Las tumbas de Saint-Denis

Julio 6, 2009

María Toledano: “Territorio, soberanía y democracia”

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Incluso los durmientes son obreros y cooperantes de cuanto sucede en el mundo

Heráclito, frag. XLI

Esta visto que hacen lo que quieren con nosotros. Pese a nuestra individualidad, tan alabada por los poderes, medios de comunicación y empresas, funcionamos como un rebaño -banco de peces en el océano- cuando los asuntos mayores están en juego, cuando nos asustan. La democracia moderna, una conquista republicana del ciudadano burgués frente al súbdito, se ha convertido, con el paso de los años y la sofisticación de la propaganda, en un instrumento de combate, el más importante, del poder político y empresarial. Negar la democracia de mercado, la llamada “democracia de superficie” (Badiou, l’Hypothèse communiste , 2009 ), debería ser una de las principales tareas teóricas y prácticas de la izquierda anticapitalista. Pero negar la democracia de partidos, negar la democracia representativa y el principio de que la soberanía reside en el cuerpo electoral, conlleva infinidad de problemas. Nos enfrentamos ante un dogma, una idea sagrada, consagrada, que ha adquirido categoría de mito.

La democracia de mercado o “democracia de superficie” tiene sus propias y sutiles reglas de juego. Una normativa oscura, llena de requiebros, que escapa al control directo de los ciudadanos. Los poderes públicos formulan el modelo de desarrollo económico y la Constitución legitima, con su manto sagrado de valores, el esquema del poder. El ciudadano asiste al espectáculo (en general con indiferencia) y confirma con su recurrente voto (con independencia de la fuerza política de su preferencia) el sistema existente. La legitimación es automática y permanente puesto que el recuento, salvo una abstención masiva (imposible de concebir en el estadio actual de la evolución política y cultural de la ciudadanía), siempre contemplará, en el caso español, la victoria de uno de los dos partidos mayoritarios. Este modelo, nacido de la inmolación de las Cortes franquistas y confirmado por la Ley electoral, está concebido para que el juego de mayorías y minorías (inherente a la democracia, según la fórmula anglosajona) parta de la victoria del cualquiera de las dos fuerzas hegemónicas, según sea la corriente dominante, partidos de ámbito nacional que, además, tienen que buscar acuerdos y refugios con los partidos nacionalistas, agrupaciones políticas, en general, hijas de la burguesía de negocio local. Un esquema de apariencia perfecta, para la perpetuación de la democracia de mercado, que ha funcionado, con sus dudas y miserias, más de treinta años. Este diseño político, complicado con la nueva financiación que se pretende imponer, está resultando un caos y un atentado al principio de igualdad, desde el instante mismo en que el desarrollo del poder autonómico y local produce una manifiesta desigualdad jurídica y real (de hecho y derecho) entre los habitantes del mismo país. Y de nuevo, casi sin darnos cuenta, caemos de bruces ante otro dogma inviolable: el modelo territorial del estado.

En primer lugar, a modo de nota suelta, deberíamos reflexionar sobre la antigua (y revolucionaria) idea de que la soberanía reside en el pueblo, organizado como cuerpo electoral. ¿Hace cuánto tiempo que el pueblo, en la democracia de mercado, ha dejado de ser soberano? ¿Es acaso posible verificar el estado de salud democrática del cuerpo electoral? O dicho más claramente, ¿es posible hoy, con la intromisión de los medios de comunicación en la esfera privada (y la conciencia) de los individuos, afirmar que cada vez que se vota se hace asumiendo la crucial responsabilidad que el ejercicio de este derecho conlleva? ¿Es lícito, aunque sea desde un punto de vista formal y a modo de ejemplo, cuestionar el sufragio universal frente a la manipulación que vivimos en la sociedad de la información? ¿Somos los ciudadanos libres y conscientes a la hora de emitir nuestro voto o estamos condicionados igual que lo estamos ante el escaparate cotidiano del consumo? Cuestión interesante y compleja.

En segundo lugar, y con la idea de dejar unas pinceladas para una posterior reflexión, deberíamos abordar el mito consagrado en el Título VIII de la Constitución del 1978: el modelo territorial del estado. ¿Es posible que la ley electoral siga favoreciendo a los partidos políticos que se presentan en una sola CC.AA. frente a formaciones de ámbito nacional? ¿Es justo (y democrático) que las burguesías nacionalistas obtengan del estado más beneficios fiscales, exenciones, competencias y, en definitiva, mayor cuota de poder político y económico para sus territorios por el mero hecho de disponer de formaciones políticas que apoyan al partido mayoritario en el gobierno nacional cuando éste no cuenta con una mayoría suficiente para llevar a cabo su proyecto legislativo? ¿Está la nación sometida, como dice el sector más reaccionario de la derecha, al chantaje del nacionalismo burgués? Cuestión interesante y compleja. La izquierda histórica, Rosa Luxemburgo y Lenin, entre otros, ya abordaron estos problemas.

Estas dos cuestiones deberían, por si solas, suscitar un interesante debate en el seno de la izquierda anticapitalista, e incluso, en el seno de una organización como IU, en el caso de que esta formación minoritaria pretenda y desee erigirse como alternativa económica, moral e intelectual. No es fácil ponerle el cascabel a un gato rabioso que defiende su territorio de caza. No es fácil desmontar el esquema impuesto por el mercado (y sus representantes políticos) a través de fórmulas de apariencia democrática. Cuestionar la democracia de mercado, la democracia de superficie, y sus mitos fundamentales es, en el peculiar caso español, un camino razonable para alcanzar otros modelos de sociedad.

Junio 4, 2009

Julio Cortázar: “A mi tocayo De Caro” (Fragmento)

