Las tumbas de Saint-Denis

Noviembre 15, 2007

Manuel de la Fuente: “Aquellos días de marzo”

Archivado en: Manuel de la Fuente — max @ 6:13 pm
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Qué quieres que te diga, cielo, desde hace tres, tres tristes años, en estos días de marzo me revolotean puñales en el estómago, y ni siquiera puedo imaginarme que está a la vuelta de la esquina, dicen, otra primavera. No sé, amor mío, pero en estos tristes, en estos tristes días de marzo se me pone el corazón en un puño, y hasta los gorriones de la plaza me parece que andan cabizbajos, rumiando recuerdos, rumiando estruendos de trenes sin retorno. No sé, amor mío, no sé qué puñetas tienen estos días de marzo, que se me viene a la boca la bilis de la desesperanza, y vivir se me hace, entonces, un oficio raro, el oficio más raro del mundo. En estos días de marzo, cuando tanto, y tantos, echo de menos. Me falta en la calle un puñado de miradas que desde hace tres tristes, tres tristes marzos, te digo, ya no están entre nosotros. A la salida del colegio extraño aquella pelota de colores, y una cola de caballo, y una carpeta con la foto, dedicada de Guti, el 14, el 14 del Madrid. Supongo, amor mío, que es cosa de mi carácter, o más bien cosa de mi memoria, qué quieres que le haga, corazón, pero no he aprendido (que no aprenda nunca) a olvidar. En estos tristes, en estos tristes días de marzo se me saltan las lágrimas, fíjate qué endiablado es el recuerdo, se me saltan las lágrimas te decía, cuando veo su foto, con gafas, con pecas, y con todas las ilusiones de esta vida, cuando veo su foto, te digo, en el abono de transporte. Qué tendrá marzo, últimamente, que me falta el aire. Qué tendrá marzo en estos días, qué tendrá, que yo soy yo, mi circunstancia, y un puñado de lexatines. Ya ves, cuando llego a la estación deambulo por el anden como un náufrago, con un pañuelo por si hay que decir un adiós o un hasta siempre una vez más. Y subo al tren con tanto dolor habitando mi costado que parece, cielo mío, que va mi alma en parihuelas. En estos tristes días de marzo te quiero desde el exilio de esta marejada de desconsuelo que no amaina. Te escribo desde la esquina de esta tristeza infinita, te escribo, en la estación de Atocha, por todo aquello que aquel día, aquellos días de marzo, tú, yo, nosotros, vosotros y ellos perdimos.

Noviembre 13, 2007

María Toledano: “Zombis en la izquierda”

Archivado en: María Toledano — max @ 4:49 pm
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Se deleitan con las riadas y las aguas, los lugares desiertos,

les gusta pasear solos por huertos, jardines, paseos privados, calles traseras.

Robert Burton, Anatomía de la melancolía (1621)

No todo fue naufragar

Silvio Rodríguez

Vivimos en un estanque. Parece un lago, pero es un estanque. El agua se agita despacio al compás de las ocurrencias y las modas, nuestras tempestades cotidianas. En la pequeña isla de la incertidumbre y las frustraciones -combatidas en Occidente por los psicofármacos, el coche grande y la casa adosada- una parte de la izquierda (moral y marginal) lee libros cubiertos por el polvo de décadas de exilio y represión, muertes físicas y editoriales, añora épocas de creación espontánea (lucha de clases) y expulsa los demonios interiores -no los del jardín, que no tenemos- con una exagerada dosis de cinismo. Otros (lectores de Paul Auster y El País, por situarnos con dos bruscas pinceladas), los modernos o reformistas -sin querer abandonar el prestigio histórico de las siglas y los postulados estéticos que cimentaron décadas de enfrentamientos- piensan en recalificar el erial patrio -maniobras electorales, hoy por ti, mañana por mí- o en adecuar el discurso político al tiempo presente, a los cambios marcados (siempre) por la agenda de los gobernantes y sus redes bancarias. Ignoran estos reformistas, es su determinante condición, que el tiempo ya no discurre de forma lineal hacia el progreso (sabido desde Agustín de Hipona hasta Fukuyama pasando por el lustroso Hegel) sino que este presente, que se hace eterno (elástico) cada instante, es el continuum del nuevo/viejo capitalismo, su tiempo real de combate, ahora en esta nueva fase expansiva, consumista, bélica e imperial.

