Las tumbas de Saint-Denis

Noviembre 16, 2009

“Lluvia” y “Si mis manos pudieran deshojar” de Federico García Lorca

Archivado en: Federico García Lorca — max @ 2:20 am
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“Lluvia”

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.

Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne.

El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales.

Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre.

Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!

¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.

El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentagrama sin clave.

Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte.

¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje!

________________________________________

“Si mis manos pudieran deshojar”

Yo pronuncio tu nombre
en las noches oscuras,
cuando vienen los astros
a beber en la luna
y duermen los ramajes
de las frondas ocultas.
Y yo me siento hueco
de pasión y de música.
Loco reloj que canta
muertas horas antiguas.

Yo pronuncio tu nombre,
en esta noche oscura,
y tu nombre me suena
más lejano que nunca.
Más lejano que todas las estrellas
y más doliente que la mansa lluvia.

¿Te querré como entonces
alguna vez? ¿Qué culpa
tiene mi corazón?
Si la niebla se esfuma,
¿qué otra pasión me espera?
¿Será tranquila y pura?
¡¡Si mis dedos pudieran
deshojar a la luna!!

Octubre 19, 2009

“Pero nunca el olvido” de Manuel de la Fuente

Archivado en: Manuel de la Fuente — max @ 2:16 pm
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Que no, que no haya penas, que no haya penas (que las hay, y demasiadas todavía), ni olvido, ni mucho menos olvido. Que se nos han hecho largos, tan largos estos seis meses sin vosotros.

La habitación del chico sigue igual, igual el póster de Raúl, y las camperas, debajo de la cama, y las fotos de María, pegadas con chinchetas de colores: en Benicasim, en Las Dehesas, ¿te acuerdas, aquel chaparrón de aquella primavera?, y el día de tu primer concierto, Bruce Springsteen, no retreat, baby, no surrender, no retroceder, no darnos por vencidos… Ni mucho menos olvido. Todavía hay una cañita y unos boquerones para ti, allí te espera tu banqueta y un ejemplar del «Marca», en el bar de Juan, tan cerca del Pozo, donde el Ángel bíblico señaló con su maldito dedo aquella mañana de marzo. Si vieras el estirón que ha dado la niña, aunque no hay manera de que duerma por la noche, que se le llena el edredón del pato Donald de trenes sin retorno, y en ese dormitorio, algunas madrugadas, llora hasta la Shakira de la foto. Dicen que allá por Santa Eugenia, entre Rivas y Santa Eugenia, llevan seis meses viendo, sobre las ocho de la mañana, sólo sobre las ocho de la mañana, una bandada de pájaros azules, y que esta mañana se han posado en el tejado del colegio. Y que se han puesto a cantar como si fueran niños. Cuentan que desde hace meses, en el andén de Atocha se sienta un rumano, con los ojos hundidos en el calendario, con los ojos cansados de ver la tierra que no cambia, con los ojos cansados de haber esperado tanto. Y que quiere esperarlo todo todavía. Y dicen que ahora, ya ves, mediados de septiembre, crecen las margaritas entre los raíles y que hay un rosal del Botánico que mira hacia Atocha, con ciento noventa y dos rosas que nunca se marchitan.

Seis meses que se me hace cada vez más grande la cama, y que ya ves, que se me olvida y vuelvo a hacer café, tostadas y zumo de naranja para dos. Seis meses ya que no te veo volver con el pan y el periódico bajo el brazo. Seis meses ya, y sí que hay penas, pero no olvido, ni mucho menos olvido.

Octubre 18, 2009

“El caso de los lacoste rosados” de Almudena Guzmán

Archivado en: Almudena Guzmán — max @ 11:51 pm
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-Haga su maleta, Watson, nos vamos: en este maldito pantano no hay quién pare del calor y de los mosquitos… porque en Londres también se han disparado las temperaturas  que sino… a buena hora habría atendido los ruegos de la policía española, con el miedo que me dan los aviones y encima con El Corte Inglés de por medio… ah, y dígale al jefe de policía de Valmojado que requise a los adoradores sus polos y que luego los queme

-Tantos años con usted y no deja de sorprenderme, Holmes:  ¿cómo ha resuelto el caso con tanta rapidez?

-Asómese a la ventana: ¿ve a todos esos hombres en la orilla del pantano, a la espera de que el dichoso cocodrilo asome la cabeza para postrarse ante él y adorarlo? ¿qué diría usted que tienen en común?

-Su pregunta me ofende por lo banal: es obvio que todos llevan un polo rosado

-Un lacoste, ¿verdad?

-Sí, un lacoste, todos los adoradores del cocodrilo del pantano de Valmojado llevan un cocodrilo en el pecho, Holmes, no soy tan tonto como para no haberme dado cuenta de esta  coincidencia

-También podría haberse percatado de las otras si, desde que llegamos aquí, no hubiera estado todo el tiempo tumbado en el sofá, mano a mano con el aire acondicionado y la botella de whisky

-Hay vicios peores, así que no me haga hablar

-Hoy está usted muy susceptible, Watson… bien, volvamos al asunto que nos ocupa: mientras usted… mientras usted digamos que optó por la investigación teórica, yo me decanté por la praxis y encontré otras concomitancias entre los adoradores del cocodrilo del pantano

-¿Cuáles?

-Todos vivían en el barrio madrileño de Goya y todos habían comprado sus lacoste rosados en el mismo Corte Inglés

-¿Y?

-Mis pesquisas en el Corte Inglés fueron baldías, pero horas después el jefe de policía del distrito me presentó a Pepe Arenas… por cierto, Watson, no se le olvide recordarme que haga las diligencias oportunas para que ese individuo pueda irse a su casa: lo tienen retenido en comisaría y es completamente inocente

-Vayamos por partes, Holmes: ¿quién es Pepe Arenas?

-El único vecino del barrio que también había comprado un lacoste rosado en el Cortés Inglés del mismo pero que no era adorador del cocodrilo del pantano

-No entiendo nada: ¿no tendrían que haber retenido a los adoradores en vez de a él?

-El inspector Martínez, mi ilustre colega, y a quien por cierto no le ha sentado nada bien mi injerencia en este caso, sostenía la brillante hipótesis de que Pepe Arenas era el presunto inductor de las adoraciones al cocodrilo precisamente por ser el único que no se postraba ante él… qué país más extraño, no hay ciudad ni pueblo, ni siquiera distrito, que carezca de una anormalidad manifiesta: Marbella tiene los alcaldes; Manganeses, los que arrojan cabras desde el campanario y el barrio de Goya los adoradores del cocodrilo del pantano y el inspector Martínez: ¿interesante geografía, no le parece? en fin, sigamos…  anoche, cuando regresé a Valmojado, me fui a ver a los adoradores del cocodrilo: ¿sabe que, en cuanto se despista algún agente, regalan lacoste rosados a hurtadillas? ninguno de los curiosos que merodeaban por el pantano los aceptó por miedo a convertirse en uno de ellos, pero yo, naturalmente, cogí unos cuantos… esta mañana he ido al barrio de Goya, he realizado las pesquisas necesarias,  luego he vuelto aquí, he hecho las comprobaciones de rigor y ya está, Watson

-Qué costumbre más mala tiene usted de hacerse de rogar, Holmes: ¿es que nunca va a decirme cómo ha resuelto el caso?

-Ah, la vanidad humana… todos mentían, Watson

-¿Todos? ¿a quién se refiere?

-A los adoradores del cocodrilo; ninguno había comprado su lacoste rosado en El Corte Inglés de Goya, Watson, los compraron al vendedor ambulante del barrio, a Oxep, un africano de origen bantú;  no eran auténticos, naturalmente, pero hay que reconocer que el precio era auténticamente fabuloso: tres por dos euros… yo mismo le habría comprado una docena para abastecer el ego de unos cuantos amigos si el bantú no se hubiera dedicado a hacer de las suyas; al fin y al cabo, no están los tiempos como para…

-No más digresiones, Holmes, se lo pido por favor

-Oxep es un brujo seirán, una tribu que adora al dios Cocodrilo y, como tiene la obligación de convertir al mayor número de personas posible al cocodrilismo, hizo un sortilegio sobre los lacostes rosados que vendía para que todo el que se los pusiera corriese hacia el cocodrilo que tuviera más a mano y lo adorase

-¿Y cómo supo que los prosélitos de Oxep mentían? ellos juraban y perjuraban que habían comprado los lacoste en El Corte Inglés

-¿No acabo de decirle que los adoradores me regalaron algunos? en cuanto llegué a la habitación del hotel los examiné y descubrí que en la etiqueta de todos ellos ponía “made in Taiwan”… también le he dicho que hoy por la mañana, a primera hora, he ido a Madrid, ¿no? pues bien; nada más llegar me dirigí a la comisaría donde estaba retenido Pepe Arenas y en la etiqueta de su lacoste rosado no ponía “made in Taiwan” sino “made in France”… nunca he tenido un lacoste y no entiendo demasiado de falsificaciones pero enseguida supuse, porque la France, mi querido Watson, es siempre la France, que los lacoste de El Corte Inglés llevarían esa etiqueta y no la otra, como me apresuré a comprobar. El resto, tengo que reconocerlo, fue una cuestión de suerte, porque no anduve ni dos metros cuando me topé con la manta de Oxip repleta de lacoste rosados “made in Taiwan”…

-¿Qué ocurre, Holmes? ¿por qué se ha quedado tan pensativo?

-Me preguntaba si había reparado en que aún nos queda un caso por resolver

-¿Cuál?

-Elemental, mi querido Watson, elemental: el del cocodrilo del pantano de Valmojado

Octubre 11, 2009

“Política e intimidad” de María Toledano

Archivado en: María Toledano — max @ 5:49 pm
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“No cabe duda que los contratos o leyes, por los que la multitud transfiere su derecho a un Consejo o a un hombre, deben ser violados, cuando el bien común así lo exige.”

Spinoza, Tratado Político, cap.IV, 6

El capitalismo es, además de un régimen de explotación universal, el territorio de la paradoja y la contradicción. Al menos en los países primer mundo -sociedades que corren desmadejadas tras las huellas del prometido presente eterno, el tiempo del consumo- estamos perdiendo nuestra sombra. Vivimos una modernidad de banda magnética que se evapora a cada instante para renacer de nuevo, transformada, al instante, unos cuantos anuncios más tarde, en otro objeto o sensación con el recurrente marchamo de imprescindible. Hay demasiada luz, demasiados neones y focos que iluminan las escenas cotidianas. La aceleración de la dinámica capitalista de los noventa, impulso atroz -turbocapitalismo- que tiene su origen en la presidencia de Ronald Reagan en EE.UU. y su prolongación en Gran Bretaña, ha supuesto, entre otras cosas, la pérdida (o privatización) de la vida privada, el relato ordenado de la intimidad, entendido como reflexión narrativa y política, no narcisista, sobre uno mismo y su quehacer en el mundo.

Inútil parece la resistencia ante el avance irremediable este fenómeno exhibicionista. Abunda en los medios de comunicación (desde la imagen de un bombardeo grabada con cámara al hombro -una falsa mirada subjetiva- hasta la telebasura) y en blogs y demás bitácoras personales. Las redes sociales (Facebook y otras) son pasarelas, escaparates, de la maravilla (o el drama) que representa vivir en el sistema global de flujos y reflujos informativos. Poco importa el grado -que lo descrito sea verdadero o falso no altera acto de transferencia- de desvelamiento o la intensidad, se trata de mostrar en el ágora de los intercambios emocionales -amplificado hasta el delirio por Internet-, la parte privada, hasta ahora oculta. El yo y el nosotros han pasado de ser un reducto íntimo, unido por la pertenencia a una categoría, en algunos casos, ligados por la conciencia de clase, a la esfera universal de lo público. Los sentimientos, bajo múltiples formas, se compran y venden, habiendo logrado el capitalismo, por fin, convertir en mercancía las emociones del yo (del nosotros).

