Las tumbas de Saint-Denis

Octubre 27, 2007

Alicia Rosales: “For you”, “Yo no quiero más llave”, “Busco un gesto en tu mirada”, “Perdido en el granero”, Breve carta nocturna al amigo ausente” y “Que no me puedes querer”

Archivado en: Alicia Rosales — max @ 1:31 pm
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“For you”

Me gustaría ser Maga
para borrar tu tiempo
y mi distancia
y fabricar un mundo
en el que la felicidad
sea el despertar de cada día
y no un sueño.

“Yo no quiero más llave”

Yo no quiero más llave

que la que me da

el paraíso de tus ojos,

la cancela oculta de tu voluntad de hombre

abriéndome a la vida.

No quiero más cielo tampoco

que el de encontrar cada noche

tu beso absoluto con el mío,

la húmeda caricia

omo pasaporte para el futuro.

En definitiva sólo quiero

encontrar en tus brazos

la certeza de una ilusión eterna.

“Busco un gesto en tu mirada”

Busco un gesto en tu mirada
Y en tus ojos se me enreda la vida
Creí haber encontrado ese milagro
De nacerme cada día en tu deseo
Descansar el vacío en tus manos de hombre
Y decirte una palabra eterna
En este sueño de invierno largo
En el que tiene que existir un lugar
Para el amor que te debo.

“Perdido en el granero”

Hoy está lloviendo y los ojos nerudianos que me miran parecen dos palomas oceánicas. El día, viudo de luz, invita al recogimiento y, entre libro y libro, el café y las tostadas marcan el ritmo cotidiano de este fragmento de existencia. Entre la sonrisa y el gesto melancólico, espejo de un mundo mojado, busco palabras que sirvan de paraguas a la incertidumbre del tiempo y la distancia.
Me levanto de la ausencia y busco lo entrañable al calor de mi príncipe indio que ahora duerme, ofreciendo a la vida y a los sueños la belleza de su frente oscura. Color querido de las aceitunas, olor de arcilla que resiste a la forma, libertad forjada en el norte y sur de su cuerpo, desnudo a la indolencia.
Llueve hacia fuera y el rocío manso se despereza en nuestra casa, protegido por el regazo en el que acunamos la ilusión. Llueve y podría llorar, pero no quiero. Podría pensar en la muerte galopando sobre tumbas que esperan la esperanza, podría acordarme del rapto de tantas sonrisas asesinadas, pero no quiero. No, hoy no quiero pensar. Sólo deseo oír la dulce cadencia de las caricias detenidas sobre el rostro presente del que yace a mi lado. Sentir el rudo golpe en la harina del hombre que hace pan y pactar un encuentro con los pájaros en este amanecer del color de la ceniza. Cautivos del embrujo de la vida, los silencios escriben telegramas de amor en las paredes. Toca la torre el cielo y también las seis de la mañana. El alba peina los flecos de la noche y se retiran las estrellas a la trastienda de la madrugada. Llueve sobre el viento. Juegan los suspiros a las damas en el claroscuro de los despertares y las sombras cantan himnos en los patios gatunos donde la solidaridad cuelga olvidada. Sí iré a recogerla para cubrir las tristezas de esperanza.
Hoy no quiero más que revolcarme en esta intensidad que me abraza y regalaros, si pudiera, la luna envuelta en mi beso.

“Breve carta nocturna al amigo ausente”

Antes de ir a dormir, antes de que mi cuerpo busque un escondite para cobijarse del frío en las horas oscuras, antes de que mis piernas se alarguen tanto tanto que crucen el mar para tocar en tu puerta y tú les des la bienvenida como a unos amigos que esperas con ilusión, antes de que la luna me cierre los ojos y el sueño sea mi canción de cuna, te quiero hablar. Hablarte de lo mucho que te extraño, de lo mucho que te quiero, de tantos besos que me debes, de que me sabe dulce tu recuerdo. Decirte que el día ha sido bueno, algo mejor que ayer, que hoy en la mañana el café me salió rico y las tostadas casi también y que el rostro del espejo dijo que me veía guapa y afuera había dejado de llover…..

Hoy en la oficina pensé en todo y en nada, en ti a ratos, en mí apenas, en Diego que descubre a las niñas, en Celia que quiere aprender a volar, en ese coche rojo que frena en la calle, en ellos, en nosotros, en todos, en nadie en particular.

Y así el día serpenteando de hora en hora salta, se acaba, se va.

Yo también iré apagando las estrellas una a una, soplando beso a beso, buscando el mar….

Buenas noches. Duerme.

Bien.

“Que no me puedes querer”

Que no me puedes querer ya lo sé,

pero ámame, llévame siempre muy dentro de ti

y, después, olvídame.

Apártame, si es necesario, de tu respirar cotidiano

y ven a mí sólo cuando

te acuerdes de que me amas.

Ven a decírmelo,

aunque sea sin palabras.