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Llegaré a Estambul a las ocho y media de la noche. El concierto de Nathan Milstein comienza a las nueve, pero no será necesario que asista a la primera parte; entraré al final del intervalo, después de darme un baño y comer un bocado en el Hilton. Para ir matando el tiempo me divierte recordar todo lo que hay detrás de este viaje, detrás de todos los viajes de los dos últimos años. No es la primera vez que pongo por escrito estos recuerdos, pero siempre tengo buen cuidado de romper los papeles al llegar a destino. Me complace releer una y otra vez mi maravillosa historia, aunque luego prefiera borrar sus huellas. Hoy el viaje me parece interminable, las revistas son aburridas, la hostess tiene cara de tonta, no se puede siquiera invitar a otro pasajero a jugar a las cartas. Escribamos, entonces, para aislarnos del rugido de las turbinas. Ahora que lo pienso, también me aburría mucho la noche en que se me ocurrió entrar al concierto de Ruggiero Ricci. Yo, que no puedo aguantar a Paganini. Pero me aburría tanto que entré y me senté en una localidad barata que sobraba por milagro, ya que la gente adora a Paganini y además hay que escuchar a Ricci cuando toca los Caprichos. Era un concierto excelente y me asombró la técnica de Ricci, su manera inconcebible de transformar el violín en una especie de pájaro de fuego, de cohete sideral, de kermesse enloquecida. Me acuerdo muy bien del momento: la gente se había quedado como paralizada con el remate esplendoroso de uno de los caprichos, y Ricci, casi sin solución de continuidad, atacaba el siguiente. Entonces yo pensé en mi tía, por una de esas absurdas distracciones que nos atacan en lo más hondo de la atención, y en ese mismo instante saltó la segunda cuerda del violín. Cosa muy desagradable, porque Ricci tuvo que saludar, salir del escenario y regresar con cara de pocos amigos, mientras en el público se perdía esa tensión que todo intérprete conjura y aprovecha. El pianista atacó su parte, y Ricci volvió a tocar el capricho. Pero a mí me había quedado una sensación confusa y obstinada a la vez, una especie de problema no resuelto, de elementos disociados que buscaban concatenarse. Distraído, incapaz de volver a entrar en la música, analicé lo sucedido hasta el momento en que había empezado a desasosegarme, y concluí que la culpa parecía ser de mi tía, de que yo hubiera pensado en mi tía en mitad de un capricho de Paganini. En ese mismo instante se cayó la tapa del piano, con un estruendo que provocó el horror de la sala y la total dislocación del concierto. Salí a la calle muy perturbado y me fui a tomar un café, pensando que no tenía suerte cuando se me ocurría divertirme un poco.
Debo ser muy ingenuo, pero ahora sé que hasta la ingenuidad puede tener su recompensa. Consultando las carteleras averigüé que Ruggiero Ricci continuaba su tournée en Lyon. Haciendo un sacrificio me instalé en la segunda clase de un tren que olía a moho, no sin dar parte de enfermo en el instituto médico-legal donde trabajaba. En Lyon compré la localidad más barata del teatro, después de comer un mal bocado en la estación, y por las dudas, por Ricci sobre todo, no entré hasta último momento, es decir hasta Paganini. Mis intenciones eran puramente científicas (¿pero es la verdad, no estaba ya trazado el plan en alguna parte?) y como no quería perjudicar al artista, esperé una breve pausa entre dos caprichos pera pensar en mi tía. Casi sin creerlo vi que Ricci examinaba atentamente el arco del violín, se inclinaba con un ademán de excusa, y salía del escenario. Abandoné inmediatamente la sala, temeroso de que me resultara imposible dejar de acordarme otra vez de mi tía. Desde el hotel, esa misma noche, escribí el primero de los mensajes anónimos que algunos concertistas famosos dieron en llamar las cartas negras. Por supuesto Ricci no me contestó, pero mi carta preveía no sólo la carcajada burlona del destinatario sino su propio final en el cesto de los papeles. En el concierto siguiente -era en Grenoble- calculé exactamente el momento de entrar en la sala, y a mitad del segundo movimiento de una sonata de Schumann pensé en mi tía. Las luces de la sala se apagaron, hubo una confusión considerable y Ricci, un poco pálido, debió acordarse de cierto pasaje de mi carta antes de volver a tocar; no sé si la sonata valía la pena, porque yo iba ya camino del hotel.
Su secretario me recibió dos días después, y como no desprecio a nadie acepté una pequeña demostración en privado, no sin dejar en claro que las condiciones especiales de la prueba podían influir en el resultado. Como Ricci se negaba a verme, cosa que no dejé de agradecerle, se convino en que permanecería en su habitación del hotel, y que yo me instalaría en la antecámara, junto al secretario. Disimulando la ansiedad de todo novicio, me senté en un sofá y escuché un rato. Después toqué el hombro del secretario y pensé en mi tía. En la estancia contigua se oyó una maldición en excelente norteamericano, y tuve el tiempo preciso de salir por una puerta antes de que una tromba humana entrara por la otra armada de un Stradivarius del que colgaba una cuerda.
Quedamos en que serían mil dólares mensuales, que se depositarían en una discreta cuenta de banco que tenía la intención de abrir con el producto de la primera entrega. El secretario, que me llevó el dinero al hotel, no disimuló que haría todo lo posible por contrarrestar lo que calificó de odiosa maquinación. Opté por el silencio y por guardarme el dinero, y esperé la segunda entrega. Cuando pasaron dos meses sin que el banco me notificara del depósito, tomé el avión para Casablanca a pesar de que el viaje me costaba gran parte de la primera entrega. Creo que esa noche mi triunfo quedó definitivamente certificado, porque mi carta al secretario contenía las precisiones suficientes y nadie es tan tonto en este mundo. Pude volver a París y dedicarme concienzudamente a Isaac Stern, que iniciaba su tournée francesa. Al mes siguiente fui a Londres y tuve una entrevista con el empresario de Nathan Milstein y otra con el secretario de Arthur Grumiaux. El dinero me permitía perfeccionar mi técnica, y los aviones, esos violines del espacio, me hacían ahorrar mucho tiempo; en menos de seis meses se sumaron a mi lista Zino Francescatti, Yehudi Menuhin, Ricardo Odnoposoff, Christian Ferras, Ivry Gitlis y Jascha Heifetz. Fracasé parcialmente con Leonid Kogan y con los dos Oistrakh, pues me demostraron que sólo estaban en condiciones de pagar en rublos, pero por la dudas quedamos en que me depositarían las cuotas en Moscú y me enviarían los debidos comprobantes. No pierdo la esperanza, si los negocios me lo permiten, de afincarme por un tiempo en la Unión Soviética y apreciar las bellezas de su música.
Como es natural, teniendo en cuenta que el número de violinistas famosos es muy limitado, hice algunos experimentos colaterales. El violoncelo respondió de inmediato al recuerdo de mi tía, pero el piano, el arpa y la guitarra se mostraron indiferentes. Tuve que dedicarme exclusivamente a los arcos, y empecé mi nuevo sector de clientes con Gregor Piatigorsky, Gaspar Cassadó y Pierre Michelin. Después de ajustar mi trato con Pierre Fournier, hice un viaje de descanso al festival de Prades donde tuve una conversación muy poco agradable con Pablo Casals. Siempre he respetado la vejez, pero me pareció penoso que el venerable maestro catalán insistiera en una rebaja del veinte por ciento o, en el peor de los casos, del quince. Le acordé un diez por ciento a cambio de su palabra de honor de que no mencionaría la rebaja a ningún colega, pero fui mal recompensado porque el maestro empezó por no dar conciertos durante seis meses, y como era previsible no pagó ni un centavo. Tuve que tomar otro avión, ir a otro festival. El maestro pagó. Esas cosas me disgustaban mucho.
En realidad yo debería consagrarme ya al descanso puesto que mi cuenta de banco crece a razón de 17.900 dólares mensuales, pero la mala fe de mis clientes es infinita. Tan pronto se han alejado a más de dos mil kilómetros de París, donde saben que tengo mi centro de operaciones, dejan de enviarme la suma convenida. Para gentes que ganan tanto dinero hay que convenir en que es vergonzoso, pero nunca he perdido tiempo en recriminaciones de orden moral. Los Boeing se han hecho para otra cosa, y tengo buen cuidado de refrescar personalmente la memoria de los refractarios. Estoy seguro de que Heifetz, por ejemplo, ha de tener muy presente cierta noche en el teatro de Tel Aviv, y que Francescatti no se consuela del final de su último concierto en Buenos Aires. Por su parte, sé que hacen todo lo posible por liberarse de sus obligaciones, y nunca me he reído tanto como al enterarme del consejo de guerra que celebraron el año pasado en Los Ángeles, so pretexto de la descabellada invitación de una heredera californiana atacada de melomanía megalómana. Los resultados fueron irrisorios pero inmediatos: la policía me interrogó en París sin mayor convicción. Reconocí mi calidad de aficionado, mi predilección por los instrumentos de arco, y la admiración hacia los grandes virtuosos que me mueve a recorrer el mundo para asistir a sus conciertos. Acabaron por dejarme tranquilo, aconsejándome en bien de mi salud que cambiara de diversiones; prometí hacerlo, y días después envié una nueva carta a mis clientes felicitándolos por su astucia y aconsejándoles el pago puntual de sus obligaciones. Ya por ese entonces había comprado una casa de campo en Andorra, y cuando un agente desconocido hizo volar mi departamento de París con una carga de plástico, lo celebré asistiendo a un brillante concierto de Isaac Stern en Bruselas -malogrado ligeramente hacia el final- y enviándole unas pocas líneas a la mañana siguiente. Como era previsible, Stern hizo circular mi carta entre el resto de la clientela, y me es grato reconocer que en el curso del último año casi todos ellos han cumplido como caballeros, incluso en lo que se refiere a la indemnización que exigí por daños de guerra.