Esta pérdida o privatización radical de la intimidad (impuesta o consentida) ha convertido al cuerpo social en un mero intercambiador de sensaciones. Desde la elección de un automóvil -sensación de vivir al límite, por ejemplo, fuera de las carreteras convencionales- hasta el color o prestaciones del teléfono portátil, pasando por el atuendo para presentarse en el espacio público; del voto al amor. La cantidad de mercancía nueva o vestida de nueva expuesta -vintage emocional consumista- se ha multiplicado hasta el infinito. Los mostradores han ocupado todo el espacio físico, incluidas las escondidas trastiendas morales de la intimidad, impidiendo cualquier otro intercambio que no esté previsto por el propio y regulado mercado. El orden emocional del capitalismo, desarrollado hasta el extremo de la esquizofrenia en el último decenio, ha triunfado. El nuevo paradigma axiológico se ha impuesto.

La verdad, pese a la sofisticación de los envoltorios, se presenta desnuda. Basta estirar un poco el cuello, leer entrelíneas la prensa, observar con atención la televisión o pasear un sábado por la tarde por un centro comercial para ver el grado de incertidumbre y miedo reinante. Miedo e insatisfacción provocados por la persecución del placer que se escapa. El sistema impide cumplir, por su naturaleza huidiza, todos los anhelos. La respuesta clínica (la respuesta política ha desaparecido, aniquilada) a este estado de incertidumbre, un estado de sitio psicológico, es el aumento exponencial de los ligeros trastornos mentales y la dependencia, cada vez mayor, de los psicofármacos. Esta es una de las consecuencias que la (supuesta) seguridad e infalibilidad del modelo de sociedad ha provocado. En el espejo de lo público, por un lado, la paradoja de la insatisfacción social, al no ser posible la satisfacción emocional o material permanente; por detrás, junto a los remaches del marco, la leyenda impresa en la madera: el modelo es el mejor de los posibles. Paradojas y contradicciones. Este fenómeno ocurre en nuestra propia casa, en las habitaciones donde compartimos instantes privados, en el trabajo, en las miradas y caricias, hasta en la noción del tiempo, que determina, como sabemos, la concepción de la muerte. A esto denominan los manuales de sociología y ciencia política, “sociedad del bienestar”.

Septiembre 16, 2009

“Aquel Pozuelo” de Manuel de la Fuente

Archivado en: Manuel de la Fuente — max @ 5:31 pm
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Dijo el poeta que la patria del hombre es su infancia. Tal vez por eso uno tiene la patria dividida. Aquella patria invernal de la Plaza de Oriente y sus estanques helados y aquella patria estival en Pozuelo, una patria de árboles y bicicletas que, por supuesto, eran para el verano. En 1927, gracias a la lotería mis abuelos compraron allí un terrenito, entre los conejos y los chopos, una casita a la que, fetenes como eran, llamaron La Paloma. Los tiempos de aquellos años 30 venían cargados de sangre, pero en aquel jardín compartían un café y un trago del botijo los obreros del ferrocarril, los picapedreros de la carretera de La Coruña, y la pareja de la Guardia Civil, caminera, por supuesto. Nos partió un rayo y la guerra convirtió Pozuelo en una pradera en llamas. Llegó Brunete, y los milicianos de Modesto, Líster y El Campesino pasaban por allí camino de la carnicería de Quijorna. Pero nunca nadie mancilló la imagen de la Virgen en nuestra puerta. Y llegaron los 50, y los 60. En Semana Santa y en verano, a Pozuelo que nos íbamos con los bártulos en la baca del 1.500. Pozuelo era la libertad, Merck y Ocaña en las chapas, las cabañas, el pan con membrillo, las excursiones hasta el búnker que recordaba la matanza, las vacas de la Priégola y su leche recién ordeñada en la merienda, las balas, los casquillos… Pozuelo fue un suspiro, fue aquel primer beso, moderadamente robado, en la arboleda (ahora casi perdida) de la Fuente de la Salud, y tu nombre y el mío trenzados a navaja sobre un enorme corazón en un castaño. Aquel Pozuelo murió y sólo ocupa un lugar desvencijado en la memoria. El hormigón arrasó la patria de mi infancia. Donde te besé arde los sábados la hoguera del botellón, donde debuté en carne de mujer estalla cada fin de semana la cogorza, y ruge ese vándalo que parece que todos llevamos dentro. Me queda la prestación de la nostalgia, me queda el triste subsidio de la melancolía. Pozuelo, otra patria perdida.

“¿Conocéis el lugar?” de Antonio Colinas

Archivado en: Antonio Colinas — max @ 4:49 pm
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¿Conocéis el lugar donde van a morir
las arias de Händell?
Está aquí, en el centro del centro de Castilla,
donde por los linderos morados
se tensa, como un arco, la luz;
es un espacio en que la nada es todo
y el todo es la nada,
y en el que junio joven viene por los montes
vertiendo de su copa oro líquido.
Es un lugar en el que el espacio y el tiempo
sólo son una hoguera
que arde y que mantiene su combustión
gracias a nuestras vidas (quiero decir:
gracias a nuestras muertes).
La música que más amáis
aquí tiene su tumba.
Es la música que, a través de la respiración de las espigas,
viene a morir en la luz que respiran nuestros pechos.

(De Desiertos de la luz)

Agosto 6, 2009

Italo Calvino: “La decapitación de los jefes”

Archivado en: Italo Calvino — max @ 2:59 pm
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Las páginas que siguen son esbozos de capítulos de un libro que proyecto desde hace tiempo, y que quisiera proponer un nuevo modelo de sociedad, es decir, un sistema político basado en la matanza ritual de toda la clase dirigente a intervalos de tiempo regulares. Todavía no he decidido qué forma tendrá el libro. Cada uno de los capítulos que ahora presento podría ser el comienzo de un libro diferente; la numeración que llevan no implica una sucesión. (Nota del Autor)

El día en que llegué a la capital debía de ser víspera de fiesta. En las plazas se construían palcos, se izaban banderas, bandas, palmas. Se oía martillear por todas partes.

–¿La fiesta nacional? –pregunté al del bar. Señaló la fila de retratos a sus espaldas.

–Nuestros jefes –respondió–. Es la fiesta de los jefes. Pensé que era una proclamación de los nuevos elegidos.

–¿Nuevos? –pregunté.

Entre los martillazos, la prueba de los altavoces, el chirrido de las grúas que levantaban catafalcos, tenía que lanzar frases breves, casi gritando, para hacerme oír.

El hombre del bar hizo un gesto negativo: no se trataba de nuevos jefes, ya estaban desde hacía un tiempo.

Pregunté:

–¿El aniversario de la asunción del mando?

–Algo así –explicó un parroquiano a mi lado–. Periódicamente llega el día de la fiesta y les toca a ellos.

–¿Les toca qué?

–Subir al palco.

–¿Qué palco? He visto muchos, uno en cada cruce de calles.

–A cada uno le toca un palco. Nuestros jefes son muchos.

–¿Y qué hacen? ¿Discursos?

–No, discursos no.

–¿Suben y qué hacen?

–¿Qué quiere que hagan? Esperan un poco, lo que duran los preparativos, después la ceremonia termina en dos minutos.

–¿Y ustedes?

–Miramos.

En el bar había un ir y venir: carpinteros, operarios que descargaban de los camiones objetos para decorar los palcos –hachas, cepos, cestas– y se detenían a beber una cerveza. Yo hacía preguntas a alguien y siempre me contestaba otro.

–En una palabra, ¿es una especie de reelección? ¿Una confirmación de los cargos, de los mandatos, digamos?

–¡No, no –me corrigieron–, no lo ha entendido usted! Es el plazo, ha expirado el plazo.

–¿Y entonces?

–Entonces dejan de ser jefes, de estar arriba: caen.

–¿Y por qué suben a los palcos?

–En los palcos se ve bien cómo cae la cabeza, el salto que da, el tajo limpio, y cómo termina en la cesta.

Yo empezaba a entender, pero no estaba muy seguro.

–¿Quiere decir la cabeza de los jefes? ¿En la cesta?

Hacían un gesto afirmativo.

–Eso mismo. La decapitación. Justamente eso. La decapitación de los jefes.

Yo acababa de llegar, no sabía nada, no había leído nada en los diarios.

–¿Así que mañana, de golpe?

–Al que le toca, le toca –decían–. Esta vez cae en mitad de la semana. Es día de fiesta. Todo cerrado.

Un viejo añadió, sentencioso:

–Cuando está maduro el fruto se recoge, el jefe se decapita. ¿Dejarías pudrir el fruto en el árbol?

Los carpinteros adelantaban su trabajo: en algunos palcos instalaban los armazones de pesadas guillotinas; en otros fijaban sólidamente los cepos para la degollación con hacha, adosados a cómodos reclinatorios (uno de los ayudantes hacía la prueba de apoyar el cuello en el cepo para verificar si estaba a la altura justa); en otros preparaban especies de bancos de carnicero, con canaladuras para que corriera la sangre. En la tarima de los palcos se extendía un hule y ya estaban preparadas las esponjas para limpiar las salpicaduras. Todos trabajaban con brío; se les oía reír, silbar.

–¿Entonces están contentos? ¿Los odiaban? ¿Eran jefes malos?

–No, ¿quién ha dicho eso? –se miraron entre ellos, sorprendidos–. Buenos. En fin, ni mejores ni peores que otros. Ya se sabe cómo son: jefes, dirigentes, comandantes… El que llega a esos puestos…

–Sin embargo –dijo uno de ellos–, a mí éstos me gustaban.

–A mí también. También a mí –hicieron eco otros–. Yo nunca he tenido nada en contra.

–¿Y no les sabe mal que los maten? –dije.

–¿Qué vamos a hacer? El que acepta ser jefe ya sabe cómo termina. ¡No pretenderá morir en su cama!

Los otros rieron.

–¡Sería cómodo! Uno dirige, dirige y después, como si nada, abandona, y vuelve a su casa.

Uno dijo:

–¡Entonces, lo que yo digo, todos querrían ser jefes! ¡También yo estaría dispuesto, aquí me tienen!

–Yo también, yo también –dijeron muchos riendo. –En cambio yo no –dijo alguien con gafas–, así no: ¿qué sentido tendría?

–Es cierto. ¿Qué gusto daría ser jefe de esa manera? –intervinieron varias voces–. Una cosa es hacer ese trabajo sabiendo lo que te espera, y otra es… ¿pero cómo se podría hacer, si no?

El de las gafas, que debía de ser el más culto, explicó:

–La autoridad sobre los demás y el derecho que tienen los demás de hacerte subir al palco y matarte, en un día no muy lejano, son una sola cosa… ¿Qué autoridad tendría un jefe, si no estuviese envuelto en esa espera? ¿Y si no se leyera en sus ojos, los de él, esa espera, durante todo el tiempo de su cargo, segundo por segundo? Las instituciones civiles reposan sobre este doble aspecto de la autoridad; jamás se vio una civilización que adoptara otro sistema.

–Sin embargo –objeté–, yo podría citar casos…

–Digo: verdadera civilización –insistió el de las gafas–, no hablo de los intervalos de barbarie que han durado más o menos en la historia de los pueblos…

El viejo sentencioso, el que antes había hablado de los frutos en las ramas, refunfuñaba algo para sí. Exclamó:

–El jefe manda hasta que lo pillan por el cuello.

–¿Qué quieres decir? –le preguntaron los otros–. ¿Quieres decir que suponiendo que un jefe supere el plazo, pongamos por caso, y no se le corta la cabeza, se quedará allí dirigiendo toda la vida?

–Así eran las cosas –asintió el viejo– en los tiempos en que no estaba claro que quien escoge ser jefe escoge ser decapitado en breve plazo. El que tenía el poder no lo soltaba…

Aquí yo hubiera podido intervenir, citar ejemplos, pero nadie me hacía caso.