Octubre 26, 2007

Julio Cortázar: “Instrucciones para llorar”

Archivado en: Julio Cortázar — max @ 4:46 pm
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Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

Octubre 23, 2007

María Toledano: “Espacio público y democracia de mercado”

Archivado en: María Toledano — max @ 3:10 pm
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Un fantasma recorre, hambriento, la democracia de mercado. Por las fronteras transitan desvalidos y mercancías precintadas, pasaportes sin lustre y capitales fijos y circulantes. La geografía del petróleo, ahora política internacional, es un arma para la guerra: escuadras y cartabones puntiagudos. Bajo la furia de los neones, el consumo y la mercadotecnia (la ideología del presente continuo, el discurso sentimental, circular y vacío), vivimos, como dice G. Agamben, en un estado de excepción permanente. El marco constitucional que regula los derechos –si acaso existen fuera de la formalidad jurídica de la norma– es de cristal. En este contexto, definido el neoliberalismo como “una teoría de prácticas político-económicas que afirma que la mejor manera de promover el bienestar del ser humano consiste en no restringir el libre desarrollo de las capacidades y libertades empresariales del individuo dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de propiedad privada fuertes, mercados libres y libertad de comercio” (David Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Akal, 2007), la apelación a lo público, al lugar de convivencia e igualdad, no deja de ser una ironía o, en el peor de los casos, una trampa. La confusión entre lo público y lo colectivo se extiende. Tengo ya 78 años y he visto morir a muchos amigos que distinguían con claridad los dos conceptos. Eran tiempos de ideas y cajas de resistencia. Los fantasmas modernos, zombis en el paraíso, arrastran hipotecas –relucientes bolas de hierro– por los hipermercados. Han conseguido, capitalismo popular inmobiliario, que seamos propietarios, unidades económicas independientes sometidas a sus relaciones de poder y dominación, seres a merced del euribor, la precariedad laboral (y emocional) y los psicofármacos.La socialdemocracia –a diferencia del neoliberalismo– lleva tiempo preocupada por la necesidad de armonizar espacio público y capitalismo. Su principal objetivo es la paz social, la estabilidad que permita preservar el modelo de explotación sin que los efectos negativos repercutan en su agenda de gobierno. Cuando alcanza el poder, su cálculo del consenso –herencia de las luchas sindicales europeas de los años 60 y 70, el pacto capital-trabajo que presidió Europa– le incita, ya que no desea alterar las reglas, a extender, en el caso español es evidente, derechos sociales (legítimos) a grupos minoritarios con cierta cuota de representación a cambio de privatizar con discreción, levantar algún hospital frente a las desregulaciones, elevar, con porcentajes ridículos, las pensiones mínimas y crear guarderías en barrios marginales concediendo, al tiempo, subvenciones a colegios con ideario de Legionario. Migajas políticas, diezmos laicos. Ocupado el cuerpo social en estériles polémicas, las redes macroeconómicas se hacen cada vez más tupidas. La confusión semántica avanza. Llaman “público” a los servicios generales, la intendencia básica de la comunidad: sanidad, educación y transporte. El término “colectivo” ha desaparecido del vocabulario. Cada vez que el complejo tecnológico-militar acelera el ciclo del turbocapitalismo (la expresión es de Luttwak), la socialdemocracia apela a la conservación del dominio público como si se tratara de proteger una reserva natural: flora y fauna. Pese a la apariencia de libertad, el modelo económico de intercambio entre empresas y naciones diseñado por el capitalismo financiero –al principio fue el verbo, Bretton Woods, 1944– constituye la única realidad posible. Afirmar que la democracia es incompatible con el capitalismo –como se demuestra en infinidad de países– les parece una excentricidad radical. En este territorio de progresía, aeropuertos internacionales, aristocracia obrera, segundas residencias y EPS encuentra la socialdemocracia su tradicional bolsa de votos. Los conservadores, más proclives al modelo liberal puro, apelan al autoritarismo, el orden, los valores de la familia, la religión y la eficacia.

Como es sabido, neoliberales y socialdemócratas tienen, en los sistemas de partidos, infinidad de puntos en común. Ambos patrones de gestión atentan contra lo común, contra la construcción de identidades comunitarias, contra el tejido socio-asociativo cercenando, de hecho, la resistencia. Los beneficios bancarios crecen cada año y los medios de comunicación lo celebran con algarabía y despliegue fotográfico. Parece ser síntoma inequívoco de la salud de las naciones. Los antiguos sindicatos de clase se han convertido en gestores de servicios y los partidos de la izquierda transformadora, tras su renuncia a la revolución, pasean por los pasillos de la historia parlamentaria la espera de pactos y prebendas. Leo Decidme cómo es un árbol (Umbriel-Tabla Rasa, 2007), las memorias del poeta Marcos Ana, 23 años en las cárceles franquistas. Por sus páginas desfila una forma determinada y valiente de mirar el mundo. Marcos Ana siempre supo, como tantos olvidados, la diferencia entre lo público y lo colectivo. Aquellos que defendemos lo común, lo colectivo y comunista (Ecce comu, en palabras de Gianni Vattimo), somos piezas de museo, arqueología del siglo XX. Derrotados por el neoliberalismo, confío en que, restos del naufragio, seamos útiles para levantar, con la ayuda del movimiento altermundista, la mitopoiesis creativa y espontánea del porvenir. De lo contrario, cualquier día nos darán medallas por haber tragado sin protestar –falsa dignidad de muerto– todas sus reformas en beneficio de la sofisticada y plural democracia de mercado.

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