A pesar de las molestias que me ocasionan los recalcitrantes, debo admitir que soy feliz; incluso su rebeldía ocasional me permite ir conociendo el mundo, y siempre le estaré agradecido a Menuhin por un atardecer maravilloso en la bahía de Sydney. Creo que hasta mis fracasos me han ayudado a ser dichoso, pues si hubiera podido sumar entre mis clientes a los pianistas, que son legión, ya no habría tenido un minuto de descanso. Pero he dicho que fracasé con ellos y también con los directores de orquesta. Hace unas semanas, en mi finca de Andorra, me entretuve en hacer una serie de experimentos con el recuerdo de mi tía, y confirmé que su poder sólo se ejerce en aquellas cosas que guardan alguna analogía -por absurda que parezca- con los violines. Si pienso en mi tía mientras estoy mirando volar a una golondrina, es fatal que ésta gire en redondo, pierda por un instante el rumbo, y lo recobre después de un esfuerzo. También pensé en mi tía mientras un artista trazaba rápidamente un croquis en la plaza del pueblo, con líricos vaivenes de la mano. La carbonilla se le hizo polvo entre los dedos, y me costó disimular la risa ante su cara estupefacta. Pero más allá de esas secretas afinidades… En fin, es así. Y nada que hacer con los pianos.
Ventajas del narcisismo: acaban de anunciar que llegaremos dentro de un cuarto de hora, y al final resulta que lo he pasado muy bien escribiendo estas páginas que destruiré como siempre antes del aterrizaje. Lamento tener que mostrarme tan severo con Milstein, que es un artista admirable, pero esta vez se requiere un escarmiento que siembre el espanto entre la clientela. Siempre sospeché que Milstein me creía un estafador, y que mi poder no era para él otra cosa que el efímero resultado de la sugestión. Me consta que ha tratado de convencer a Grumiaux y a otros de que se rebelen abiertamente. En el fondo proceden como niños, y hay que tratarlos de la misma manera, pero esta vez la corrección será ejemplar. Estoy dispuesto a estropearle el concierto a Milstein desde el comienzo; los otros se enterarán con la mezcla de alegría y de horror propia de su gremio, y pondrán el violín en remojo por así decirlo. Ya estamos llegando, el avión inicia su descenso. Desde la cabina de comando debe ser impresionante ver cómo la tierra parece enderezarse amenazadoramente Me imagino que a pesar de su experiencia, el piloto debe estar un poco crispado, con las manos aferradas al timón. Sí, era un sombrero rosa con volados, a mi tía le quedaba tan…///

Mayo 26, 2009

María Toledano: “Brotes de memoria roja”

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“El olvido está en los recuerdos. Advierto que mi aprendizaje de vejez no es otra cosa que la forma que adoptan ahora en mí el pasado y sus sombras.”

Antonio Gamoneda, Un armario lleno de sombra (2009)

Recordar es vivir de nuevo, vivir -la mayoría de las veces- con dolor o resentimiento. Saco fuerzas de la inevitable flaqueza que me acompaña -demasiados años caminando, demasiados familiares y amigos muertos a la espalda- y revuelvo cajones a la búsqueda de fotografías y papeles: un instante (dulce) para la melancolía. Las descoloridas imágenes, con sus arrugas, el papel también se marchita, conforman un pasado que ya no nos pertenece, aunque las vivencias fueran nuestras; un tiempo pretérito que ha quedado asumido, fagocitado, por la historia oficial y sus amanuenses con terno gris. Los historiadores profesionales (y los otros, incluso algunos atrevidos jóvenes novelistas) se empeñan en contarnos cómo fue aquello que pasó cuando éramos capitanes (Teresa Pamies dixit) o cuando éramos protagonistas indirectos (los primeros actores guardan todavía sus secretos de alcoba o los vendieron a cambio de prebendas). Leo libros que transmiten, de cara a las futuras generaciones, impresiones equivocadas o malintencionadas: la historia oficial. Aparecen, casi a la vez, dos libros del fotógrafo Agustí Centelles. Un diario, apuntes del natural, notas sobre vida cotidiana y emocionados alegatos, y un álbum de fotografías tomadas en el campo de concentración francés de Bram. Centelles quiso dejar constancia de las vicisitudes con palabras e imágenes: la combinación mágica de la era moderna. Las democracias europeas, traicionando sus valores y principios rectores (si los tenían, si los tienen), dieron la espalda a la joven República española (cerraron las fronteras, impidieron la llegada de ayuda civil y militar) sin que la Historia se haya detenido mucho en este instante. Han pasado décadas y la vida está, si acaso está viva, en otra parte. Abro y cierro cajones. Encuentro papeles. Tomo un párrafo largo.