–¿Y entonces? ¿Cómo hacían? –le preguntaban al viejo.

–Tenían que decapitar a los jefes a la fuerza, por las malas, contra su propia voluntad. ¡Y no en fechas fijas, sino sólo cuando no podían más! Esto sucedía antes de que las cosas se reglamentaran, antes de que los jefes aceptasen…

–¡Ah, nos gustaría ver que no aceptaran! –dijeron los otros–. ¡Quisiéramos verlo!

–Las cosas no son como decís –intervino el de las gafas–. No es cierto que los jefes estén obligados a sufrir las ejecuciones. Si decimos esto perdemos el sentido verdadero de nuestro reglamento, la verdadera relación que vincula a los jefes con el resto de la población. Sólo los jefes pueden ser decapitados, de modo que no se puede querer ser jefe sin querer al mismo tiempo el tajo del hacha. Sólo quien siente esta vocación puede convertirse en jefe, sólo el que se siente decapitado desde el momento mismo en que asume un puesto de mando.

Poco a poco fueron escaseando los parroquianos del bar, cada uno volvía a su trabajo. Comprendí que el hombre de las gafas sólo me hablaba a mí.

–El poder es eso –continuó–, esta espera. Toda la autoridad de la que alguien goza no es sino el preanuncio de la hoja que silba en el aire y cae con un tajo limpio, todos los aplausos no son sino el comienzo del aplauso final que acoge el rodar de la cabeza sobre el hule del palco.

Se quitó las gafas para limpiarlas con el pañuelo. Comprendí que tenía los ojos llenos de lágrimas. Pagó la cerveza y salió.

El hombre del bar me dijo al oído.

–Es uno de ellos –dijo–. ¿Ve? –Sacó una pila de retratos que guardaba bajo el mostrador–. Mañana tengo que quitar aquéllos y colgar estos otros. –El retrato más alto era el del hombre de las gafas, una mala ampliación de una fotografía de carnet–. Fue elegido para suceder a los que dejan el cargo. Mañana asumirá su puesto. Ahora le toca a él. A mí me parece que hacen mal en decírselo el día antes. ¿Vio en qué tono hablaba? Mañana asistirá a las ejecuciones como si ya fuese la suya. Todos hacen así, los primeros días; se impresionan, se exaltan, les parece Dios sabe qué. La «vocación»: ¡que palabreja sacaba a relucir!

–¿Y después?

–Se resignará, como todos. Tienen tanto que hacer, no lo pensarán más hasta que llegue el día de la fiesta también para ellos. En todo caso: ¿quién puede leer en el corazón de los jefes? Hacen como si no lo pensaran. ¿Otra cerveza?

2

La televisión ha cambiado muchas cosas. Hubo un tiempo en que el poder permanecía distante, figuras lejanas, engalladas en un palco, o retratos con gesto de arrogancia convencional, símbolos de una autoridad difícil de referir a individuos de carne y hueso. Ahora, con la televisión, la presencia física de los hombres políticos es algo cercano y familiar; sus caras, agrandadas en el televisor, visitan cotidianamente las casas de los ciudadanos privados; cualquiera puede, tranquilamente instalado en su sillón, relajado, escrutar el más mínimo movimiento de los rasgos, el batir de los párpados incomodados por la luz de los reflectores, los labios nerviosamente humedecidos entre una palabra y la otra… En las convulsiones de la agonía, especialmente, el rostro, ya muy conocido por haber sido encuadrado muchas veces en ocasiones solemnes o festivas, en posturas oratorias o en desfiles, se expresa cabalmente: en ese momento, más que en ningún otro, es cuando el simple ciudadano siente suyo al gobernante, algo que le pertenece para siempre. Pero ya desde antes, durante todos los meses anteriores, cada vez que lo veía aparecer en la pantalla pequeña con ocasión del cumplimiento de alguna de sus obligaciones –por ejemplo inaugurando unas excavaciones arqueológicas, colgando medallas en el pecho de quienes las merecen, o bajando las escalerillas de un avión y agitando la mano abierta– ya estudiaba en ese rostro las posibles contracciones de dolor, trataba de imaginar los espasmos que precederían el rigor mortis, de distinguir en la pronunciación de los discursos y de los brindis los acentos que caracterizarían el estertor final. En esto consiste justamente el ascendiente del hombre público sobre la multitud: es el hombre que tendrá una muerte pública, el hombre a cuya muerte estamos seguros de asistir, todos juntos, y por eso le rodea en vida nuestro interés ansioso, anticipatorio. Ahora no conseguimos imaginar cómo era antes, en tiempos en que los hombres públicos morían escondidos; hoy nos reímos al escuchar que algunas de las reglamentaciones de entonces definían la democracia; para nosotros la democracia sólo empieza el día en que se tiene la seguridad de que en la fecha establecida las telecámaras encuadrarán la agonía de nuestra clase dirigente en su totalidad, y al final del mismo programa (pero muchos de los espectadores apagan en ese momento) la instalación del nuevo personal que permanecerá en el cargo (y en vida) por un período equivalente. Sabemos que también en otras épocas el mecanismo del poder se basaba en matanzas, en hecatombes, unas veces lentas otras súbitas, pero los sacrificados eran, salvo raras excepciones, personas oscuras, subalternas, difícilmente identificables; las masacres se hacían a menudo en silencio, eran ignoradas oficialmente o justificadas con motivos especiosos. Sólo esta conquista, hoy definitiva, la unificación de los papeles del verdugo y de la víctima en una rotación continua, ha permitido extinguir en los ánimos todo resto de odio y de piedad. El primer plano de las mandíbulas que se estiran, se abren, la carótida que se debate en el cuello echado hacia atrás, la mano que sube contraída y rasga el pecho donde centellean las condecoraciones, son contemplados por millones de espectadores con sereno recogimiento, como quien observa los movimientos de los cuerpos celestes en su cíclica repetición, espectáculo que cuanto más extraño tanto más tranquilizador nos parece.

3

–¿Pero no querréis matarnos ahora mismo?

Esta frase, pronunciada por Virguili Ossipovich con un leve temblor que contrastaba con el tono casi protocolar, aunque cargado de ásperos acentos polémicos, en que se había desarrollado la discusión hasta ese momento, rompió la tensión de la asamblea del movimiento Volia i Raviopravie. Virguili era el miembro más joven del Comité directivo; un vello fino le sombreaba el labio prominente; guedejas rubias llovían sobre sus alargados ojos grises; aquellas manos de nudillos enrojecidos cuyas muñecas asomaban siempre de las mangas de camisa demasiado cortas, no habían temblado al activar la bomba debajo del carruaje del Zar.

Los militantes de base ocupaban todos los lugares en torno al recinto bajo y humoso del subsuelo, los más, sentados en bancos y escaños, algunos acuclillados en el suelo, otros de pie, de brazos cruzados, apoyados en las paredes. El Comité directivo estaba sentado en el centro, ocho muchachos encorvados en torno a la mesa cubierta de papeles, como un grupo de compañeros de curso dedicados al esfuerzo final antes de los exámenes de verano. A las interrupciones de los militantes que llovían de todas partes, respondían sin levantarse y sin alzar la cabeza. Por momentos una ola de protesta o de aprobación se levantaba de la asamblea y –como muchos se ponían de pie y se adelantaban– parecía converger desde las paredes hacia la mesa para sumergir las espaldas del Comité directivo.

Libori Serapionovich, el hirsuto secretario, ya había pronunciado varias veces la máxima lapidaria a la que recurría a menudo para calmar las divergencias irreductibles: «Allí donde el compañero se separa del compañero, el enemigo se une al enemigo», y la asamblea replicaba rítmicamente a coro: «La cabeza que esté a la cabeza después de la victoria, victoriosa y con honra al día siguiente caerá», advertencia ritual que los militantes del Volia i Raviopravie no dejaban de hacer a sus dirigentes cada vez que les hablaban, y que los dirigentes mismos intercambiaban entre si como expresión de saludo.

El movimiento luchaba por instaurar, sobre las ruinas de la autocracia y de la Duma, una sociedad igualitaria en la que el poder estuviera regulado por la matanza periódica de los jefes electivos. La disciplina del movimiento, tanto más necesaria cuanto más dura la represión de la policía imperial, requería que todos los militantes estuviesen obligados a seguir sin discusión las decisiones del directivo; al mismo tiempo la teoría recordaba en todos sus textos que toda función de mando sólo era admisible si quien la ejercía renunciaba a gozar de los privilegios del poder, y si virtualmente no se le podía considerar ya entre el número de los vivos.

Los jóvenes jefes del movimiento no pensaban nunca en la suerte que les reservaba un futuro todavía utópico: por el momento la represión zarista era la que facilitaba una renovación desdichadamente cada vez más rápida de los cuadros; el peligro de los arrestos y de la horca era demasiado real y cotidiano como para que las conjeturas de la teoría cobraran forma en la fantasía de cada uno. Un gesto juvenilmente irónico, despectivo, servía para cancelar de la conciencia el aspecto más destacado de la doctrina. Los militantes de base sabían todo esto, y así como compartían con los miembros del directivo riesgos y molestias, también comprendían su espíritu; no obstante custodiaban el sentido oscuro de su destino de justicieros, que había de ejercerse no sólo sobre los poderes constituidos sino también sobre los futuros, e incapaces de expresarlo de otra manera, ostentaban en las asambleas una actitud proterva que aunque se limitaba a un comportamiento formal, no dejaba de cernirse sobre los jefes como una amenaza.

–Mientras el enemigo que tenemos delante sea el Zar –había dicho Virguili Ossipovich– necio sería quien buscara al Zar en el compañero, –afirmación tal vez inoportuna y sin duda mal recibida por la ruidosa asamblea.

Virguili sintió que una mano estrechaba la suya; sentada en el suelo a sus pies estaba Evguenia Ephraimovna, las rodillas juntas bajo la falda plegada, los cabellos sujetos en la nuca y colgando a los lados del rostro como las curvas de una madeja leonada. Una mano de Evguenia había subido por las botas de Virguili hasta encontrar la mano del joven cerrada en un puño, había rozado el dorso en una caricia consoladora y después le había clavado las uñas agudas arañándolo lentamente hasta hacerle sangrar. Virguili comprendió que lo que se movía ese día en la asamblea era una determinación obstinada y precisa, algo que les incumbía directamente a ellos, los dirigentes, y que se revelaría poco después.

–Ninguno de nosotros olvida nunca, compañeros –intervino para calmar los ánimos Ignati Apollonovich, el más viejo del comité que pasaba por el espíritu más conciliador– lo que no se debe olvidar… de todos modos, es justo que vosotros nos lo recordéis de vez en cuando… aunque –añadió, riendo para sí– ya piensan bastante en recordárnoslo el conde Galitzin y los cascos de sus caballos… –Aludía al comandante de la guardia imperial que con una carga de caballería había desbaratado poco antes una manifestación de protesta en el puente del Picadero.

Una voz, quién sabe de dónde, lo interrumpió:

–¡Idealista!

E Ignati Apollonovich perdió el hilo.

–¿Y por qué? –preguntó, desconcertado.

–¿Crees que basta custodiar en la memoria las palabras de nuestra doctrina? –dijo, desde otro lugar de la sala, un larguirucho que se había hecho notar entre los más agitados de la última leva–. ¿Sabes por qué nuestra doctrina no puede confundirse con las de todos los otros movimientos?

–Claro que lo sabemos. ¡Porque es la única doctrina que cuando haya conquistado el poder no podrá ser corrompida por el poder! –rezongó inclinada sobre los papeles, la cabeza rapada de Femia, a quien llamaban «el ideólogo».

–¿Y por qué esperar a ponerla en práctica –insistió el larguirucho– el día en que hayamos conquistado el poder, palomitas mías?

–¡Ahora! ¡Aquí! –se oyó gritar desde distintos lugares.

