracia de mercado.

Septiembre 19, 2007

María Toledano: “Evocación autobiográfica de La Habana (II)”

Archivado en: María Toledano — max @ 11:29 pm
Tags:

El aire está cargado de humedad y son. Lola, gorra verde olivo con estrella roja, hojea Bohemia, la histórica revista cultural, mientras dejamos pasar las horas -después un agotador paseo por el intestino de Centro Habana- sentadas en una terraza junto al cine Yara, 23 y L. Por ahondar, discreta, en la mitología personal -la mitopoiesis sería, por decir con Wu-Ming, la reconstrucción de discursos comunitarios que consoliden la identidad y la práctica política radical-, recuerdo una proyección del Acorazado Potemkin, la primavera de la enésima tromboflebitis de Franco, allá por 1975. Pese a la dosis diaria de ibuprofeno, me duelen las piernas. La artritis reumatoide avanza desde los tobillos hasta la cadera, o al revés, poco importa, con la misma furia que el mar desborda, de vez en cuando, el muro del Malecón. Enciendo un pitillo y repaso el libro de Ramonet Fidel Castro, biografía a dos voces, que en Cuba se titula Cien horas con Fidel. Documento necesario para entender la Revolución y la vida del Comandante, esta obra -docenas de preguntas y respuestas- es una inmersión en la vida de un hombre y, por extensión, de un proceso histórico, una imprescindible guía para entender quiénes somos. La Revolución cubana, para muchos, es un fenómeno con tintes de biografía colectiva, un hecho trascendental.

Ernesto Guevara, argentino y cubano, congoleño y boliviano, internacionalista, observa el devenir de la isla desde infinidad de envejecidos carteles y fotografías. Tanto turismo y algunas injustificadas tendencias burocráticas le escaman, pero mira hacia otro lado, buscando, quizá -Caronte aguarda- la otra orilla del río Ñacahuasú. Médico de la expedición de Granma, una patera en busca de un sueño nacional-regeneracionista convertido en socialismo por voluntad política propia y guerra fría (que nosotros los cubanos nos liberamos solos y no vinieron los tanques soviéticos, dice -no es cita literal- un personaje de la novela de Senel Paz, En el cielo con diamantes), el comandante que asalta cada noche el tren blindado en Santa Clara es, junto a Martí -los rangers como perros de presa tras su asmática estela-, consuelo y alegría, un medido culto a la personalidad inverso, una proyección universal (Alberto Díaz, Korda, y Feltrinelli), que invita, casi, a la intimidad. Se acerca el 40 aniversario de su muerte -le cuento a mi nieta- y su figura sigue presente en las luchas de Latinoamérica y en las recién planchadas camisetas de la juventud europea. Hoy, quiero imaginar, estaría en la resistencia iraquí o construyendo la aventura bolivariana. Ser guapo y fotogénico siempre ayuda, dice Lola, como si viniera quemando la brisa con soles de primavera. Vamos a conversar un rato a un CDR, que andas muy suelta en estas tierras. ¿CDR? Sí, respondo, la esencia y vanguardia, algo aletargada, de la Revolución.

Alfredo tiene más de setenta años y estuvo en Escambray, en la lucha contra los bandidos de los sesenta. Su voz de jubilado -le han prohibido el café y el tabaco por problemas de estómago- suena firme y comprometida con el proceso. Pese a ser dos desconocidas que aparecen por allí, nos recibe con amabilidad y jugo de naranja. Le ruego que le cuente a Lola qué son los CDR, los míticos Comités de Defensa de la Revolución. Si le pides a un cubano que te explique algo, lo hace. Con parsimonia se quita las gafas y empieza. El 28 de septiembre de 1960, el Comandante en Jefe informó de su comparecencia en la XV Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas, celebrada en Nueva York, dos días antes. La población -prosiguió- venía sufriendo actos de sabotaje y atentados por parte de los contrarrevolucionarios. La idea de Fidel fue clara y sencilla: “Vamos a establecer un sistema de vigilancia colectiva y vamos a ver cómo se pueden mover aquí los lacayos del imperialismo, porque, en definitiva, nosotros vivimos en toda la ciudad.” Lola le contemplaba ensimismada. Alfredo desgranó con pulcritud la historia cubana, mezclando -una coctelera de ideas- fechas precisas, sucesos y recuerdos personales al tiempo que yo trataba de ver el título del libro que había cerrado al vernos llegar. Una hora y media después salimos del CDR. Alfredo nos despidió con un abrazo y dos regalos. Una insignia para Lola y un libro para mí, ese, precisamente, que estaba leyendo. Protesté. No se preocupe, noté su curiosidad, ya compraré otro. Los libros en Cuba -dijo con cierto orgullo- no son demasiado caros. Cuba y Africa. Historia común de lucha y sangre de Gleijeses, Risquet y Remírez, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007.