“La memoria configura, junto a la sangre y los recuerdos, nuestra leyenda e identidad, la conciencia colectiva, los mitos y símbolos, lo que somos y jamás seremos; pegada a la sombra proyectada y a las huellas del pasado, camina a fogonazos, incertidumbres, destellos, igual que circulan las estrellas fugaces por la bóveda celeste; la memoria va y viene, recuerda cuando le conviene y se olvida de las obligaciones contraídas con el tiempo, de su existencia; se erige en dueña de las fronteras, las imaginarias y las reales, vigiladas por soldados, se pierde en las novedades, en los presentes azarosos y discontinuos, en los flujos y reflujos del rencor, en la constitución material del ser y de las cosas y sus relaciones; baúl de la miseria singular y colectiva y de los acontecimientos de otras vidas, maldita memoria, recuerda el daño y poco olvida y atesora en su jardín, polvoriento jardín, malas hierbas, insectos, margaritas y tréboles de cuatro hojas, cuando había, cosas de niños; atesora también el espasmo del dolor y la pesadumbre del dolor, la espera; la memoria va y viene y en su devenir cruzado, cambiante y torrencial, agitado por el fuego del tiempo que se recrea, perseguido por la fiebre, dispone las secuencias vividas, sentidas, en alacenas, en los estrechos nichos, cemento y arena, de los cementerios civiles, osarios de evocaciones y flores marchitas, más baratos -el Santo Entierro, se pagaban cuotas trimestrales para asegurarse el entierro- que los ilustres panteones -memoria impresa en el mármol, letras de molde-, memoria viajera, perdida en un anden, memoria aprisionada, recuperada en las miradas blancas, cataratas de espanto, de un viejo, en los sabañones y heridas abiertas de una vieja, en las tímidas lágrimas de una niña, en los pliegues y miedos de un hombre sin porvenir, enfermo, alcohólico, sifilítico, tuberculoso, castigado por su condición de hombre, en las miradas ausentes de los amigos perdidos, muertos: el recuerdo; ahora apenas quedan fotografías en papel -no quedan fotógrafos callejeros, quizá vuelvan con la precariedad, como han vuelto los limpiabotas-, ayudaban, todo es digital, y la memoria, los hechos constitutivos de la memoria se difuminan, se esconden y almacenan en los ordenadores, discos duros externos, cajas negras de aviones estrellados, en recodos, angosturas y penitencias de los sistemas informáticos, lugares inhóspitos donde puede morir, para siempre, el recuerdo, maldita memoria, maldita memoria, viajaba también, cuando cruzamos, el plural es necesario, la frontera de Francia, puente de Hendaya, por ejemplo, o por Gerona (ahora Girona enferma de nacionalismo pueril y provinciano), en maletas de cartón, cuadernos, tarjetas postales de barcos y paisajes, hojas sueltas, escrita en servilletas -un número de teléfono, una cita- archivos, documentación, el recuerdo (que conforma la historia) es documentación oficial, burocracia de estado y de gobierno, y sentido, lo que hace que las cosas adquieran su razón de ser, sentido y referencia, la identidad del ser: se hablaba de la memoria aclaratoria o escrutadora, soñadora o indagatoria; la memoria es una mirada esquiva, oblicua, torcida, que, con el paso de los años, se hace más ausente como el recuerdo de aquella comida, cuando éramos jóvenes y nada nos sentaba mal y comíamos y reíamos y soñábamos y bebíamos y luego pasaba el tiempo, lento, sentados, tumbados, mirando el ventanal, cuando teníamos un ventanal y un punto de vista sobre el mundo, no como ahora que somos multifocales, como las gafas.”

Las palabras dejan huellas en el fondo del cajón, huellas de humedad y desconsuelo, marcas en la pared, desconchones de vida, igual que quedan grabadas las cicatrices en la piel. Las palabras dejan huellas pese a la celeridad del presente, una aceleración que provoca, amén de otras enfermedades menores, pérdida de conciencia colectiva. Por eso, lógico, pasa lo que pasa.

Mayo 20, 2009

Almudena Guzmán: “Cogí el vestido…”

Archivado en: Almudena Guzmán — max @ 5:42 pm
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Cogí el vestido que tanto le gusta
a mi amigo
cogí el vestido y volaron mariposas
y lo enredé en mi pecho
con tres deseos de hiedra.

(A las velas del barco blanco
que no me olviden,
al pájaro que no me cante en la rama
de la flor del dolor
y al agua que mi amigo me llame
cuando lo lave.)

Abril 28, 2009

María Toledano: “La izquierda en el diván”

Archivado en: María Toledano — max @ 4:07 pm
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Rebelión

Los años finales de la vida pasan con demasiada rapidez. A medida que la edad avanza, y en mi caso no es poca ya, el tiempo desaparece como las nubes en primavera sin que se puedan fijar los recuerdos o conservar los instantes. La memoria se va borrando poco a poco, se desvanece y, pese a los esfuerzos, reiterados esfuerzos, dolorosos esfuerzos, no se consigue recordar aquello que se desea. El cerebro empieza a funcionar de manera autónoma, casi a su aire y criterio. El paso del tiempo va destruyendo lo que somos, lo que fuimos, cosificándonos, haciéndonos parte inerme de una gran marea negra que nos agita, golpea y abandona al borde de cualquier acantilado, en cualquier playa desierta. Los años finales de la vida pasan, parece ser, con demasiada rapidez. No lo sé. Quizá no sea malo. La vejez es el paraíso cruel de las dudas, el miedo y la incertidumbre.

Abre el mes de mayo su recorrido con la celebración del trabajo -ironías de la crisis sistémica-, la jornada que conmemora asesinatos, y se cierra abril, entre otras desmemorias, con la proclamación de la República Española y la revolución de Portugal. En otros tiempos, cuando sabíamos lo que significaba ser de izquierdas, esas fechas tenían alto valor simbólico. Eran días para recordar, celebrar, entristecerse o reír. Hoy, cuando el huracán de la historia postcontemporánea nos ha pasado (a todos) por encima, estos cruciales acontecimientos sólo son notas a pie de página en los almanaques del tiempo perdido, libros que nadie lee, vivencias muertas (si se admite la expresión). 14 de abril de 1931. Apenas guardo recuerdos propios. Lo que me queda es indirecto, impostado, falso: memoria de otros, recuerdos de recuerdos. Más cerca, muchos más cerca, tengo la guerra, los obligados desplazamientos, la necesidad y luego el exilio. Salto en el tiempo. Portugal, 25 de abril, 1974. Parece que fue ayer, un ayer de alegrías y canciones de José Afonso, cuando los altivos capitanes dijeron basta. Cierro los ojos, busco en los archivos polvorientos de mi cabeza (las conexiones neuronales no funcionan con la rapidez de antaño) y veo el sereno rostro del general (en 1974 era un austero coronel de 52 años) Vasco Gonçalves. Parece que fue ayer, insisto, y, sin embargo, la aceleración del presente ha convertido aquella experiencia valiente y radical de nuestros maltratados vecinos peninsulares en unas fotografías descoloridas, pasado remoto. Todo es remoto, historia enterrada, salvo lo que está sucediendo en este preciso instante, salvo el presente más incomprensible y feroz. El presente es la memoria activa de lo que está siendo ante nuestros ojos, ante el desconcierto de nuestros ojos. El presente, desde que se ha instalado el tempo acelerado del capitalismo -una prolongación sofisticada del modo lineal, agustiniano- es fugaz, incierto, estéril: tierra baldía. El presente es el lugar de combate, el escenario, la cuarta pared, donde ocurre todo aquello que no debería suceder.