Las hermanas Marianze, llamadas «las tres Marías», se abrieron paso entre los escaños diciendo con voces cantarinas: «!Pardon! iPardon!» y enzarzándose con sus largas trenzas. Llevaban en los brazos manteles doblados y apartaban a los muchachos empujándolos, como si estuvieran preparando las mesas para tomar un refresco en la veranda de su casa de Ismáilovo.

–¡La diferencia con nuestra doctrina –el larguirucho continuaba su prédica– es que sólo puede escribirse con el tajo de una hoja afilada sobre la persona física de nuestros amados dirigentes!

Hubo un movimiento de escaños volcados porque muchos de los presentes se habían levantado y se adelantaban. Las que daban más empujones y alzaban la voz eran las mujeres:

–¡Sentaos, hermanitos míos! ¡Queremos ver! ¡Qué prepotencia, madre santa! ¡Desde aquí no se ve absolutamente nada! –y asomaban entre las espaldas de los varones sus caras de maestritas a quienes el pelo corto bajo la gorra de visera quería dar un aire resuelto.

Una sola cosa podía hacer vacilar el coraje de Virguili: cualquier signo de hostilidad del lado femenino. Se había levantado, chupándose la sangre de los arañazos de Evguenia en el dorso de la mano, y apenas se le había escapado aquella frase:

–¿Pero no querréis matarnos ahora mismo? –cuando se abrió la puerta y entró la comitiva con delantales blancos empujando los carritos cargados de brillantes instrumentos quirúrgicos. A partir de ese momento algo cambió en la actitud de la asamblea. Empezaron a llover tandas de frases:

–Pero no… ¿quién habló de mataros?… a vosotros, nuestros dirigentes… con el afecto que os tenemos y todo lo demás… ¿qué haremos sin vosotros?… queda todavía un largo camino… siempre estaremos cerca de vosotros… –y el larguirucho, las muchachas, todos lo que antes parecían constituir la oposición, no sabían cómo alentar a los jefes, en tono tranquilizador, casi protector.

–Es sólo una cosita de nada, de gran significado pero en sí nada grave, oy oy oy, un poco dolorosa, seguramente, pero es para que se os pueda reconocer como verdaderos jefes, nuestros jefes queridos, una mutilación, sólo eso, una vez hecha ya está, una pequeña mutilación de vez en cuando, no os enfadaréis con nosotros por tan poco, esto es lo que distingue a los jefes de nuestro movimiento, ¿qué otra cosa, si no?

Los miembros del directivo habían sido inmovilizados por decenas de brazos robustos. En la mesa se disponían las gasas, las cubetas con el algodón, los cuchillos dentados. El olor del éter impregnaba el ambiente. Las muchachas rápidas, diligentes, lo disponían todo como si cada una de ellas se hubiera estado preparando desde hacía tiempo para esta tarea.

–Ahora el doctor os explicará todo con detalle. ¡Anda, Tolia!

Anatol Spiridionovich, oyente de medicina, se adelantó, las manos con guantes de goma roja apoyadas en el estómago ya obeso. Era un extraño tipo este Tolia, que tal vez para disimular su timidez se defendía con una cómica mueca infantil y una sarta de chistes sin gracia.

–La mano… Eh, la manita… la mano es un órgano prensil… eh, eh… muy útil… por eso tenemos dos… y los dedos generalmente son diez… cada dedo se compone de tres segmentos óseos llamados falanges… por lo menos en nuestro país les llaman así… falange falangina falangeta…

–¡Basta! ¡Nos tienes hartos! ¡No vas a explicarnos ahora la lección! –gritaba la asamblea. (Este Tolia en el fondo no le caía simpático a nadie)–. ¡A los hechos! ¡Hala! ¡Empecemos!

Primero trajeron a Virguili. Cuando entendió que sólo le amputarían la primera falange del anular recobró el coraje y soportó el dolor con una fuerza digna de él. En cambio otros gritaron: hubo que sujetarlos entre varios; afortunadamente en cierto momento casi todos se desmayaban. Las amputaciones se practicaban en dedos distintos según la persona, pero en general no más de dos falanges para los dirigentes más importantes (las otras se cortarían después, poco a poco; era preciso prever que estas ceremonias se repetirían muchas veces en años sucesivos). La sangre perdida era más de la prevista; las muchachas, atentas, la enjugaban.

Los dedos amputados, en fila sobre el mantel, parecían pececitos degollados por el anzuelo y tendidos en la orilla. En seguida se encogían y ennegrecían, y después de una breve discusión sobre la oportunidad de conservarlos en un estuche, los arrojaban a la basura.

El sistema de la poda de los jefes tuvo éxito. Con un daño físico relativamente modesto se obtenían notables resultados morales. El ascendiente de los jefes aumentaba con las mutilaciones periódicas. Cuando una mano de dedos mochados se alzaba sobre las barricadas, los manifestantes formaban una barrera y los ulanos a caballo no lograban dispersar a la multitud vociferante que los sumergía. Los cantos, los batacazos, los relinchos, los gritos: «¡Volia i Raviopravie!», «¡Muerte al Zar!», «¡Victoriosa y honrada, mañana caerá!» corrían por el aire helado, sobrevolaban las orillas del Neva, llegaban a la fortaleza de Pedro y Pablo, se escuchaban incluso en las celdas más profundas donde los compañeros presos marcaban el ritmo con sus cadenas y pasaban los muñones entre las rejas.

4

Los jóvenes dirigentes, cada vez que adelantaban la mano para firmar un documento o para subrayar con un gesto seco una frase de un informe, encontraban ante sus ojos los dedos mochados y esto tenía una eficacia mnemónica inmediata, estableciendo una asociación de ideas entre el órgano de mando y el tiempo que se acortaba. Era sobre todo un sistema práctico: las amputaciones podían ser ejecutadas por simples estudiantes y enfermeros, en Salas operatorias improvisadas, con un instrumental precario; si la policía, siempre tras ellos, los descubría y arrestaba, las penas previstas para una simple mutilación eran ligeras o en todo caso no comparables a las que hubieran sufrido de haber seguido al pie de la letra lo prescrito por la teoría. Eran todavía tiempos en que ni las autoridades ni la opinión pública habían comprendido la muerte pura y simple de los jefes; los ejecutores habrían sido condenados como asesinos, se buscaría el móvil en alguna rivalidad o venganza.

En cada organización local y en cada instancia del movimiento, un grupo de militantes, diferente del grupo dirigente, y cuyos miembros cambiaban constantemente, se encargaba de las amputaciones; establecía los plazos, las partes del cuerpo, la compra de los desinfectantes y, con el consejo de algunos expertos, hacía personalmente uso de los instrumentos. Era una especie de comité de prohombres que no influía en las decisiones políticas, rígidamente centralizadas en el directivo.

Cuando empezaron a escasear los dedos de los jefes, se estudió el modo de introducir alguna variante anatómica. Lo primero que atrajo la atención fue la lengua: no sólo se prestaba a la ablación sucesiva de tajaditas o fibrillas, sino que como valor simbólico y mnemónico era de lo más indicado: cada pequeño corte incidía directamente en la fonación y en las virtudes oratorias. Pero las dificultades técnicas inherentes a la delicadeza del órgano fueron superiores a lo previsto. Después de una primera serie de intervenciones, las lenguas se dejaron de lado, y hubo un repliegue a mutilaciones más vistosas pero menos comprometidas: orejas, narices, algunos dientes. (En cuanto a la ablación de los testículos, aunque sin excluirlo del todo, casi siempre se evitó, porque se prestaba a alusiones sexuales.)

El camino es largo. La hora de la revolución aún no ha sonado. Los dirigentes del movimiento siguen sometiéndose al bisturí. ¿Cuándo llegarán al poder? Por tarde que sea, serán los primeros jefes que no defrauden las esperanzas puestas en ellos. Ya los vemos desfilar por las calles embanderadas el día de la entronización: arrancando con la pierna de madera quien tenga todavía una pierna entera; o empujando la silla de ruedas con un brazo quien tenga todavía un brazo para empujarla, las caras ocultas por máscaras emplumadas para esconder las escarnaduras más repugnantes a la vista, algunos ostentando el propio escalpo como un trofeo. En ese momento estará claro que sólo en ese mínimo de carne que les queda podrá encarnarse el poder, si es que para entonces el poder todavía existe.

Traducción de Aurora Bernárdez

Julio 6, 2009

María Toledano: “Territorio, soberanía y democracia”

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Incluso los durmientes son obreros y cooperantes de cuanto sucede en el mundo

Heráclito, frag. XLI

Esta visto que hacen lo que quieren con nosotros. Pese a nuestra individualidad, tan alabada por los poderes, medios de comunicación y empresas, funcionamos como un rebaño -banco de peces en el océano- cuando los asuntos mayores están en juego, cuando nos asustan. La democracia moderna, una conquista republicana del ciudadano burgués frente al súbdito, se ha convertido, con el paso de los años y la sofisticación de la propaganda, en un instrumento de combate, el más importante, del poder político y empresarial. Negar la democracia de mercado, la llamada “democracia de superficie” (Badiou, l’Hypothèse communiste , 2009 ), debería ser una de las principales tareas teóricas y prácticas de la izquierda anticapitalista. Pero negar la democracia de partidos, negar la democracia representativa y el principio de que la soberanía reside en el cuerpo electoral, conlleva infinidad de problemas. Nos enfrentamos ante un dogma, una idea sagrada, consagrada, que ha adquirido categoría de mito.

La democracia de mercado o “democracia de superficie” tiene sus propias y sutiles reglas de juego. Una normativa oscura, llena de requiebros, que escapa al control directo de los ciudadanos. Los poderes públicos formulan el modelo de desarrollo económico y la Constitución legitima, con su manto sagrado de valores, el esquema del poder. El ciudadano asiste al espectáculo (en general con indiferencia) y confirma con su recurrente voto (con independencia de la fuerza política de su preferencia) el sistema existente. La legitimación es automática y permanente puesto que el recuento, salvo una abstención masiva (imposible de concebir en el estadio actual de la evolución política y cultural de la ciudadanía), siempre contemplará, en el caso español, la victoria de uno de los dos partidos mayoritarios. Este modelo, nacido de la inmolación de las Cortes franquistas y confirmado por la Ley electoral, está concebido para que el juego de mayorías y minorías (inherente a la democracia, según la fórmula anglosajona) parta de la victoria del cualquiera de las dos fuerzas hegemónicas, según sea la corriente dominante, partidos de ámbito nacional que, además, tienen que buscar acuerdos y refugios con los partidos nacionalistas, agrupaciones políticas, en general, hijas de la burguesía de negocio local. Un esquema de apariencia perfecta, para la perpetuación de la democracia de mercado, que ha funcionado, con sus dudas y miserias, más de treinta años. Este diseño político, complicado con la nueva financiación que se pretende imponer, está resultando un caos y un atentado al principio de igualdad, desde el instante mismo en que el desarrollo del poder autonómico y local produce una manifiesta desigualdad jurídica y real (de hecho y derecho) entre los habitantes del mismo país. Y de nuevo, casi sin darnos cuenta, caemos de bruces ante otro dogma inviolable: el modelo territorial del estado.

En primer lugar, a modo de nota suelta, deberíamos reflexionar sobre la antigua (y revolucionaria) idea de que la soberanía reside en el pueblo, organizado como cuerpo electoral. ¿Hace cuánto tiempo que el pueblo, en la democracia de mercado, ha dejado de ser soberano? ¿Es acaso posible verificar el estado de salud democrática del cuerpo electoral? O dicho más claramente, ¿es posible hoy, con la intromisión de los medios de comunicación en la esfera privada (y la conciencia) de los individuos, afirmar que cada vez que se vota se hace asumiendo la crucial responsabilidad que el ejercicio de este derecho conlleva? ¿Es lícito, aunque sea desde un punto de vista formal y a modo de ejemplo, cuestionar el sufragio universal frente a la manipulación que vivimos en la sociedad de la información? ¿Somos los ciudadanos libres y conscientes a la hora de emitir nuestro voto o estamos condicionados igual que lo estamos ante el escaparate cotidiano del consumo? Cuestión interesante y compleja.