Trajeron las bebidas. Agua, café y un daiquirí para Lola. Leo una pancarta en la Plaza Vieja y sonrío: “Viva Fidel 80 más”. Un cuarteto se arranca con una versión del clásico del Trío Matamoros El Paralítico: “Suelta la muleta y el bastón y podrás bailar el son”. Un reloj anuncia doce campanas. Apago el cigarrillo. ¡Cenicienta, toque de retirada!

Agosto 27, 2007

María Toledano: Evocaciónes autobiográficas de La Habana (1)”

Archivado en: María Toledano — max @ 12:01 pm
Tags:

A Gemma, que me regaló un mapa de otra ciudad

La ciudad dormida evapora su lenguaje

Lezama Lima

Con los primeros calores del día, agosto madrileño, llamaron con insistencia a la puerta. Era mi nieta Lola. Con una sonrisa que hubiera iluminado el infierno, ombligo al aire y gafas oscuras me dijo que fuera haciendo la maleta. Dentro de cuatro días nos íbamos a La Habana. La vejez conlleva, amén de otros detalles que omito por decoro, obediencia debida. Protesté, por aquello de la forma, y cuando quise darme cuenta bebía zumo de naranja, ay, en un vuelo con destino al aeropuerto José Martí. Volvía a la isla, Hasta la victoria, siempre, y mis recuerdos saltaban de un año a otro descontrolados: las palomas en el hombro de Fidel, el azúcar, la tonelada a precio de lo que fuera menester, aquellos misiles, la despedida del Che, el socialismo cubano con sus matices ideológicos y recodos teóricos, la virgen del Cobre y la dolarización del demonio, el tacto áspero del Granma, la lucha internacionalista en Angola y ahora en Venezuela, una reunión en Topes de Collantes, años setenta, el 26 de julio de 1973 (una historia que no viene a cuento), los avances farmacológicos y el llamado “período especial”, es decir, la violenta crisis económica, un eufemismo, que recorrió la isla, de Santiago a Pinar del Río, tras la caída de la URSS. Lola, a mi lado, leía La ciudad de las columnas de Alejo Carpentier y en la mochila, asomando discreto, junto al autista Ipod, lucía una vieja edición -regalo mío- del clásico Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar de Fernando Ortiz, impreso en La Habana, 1963 (Año de la Organización), por el Consejo Nacional de Cultura con una elegante introducción de Bronislaw Malinowski fechada en Yale, julio 1940. Los libros, igual que los viejos, también viajan por obligación.

La ciudad nos recibió abierta en canal de agua, partida en dos por una de las primeras tormentas de la temporada, con los comercios iluminados, su gentío y el agitado tráfico de la tarde. Reconocí algunas avenidas exteriores recién asfaltadas, las casas de Boyeros y el olor a tierra mojada; los renovados hoteles de Prado y la ocre intensidad de la luz. Caía la tarde. Para mí, setenta y ocho cumplidos, estar de nuevo en La Habana, respirar su penetrante humedad y fumar un pitillo sentada en cualquier café, significa rejuvenecer treinta años. O más. Imagino que hay que ser comunista, o lo que seamos ahora, para entender esto. En fin. Ocupamos el hotel y salimos a la calle. Neptuno con Parque Central. La mirada de Lola, como su pequeña cámara digital, era carnívora. Quería devorar todo, captar la vida en marcha, la que fluye por las esquinas y las puertas entornadas, experimentar en un instante el aire moderno del socialismo caribeño del que tanto ha oído hablar, empaparse de todo. Recordé mi primer viaje, finales de mayo de 1961, pocas semanas después del desembarco de Playa Girón y de que Fidel proclamara, con solemnidad revolucionaria, aquel Primero de mayo, que Cuba era “una república socialista”. Con la edad te vuelves sentimental, me dije. Lola, a mi espalda, ya estaba hablando con un par de jóvenes. Crucé sin mirar pensando, ignoro la razón, en Regis Debray y Bolivia. Casi me atropella un flamante coche coreano, matrícula amarilla. Hay que joderse con el socialismo automovilístico.