Los pobres nunca nos hemos recostado en un diván. Nunca hemos podido mirar el tiempo y la vida, como el que observa el deambular de la gente desde la terraza de un café, desde un diván. La imposibilidad material de cambiar de punto de vista, la mirada sobre el mundo y el ángulo de ataque, ha favorecido nuestra lucha. Estamos hechos de decisiones y errores, discusiones y batallas. Salvo algunos interesados y muchos arribistas, estamos condenados a la lucidez del análisis, a la perspicacia del enemigo, a las patrañas y las escisiones. Hemos vivido en un mundo deformado por las noticias de la guerra fría y de la guerra caliente, hasta componer nuestra imagen del mundo con los jirones de la experiencia, con las miserias de la experiencia, con las maldades de la experiencia. Los divanes, desde Freud, son objetos, muebles, decoración de interiores, que no han existido en nuestros entornos de alacenas, jergones, mesas de madera e infiernillos. Se llamaban infiernillos por el calor y el color del fuego. Un pequeño infierno debajo de cada mesa. Primero eran de carbón, brasas. Más tarde, con el progreso, fueron eléctricos. ¿Has apagado el infiernillo? Las faldas de las mesas-camilla ardían con facilidad. Los divanes, pese a su larga tradición centroeuropea, calaron mal en los países mediterráneos. Bastante teníamos con afrontar y superar el catolicismo, la hipocresía, los curas con pistola y la Sección Femenina. Arriba España.

Esta visto que, con la edad, la memoria va por donde quiere. Los recuerdos, impulsados por el viento de las palabras, por su frágil resonancia, componen un especial y significativo campo semántico. Diván e infiernillo, así, en diminutivo, como quitándole enjundia a la expresión, son términos que no deberían ir juntos. Nada parece unir estas dos palabras y mucho menos en un nota que se titula -no sin cierta pretensión- “La izquierda en el diván”. Diván e infiernillo conforman una triste pareja de baile de salón. Una de esas parejas, a media luz, detenidas en un escorzo imposible, a las que la edad ha estropeado el maquillaje y la belleza. Los años finales de la vida pasan, parece ser, con demasiada rapidez. No lo sé. Quizá no sea malo. La vejez, reitero, es el paraíso cruel de las dudas, el miedo y la incertidumbre. La izquierda también envejece. Las palabras se asocian entre sí buscando acomodo en un presente lleno de anuncios publicitarios y trampas retóricas. Si no fuera injusto diría que la izquierda se sentó una tarde en un diván de terciopelo rojo y le gustó la textura, la suavidad, la caricia. En realidad sería una injusticia histórica. Por eso es mejor no pensarlo.

Abril 23, 2009

Eduardo Galeano: “Celebración de la fantasía”

Archivado en: Eduardo Galeano — max @ 5:17 pm
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Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca
del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas
y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra,
cuando un niño del lugar, enclenque, se acercó a
pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la
lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé
qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un
cerdito en la mano.
Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras
me encontré rodeado de un enjambre de niños que exig
ían a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus
manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado;
Había quien quería un cóndor, y quien una serpiente,
otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban
los que pedían un fantasma o un dragón.
Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito
que no alzaba más de un metro del suelo, me
mostró un reloj dibujado con tinta negra en la muñeca;
- Me lo mandó un tío mío que vive en Lima -dijo.
-¿Y anda bien? -le pregunté.
- Atrasa un poco – reconoció.
De “El libro de los abrazos”

Abril 12, 2009

Pedro A. Martín: “El juguete”

Archivado en: Pedro A. Martín — max @ 6:20 pm
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Era alto, bien parecido y portaba un traje de un corte que algunos definen como moderno. Con movimiento seguro entró en la tienda y nada mas llegar al mostrador preguntó si vendía juguetes. Sí, contesté, y que tipo de juguetes buscaba. Contestó que uno de esos, ya sabe, una pistola. Aún se extendió algo más. Quería una que fuera manejable, pesara poco y además también barata. Cuando le dije que no tenía pistolas baratas levantó las cejas en señal de disgusto. Pidió que le mostrara algunas y lo hice a la vez que le explicaba varias de las características de las mismas: peso, modelo, modo de carga, tipo de munición y según para que delitos cual era mas interesante. Le mostré varias para entre dos y cinco años, seis y doce, algún modelo juvenil y por supuesto, para adultos. Después de elegir una Mágnum tipo Clint su interés derivó hacia la manejabilidad y el precio con munición incluidas. La verdad, dijo, no había pensado gastar tanto, pero… No parecía encontrarse seguro de su elección, pero sí de la adquisición. Volvió a quejarse del precio pero con gesto tranquilo sacó dinero de una elegante billetera disponiéndose a pagarme y lo hizo a la vez que se negaba a que le envolviera su recién comprado juguetito porque quería cargarlo aquí mismo. También lo hizo y cuando terminó la operación levantó su juguete a la altura de mis ojos y agradeciéndome la atención prestada disparó.

Abril 9, 2009

Alicia Rosales: “Preparando la vuelta…”

Archivado en: Alicia Rosales — max @ 4:05 pm
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Eres una isla soñada
En el centro del océano
Donde las olas militan
En tu andar de hombre honesto.

Yo te encontré en otro mar
Pez rotundo respirando sin agua
Y te llevé en mis sueños
De espuma desbocada.

Me has dado el rumbo
De tu existencia entregada
Las velas hinchadas
Al abrazo del tiempo
Y en tu amor de deseo salado
He aprendido que el mar
Es más que un sueño.

Marzo 25, 2009

Beatriz Viol: ¿Quién…?

Archivado en: Beatriz Viol — max @ 5:04 pm
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¿QUIÉN me reconocerá cuando
me deshaga de
los lazos, el jabón, el pelo,
el carmín, el flúor, los dientes,
las gafas, el rimel, las pestañas,
la ropa, el perfume, la piel?
Y cuando me muestre entonces en carne
viva,
frente a los maniquíes de los escaparates
en las calles, ¿Quién me reconocerá?
¿Resistiréis la tentación de llevarme
a un lugar seguro?

Marzo 21, 2009

Armando Rodríguez Ballesteros: “De la memoria”

Archivado en: Armando R. Ballesteros — max @ 2:03 am
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Gracias a la
memoria
Puente del tiempo
Puedes iniciarte recordando
Los puntos en el mapa que te llaman
Y descifrar en viejas casas conocidas
Las miradas y voces de tus muertos
Cómo saber sin ella que la tierra
Sangra por una herida antigua
De qué otra forma ante el cadáver del árbol
O ante el lecho seco del río
Entenderías la nostalgia de tu padre
A qué sortilegio invocarías
Para guardar tu infancia y tus amores
De cuál cofre sacarías las palabras
Eleva a la memoria
Por lo que tiene de eterno
Gracias a ella
Ni tú ni yo ni los demás
Somos extraños