En segundo lugar, y con la idea de dejar unas pinceladas para una posterior reflexión, deberíamos abordar el mito consagrado en el Título VIII de la Constitución del 1978: el modelo territorial del estado. ¿Es posible que la ley electoral siga favoreciendo a los partidos políticos que se presentan en una sola CC.AA. frente a formaciones de ámbito nacional? ¿Es justo (y democrático) que las burguesías nacionalistas obtengan del estado más beneficios fiscales, exenciones, competencias y, en definitiva, mayor cuota de poder político y económico para sus territorios por el mero hecho de disponer de formaciones políticas que apoyan al partido mayoritario en el gobierno nacional cuando éste no cuenta con una mayoría suficiente para llevar a cabo su proyecto legislativo? ¿Está la nación sometida, como dice el sector más reaccionario de la derecha, al chantaje del nacionalismo burgués? Cuestión interesante y compleja. La izquierda histórica, Rosa Luxemburgo y Lenin, entre otros, ya abordaron estos problemas.

Estas dos cuestiones deberían, por si solas, suscitar un interesante debate en el seno de la izquierda anticapitalista, e incluso, en el seno de una organización como IU, en el caso de que esta formación minoritaria pretenda y desee erigirse como alternativa económica, moral e intelectual. No es fácil ponerle el cascabel a un gato rabioso que defiende su territorio de caza. No es fácil desmontar el esquema impuesto por el mercado (y sus representantes políticos) a través de fórmulas de apariencia democrática. Cuestionar la democracia de mercado, la democracia de superficie, y sus mitos fundamentales es, en el peculiar caso español, un camino razonable para alcanzar otros modelos de sociedad.

Junio 4, 2009

Julio Cortázar: “A mi tocayo De Caro” (Fragmento)

Archivado en: Julio Cortázar — max @ 12:00 am
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Llegaré a Estambul a las ocho y media de la noche. El concierto de Nathan Milstein comienza a las nueve, pero no será necesario que asista a la primera parte; entraré al final del intervalo, después de darme un baño y comer un bocado en el Hilton. Para ir matando el tiempo me divierte recordar todo lo que hay detrás de este viaje, detrás de todos los viajes de los dos últimos años. No es la primera vez que pongo por escrito estos recuerdos, pero siempre tengo buen cuidado de romper los papeles al llegar a destino. Me complace releer una y otra vez mi maravillosa historia, aunque luego prefiera borrar sus huellas. Hoy el viaje me parece interminable, las revistas son aburridas, la hostess tiene cara de tonta, no se puede siquiera invitar a otro pasajero a jugar a las cartas. Escribamos, entonces, para aislarnos del rugido de las turbinas. Ahora que lo pienso, también me aburría mucho la noche en que se me ocurrió entrar al concierto de Ruggiero Ricci. Yo, que no puedo aguantar a Paganini. Pero me aburría tanto que entré y me senté en una localidad barata que sobraba por milagro, ya que la gente adora a Paganini y además hay que escuchar a Ricci cuando toca los Caprichos. Era un concierto excelente y me asombró la técnica de Ricci, su manera inconcebible de transformar el violín en una especie de pájaro de fuego, de cohete sideral, de kermesse enloquecida. Me acuerdo muy bien del momento: la gente se había quedado como paralizada con el remate esplendoroso de uno de los caprichos, y Ricci, casi sin solución de continuidad, atacaba el siguiente. Entonces yo pensé en mi tía, por una de esas absurdas distracciones que nos atacan en lo más hondo de la atención, y en ese mismo instante saltó la segunda cuerda del violín. Cosa muy desagradable, porque Ricci tuvo que saludar, salir del escenario y regresar con cara de pocos amigos, mientras en el público se perdía esa tensión que todo intérprete conjura y aprovecha. El pianista atacó su parte, y Ricci volvió a tocar el capricho. Pero a mí me había quedado una sensación confusa y obstinada a la vez, una especie de problema no resuelto, de elementos disociados que buscaban concatenarse. Distraído, incapaz de volver a entrar en la música, analicé lo sucedido hasta el momento en que había empezado a desasosegarme, y concluí que la culpa parecía ser de mi tía, de que yo hubiera pensado en mi tía en mitad de un capricho de Paganini. En ese mismo instante se cayó la tapa del piano, con un estruendo que provocó el horror de la sala y la total dislocación del concierto. Salí a la calle muy perturbado y me fui a tomar un café, pensando que no tenía suerte cuando se me ocurría divertirme un poco.
Debo ser muy ingenuo, pero ahora sé que hasta la ingenuidad puede tener su recompensa. Consultando las carteleras averigüé que Ruggiero Ricci continuaba su tournée en Lyon. Haciendo un sacrificio me instalé en la segunda clase de un tren que olía a moho, no sin dar parte de enfermo en el instituto médico-legal donde trabajaba. En Lyon compré la localidad más barata del teatro, después de comer un mal bocado en la estación, y por las dudas, por Ricci sobre todo, no entré hasta último momento, es decir hasta Paganini. Mis intenciones eran puramente científicas (¿pero es la verdad, no estaba ya trazado el plan en alguna parte?) y como no quería perjudicar al artista, esperé una breve pausa entre dos caprichos pera pensar en mi tía. Casi sin creerlo vi que Ricci examinaba atentamente el arco del violín, se inclinaba con un ademán de excusa, y salía del escenario. Abandoné inmediatamente la sala, temeroso de que me resultara imposible dejar de acordarme otra vez de mi tía. Desde el hotel, esa misma noche, escribí el primero de los mensajes anónimos que algunos concertistas famosos dieron en llamar las cartas negras. Por supuesto Ricci no me contestó, pero mi carta preveía no sólo la carcajada burlona del destinatario sino su propio final en el cesto de los papeles. En el concierto siguiente -era en Grenoble- calculé exactamente el momento de entrar en la sala, y a mitad del segundo movimiento de una sonata de Schumann pensé en mi tía. Las luces de la sala se apagaron, hubo una confusión considerable y Ricci, un poco pálido, debió acordarse de cierto pasaje de mi carta antes de volver a tocar; no sé si la sonata valía la pena, porque yo iba ya camino del hotel.
Su secretario me recibió dos días después, y como no desprecio a nadie acepté una pequeña demostración en privado, no sin dejar en claro que las condiciones especiales de la prueba podían influir en el resultado. Como Ricci se negaba a verme, cosa que no dejé de agradecerle, se convino en que permanecería en su habitación del hotel, y que yo me instalaría en la antecámara, junto al secretario. Disimulando la ansiedad de todo novicio, me senté en un sofá y escuché un rato. Después toqué el hombro del secretario y pensé en mi tía. En la estancia contigua se oyó una maldición en excelente norteamericano, y tuve el tiempo preciso de salir por una puerta antes de que una tromba humana entrara por la otra armada de un Stradivarius del que colgaba una cuerda.
Quedamos en que serían mil dólares mensuales, que se depositarían en una discreta cuenta de banco que tenía la intención de abrir con el producto de la primera entrega. El secretario, que me llevó el dinero al hotel, no disimuló que haría todo lo posible por contrarrestar lo que calificó de odiosa maquinación. Opté por el silencio y por guardarme el dinero, y esperé la segunda entrega. Cuando pasaron dos meses sin que el banco me notificara del depósito, tomé el avión para Casablanca a pesar de que el viaje me costaba gran parte de la primera entrega. Creo que esa noche mi triunfo quedó definitivamente certificado, porque mi carta al secretario contenía las precisiones suficientes y nadie es tan tonto en este mundo. Pude volver a París y dedicarme concienzudamente a Isaac Stern, que iniciaba su tournée francesa. Al mes siguiente fui a Londres y tuve una entrevista con el empresario de Nathan Milstein y otra con el secretario de Arthur Grumiaux. El dinero me permitía perfeccionar mi técnica, y los aviones, esos violines del espacio, me hacían ahorrar mucho tiempo; en menos de seis meses se sumaron a mi lista Zino Francescatti, Yehudi Menuhin, Ricardo Odnoposoff, Christian Ferras, Ivry Gitlis y Jascha Heifetz. Fracasé parcialmente con Leonid Kogan y con los dos Oistrakh, pues me demostraron que sólo estaban en condiciones de pagar en rublos, pero por la dudas quedamos en que me depositarían las cuotas en Moscú y me enviarían los debidos comprobantes. No pierdo la esperanza, si los negocios me lo permiten, de afincarme por un tiempo en la Unión Soviética y apreciar las bellezas de su música.
Como es natural, teniendo en cuenta que el número de violinistas famosos es muy limitado, hice algunos experimentos colaterales. El violoncelo respondió de inmediato al recuerdo de mi tía, pero el piano, el arpa y la guitarra se mostraron indiferentes. Tuve que dedicarme exclusivamente a los arcos, y empecé mi nuevo sector de clientes con Gregor Piatigorsky, Gaspar Cassadó y Pierre Michelin. Después de ajustar mi trato con Pierre Fournier, hice un viaje de descanso al festival de Prades donde tuve una conversación muy poco agradable con Pablo Casals. Siempre he respetado la vejez, pero me pareció penoso que el venerable maestro catalán insistiera en una rebaja del veinte por ciento o, en el peor de los casos, del quince. Le acordé un diez por ciento a cambio de su palabra de honor de que no mencionaría la rebaja a ningún colega, pero fui mal recompensado porque el maestro empezó por no dar conciertos durante seis meses, y como era previsible no pagó ni un centavo. Tuve que tomar otro avión, ir a otro festival. El maestro pagó. Esas cosas me disgustaban mucho.
En realidad yo debería consagrarme ya al descanso puesto que mi cuenta de banco crece a razón de 17.900 dólares mensuales, pero la mala fe de mis clientes es infinita. Tan pronto se han alejado a más de dos mil kilómetros de París, donde saben que tengo mi centro de operaciones, dejan de enviarme la suma convenida. Para gentes que ganan tanto dinero hay que convenir en que es vergonzoso, pero nunca he perdido tiempo en recriminaciones de orden moral. Los Boeing se han hecho para otra cosa, y tengo buen cuidado de refrescar personalmente la memoria de los refractarios. Estoy seguro de que Heifetz, por ejemplo, ha de tener muy presente cierta noche en el teatro de Tel Aviv, y que Francescatti no se consuela del final de su último concierto en Buenos Aires. Por su parte, sé que hacen todo lo posible por liberarse de sus obligaciones, y nunca me he reído tanto como al enterarme del consejo de guerra que celebraron el año pasado en Los Ángeles, so pretexto de la descabellada invitación de una heredera californiana atacada de melomanía megalómana. Los resultados fueron irrisorios pero inmediatos: la policía me interrogó en París sin mayor convicción. Reconocí mi calidad de aficionado, mi predilección por los instrumentos de arco, y la admiración hacia los grandes virtuosos que me mueve a recorrer el mundo para asistir a sus conciertos. Acabaron por dejarme tranquilo, aconsejándome en bien de mi salud que cambiara de diversiones; prometí hacerlo, y días después envié una nueva carta a mis clientes felicitándolos por su astucia y aconsejándoles el pago puntual de sus obligaciones. Ya por ese entonces había comprado una casa de campo en Andorra, y cuando un agente desconocido hizo volar mi departamento de París con una carga de plástico, lo celebré asistiendo a un brillante concierto de Isaac Stern en Bruselas -malogrado ligeramente hacia el final- y enviándole unas pocas líneas a la mañana siguiente. Como era previsible, Stern hizo circular mi carta entre el resto de la clientela, y me es grato reconocer que en el curso del último año casi todos ellos han cumplido como caballeros, incluso en lo que se refiere a la indemnización que exigí por daños de guerra.

