Las tumbas de Saint-Denis

Marzo 17, 2008

Alicia Rosales: “Te rescato”

Archivado en: Alicia Rosales — max @ 4:12 pm
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Te rescato desde un insensato silencio y pronuncio con esperanza las sílabas de la amistad. Estos últimos meses hubo demasiado trabajo y poco tiempo para la ensoñación, pero ahora desde este presente más mío, mi recuerdo te busca queriéndote acercar en las palabras a la magia del reencuentro. En la ignorancia de tus actuales ilusiones y desvelos adivino, porque quiero, que estás combatiendo en las trincheras de la felicidad, La vida no es más que un campo de minas donde vamos sembrando pedazos de nuestra existencia que florecen o explotan y nos hieren mortalmente. Me vienen a la memoria del corazón tantos momentos en los que recogimos las flores de la pasión inocente, esa belleza incomprensible de tantas noches todos juntos en los que salíamos a pintar graffities en el rostro de la madrugada. Me niego a olvidar, a que el miedo y la cárcel del futuro destruyan las páginas de aquel tiempo en el que supe que tenía una capacidad infinita de amar. Por eso te facturo estas palabras, para que sepas que no existe el olvido, que en mi baile renacen esbozos de tu sonrisa, de vuestros gestos solidarios, de tu arte, de nuestra alegría…
Aquí en Madrid la primavera ya presentó su tarjeta de visita aunque el viento aún juega a levantarnos las faldas. En el asfalto recogemos con esmero cada gramo de felicidad y soñamos que cada metro es un silbido hacia el cielo.

Si volviera a verte te llevaría a las calles a repartir octavillas cargadas de poemas.

Marzo 7, 2008

José Luis Sampedro: ¡No al préstamo de pago en bibliotecas!

Archivado en: José Luis Sampedro — max @ 2:19 am
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Cuando yo era un muchacho, en la España de 1931, vivía en Aranjuez un Maestro Nacional llamado D. Justo G. Escudero Lezamit. A punto de jubilarse, acudía a la escuela incluso los sábados por la mañana aunque no tenía clases porque allí, en un despachito que le habían cedido, atendía su biblioteca circulante. Era suya porque la había creado él solo, con libros donados por amigos, instituciones y padre de alumnos. Sus ‘clientes’ éramos jóvenes y adultos, hombres y mujeres a quienes sólo cobraba cincuenta céntimos al mes por prestar a cada cual un libro a la semana. Allí descubrí a Dickens y a Baroja, leí a Salgari y a Karl May.
Muchos años después hice una visita a un bibliotequita de un pueblo madrileño. No parecía haber sido muy frecuentada, pero se había hecho cargo recientemente una joven titulada quien había ideado crear un rincón exclusivo para los niños con un trozo de moqueta para sentarlos. Al principio las madres acogieron la idea con simpatía porque les servía de guardería.
Tras recoger a sus hijos en el colegio los dejaban allí un rato mientras terminaban de hacer sus compras, pero cuando regresaban a por ellos, no era raro que los niños, intrigados por el final, pidieran quedarse un ratito más hasta terminar el cuento que estaban leyendo. Durante la espera, las madres curioseaban, cogían algún libro, lo hojeaban y a veces también ellas quedaban prendadas. Tiempo después me enteré de que la experiencia había dado sus frutos: algunas lectoras eran mujeres que nunca habían leído antes de que una simple moqueta en manos de una joven bibliotecaria les descubriera otros mundos.
Y aún más años después descubrí otro prodigio en un gran hospital de Valencia. La biblioteca de atención al paciente, con la que mitigan las largas esperas y angustias tanto de familiares como de los propios enfermos, fue creada por iniciativa y voluntarismo de una empleada. Con un carrito del supermercado cargado de libros donados, paseándose por las distintas plantas, con largas peregrinaciones y luchas con la administración intentando convencer a burócratas y médicos no siempre abiertos a otras consideraciones, de que el conocimiento y el placer que proporciona la lectura puede contribuir a la curación, al cabo de los años ha logrado dotar al hospital y sus usuarios de una biblioteca con un servicio de préstamos y unas actividades que le han valido, además del prestigio y admiración de cuantos hemos pasado por ahí, un premio del gremio de libreros en reconocimiento a su labor en favor del libro.
Evoco ahora estos tres de entre los muchos ejemplos de tesón bibliotecario, al enterarme de que resurge la amenaza del préstamo de pago. Se pretende obligar a las bibliotecas a pagar 20 céntimos por cada libro prestado en concepto de canon para resarcir -eso dicen- a los autores del desgaste del préstamo.
Me quedo confuso y no entiendo nada. En la vida corriente el que paga una suma es porque:
a) obtiene algo a cambio.
b) es objeto de una sanción.

Y yo me pregunto: ¿qué obtiene una biblioteca pública, una vez pagada la adquisición del libro para prestarlo? ¿O es que debe ser multada por cumplir con su misión, que es precisamente ésa, la de prestar libros y fomentar la lectura? Por otro lado, ¿qué se les desgasta a los autores en la operación?.¿Acaso dejaron de cobrar por el libro?. ¿Se les leerá menos por ser lecturas prestadas?.¿Venderán menos o les servirá de publicidad el préstamo como cuando una fábrica regala muestras de sus productos?. Pero, sobre todo: ¿Se quiere fomentar la lectura?, ¿Europa prefiere autores más ricos pero menos leídos?.

No entiendo a esa Europa mercantil. Personalmente prefiero que me lean y soy yo quien se siente deudor con la labor bibliotecaria en la difusión de mi obra.
Sépanlo quienes, sin preguntarme, pretenden defender mis intereses de autor cargándose a las bibliotecas. He firmado en contra de esa medida en diferentes ocasiones y me uno nuevamente a la campaña.

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