Las tumbas de Saint-Denis

Octubre 19, 2009

“Pero nunca el olvido” de Manuel de la Fuente

Archivado en: Manuel de la Fuente — max @ 2:16 pm
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Que no, que no haya penas, que no haya penas (que las hay, y demasiadas todavía), ni olvido, ni mucho menos olvido. Que se nos han hecho largos, tan largos estos seis meses sin vosotros.

La habitación del chico sigue igual, igual el póster de Raúl, y las camperas, debajo de la cama, y las fotos de María, pegadas con chinchetas de colores: en Benicasim, en Las Dehesas, ¿te acuerdas, aquel chaparrón de aquella primavera?, y el día de tu primer concierto, Bruce Springsteen, no retreat, baby, no surrender, no retroceder, no darnos por vencidos… Ni mucho menos olvido. Todavía hay una cañita y unos boquerones para ti, allí te espera tu banqueta y un ejemplar del «Marca», en el bar de Juan, tan cerca del Pozo, donde el Ángel bíblico señaló con su maldito dedo aquella mañana de marzo. Si vieras el estirón que ha dado la niña, aunque no hay manera de que duerma por la noche, que se le llena el edredón del pato Donald de trenes sin retorno, y en ese dormitorio, algunas madrugadas, llora hasta la Shakira de la foto. Dicen que allá por Santa Eugenia, entre Rivas y Santa Eugenia, llevan seis meses viendo, sobre las ocho de la mañana, sólo sobre las ocho de la mañana, una bandada de pájaros azules, y que esta mañana se han posado en el tejado del colegio. Y que se han puesto a cantar como si fueran niños. Cuentan que desde hace meses, en el andén de Atocha se sienta un rumano, con los ojos hundidos en el calendario, con los ojos cansados de ver la tierra que no cambia, con los ojos cansados de haber esperado tanto. Y que quiere esperarlo todo todavía. Y dicen que ahora, ya ves, mediados de septiembre, crecen las margaritas entre los raíles y que hay un rosal del Botánico que mira hacia Atocha, con ciento noventa y dos rosas que nunca se marchitan.

Seis meses que se me hace cada vez más grande la cama, y que ya ves, que se me olvida y vuelvo a hacer café, tostadas y zumo de naranja para dos. Seis meses ya que no te veo volver con el pan y el periódico bajo el brazo. Seis meses ya, y sí que hay penas, pero no olvido, ni mucho menos olvido.

Octubre 18, 2009

“El caso de los lacoste rosados” de Almudena Guzmán

Archivado en: Almudena Guzmán — max @ 11:51 pm
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-Haga su maleta, Watson, nos vamos: en este maldito pantano no hay quién pare del calor y de los mosquitos… porque en Londres también se han disparado las temperaturas  que sino… a buena hora habría atendido los ruegos de la policía española, con el miedo que me dan los aviones y encima con El Corte Inglés de por medio… ah, y dígale al jefe de policía de Valmojado que requise a los adoradores sus polos y que luego los queme

-Tantos años con usted y no deja de sorprenderme, Holmes:  ¿cómo ha resuelto el caso con tanta rapidez?

-Asómese a la ventana: ¿ve a todos esos hombres en la orilla del pantano, a la espera de que el dichoso cocodrilo asome la cabeza para postrarse ante él y adorarlo? ¿qué diría usted que tienen en común?

-Su pregunta me ofende por lo banal: es obvio que todos llevan un polo rosado

-Un lacoste, ¿verdad?

-Sí, un lacoste, todos los adoradores del cocodrilo del pantano de Valmojado llevan un cocodrilo en el pecho, Holmes, no soy tan tonto como para no haberme dado cuenta de esta  coincidencia

-También podría haberse percatado de las otras si, desde que llegamos aquí, no hubiera estado todo el tiempo tumbado en el sofá, mano a mano con el aire acondicionado y la botella de whisky

-Hay vicios peores, así que no me haga hablar

-Hoy está usted muy susceptible, Watson… bien, volvamos al asunto que nos ocupa: mientras usted… mientras usted digamos que optó por la investigación teórica, yo me decanté por la praxis y encontré otras concomitancias entre los adoradores del cocodrilo del pantano

-¿Cuáles?

-Todos vivían en el barrio madrileño de Goya y todos habían comprado sus lacoste rosados en el mismo Corte Inglés

-¿Y?