Para Andrea Rodríguez Oramas, tomado de Con-fabulacion

Armando Rodríguez Ballesteros – Bogotá, Colombia, 1956. Poeta, periodista, editor, profesor universitario. Culminó estudios de Literatura, Lingüística y Diplomacia. Ha publicado Presagios y Migraciones, poemas, Ulrika Editores, Bogotá; 1986; Lubros, poemas, Ulrika Editores, Bogotá, 1988; Postal de fin de siglo, antología de poesía colombiana, Kolibro Editores, Bogotá, 1995; Ojos de Ritual, poemas, Kolibro Editores, Bogotá, 1997; Pasos de Gato, poemas, Ediciones Perro Azul, San José, Costa Rica, 2002, y Lunada Poética / Poesía costarricense actual, Vol I, Ediciones Andrómeda, San José, 2005 y Lunada Poética / Poesía costarricense actual, Vol II, Ediciones Andrómeda, San José, 2006.. Coautor de los volúmenes antológicos de poesía hispanoamericana publicados en 1993, 1994, 1995 bajo el título Poesía Viva, con el sello editorial Ulrika. Ha sido incluido en las antologías Poesía Colombiana Actua”, Kolibro Editores, Bogotá, 1991; Antología de la poesía colombiana, Biblioteca Familiar Presidencia de la República, Bogotá, 1996; Tambor en la sombra, Poesía colombiana del siglo XX, Ediciones Verdehalago, México, 1996; Antología de la poesía colombiana, Ministerio de Cultura/ El Áncora Editores, Bogotá, 1997; Quién es quién en la poesía colombiana, Banco de la República,/ Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá, 1998; World Poetry 2000, Mississippi Review, Center for Writters, The University of Southern Mississippi, Hattiesburg, 2000, y Poetas Bogotanos, Editorial Panamericana, Bogotá, 2000, entre otras. Cofundador y coordinador del Festival Internacional de Poesía de Bogotá, entre 1992 y 2000. Coordinador de talleres de poesía en Colombia y Costa Rica. Cofundador y coordinador, desde 2003, del programa “Lunada Poética” que se lleva a cabo en San José, en la Casa de Cultura Popular del Banco Popular. Director de la colección Mono a Cuadros / Cuadernos de Poesía. Poemas, relatos y ensayos críticos de su autoría sobre arte, literatura y producción audiovisual han sido publicados en revistas y suplementos literarios de diversos países. Poemas suyos han sido traducidos al inglés, francés y portugués.

Marzo 15, 2009

Manuel Fernández-Cuesta: “Leer en tiempos de crisis”

Archivado en: Manuel Fernández-Cuesta — max @ 6:41 pm
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Confiemos, por una vez, en las estadísticas. En nuestro país ha crecido, repiten los datos oficiales, la comunidad lectora. Esta afirmación, por sí sola, debería ser motivo de satisfacción tanto para la industria del libro, necesitada de ampliar su cuota de mercado, como para los diferentes poderes públicos, deseosos de contar, sin duda, con una ciudadanía atenta, sensible y consciente.

Las reiteradas campañas de fomento de la lectura pretenden que lo hagamos de manera alegre y gozosa, divertida y espontánea, dando por sentado que el hecho físico e intelectual de leer, con independencia de la calidad, es un valor esencial de la democracia, un nuevo activo ciudadano comparable a la igualdad o a la tolerancia ante la diversidad.

Las acciones gubernamentales de impulso del hábito son genéricas, transversales, y no especifican o promueven materias concretas, títulos o escritores. Lo contrario sería, en los regímenes democráticos, una violenta intromisión en la autonomía de la voluntad, un atentado a la libertad de pensamiento, elección y empresa. Lea, repite el ministerio correspondiente, lea. El contenido ya lo decidirá usted -si puede y le dejan- actuando con su fuerza de cliente responsable (sic) sobre la inmensa y apetitosa oferta editorial.

Extender la cultura, sin proponer una definición de la misma, al cuerpo social a través de los libros preside las intenciones de la Administración, intenciones secundadas, con natural empeño, por las compañías productoras. Sin embargo, la lectura moderna, el modo contemporáneo de aproximación a las obras, es asumida por una parte mayoritaria de la ciudadanía -impulsada por estas campañas y el recuperado prestigio de la letra impresa- como un intento de recreación de la imaginaria “vida interior” (perdida ante la permanente exposición pública del mundo del trabajo), recreación artificial que cubriría un espacio vacío dentro del dominio de la individualidad. En resumen, una alternativa más de ocio privado ofrecido por la insaciable sociedad del espectáculo.

Sabido es que la lectura es una actividad individual. Un acto íntimo provocado por la relación entre el sujeto y el libro. Pero si esta acción no influye en el discurso colectivo dominante, si el trato con las imágenes, personajes, símbolos, sensaciones e ideas no genera crítica social y, por extensión, no facilita la participación juiciosa de la ciudadanía en los asuntos públicos, el hecho en sí quedará relegado a la mera intimidad, convirtiendo el ejercicio en una especie de autismo semántico o superflua exaltación de la subjetividad: un entretenimiento fugaz. Leer es el paso (necesario) del yo al nosotros. Un salto necesario para la profundización de la identidad colectiva.

Trascender, en aras de la participación, ese instante de intimidad que la lectura conlleva es una de las aspiraciones de toda comunidad lectora, de cualquier comunidad democrática. Es por esta razón que, superado el momento de soledad y concentración, esos minutos de introspección cada vez más escasos teniendo en cuenta el ruido reinante, la prolongación de las jornadas laborales y la convulsa vida en las sociedades occidentales, se impone el acercamiento de lo leído y experimentado al relato común, a la construcción múltiple, contra el pensamiento único, del sentido.

O la polis interpreta a sus clásicos y contemporáneos con sentido crítico y práctico, extrayendo consecuencias de sus miradas, o el individualismo, uno de los dogmas refutados en esta impredecible crisis neoliberal, seguirá articulando todas las respuestas posibles. Lee y difunde, se decía años atrás, cuando las palabras encadenadas influían. Los éxitos editoriales circulan de boca a oreja, se repite ahora.

Impulsado el libro, desde el siglo XIX, bajo la imaginaria entidad de capital cultural circulante, las obras adquieren su verdadero valor, su valor de uso y cambio, cuando las proposiciones e interrogantes que plantean -sean narración, ensayo o poesía- forman parte de los intercambios democráticos e integran el discurso activo del cuerpo social. Si Juan Marsé, Belén Gopegui, Isaac Rosa, Alejandro Gándara, Almudena Grandes o Antonio Muñoz Molina, por citar novelistas actuales, no consiguen generar una sociedad más reflexiva, si no sirven a los lectores -acostumbrados a leer sin modificar el escenario- para asaltar los cielos y cambiar los cimientos de la razón hegemónica, ¿cuál es su función? ¿Cuál será, en la sociedad posindustrial, la labor del escritor? ¿Agitar o entretener? ¿Impulsar o sedar? Los más respetuosos dirán: ambas. Para viajar alrededor de la equidistancia no hace falta tanta alforja de papel.