Harta de defender durante décadas la causa única y valiente del socialismo cubano, de la Revolución, del hombre nuevo que no ha llegado del todo o que llega tropezando por Centro Habana con una javita, un socialismo real, diferente al soviético, radicalmente humano, ajeno a los bolcheviques y al PCUS, que se levanta sólo, orgulloso y mambí, con sus innegables progresos y contradicciones, con su bloqueo y su níquel, su escasa mortalidad infantil, su elevado nivel de educación y sus Vampiros en La Habana, ahora -hace ya una larga temporada- me he vuelto chavista. A la vejez, viruelas. Cubana y chavista. Un país, dos banderas. Le cuento esto a Lola -aportando datos sobre la mejora del consumo energético per capita- sentada en un banco de la Plaza de Armas, los libreros están recogiendo la mercancía del turista, y me mira con dulce resignación. Agüe -dice descarada, sin dejar de recorrer cada palmo con ojos posesivos- descansa un poco. Niña -respondo- otra falta de respeto así y te fusilamos al alba. Me gusta usar el plural revolucionario (serán reminiscencias estalinistas) y paladear la proximidad emocional que concede la semántica. Se ríe y me saca una foto con un cigarrillo en la boca. O el socialismo conlleva alegría de vivir o no es socialismo, pienso. Marx estaría de acuerdo.

Cenamos algo, frijoles con arroz, pollo y fruta, paseamos hasta la Rampa por el Malecón, cerrado al tráfico por causa de carnaval -nos quedamos un rato mirando las carrozas- y regresamos en taxi al hotel. Hace sólo unas horas que estamos en La Habana y ya siento algo parecido al bienestar. Dirán que exagero y tendrán razón. Hace un par de años unos jóvenes venezolanos del Frente Francisco de Miranda me regalaron en Caracas una camiseta cuya leyenda dice: Yo me declaro socialista, ¿y qué? Ya en la habitación charlamos y hacemos planes para el día siguiente. Iremos a primera hora a la Plaza de la Revolución y luego veremos. ¿Te parece bien? Cómo explicarle a mi nieta, en dos palabras, que en esta ciudad acepto cualquier idea razonable. Sentirse cubana, como me siento, y ser europea (es un decir, siendo española) es fácil -reflexiono-, lo duro, pese a todo, es ser cubana en Cuba. Antes de dormirme me asaltan dudas (razonables) sobre el desarrollo (¿necesario?) del turismo, la utilidad de la doble moneda (el peso convertible y el otro) y la precariedad del transporte colectivo y me acuerdo de España, allá por los años 60 y 70, cuando nuestra floreciente industria era la misma. Leo un cuento de Hemingway (que paseaba por el franquismo taurino como si tal cosa). Al instante me desvelo. Fumo apoyada en la ventana. La bulliciosa metrópoli se va apagando. Pongo TeleSur sin voz. Son las doce y media. Sospecho que la noche será larga. Lola duerme cansada y feliz. El aire acondicionado entona su cansina sinfonía de hierro y plástico. Venceremos.

Junio 17, 2007

María Toledano: “Apunte literario portugués”

Archivado en: María Toledano — max @ 12:09 am

Su rostro golpeó con violencia contra el suelo. En ese instante, mientras sus compañeros de pelotón corrían hacia el puerto, Joao recordó el olor de su pelo, el sabor de su piel. La canción de Zeca Afonso, Grândola Vila Morena, había sonado de madrugada en Radio Renascença, la emisora de la Iglesia. Era, tras dudas y sobresaltos, la señal convenida. Todas las unidades tomaron las posiciones previstas y, horas después, sin disparar, la capital estaba controlada. El deseado cambio político, como si fuera una fiesta popular, se estaba produciendo sin incidentes. Aquello parecía organizado con cierto sentido estratégico. El régimen impuesto por Oliveira Salazar y continuado hasta la extenuación, a partir de 1969, por Marcelo Caetano, se derrumbaba. En medio de aquella magnífica algarabía de sonrisas y uniformes, Joao, veintidós años recién cumplidos, hijo mayor de Joao Almeida y Ermelinda Fortes, nacido en Moure, soldado de la 2ª compañía de artillería del Batallón Duque de Leça do Bailio, permanecía caído en el suelo, con la cabeza abierta, sangrando. Desde los balcones y las ventanas, las mujeres arrojaban claveles al paso de las tropas. Claveles rojos. Crecía la agitación. Algunos blindados recorrían las avenidas con discreto aire de victoria. Eran tanques viejos, roñosos, esforzadas máquinas de guerra que se habían convertido, al menos por unas horas, en autobuses y carros. Subidos en las torretas, con distinguido aire marcial, algunos muchachos agitaban banderas. Joao tenía veintidós años y ninguna esperanza de vida. Al bajar del camión siguiendo las instrucciones del teniente tropezó golpeándose contra el borde de la acera. Nadie se dio cuenta.