-Mis pesquisas en el Corte Inglés fueron baldías, pero horas después el jefe de policía del distrito me presentó a Pepe Arenas… por cierto, Watson, no se le olvide recordarme que haga las diligencias oportunas para que ese individuo pueda irse a su casa: lo tienen retenido en comisaría y es completamente inocente

-Vayamos por partes, Holmes: ¿quién es Pepe Arenas?

-El único vecino del barrio que también había comprado un lacoste rosado en el Cortés Inglés del mismo pero que no era adorador del cocodrilo del pantano

-No entiendo nada: ¿no tendrían que haber retenido a los adoradores en vez de a él?

-El inspector Martínez, mi ilustre colega, y a quien por cierto no le ha sentado nada bien mi injerencia en este caso, sostenía la brillante hipótesis de que Pepe Arenas era el presunto inductor de las adoraciones al cocodrilo precisamente por ser el único que no se postraba ante él… qué país más extraño, no hay ciudad ni pueblo, ni siquiera distrito, que carezca de una anormalidad manifiesta: Marbella tiene los alcaldes; Manganeses, los que arrojan cabras desde el campanario y el barrio de Goya los adoradores del cocodrilo del pantano y el inspector Martínez: ¿interesante geografía, no le parece? en fin, sigamos…  anoche, cuando regresé a Valmojado, me fui a ver a los adoradores del cocodrilo: ¿sabe que, en cuanto se despista algún agente, regalan lacoste rosados a hurtadillas? ninguno de los curiosos que merodeaban por el pantano los aceptó por miedo a convertirse en uno de ellos, pero yo, naturalmente, cogí unos cuantos… esta mañana he ido al barrio de Goya, he realizado las pesquisas necesarias,  luego he vuelto aquí, he hecho las comprobaciones de rigor y ya está, Watson

-Qué costumbre más mala tiene usted de hacerse de rogar, Holmes: ¿es que nunca va a decirme cómo ha resuelto el caso?

-Ah, la vanidad humana… todos mentían, Watson

-¿Todos? ¿a quién se refiere?

-A los adoradores del cocodrilo; ninguno había comprado su lacoste rosado en El Corte Inglés de Goya, Watson, los compraron al vendedor ambulante del barrio, a Oxep, un africano de origen bantú;  no eran auténticos, naturalmente, pero hay que reconocer que el precio era auténticamente fabuloso: tres por dos euros… yo mismo le habría comprado una docena para abastecer el ego de unos cuantos amigos si el bantú no se hubiera dedicado a hacer de las suyas; al fin y al cabo, no están los tiempos como para…

-No más digresiones, Holmes, se lo pido por favor

-Oxep es un brujo seirán, una tribu que adora al dios Cocodrilo y, como tiene la obligación de convertir al mayor número de personas posible al cocodrilismo, hizo un sortilegio sobre los lacostes rosados que vendía para que todo el que se los pusiera corriese hacia el cocodrilo que tuviera más a mano y lo adorase

-¿Y cómo supo que los prosélitos de Oxep mentían? ellos juraban y perjuraban que habían comprado los lacoste en El Corte Inglés

-¿No acabo de decirle que los adoradores me regalaron algunos? en cuanto llegué a la habitación del hotel los examiné y descubrí que en la etiqueta de todos ellos ponía “made in Taiwan”… también le he dicho que hoy por la mañana, a primera hora, he ido a Madrid, ¿no? pues bien; nada más llegar me dirigí a la comisaría donde estaba retenido Pepe Arenas y en la etiqueta de su lacoste rosado no ponía “made in Taiwan” sino “made in France”… nunca he tenido un lacoste y no entiendo demasiado de falsificaciones pero enseguida supuse, porque la France, mi querido Watson, es siempre la France, que los lacoste de El Corte Inglés llevarían esa etiqueta y no la otra, como me apresuré a comprobar. El resto, tengo que reconocerlo, fue una cuestión de suerte, porque no anduve ni dos metros cuando me topé con la manta de Oxip repleta de lacoste rosados “made in Taiwan”…

-¿Qué ocurre, Holmes? ¿por qué se ha quedado tan pensativo?

-Me preguntaba si había reparado en que aún nos queda un caso por resolver

-¿Cuál?

-Elemental, mi querido Watson, elemental: el del cocodrilo del pantano de Valmojado

Octubre 11, 2009

“Política e intimidad” de María Toledano

Archivado en: María Toledano — max @ 5:49 pm
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“No cabe duda que los contratos o leyes, por los que la multitud transfiere su derecho a un Consejo o a un hombre, deben ser violados, cuando el bien común así lo exige.”