A pesar de las molestias que me ocasionan los recalcitrantes, debo admitir que soy feliz; incluso su rebeldía ocasional me permite ir conociendo el mundo, y siempre le estaré agradecido a Menuhin por un atardecer maravilloso en la bahía de Sydney. Creo que hasta mis fracasos me han ayudado a ser dichoso, pues si hubiera podido sumar entre mis clientes a los pianistas, que son legión, ya no habría tenido un minuto de descanso. Pero he dicho que fracasé con ellos y también con los directores de orquesta. Hace unas semanas, en mi finca de Andorra, me entretuve en hacer una serie de experimentos con el recuerdo de mi tía, y confirmé que su poder sólo se ejerce en aquellas cosas que guardan alguna analogía -por absurda que parezca- con los violines. Si pienso en mi tía mientras estoy mirando volar a una golondrina, es fatal que ésta gire en redondo, pierda por un instante el rumbo, y lo recobre después de un esfuerzo. También pensé en mi tía mientras un artista trazaba rápidamente un croquis en la plaza del pueblo, con líricos vaivenes de la mano. La carbonilla se le hizo polvo entre los dedos, y me costó disimular la risa ante su cara estupefacta. Pero más allá de esas secretas afinidades… En fin, es así. Y nada que hacer con los pianos.
Ventajas del narcisismo: acaban de anunciar que llegaremos dentro de un cuarto de hora, y al final resulta que lo he pasado muy bien escribiendo estas páginas que destruiré como siempre antes del aterrizaje. Lamento tener que mostrarme tan severo con Milstein, que es un artista admirable, pero esta vez se requiere un escarmiento que siembre el espanto entre la clientela. Siempre sospeché que Milstein me creía un estafador, y que mi poder no era para él otra cosa que el efímero resultado de la sugestión. Me consta que ha tratado de convencer a Grumiaux y a otros de que se rebelen abiertamente. En el fondo proceden como niños, y hay que tratarlos de la misma manera, pero esta vez la corrección será ejemplar. Estoy dispuesto a estropearle el concierto a Milstein desde el comienzo; los otros se enterarán con la mezcla de alegría y de horror propia de su gremio, y pondrán el violín en remojo por así decirlo. Ya estamos llegando, el avión inicia su descenso. Desde la cabina de comando debe ser impresionante ver cómo la tierra parece enderezarse amenazadoramente Me imagino que a pesar de su experiencia, el piloto debe estar un poco crispado, con las manos aferradas al timón. Sí, era un sombrero rosa con volados, a mi tía le quedaba tan…///

Mayo 26, 2009

María Toledano: “Brotes de memoria roja”

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“El olvido está en los recuerdos. Advierto que mi aprendizaje de vejez no es otra cosa que la forma que adoptan ahora en mí el pasado y sus sombras.”

Antonio Gamoneda, Un armario lleno de sombra (2009)

Recordar es vivir de nuevo, vivir -la mayoría de las veces- con dolor o resentimiento. Saco fuerzas de la inevitable flaqueza que me acompaña -demasiados años caminando, demasiados familiares y amigos muertos a la espalda- y revuelvo cajones a la búsqueda de fotografías y papeles: un instante (dulce) para la melancolía. Las descoloridas imágenes, con sus arrugas, el papel también se marchita, conforman un pasado que ya no nos pertenece, aunque las vivencias fueran nuestras; un tiempo pretérito que ha quedado asumido, fagocitado, por la historia oficial y sus amanuenses con terno gris. Los historiadores profesionales (y los otros, incluso algunos atrevidos jóvenes novelistas) se empeñan en contarnos cómo fue aquello que pasó cuando éramos capitanes (Teresa Pamies dixit) o cuando éramos protagonistas indirectos (los primeros actores guardan todavía sus secretos de alcoba o los vendieron a cambio de prebendas). Leo libros que transmiten, de cara a las futuras generaciones, impresiones equivocadas o malintencionadas: la historia oficial. Aparecen, casi a la vez, dos libros del fotógrafo Agustí Centelles. Un diario, apuntes del natural, notas sobre vida cotidiana y emocionados alegatos, y un álbum de fotografías tomadas en el campo de concentración francés de Bram. Centelles quiso dejar constancia de las vicisitudes con palabras e imágenes: la combinación mágica de la era moderna. Las democracias europeas, traicionando sus valores y principios rectores (si los tenían, si los tienen), dieron la espalda a la joven República española (cerraron las fronteras, impidieron la llegada de ayuda civil y militar) sin que la Historia se haya detenido mucho en este instante. Han pasado décadas y la vida está, si acaso está viva, en otra parte. Abro y cierro cajones. Encuentro papeles. Tomo un párrafo largo.

“La memoria configura, junto a la sangre y los recuerdos, nuestra leyenda e identidad, la conciencia colectiva, los mitos y símbolos, lo que somos y jamás seremos; pegada a la sombra proyectada y a las huellas del pasado, camina a fogonazos, incertidumbres, destellos, igual que circulan las estrellas fugaces por la bóveda celeste; la memoria va y viene, recuerda cuando le conviene y se olvida de las obligaciones contraídas con el tiempo, de su existencia; se erige en dueña de las fronteras, las imaginarias y las reales, vigiladas por soldados, se pierde en las novedades, en los presentes azarosos y discontinuos, en los flujos y reflujos del rencor, en la constitución material del ser y de las cosas y sus relaciones; baúl de la miseria singular y colectiva y de los acontecimientos de otras vidas, maldita memoria, recuerda el daño y poco olvida y atesora en su jardín, polvoriento jardín, malas hierbas, insectos, margaritas y tréboles de cuatro hojas, cuando había, cosas de niños; atesora también el espasmo del dolor y la pesadumbre del dolor, la espera; la memoria va y viene y en su devenir cruzado, cambiante y torrencial, agitado por el fuego del tiempo que se recrea, perseguido por la fiebre, dispone las secuencias vividas, sentidas, en alacenas, en los estrechos nichos, cemento y arena, de los cementerios civiles, osarios de evocaciones y flores marchitas, más baratos -el Santo Entierro, se pagaban cuotas trimestrales para asegurarse el entierro- que los ilustres panteones -memoria impresa en el mármol, letras de molde-, memoria viajera, perdida en un anden, memoria aprisionada, recuperada en las miradas blancas, cataratas de espanto, de un viejo, en los sabañones y heridas abiertas de una vieja, en las tímidas lágrimas de una niña, en los pliegues y miedos de un hombre sin porvenir, enfermo, alcohólico, sifilítico, tuberculoso, castigado por su condición de hombre, en las miradas ausentes de los amigos perdidos, muertos: el recuerdo; ahora apenas quedan fotografías en papel -no quedan fotógrafos callejeros, quizá vuelvan con la precariedad, como han vuelto los limpiabotas-, ayudaban, todo es digital, y la memoria, los hechos constitutivos de la memoria se difuminan, se esconden y almacenan en los ordenadores, discos duros externos, cajas negras de aviones estrellados, en recodos, angosturas y penitencias de los sistemas informáticos, lugares inhóspitos donde puede morir, para siempre, el recuerdo, maldita memoria, maldita memoria, viajaba también, cuando cruzamos, el plural es necesario, la frontera de Francia, puente de Hendaya, por ejemplo, o por Gerona (ahora Girona enferma de nacionalismo pueril y provinciano), en maletas de cartón, cuadernos, tarjetas postales de barcos y paisajes, hojas sueltas, escrita en servilletas -un número de teléfono, una cita- archivos, documentación, el recuerdo (que conforma la historia) es documentación oficial, burocracia de estado y de gobierno, y sentido, lo que hace que las cosas adquieran su razón de ser, sentido y referencia, la identidad del ser: se hablaba de la memoria aclaratoria o escrutadora, soñadora o indagatoria; la memoria es una mirada esquiva, oblicua, torcida, que, con el paso de los años, se hace más ausente como el recuerdo de aquella comida, cuando éramos jóvenes y nada nos sentaba mal y comíamos y reíamos y soñábamos y bebíamos y luego pasaba el tiempo, lento, sentados, tumbados, mirando el ventanal, cuando teníamos un ventanal y un punto de vista sobre el mundo, no como ahora que somos multifocales, como las gafas.”

Las palabras dejan huellas en el fondo del cajón, huellas de humedad y desconsuelo, marcas en la pared, desconchones de vida, igual que quedan grabadas las cicatrices en la piel. Las palabras dejan huellas pese a la celeridad del presente, una aceleración que provoca, amén de otras enfermedades menores, pérdida de conciencia colectiva. Por eso, lógico, pasa lo que pasa.

Mayo 20, 2009

Almudena Guzmán: “Cogí el vestido…”

Archivado en: Almudena Guzmán — max @ 5:42 pm
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Cogí el vestido que tanto le gusta
a mi amigo
cogí el vestido y volaron mariposas
y lo enredé en mi pecho
con tres deseos de hiedra.

(A las velas del barco blanco
que no me olviden,
al pájaro que no me cante en la rama
de la flor del dolor
y al agua que mi amigo me llame
cuando lo lave.)

Abril 28, 2009

María Toledano: “La izquierda en el diván”

Archivado en: María Toledano — max @ 4:07 pm
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Rebelión

Los años finales de la vida pasan con demasiada rapidez. A medida que la edad avanza, y en mi caso no es poca ya, el tiempo desaparece como las nubes en primavera sin que se puedan fijar los recuerdos o conservar los instantes. La memoria se va borrando poco a poco, se desvanece y, pese a los esfuerzos, reiterados esfuerzos, dolorosos esfuerzos, no se consigue recordar aquello que se desea. El cerebro empieza a funcionar de manera autónoma, casi a su aire y criterio. El paso del tiempo va destruyendo lo que somos, lo que fuimos, cosificándonos, haciéndonos parte inerme de una gran marea negra que nos agita, golpea y abandona al borde de cualquier acantilado, en cualquier playa desierta. Los años finales de la vida pasan, parece ser, con demasiada rapidez. No lo sé. Quizá no sea malo. La vejez es el paraíso cruel de las dudas, el miedo y la incertidumbre.

Abre el mes de mayo su recorrido con la celebración del trabajo -ironías de la crisis sistémica-, la jornada que conmemora asesinatos, y se cierra abril, entre otras desmemorias, con la proclamación de la República Española y la revolución de Portugal. En otros tiempos, cuando sabíamos lo que significaba ser de izquierdas, esas fechas tenían alto valor simbólico. Eran días para recordar, celebrar, entristecerse o reír. Hoy, cuando el huracán de la historia postcontemporánea nos ha pasado (a todos) por encima, estos cruciales acontecimientos sólo son notas a pie de página en los almanaques del tiempo perdido, libros que nadie lee, vivencias muertas (si se admite la expresión). 14 de abril de 1931. Apenas guardo recuerdos propios. Lo que me queda es indirecto, impostado, falso: memoria de otros, recuerdos de recuerdos. Más cerca, muchos más cerca, tengo la guerra, los obligados desplazamientos, la necesidad y luego el exilio. Salto en el tiempo. Portugal, 25 de abril, 1974. Parece que fue ayer, un ayer de alegrías y canciones de José Afonso, cuando los altivos capitanes dijeron basta. Cierro los ojos, busco en los archivos polvorientos de mi cabeza (las conexiones neuronales no funcionan con la rapidez de antaño) y veo el sereno rostro del general (en 1974 era un austero coronel de 52 años) Vasco Gonçalves. Parece que fue ayer, insisto, y, sin embargo, la aceleración del presente ha convertido aquella experiencia valiente y radical de nuestros maltratados vecinos peninsulares en unas fotografías descoloridas, pasado remoto. Todo es remoto, historia enterrada, salvo lo que está sucediendo en este preciso instante, salvo el presente más incomprensible y feroz. El presente es la memoria activa de lo que está siendo ante nuestros ojos, ante el desconcierto de nuestros ojos. El presente, desde que se ha instalado el tempo acelerado del capitalismo -una prolongación sofisticada del modo lineal, agustiniano- es fugaz, incierto, estéril: tierra baldía. El presente es el lugar de combate, el escenario, la cuarta pared, donde ocurre todo aquello que no debería suceder.