Con la llegada de esta crisis, que algunos llaman sistémica (estructural, crisis del modelo de producción) y otros se limitan a calificarla como la más grave (coyuntural, crisis del modelo de gestión) desde la fundación del actual orden mundial en el fastuoso complejo hotelero Mount Washington en Bretton Woods (julio, 1944), el sector editorial ha lanzado su valiente premisa y construido su particular storytelling: el libro será uno de los valores refugio del pequeño consumo. Disminuye la demanda, se sostiene, y la recesión es un hecho empírico, pero la lectura se mantendrá firme -y la industria sufrirá menos que otras, pese a los previsibles reajustes- ya que los consumidores no podrán pasar sin su dosis cotidiana de letra impresa, sin su compulsivo y organizado ocio lector. Respiremos tranquilos. El optimismo cultural nos hará libres.

Estos días, parece, vuelven a las librerías textos del vilipendiado Karl Marx. Keynes y Galbraith son rescatados -zombis altaneros y polvorientos- de los almacenes. A tenor de estas reediciones -aceptando que esta sorprendente premisa sea cierta-, en épocas de crisis vuelven las respuestas conocidas, aquellas que fueron olvidadas por la arrolladora presencia, casi militar, de la producción teórica y literaria de los thinks tanks neoliberales. Pero las claras exposiciones históricas, sociológicas o políticas de analistas como Eric Hobsbawm, Vicenç Navarro, Immanuel Wallerstein, Giovanni Arrighi, José Manuel Naredo, Slavoj Zizek, Zygmunt Bauman o Terry Eagleton, por nombrar los más conocidos, no aparecen, como debieran, en el paisaje libresco cotidiano.

Vivimos en uno de los países europeos con mayor índice de fracaso escolar. Sumemos -un rápido cálculo- las horas de permanencia en el puesto de trabajo (el que lo tenga) al tiempo empleado en los desplazamientos. Añadamos a este resultado el promedio de horas, por persona, delante de la televisión (datos ofrecidos por los índices de audiencia), la convivencia con la familia, hijos o amigos, el aseo personal y la intendencia doméstica, urgencias, imprevistos y el obligado sueño. Finalizada la cuenta, pocas horas quedan para la lectura. ¿Cuándo puede el votante medio sumergirse en los clásicos o en las modernas obras de Coetzee, Modiano, Saramago, Doris Lessing, DeLillo, Lobo Antunes, Le Carré o el recuperado y cinematográfico Richard Yates, uno de los creadores que, con más claridad, analizó, años atrás, lo que somos? Malos tiempos, sin duda, para Antonio Gamoneda o Manuel Vilas, valiosos e intensos poetas de diferentes y relacionadas generaciones.

Confiemos, una vez más, en las estadísticas: en España ha crecido la comunidad lectora. Las razones y propuestas que encierran los libros, el punto de vista o la mirada del autor, siguen ausentes del debate, de la escena pública. La formación del gusto -esto es, la tendencia a la uniformidad del sentido e interpretación de acuerdo con los intereses dominantes- y la complacencia de los lectores -hemos pasado, en pocos años, de susurrar en la trastienda de las librerías a la exaltación de lo sentimental, la aventura con apariencia literaria y el bestseller nacional e internacional- parecen ser los ejes cartesianos que delimitan la creación, su actual norma de estilo. Una premisa se alza entre las ruinas del modelo de gestión capitalista: la lectura es, más que nunca, un arma arrojadiza. Un afilado e imprescindible instrumento para afrontar y combatir la inestabilidad, vital y laboral, del presente. La salud de una comunidad -las constantes vitales de una sociedad- se puede diagnosticar, también, analizando la lista de los libros más vendidos.

Manuel Fernández-Cuesta es director-editor de Ediciones Península (Grup 62)

Marzo 9, 2009

Manuel de la Fuente: “En brazos de Manitú, con el viento susurrándole al oído”

Archivado en: Manuel de la Fuente — max @ 5:01 pm
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Mangas Coloradas y su yerno Cochise, bravos entre los bravos, ya descansaban desde hacía tiempo en los cálidos y sagrados brazos de Manitú. El hacha de guerra quedaba ahora, desenterrada de nuevo, pidiendo sangre y cabelleras, en manos de Gerónimo, el fuego se encendía en su honor, los guerreros le tenían por guía y el más valiente de los valientes, los coyotes le huían y los casacas azules le temían. El orgullo chiricahua dependía de él, y también mantener la llama de la tradición, no olvidar a los que ya se habían ido. Cuando un apache moría, los bravos cerraban sus ojos y le engalanaban, le vestían con las mejores pieles y estampaban sobre su rostro las viejas pinturas de guerra. Luego, entre cantos, acompañados de su caballo favorito, iban a las montañas sagradas y, allí, para la eternidad, aunque la palabra adiós no existe en el idioma piel roja, su cuerpo era enterrado en una cueva, bajo piedras, como así había sido siempre, desde antes que los rostros pálidos y el caballo de hierro aparecieran. Sus posesiones, no demasiadas en un guerrero, eran repartidas entre su gente. Y allí quedaba hasta el fin de los siglos, entre los pinos, mientras el viento le susurraba un réquiem al oído. Que Manitú sea loado.

Febrero 25, 2009

María Toledano: “La caza”

Archivado en: María Toledano — max @ 4:08 pm
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El señor Mariano Fernández Bermejo, Ministro de Justicia, ha dimitido. Es decir, a Fernández, el fiscal prosperado, le han echado a gorrazos del Ministerio de Justicia. Llegar ministro de un gobierno progresista, míticos gobiernos de ZP, y que te echen así, haciendo el ridículo entre bestezuelas muertas, sangre derramada y cuernos retorcidos de venado, debe ser asunto delicado, triste, casi un discreto drama personal. Me imagino a su suegra, si la tiene, la pobre, el Señor Todopoderoso la conserve muchos años, la carita de estuco que se le habrá quedado. A Mariano Fernández Bermejo, que es de natural bravucón y malencarado, hombre firme y determinado de izquierdas (sic), le han puesto de patitas en la calle, con cajas destempladas y un rumor de siemprevivas que invade las cartucheras, por irse de cacería, una montería se decía en otros tiempos, con colegas y amigos del mismo jaez, intrépidos cazadores, gentes todas responsables y de intachable reputación. Fernández es el cazador cazado, cazado in fraganti, guárdate de los fotógrafos y de los conocidos con cámara de fotos, haciendo eso que en la noble nación española -y en algunos sectores de la vida civil- está tan mal visto: el franquista.