Nuestra noción clásica, judeocristiana, de tiempo -pasado, presente y futuro, la trinidad del discurrir vital, el ciclo natural- ha cambiado ante nuestros ojos sin darnos cuenta. El pasado es remoto, otra vida, memoria sentimental, Cuéntame, leyenda y/o guión de cine, y el futuro ya está aquí, insiste la mercadotecnia y la publicidad. El presente ha quedado suspendido, como si estuviera entre paréntesis diría Husserl -el fenomenólogo borrado de la dedicatoria de El ser y el tiempo (segunda edición) por el nazismo cultural del poeta Heidegger- encerrando el sentido y la referencia histórica del mundo desarrollado (sic) en una deslumbrante noria de estímulos y respuestas automáticas: el supermercado universal, abierto 24h. Este cambio de paradigma, low cost, de marco semántico y conceptual (No pienses en un elefante de Lakoff desarrolla esta idea al hilo de las técnicas de comunicación política de los neocons y los demócratas USA, y para aquellos que quieran saber más del asunto, Moral politics. How liberal and conservatives think, Chicago, 2002), se ha producido de manera sutil, inapreciable. Esta mutación ha convertido la realidad en reproducción e imagen: multiplicación de mercancías. En este ir y venir por los acogedores pasillos del instante, en este alocado devenir sin movimiento (la bóveda celeste de los antiguos), la alternativa anticapitalista ha sucumbido por la combinación de la fuerza centrífuga, que expulsa a los individuos y los discursos hacia las tinieblas exteriores, y la centrípeta, esa (falsa) tensión interior que ha logrado llevar hasta el centro mismo de la acción y la creación (el desagüe de la política) cualquier intento subversivo al convertirlo en parte de la renovada identidad industrial: piezas del museo de la memoria.

Estamos asistiendo al final de las organizaciones de izquierda revolucionaria, anticapitalista. Las horas caen del reloj (relojes, en sentido metafórico, sin segundero) y las manecillas se clavan en los recuerdos, en los páramos donde nunca amanece mientras los muertos, en las cunetas, juegan al tute. La brillante novela/ensayo Museo de la Revolución de Martín Kohan da cuenta de ello hablando, al revés, del instante y la aceleración. Al fondo, amontonados en alguna escombrera, tratando de levantar la cabeza del barro, los jóvenes antisistema, antiglobalización, alzan la voz desordenada y su música sincopada. Quizá en ellos esté la nueva respuesta. En ellos y en los miles de desheredados que corren por las acequias en busca de su tiempo perdido, un modelo alejado del presente descoyuntado que inspira tanto violento anuncio de detergentes, hipotecas y amores fugaces. Zombis en la izquierda y beatos, más vivos que nunca, en la derecha. La guerra, extendida al mundo, sigue, persevera en su ser, en su naturaleza delictiva y criminal.

Noviembre 7, 2007

Jesús Rodero: “Julián, yo y el otro”

Archivado en: Jesús Rodero — max @ 5:30 pm
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Éramos tres, Julián, el otro y yo. Llevábamos ya tiempo rumiando la posibilidad de hacer pira y bajar a los autos de choque. No por nada en especial, no porque tuviéramos dinero, que no lo teníamos, para montarnos en los autos o comprar algodón de azúcar o ir a la sala de juegos. Pero ese día Julián llegó con los ojos vueltos y frotándose las manos contra las perneras de los pantalones. Miraba nervioso a los lados y parecía querer decir algo que no le salía por la boca. Algo así como que tenía dinero, como que podíamos ir a los autos y comprarnos boletos en la tómbola. El otro y yo nos apuntamos al festín, más que nada porque los ojos de Julián nos invitaban a seguirle, a descender un poco, como quien huye, por el Ojillo (me pregunto a quien se le ocurrió ese nombre para esa calle-cuesta sin historia) sin mirar atrás no sea que haya sirenas o alarmas, incluso madres disfrazadas de policías. Sabíamos, el otro y yo, digo, sabíamos de dónde había salido el dinero. La permanencia, claro. 300 pesetas en billetes marrones de a tres con foto incluida, también marrón, de un señor importante y escritor parece ser. Una foto que el otro y yo solo habíamos visto de refilón salir de la cartera de nuestras madres al pagar los pantalones cortos de verano, por poner un caso.