Spinoza, Tratado Político, cap.IV, 6

El capitalismo es, además de un régimen de explotación universal, el territorio de la paradoja y la contradicción. Al menos en los países primer mundo -sociedades que corren desmadejadas tras las huellas del prometido presente eterno, el tiempo del consumo- estamos perdiendo nuestra sombra. Vivimos una modernidad de banda magnética que se evapora a cada instante para renacer de nuevo, transformada, al instante, unos cuantos anuncios más tarde, en otro objeto o sensación con el recurrente marchamo de imprescindible. Hay demasiada luz, demasiados neones y focos que iluminan las escenas cotidianas. La aceleración de la dinámica capitalista de los noventa, impulso atroz -turbocapitalismo- que tiene su origen en la presidencia de Ronald Reagan en EE.UU. y su prolongación en Gran Bretaña, ha supuesto, entre otras cosas, la pérdida (o privatización) de la vida privada, el relato ordenado de la intimidad, entendido como reflexión narrativa y política, no narcisista, sobre uno mismo y su quehacer en el mundo.

Inútil parece la resistencia ante el avance irremediable este fenómeno exhibicionista. Abunda en los medios de comunicación (desde la imagen de un bombardeo grabada con cámara al hombro -una falsa mirada subjetiva- hasta la telebasura) y en blogs y demás bitácoras personales. Las redes sociales (Facebook y otras) son pasarelas, escaparates, de la maravilla (o el drama) que representa vivir en el sistema global de flujos y reflujos informativos. Poco importa el grado -que lo descrito sea verdadero o falso no altera acto de transferencia- de desvelamiento o la intensidad, se trata de mostrar en el ágora de los intercambios emocionales -amplificado hasta el delirio por Internet-, la parte privada, hasta ahora oculta. El yo y el nosotros han pasado de ser un reducto íntimo, unido por la pertenencia a una categoría, en algunos casos, ligados por la conciencia de clase, a la esfera universal de lo público. Los sentimientos, bajo múltiples formas, se compran y venden, habiendo logrado el capitalismo, por fin, convertir en mercancía las emociones del yo (del nosotros).

Esta pérdida o privatización radical de la intimidad (impuesta o consentida) ha convertido al cuerpo social en un mero intercambiador de sensaciones. Desde la elección de un automóvil -sensación de vivir al límite, por ejemplo, fuera de las carreteras convencionales- hasta el color o prestaciones del teléfono portátil, pasando por el atuendo para presentarse en el espacio público; del voto al amor. La cantidad de mercancía nueva o vestida de nueva expuesta -vintage emocional consumista- se ha multiplicado hasta el infinito. Los mostradores han ocupado todo el espacio físico, incluidas las escondidas trastiendas morales de la intimidad, impidiendo cualquier otro intercambio que no esté previsto por el propio y regulado mercado. El orden emocional del capitalismo, desarrollado hasta el extremo de la esquizofrenia en el último decenio, ha triunfado. El nuevo paradigma axiológico se ha impuesto.

La verdad, pese a la sofisticación de los envoltorios, se presenta desnuda. Basta estirar un poco el cuello, leer entrelíneas la prensa, observar con atención la televisión o pasear un sábado por la tarde por un centro comercial para ver el grado de incertidumbre y miedo reinante. Miedo e insatisfacción provocados por la persecución del placer que se escapa. El sistema impide cumplir, por su naturaleza huidiza, todos los anhelos. La respuesta clínica (la respuesta política ha desaparecido, aniquilada) a este estado de incertidumbre, un estado de sitio psicológico, es el aumento exponencial de los ligeros trastornos mentales y la dependencia, cada vez mayor, de los psicofármacos. Esta es una de las consecuencias que la (supuesta) seguridad e infalibilidad del modelo de sociedad ha provocado. En el espejo de lo público, por un lado, la paradoja de la insatisfacción social, al no ser posible la satisfacción emocional o material permanente; por detrás, junto a los remaches del marco, la leyenda impresa en la madera: el modelo es el mejor de los posibles. Paradojas y contradicciones. Este fenómeno ocurre en nuestra propia casa, en las habitaciones donde compartimos instantes privados, en el trabajo, en las miradas y caricias, hasta en la noción del tiempo, que determina, como sabemos, la concepción de la muerte. A esto denominan los manuales de sociología y ciencia política, “sociedad del bienestar”.

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