Los pobres nunca nos hemos recostado en un diván. Nunca hemos podido mirar el tiempo y la vida, como el que observa el deambular de la gente desde la terraza de un café, desde un diván. La imposibilidad material de cambiar de punto de vista, la mirada sobre el mundo y el ángulo de ataque, ha favorecido nuestra lucha. Estamos hechos de decisiones y errores, discusiones y batallas. Salvo algunos interesados y muchos arribistas, estamos condenados a la lucidez del análisis, a la perspicacia del enemigo, a las patrañas y las escisiones. Hemos vivido en un mundo deformado por las noticias de la guerra fría y de la guerra caliente, hasta componer nuestra imagen del mundo con los jirones de la experiencia, con las miserias de la experiencia, con las maldades de la experiencia. Los divanes, desde Freud, son objetos, muebles, decoración de interiores, que no han existido en nuestros entornos de alacenas, jergones, mesas de madera e infiernillos. Se llamaban infiernillos por el calor y el color del fuego. Un pequeño infierno debajo de cada mesa. Primero eran de carbón, brasas. Más tarde, con el progreso, fueron eléctricos. ¿Has apagado el infiernillo? Las faldas de las mesas-camilla ardían con facilidad. Los divanes, pese a su larga tradición centroeuropea, calaron mal en los países mediterráneos. Bastante teníamos con afrontar y superar el catolicismo, la hipocresía, los curas con pistola y la Sección Femenina. Arriba España.

Esta visto que, con la edad, la memoria va por donde quiere. Los recuerdos, impulsados por el viento de las palabras, por su frágil resonancia, componen un especial y significativo campo semántico. Diván e infiernillo, así, en diminutivo, como quitándole enjundia a la expresión, son términos que no deberían ir juntos. Nada parece unir estas dos palabras y mucho menos en un nota que se titula -no sin cierta pretensión- “La izquierda en el diván”. Diván e infiernillo conforman una triste pareja de baile de salón. Una de esas parejas, a media luz, detenidas en un escorzo imposible, a las que la edad ha estropeado el maquillaje y la belleza. Los años finales de la vida pasan, parece ser, con demasiada rapidez. No lo sé. Quizá no sea malo. La vejez, reitero, es el paraíso cruel de las dudas, el miedo y la incertidumbre. La izquierda también envejece. Las palabras se asocian entre sí buscando acomodo en un presente lleno de anuncios publicitarios y trampas retóricas. Si no fuera injusto diría que la izquierda se sentó una tarde en un diván de terciopelo rojo y le gustó la textura, la suavidad, la caricia. En realidad sería una injusticia histórica. Por eso es mejor no pensarlo.

Abril 23, 2009

Eduardo Galeano: “Celebración de la fantasía”

Archivado en: Eduardo Galeano — max @ 5:17 pm
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Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca
del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas
y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra,
cuando un niño del lugar, enclenque, se acercó a
pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la
lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé
qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un
cerdito en la mano.
Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras
me encontré rodeado de un enjambre de niños que exig
ían a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus
manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado;
Había quien quería un cóndor, y quien una serpiente,
otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban
los que pedían un fantasma o un dragón.
Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito
que no alzaba más de un metro del suelo, me
mostró un reloj dibujado con tinta negra en la muñeca;
- Me lo mandó un tío mío que vive en Lima -dijo.
-¿Y anda bien? -le pregunté.
- Atrasa un poco – reconoció.
De “El libro de los abrazos”

Abril 12, 2009

Pedro A. Martín: “El juguete”

Archivado en: Pedro A. Martín — max @ 6:20 pm
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Era alto, bien parecido y portaba un traje de un corte que algunos definen como moderno. Con movimiento seguro entró en la tienda y nada mas llegar al mostrador preguntó si vendía juguetes. Sí, contesté, y que tipo de juguetes buscaba. Contestó que uno de esos, ya sabe, una pistola. Aún se extendió algo más. Quería una que fuera manejable, pesara poco y además también barata. Cuando le dije que no tenía pistolas baratas levantó las cejas en señal de disgusto. Pidió que le mostrara algunas y lo hice a la vez que le explicaba varias de las características de las mismas: peso, modelo, modo de carga, tipo de munición y según para que delitos cual era mas interesante. Le mostré varias para entre dos y cinco años, seis y doce, algún modelo juvenil y por supuesto, para adultos. Después de elegir una Mágnum tipo Clint su interés derivó hacia la manejabilidad y el precio con munición incluidas. La verdad, dijo, no había pensado gastar tanto, pero… No parecía encontrarse seguro de su elección, pero sí de la adquisición. Volvió a quejarse del precio pero con gesto tranquilo sacó dinero de una elegante billetera disponiéndose a pagarme y lo hizo a la vez que se negaba a que le envolviera su recién comprado juguetito porque quería cargarlo aquí mismo. También lo hizo y cuando terminó la operación levantó su juguete a la altura de mis ojos y agradeciéndome la atención prestada disparó.

Abril 9, 2009

Alicia Rosales: “Preparando la vuelta…”

Archivado en: Alicia Rosales — max @ 4:05 pm
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Eres una isla soñada
En el centro del océano
Donde las olas militan
En tu andar de hombre honesto.

Yo te encontré en otro mar
Pez rotundo respirando sin agua
Y te llevé en mis sueños
De espuma desbocada.

Me has dado el rumbo
De tu existencia entregada
Las velas hinchadas
Al abrazo del tiempo
Y en tu amor de deseo salado
He aprendido que el mar
Es más que un sueño.

Marzo 25, 2009

Beatriz Viol: ¿Quién…?

Archivado en: Beatriz Viol — max @ 5:04 pm
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¿QUIÉN me reconocerá cuando
me deshaga de
los lazos, el jabón, el pelo,
el carmín, el flúor, los dientes,
las gafas, el rimel, las pestañas,
la ropa, el perfume, la piel?
Y cuando me muestre entonces en carne
viva,
frente a los maniquíes de los escaparates
en las calles, ¿Quién me reconocerá?
¿Resistiréis la tentación de llevarme
a un lugar seguro?

Marzo 21, 2009

Armando Rodríguez Ballesteros: “De la memoria”

Archivado en: Armando R. Ballesteros — max @ 2:03 am
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Gracias a la
memoria
Puente del tiempo
Puedes iniciarte recordando
Los puntos en el mapa que te llaman
Y descifrar en viejas casas conocidas
Las miradas y voces de tus muertos
Cómo saber sin ella que la tierra
Sangra por una herida antigua
De qué otra forma ante el cadáver del árbol
O ante el lecho seco del río
Entenderías la nostalgia de tu padre
A qué sortilegio invocarías
Para guardar tu infancia y tus amores
De cuál cofre sacarías las palabras
Eleva a la memoria
Por lo que tiene de eterno
Gracias a ella
Ni tú ni yo ni los demás
Somos extraños

Para Andrea Rodríguez Oramas, tomado de Con-fabulacion

Armando Rodríguez Ballesteros – Bogotá, Colombia, 1956. Poeta, periodista, editor, profesor universitario. Culminó estudios de Literatura, Lingüística y Diplomacia. Ha publicado Presagios y Migraciones, poemas, Ulrika Editores, Bogotá; 1986; Lubros, poemas, Ulrika Editores, Bogotá, 1988; Postal de fin de siglo, antología de poesía colombiana, Kolibro Editores, Bogotá, 1995; Ojos de Ritual, poemas, Kolibro Editores, Bogotá, 1997; Pasos de Gato, poemas, Ediciones Perro Azul, San José, Costa Rica, 2002, y Lunada Poética / Poesía costarricense actual, Vol I, Ediciones Andrómeda, San José, 2005 y Lunada Poética / Poesía costarricense actual, Vol II, Ediciones Andrómeda, San José, 2006.. Coautor de los volúmenes antológicos de poesía hispanoamericana publicados en 1993, 1994, 1995 bajo el título Poesía Viva, con el sello editorial Ulrika. Ha sido incluido en las antologías Poesía Colombiana Actua”, Kolibro Editores, Bogotá, 1991; Antología de la poesía colombiana, Biblioteca Familiar Presidencia de la República, Bogotá, 1996; Tambor en la sombra, Poesía colombiana del siglo XX, Ediciones Verdehalago, México, 1996; Antología de la poesía colombiana, Ministerio de Cultura/ El Áncora Editores, Bogotá, 1997; Quién es quién en la poesía colombiana, Banco de la República,/ Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá, 1998; World Poetry 2000, Mississippi Review, Center for Writters, The University of Southern Mississippi, Hattiesburg, 2000, y Poetas Bogotanos, Editorial Panamericana, Bogotá, 2000, entre otras. Cofundador y coordinador del Festival Internacional de Poesía de Bogotá, entre 1992 y 2000. Coordinador de talleres de poesía en Colombia y Costa Rica. Cofundador y coordinador, desde 2003, del programa “Lunada Poética” que se lleva a cabo en San José, en la Casa de Cultura Popular del Banco Popular. Director de la colección Mono a Cuadros / Cuadernos de Poesía. Poemas, relatos y ensayos críticos de su autoría sobre arte, literatura y producción audiovisual han sido publicados en revistas y suplementos literarios de diversos países. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, francés y portugués.

Marzo 15, 2009

Manuel Fernández-Cuesta: “Leer en tiempos de crisis”

Archivado en: Manuel Fernández-Cuesta — max @ 6:41 pm
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Confiemos, por una vez, en las estadísticas. En nuestro país ha crecido, repiten los datos oficiales, la comunidad lectora. Esta afirmación, por sí sola, debería ser motivo de satisfacción tanto para la industria del libro, necesitada de ampliar su cuota de mercado, como para los diferentes poderes públicos, deseosos de contar, sin duda, con una ciudadanía atenta, sensible y consciente.

Las reiteradas campañas de fomento de la lectura pretenden que lo hagamos de manera alegre y gozosa, divertida y espontánea, dando por sentado que el hecho físico e intelectual de leer, con independencia de la calidad, es un valor esencial de la democracia, un nuevo activo ciudadano comparable a la igualdad o a la tolerancia ante la diversidad.

Las acciones gubernamentales de impulso del hábito son genéricas, transversales, y no especifican o promueven materias concretas, títulos o escritores. Lo contrario sería, en los regímenes democráticos, una violenta intromisión en la autonomía de la voluntad, un atentado a la libertad de pensamiento, elección y empresa. Lea, repite el ministerio correspondiente, lea. El contenido ya lo decidirá usted -si puede y le dejan- actuando con su fuerza de cliente responsable (sic) sobre la inmensa y apetitosa oferta editorial.

Extender la cultura, sin proponer una definición de la misma, al cuerpo social a través de los libros preside las intenciones de la Administración, intenciones secundadas, con natural empeño, por las compañías productoras. Sin embargo, la lectura moderna, el modo contemporáneo de aproximación a las obras, es asumida por una parte mayoritaria de la ciudadanía -impulsada por estas campañas y el recuperado prestigio de la letra impresa- como un intento de recreación de la imaginaria “vida interior” (perdida ante la permanente exposición pública del mundo del trabajo), recreación artificial que cubriría un espacio vacío dentro del dominio de la individualidad. En resumen, una alternativa más de ocio privado ofrecido por la insaciable sociedad del espectáculo.

Sabido es que la lectura es una actividad individual. Un acto íntimo provocado por la relación entre el sujeto y el libro. Pero si esta acción no influye en el discurso colectivo dominante, si el trato con las imágenes, personajes, símbolos, sensaciones e ideas no genera crítica social y, por extensión, no facilita la participación juiciosa de la ciudadanía en los asuntos públicos, el hecho en sí quedará relegado a la mera intimidad, convirtiendo el ejercicio en una especie de autismo semántico o superflua exaltación de la subjetividad: un entretenimiento fugaz. Leer es el paso (necesario) del yo al nosotros. Un salto necesario para la profundización de la identidad colectiva.