Llovía en Moure. Ermelinda limpiaba el gallinero canturreando. Pese a ser todavía joven, tenía el rostro atravesado por profundas arrugas. La piel cortada, las manos cortadas, ásperas, un mandil de cuadros blancos y azules y un pañuelo negro anudado bajo la barbilla. Era una mujer pequeña y morena a la que no asustaba el trabajo. Había parido con esfuerzo tres hijos; Joao, que estaba en Lisboa de soldado era el mayor; Emilia, la mediana, trabajaba en París en casa de los Frisson-Latour y María, la pequeña de la casa, andaba terminando la escuela primaria. El gallinero lo habían construido, entre sudores y alguna pelea, el último verano. Era un cobertizo grande de madera y piedra con el techo de uralita. Cuando llegaban los calores -y por allí hacía bastante- los animales, sin hallar un lugar donde cobijarse, sufrían. Ella estaba muy orgullosa del trabajo que sus hombres, como ella decía, habían hecho. Ermelinda tenía conejos, gallinas, un gallo rojo y negro al que llamaban Bento y cuatro dientes de oro que le pusieron una tarde de dolor en Oporto. Mientras tarareaba pensando en sus cosas y las gallinas revoloteaban a sus pies, Joao, vestido de verde olivo, agonizaba en una calle.

El capitán Nazario Pinto entró en el barracón con aire preocupado. Lucía una guerrera recién planchada y botas relucientes. Tras carraspear, apagó el cigarrillo en el cenicero dorado que flanqueaba la puerta y dio la orden con una voz firme y seca. En un par de minutos la tropa estaría formada delante del edificio. Un sol de primavera se abría paso entre las nubes. La noche anterior había estado lloviendo y el suelo estaba escurridizo. Joao se levantó triste esa mañana. Se había acostado temprano con la esperanza de conciliar rápido el sueño y, como le ocurría cada vez que se iba a la cama preocupado, había pasado toda la noche en vela dando vueltas en el camastro con el pensamiento fijo, detenido en algunos momentos felices de su pasado reciente. Se acordaba de su novia. La última vez que fue de permiso a su pueblo, a mediados de febrero, Margarida le había dicho, sentados en un banco de la plaza mayor de Barcelos, que ya no quería saber nada de él, que no quería ser su novia, que no le quería. Cuando el capitán entró en el barracón, Joao, impulsado por un resorte, se puso de pie delante de la cama. A esa misma hora -minuto arriba, minuto abajo- María, con las sábanas todavía marcadas en las mejillas y los párpados pegados con legañas blancas, desayunaba un tazón de leche con pan. Eran las seis y media. Las seis y media de la mañana del 24 de abril de 1974.

La sangre descendía con lentitud hasta alcanzar el cuello de la camisa. Era una sangre brillante, limpia, que contrastaba con el desteñido color del uniforme. Una combinación irrepetible. Joao, con los ojos cerrados, vio a su madre jugando con un perro pequeño en un prado cercano a la casa; el animal, marrón con manchas negras, saltaba y corría detrás de un palo; vio a su padre en la playa con el agua por las rodillas muerto de frío; llevaba un calzón de baño ancho con rayas azules. La sangre descendía con lentitud de funeral. Joao recordó el día que su hermana, asustada y nerviosa, se marchó a trabajar a Francia y a María, peinada con tirabuzones, comiendo galletas cubiertas de azúcar. Y luces, muchas luces como fogonazos o cohetes de feria, entrando y saliendo de su cabeza. La sangre descendía. Un fuerte olor a tierra mojada inundó su cuerpo. Ella le besaba despacio, riendo, enamorada, feliz. Se abrazaban hasta caer al suelo. Estaba frío. Ella le besaba y aquel instante parecía eterno. La sangre.

Blog de WordPress.com.