Sí, era un día húmedo, triste y oscuro, de esos que hacía en Portugalete cuando todavía había maketos y vivíamos asustados por las cosas que no entendíamos. Un día un poco desolador de medio invierno. Medio día o media tarde era. Llegamos a la Canilla todavía con luz. Ni que fuera una travesía. Como todo el mundo sabe del Ojillo a la Canilla (¿qué tiene mi pueblo que pone en diminutivo los nombres de los lugares emblemáticos?) hay escasamente cinco minutos a paso lento. Pero volvimos de noche. Mi recuerdo es un poco difuso en este punto. Pensaba que nuestro desmadre despilfarrador había durado un par de horas como mucho, pero ahora me doy cuenta que fue mucho más largo. Montamos en los autos de choque junto a la antigua estación. Varias veces, muchos minutos. Las chicas del dueño nos miraban con pena y risa, el otro pensó entonces que nos miraban con complicidad y cariño y no paró de decir tonterías para llamar la atención.

Julián seguía mirando extraño y revirando los ojos, y no paró de frotarse los pantalones en toda la tarde. Sabíamos de dónde venía el dinero y sabíamos que la felicidad no dura. Es triste ser tan joven y saber que después del yin viene el yang (¿o es al revés?), que después de la euforia viene la resaca. Aún así, después de los autos, compramos boletos en la tómbola. Nadie más jugaba porque no había nadie más, porque el mundo estaba vacío y todas las miradas del universo convergían en nuestras desoladas cocorotas. Lloviznaba y había tigres de peluche colgados de la enorme carpa metálica. Todo se mojaba y nosotros poco a poco fuimos perdiendo la ilusión según se iba acabando el dinero. Tuvimos nuestro momento de gloria, por llamarlo de alguna manera, cuando nos tocó un juego de cartas de poker y un perro titiritero. La lluvia no cesaba y Julián nos informó, después de comernos un algodón de azúcar cada uno, que solo le quedaban treintayocho pesetas con todas sus letras.

La bajada había sido fácil. Nada más fácil que bajar una cuesta con dinero en el bolsillo, aunque sea el bolsillo de otro y el dinero de un tercero. Pero subir… subir es otra cosa. Subir mojado, con los ojos mustios y culpables de Julián rodando por el suelo, subir sin el dinero de la permanencia y con el remordimiento comiéndose el lóbulo occipital derecho del otro y el izquierdo mío. ¡Cómo cuesta subir la calle del medio, el Cristo, ahora otra vez el Ojillo (estoy empezando a odiar los malditos diminutivos sin sentido) y pasar al lado de la Academia y mirar de reojo los balcones enrejados y las paredes blancas, puras, castas, inocentes de esa academia compendio de conocimiento y razón, cómo cuesta!

Y el otro y yo muertos en ese instante, paralizados por la visión de la procesión de madres y profesoras que se abalanzan sobre nosotros y nos separan a empellones y vociferan la culpa para que no salga de nuestras orejas y se quede allí bien metida entre el cerebro y el corazón. A Julián ya no le veo, lo han arrastrado a un lado y oigo sus gritos, sus sollozos, su dolor por los golpes. El otro también ha desaparecido y yo apenas puedo divisar en la oscuridad lacrimógena de la tarde pasada por agua la vergüenza que se carga sobre la espalda de mi madre para encorvarla un poco más, para vencer su resistencia un milímetro más… y de nuevo la culpa y el resquemor de la imprudencia temeraria invaden mente. No recuerdo como llegué a casa, pero sí el silencio largo y pesado de las horas siguientes, y los susurros en la cocina junto a alguna pequeña chispa de desesperación. La mañana siguiente fue la humillación de enfrentarme a la clase, a la vergüenza del delincuente inconsciente, señalado y degradado. ¡Qué marrones eran mis zapatos ese día! Los vi tanto y de tan cerca que mis ojos casi se nublan de monocromía.

A Julián no lo volví a ver más. Sus padres lo sacaron de la academia. Del otro olvidé su nombre y posiblemente su cara. No así la de Julián, triste cara de una vida que pudo ser pero que se perdió en esa tarde monótona y baldía junto a la ría, no lejos del puente colgante, patrimonio de la humanidad. Hoy aún oigo a veces sus gritos. Gritos desde el quinto piso del número tres de aquella calle de cuyo nombre no me quiero acordar, y veo una ventana abierta y en ella una mujer a punto de saltar, y a Julián agarrándola por los hombros con sus ojos todavía tristes y culpables… y sus manos que resbalan casi sin querer y se pierden en la oscuridad mientras alguien corre las cortinas, baja la persiana y de nuevo resuenan los lloros, los gritos, los golpes.

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