Trascender, en aras de la participación, ese instante de intimidad que la lectura conlleva es una de las aspiraciones de toda comunidad lectora, de cualquier comunidad democrática. Es por esta razón que, superado el momento de soledad y concentración, esos minutos de introspección cada vez más escasos teniendo en cuenta el ruido reinante, la prolongación de las jornadas laborales y la convulsa vida en las sociedades occidentales, se impone el acercamiento de lo leído y experimentado al relato común, a la construcción múltiple, contra el pensamiento único, del sentido.

O la polis interpreta a sus clásicos y contemporáneos con sentido crítico y práctico, extrayendo consecuencias de sus miradas, o el individualismo, uno de los dogmas refutados en esta impredecible crisis neoliberal, seguirá articulando todas las respuestas posibles. Lee y difunde, se decía años atrás, cuando las palabras encadenadas influían. Los éxitos editoriales circulan de boca a oreja, se repite ahora.

Impulsado el libro, desde el siglo XIX, bajo la imaginaria entidad de capital cultural circulante, las obras adquieren su verdadero valor, su valor de uso y cambio, cuando las proposiciones e interrogantes que plantean -sean narración, ensayo o poesía- forman parte de los intercambios democráticos e integran el discurso activo del cuerpo social. Si Juan Marsé, Belén Gopegui, Isaac Rosa, Alejandro Gándara, Almudena Grandes o Antonio Muñoz Molina, por citar novelistas actuales, no consiguen generar una sociedad más reflexiva, si no sirven a los lectores -acostumbrados a leer sin modificar el escenario- para asaltar los cielos y cambiar los cimientos de la razón hegemónica, ¿cuál es su función? ¿Cuál será, en la sociedad posindustrial, la labor del escritor? ¿Agitar o entretener? ¿Impulsar o sedar? Los más respetuosos dirán: ambas. Para viajar alrededor de la equidistancia no hace falta tanta alforja de papel.

Con la llegada de esta crisis, que algunos llaman sistémica (estructural, crisis del modelo de producción) y otros se limitan a calificarla como la más grave (coyuntural, crisis del modelo de gestión) desde la fundación del actual orden mundial en el fastuoso complejo hotelero Mount Washington en Bretton Woods (julio, 1944), el sector editorial ha lanzado su valiente premisa y construido su particular storytelling: el libro será uno de los valores refugio del pequeño consumo. Disminuye la demanda, se sostiene, y la recesión es un hecho empírico, pero la lectura se mantendrá firme -y la industria sufrirá menos que otras, pese a los previsibles reajustes- ya que los consumidores no podrán pasar sin su dosis cotidiana de letra impresa, sin su compulsivo y organizado ocio lector. Respiremos tranquilos. El optimismo cultural nos hará libres.

Estos días, parece, vuelven a las librerías textos del vilipendiado Karl Marx. Keynes y Galbraith son rescatados -zombis altaneros y polvorientos- de los almacenes. A tenor de estas reediciones -aceptando que esta sorprendente premisa sea cierta-, en épocas de crisis vuelven las respuestas conocidas, aquellas que fueron olvidadas por la arrolladora presencia, casi militar, de la producción teórica y literaria de los thinks tanks neoliberales. Pero las claras exposiciones históricas, sociológicas o políticas de analistas como Eric Hobsbawm, Vicenç Navarro, Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi, José Manuel Naredo, Slavoj Zizek, Zygmunt Bauman o Terry Eagleton, por nombrar los más conocidos, no aparecen, como debieran, en el paisaje libresco cotidiano.

Vivimos en uno de los países europeos con mayor índice de fracaso escolar. Sumemos -un rápido cálculo- las horas de permanencia en el puesto de trabajo (el que lo tenga) al tiempo empleado en los desplazamientos. Añadamos a este resultado el promedio de horas, por persona, delante de la televisión (datos ofrecidos por los índices de audiencia), la convivencia con la familia, hijos o amigos, el aseo personal y la intendencia doméstica, urgencias, imprevistos y el obligado sueño. Finalizada la cuenta, pocas horas quedan para la lectura. ¿Cuándo puede el votante medio sumergirse en los clásicos o en las modernas obras de Coetzee, Modiano, Saramago, Doris Lessing, DeLillo, Lobo Antunes, Le Carré o el recuperado y cinematográfico Richard Yates, uno de los creadores que, con más claridad, analizó, años atrás, lo que somos? Malos tiempos, sin duda, para Antonio Gamoneda o Manuel Vilas, valiosos e intensos poetas de diferentes y relacionadas generaciones.

Confiemos, una vez más, en las estadísticas: en España ha crecido la comunidad lectora. Las razones y propuestas que encierran los libros, el punto de vista o la mirada del autor, siguen ausentes del debate, de la escena pública. La formación del gusto -esto es, la tendencia a la uniformidad del sentido e interpretación de acuerdo con los intereses dominantes- y la complacencia de los lectores -hemos pasado, en pocos años, de susurrar en la trastienda de las librerías a la exaltación de lo sentimental, la aventura con apariencia literaria y el bestseller nacional e internacional- parecen ser los ejes cartesianos que delimitan la creación, su actual norma de estilo. Una premisa se alza entre las ruinas del modelo de gestión capitalista: la lectura es, más que nunca, un arma arrojadiza. Un afilado e imprescindible instrumento para afrontar y combatir la inestabilidad, vital y laboral, del presente. La salud de una comunidad -las constantes vitales de una sociedad- se puede diagnosticar, también, analizando la lista de los libros más vendidos.

Manuel Fernández-Cuesta es director-editor de Ediciones Península (Grup 62)

Marzo 9, 2009

Manuel de la Fuente: “En brazos de Manitú, con el viento susurrándole al oído”

Archivado en: Manuel de la Fuente — max @ 5:01 pm
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Mangas Coloradas y su yerno Cochise, bravos entre los bravos, ya descansaban desde hacía tiempo en los cálidos y sagrados brazos de Manitú. El hacha de guerra quedaba ahora, desenterrada de nuevo, pidiendo sangre y cabelleras, en manos de Gerónimo, el fuego se encendía en su honor, los guerreros le tenían por guía y el más valiente de los valientes, los coyotes le huían y los casacas azules le temían. El orgullo chiricahua dependía de él, y también mantener la llama de la tradición, no olvidar a los que ya se habían ido. Cuando un apache moría, los bravos cerraban sus ojos y le engalanaban, le vestían con las mejores pieles y estampaban sobre su rostro las viejas pinturas de guerra. Luego, entre cantos, acompañados de su caballo favorito, iban a las montañas sagradas y, allí, para la eternidad, aunque la palabra adiós no existe en el idioma piel roja, su cuerpo era enterrado en una cueva, bajo piedras, como así había sido siempre, desde antes que los rostros pálidos y el caballo de hierro aparecieran. Sus posesiones, no demasiadas en un guerrero, eran repartidas entre su gente. Y allí quedaba hasta el fin de los siglos, entre los pinos, mientras el viento le susurraba un réquiem al oído. Que Manitú sea loado.

Febrero 25, 2009

María Toledano: “La caza”

Archivado en: María Toledano — max @ 4:08 pm
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El señor Mariano Fernández Bermejo, Ministro de Justicia, ha dimitido. Es decir, a Fernández, el fiscal prosperado, le han echado a gorrazos del Ministerio de Justicia. Llegar ministro de un gobierno progresista, míticos gobiernos de ZP, y que te echen así, haciendo el ridículo entre bestezuelas muertas, sangre derramada y cuernos retorcidos de venado, debe ser asunto delicado, triste, casi un discreto drama personal. Me imagino a su suegra, si la tiene, la pobre, el Señor Todopoderoso la conserve muchos años, la carita de estuco que se le habrá quedado. A Mariano Fernández Bermejo, que es de natural bravucón y malencarado, hombre firme y determinado de izquierdas (sic), le han puesto de patitas en la calle, con cajas destempladas y un rumor de siemprevivas que invade las cartucheras, por irse de cacería, una montería se decía en otros tiempos, con colegas y amigos del mismo jaez, intrépidos cazadores, gentes todas responsables y de intachable reputación. Fernández es el cazador cazado, cazado in fraganti, guárdate de los fotógrafos y de los conocidos con cámara de fotos, haciendo eso que en la noble nación española -y en algunos sectores de la vida civil- está tan mal visto: el franquista.

Esto de hacer el franquista, con perdón, es costumbre que se debe adquirir por el uso y frecuentación prolongada del poder, de todos los poderes. Será algo así como los pertinaces hongos que brotan en los zapatos de la gauche -si la suela es mala y suele ocurrir- de tanto andar por moquetas y recepciones de lujo y oropel. Recuerdo así, sin pensar mucho, a nuestro señorito González, don Felipe, surcando las aguas en el Azor, la embarcación del Generalísmo, la misma que el pequeño caudillo asesino llenaba de atunes y peces espada a los que tanta devoción religiosa tenía. La diferencia, señor Mariano, es que a don González, “queremos un hijo tuyo”, se le perdonaba y se le perdona todo, sabido es, tanto por sus méritos -que alguno tendrá, aunque una los ignore- como por su arrolladora gracia sevillana, españolísima y olé, mientras que a usted, de natural malencarado y bravucón, repito, y con una huelga de jueces en la recámara -el año que acomete la reforma de la carrera judicial y aumenta el presupuesto-, no le perdonan ni una. Siendo de Arenas de San Pedro, Ávila, y habiendo nacido en 1948, IX año triunfal, ya debería estar usted curado de espanto, trampas y cartuchos. ¿Cómo se puede ir de cacería, siendo Ministro de Justicia de PSOE, cuando tenemos presente La escopeta nacional de Berlanga y Azcona? Poco importa el resto de los cazadores, sus acompañantes; poco importa si había jueces u otras destacadas personalidades civiles y/o militares. El mero hecho de salir de montería, con la que está cayendo y lo que significa en el imaginario colectivo, merece el despido. A nadie le importa, señor Mariano, si los disparos se produjeron en Jaén y si tenía o no licencia actualizada; poco importa, señor Mariano, si la broma (con el reparador “taco” incluido) costó mil euros o dos billones. La cuestión es otra. La caza mayor, ex ministro socialista Bermejo, no está bien vista por millones de personas que han sufrido la dictadura y han visto a Franco, sus parientes, consejeros y amigos, con un pie en el hocico de un animal abatido. Para redondear el circo campestre sólo hubiera faltado, como en la película, un maduro empresario catalán, con su amante, tratando de vender porteros automáticos. La historia vuelve, más que nunca, como farsa. Farsa y esperpento. Y Mitrofán sin enterarse.

Con tres complicadas elecciones a las puertas, el presidente Rodríguez Zapatero, ha aceptado -los eufemismos más vivos que nunca- la dimisión del Ministro de Justicia, Fernández Bermejo. Los asesores de Moncloa, los mismos que contemplaron atónitos la fotografía, han hecho sus interesados cálculos. Mejor ahora, cuanto antes, aguantemos el chaparrón y en una semana se habrá pasado. No les falta razón a los cualificados miembros del ala oeste de la Moncloa. El tiempo juega a su favor: este suceso pasará pronto, sin duda, resta fuerza al discurso crítico del PP (inmerso en sus cuestiones de espías, corruptelas, gominas y demás) y la prensa, necesitada de carne fresca cada día, atenderá, en breve, otros asuntos. Los analistas tendrán razón pero permitirán, espero, que nos quedemos con este magnífico suceso para la posteridad, para contar y contar a nuestros nietos. Hay cosas que, pese al paso del tiempo, seguiremos recordando cada vez que surja la ocasión, toque disfrutar con recuerdos cínicos y tengamos ganas de reír. Ay, Mariano, Mariano, y todo este entuerto por pegar unos tiros al alba.

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