Esto de hacer el franquista, con perdón, es costumbre que se debe adquirir por el uso y frecuentación prolongada del poder, de todos los poderes. Será algo así como los pertinaces hongos que brotan en los zapatos de la gauche -si la suela es mala y suele ocurrir- de tanto andar por moquetas y recepciones de lujo y oropel. Recuerdo así, sin pensar mucho, a nuestro señorito González, don Felipe, surcando las aguas en el Azor, la embarcación del Generalísmo, la misma que el pequeño caudillo asesino llenaba de atunes y peces espada a los que tanta devoción religiosa tenía. La diferencia, señor Mariano, es que a don González, “queremos un hijo tuyo”, se le perdonaba y se le perdona todo, sabido es, tanto por sus méritos -que alguno tendrá, aunque una los ignore- como por su arrolladora gracia sevillana, españolísima y olé, mientras que a usted, de natural malencarado y bravucón, repito, y con una huelga de jueces en la recámara -el año que acomete la reforma de la carrera judicial y aumenta el presupuesto-, no le perdonan ni una. Siendo de Arenas de San Pedro, Ávila, y habiendo nacido en 1948, IX año triunfal, ya debería estar usted curado de espanto, trampas y cartuchos. ¿Cómo se puede ir de cacería, siendo Ministro de Justicia de PSOE, cuando tenemos presente La escopeta nacional de Berlanga y Azcona? Poco importa el resto de los cazadores, sus acompañantes; poco importa si había jueces u otras destacadas personalidades civiles y/o militares. El mero hecho de salir de montería, con la que está cayendo y lo que significa en el imaginario colectivo, merece el despido. A nadie le importa, señor Mariano, si los disparos se produjeron en Jaén y si tenía o no licencia actualizada; poco importa, señor Mariano, si la broma (con el reparador “taco” incluido) costó mil euros o dos billones. La cuestión es otra. La caza mayor, ex ministro socialista Bermejo, no está bien vista por millones de personas que han sufrido la dictadura y han visto a Franco, sus parientes, consejeros y amigos, con un pie en el hocico de un animal abatido. Para redondear el circo campestre sólo hubiera faltado, como en la película, un maduro empresario catalán, con su amante, tratando de vender porteros automáticos. La historia vuelve, más que nunca, como farsa. Farsa y esperpento. Y Mitrofán sin enterarse.

Con tres complicadas elecciones a las puertas, el presidente Rodríguez Zapatero, ha aceptado -los eufemismos más vivos que nunca- la dimisión del Ministro de Justicia, Fernández Bermejo. Los asesores de Moncloa, los mismos que contemplaron atónitos la fotografía, han hecho sus interesados cálculos. Mejor ahora, cuanto antes, aguantemos el chaparrón y en una semana se habrá pasado. No les falta razón a los cualificados miembros del ala oeste de la Moncloa. El tiempo juega a su favor: este suceso pasará pronto, sin duda, resta fuerza al discurso crítico del PP (inmerso en sus cuestiones de espías, corruptelas, gominas y demás) y la prensa, necesitada de carne fresca cada día, atenderá, en breve, otros asuntos. Los analistas tendrán razón pero permitirán, espero, que nos quedemos con este magnífico suceso para la posteridad, para contar y contar a nuestros nietos. Hay cosas que, pese al paso del tiempo, seguiremos recordando cada vez que surja la ocasión, toque disfrutar con recuerdos cínicos y tengamos ganas de reír. Ay, Mariano, Mariano, y todo este entuerto por pegar unos tiros al alba.

Enero 7, 2009

D.H. Lawrence: “Self-Pity”

Archivado en: D. H. Lawrence — max @ 3:30 pm
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I never saw a wild thing
sorry for itself.
A small bird will drop frozen dead from a bough
without ever having felt sorry for itself.

Enero 2, 2009

Jerome David Salinger: “Un día perfecto para el pez plátano”

Archivado en: Jerome David Salinger — max @ 10:34 pm
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En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó
del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y-ya era la cuarta o quinta llamada-levantó el auricular del teléfono.
-Diga-dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
-Su llamada a Nueva York, señora Glass-dijo la operadora.
-Gracias-contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
A través del auricular llegó una voz de mujer:
-¿Muriel? ¿Eres tú?
La chica alejó un poco el auricular del oído.
-Sí, mamá. ¿Cómo estás?-dijo.
-He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
-Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han…
-¿Estás bien, Muriel?
La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
-Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde…
-¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada…
-Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente -dijo la chica-. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después…
-Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que…
¿Estás bien, Muriel? Dime la verdad.
-Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
-¿Cuándo llegasteis?
-No sé… el miércoles, de madrugada.
-¿Quién condujo?
-Él-dijo la chica-. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
-¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que…
-Mamá-interrumpió la chica-, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
-¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
-Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles… se notaba. Por cierto, ¿papá ha hecho arreglar el coche?
-Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para…
-Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para…
-Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás…
-Muy bien-dijo la chica.
-¿Sigue llamándote con ese horroroso…?
-No. Ahora tiene uno nuevo
-¿Cuál?
-Mamá… ¿qué importancia tiene?
-Muriel, insisto en saberlo. Tu padre…
-Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948-dijo la chica, con una risita.
-No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo…
-Mamá-interrumpió la chica-, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza…
-Lo tienes tú.
-¿Estás segura?-dijo la chica.
-Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la… ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
-No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
-¡Pero está en alemán!
-Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia-dijo la chica, cruzando las piernas-. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma… nada menos…
-Espantoso. Espantoso. Es realmente triste… Ya decía tu padre anoche…
-Un segundo, mamá-dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama-. ¿Mamá?-dijo, echando una bocanada de humo.
-Muriel, mira, escúchame.
-Te estoy escuchando.
-Tu padre habló con el doctor Sivetski.
-¿Sí?-dijo la chica.
-Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas… ¡Todo!
-¿Y…?-dijo la chica.
-En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
-Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra -dijo la chica.
-¿Quién? ¿Cómo se llama?
-No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
-Nunca lo he oído nombrar.
-De todos modos, dicen que es muy bueno.
-Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que… anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa…
-Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
-Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la…
-Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí-dijo la chica-. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
-¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta?
Está…
-Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
-¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
-Me he quemado toda, mamá, toda.
-¡Qué horror!
-No me voy a morir.
-Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
-Bueno… sí… más o menos…-dijo la chica.
-¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
-En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
-Bueno, ¿qué dijo?
-¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando al bingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije…
-¿Porqué te hizo esa pregunta?
-No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé-dijo la chica-. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo…
-¿El verde?
-Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas…! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison… la mercería…
-Pero ¿qué dijo él? El médico.
-Ah, sí… Bueno… en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar.
Había mucho barullo.
-Sí, pero… ¿le… le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
-No, mamá. No entré en detalles-dijo la chica-. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
-¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse… ya sabes, raro, o algo así…? ¿De que pudiera hacerte algo…?
-En realidad, no-dijo la chica-. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno… todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
-En fin. ¿Y tu abrigo azul?
-Bien. Le subí un poco las hombreras.
-¿Cómo es la ropa este año?
-Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
-¿Y tu habitación?
-Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra-dijo la chica-. Este año la gente es espantosa.
Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un camión.
-Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
-Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
-Muriel, te lo voy a preguntar una vez más… ¿En serio, va todo bien?
-Sí, mamá-dijo la chica-. Por enésima vez.
-¿Y no quieres volver a casa?
-No, mamá.
-Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos…
-No, gracias-dijo la chica, y descruzó las piernas-.
-Mamá, esta llamada va a costar una for…
-Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra… quiero decir, cuando una piensa en esas esposas alocadas que…
-Mamá-dijo la chica-. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
-¿Dónde está?
-En la playa.
-¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
-Mamá-dijo la chica-. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
-No he dicho nada de eso, Muriel.
-Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
-¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
-No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
-Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
-Lo conoces muy bien-dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas-. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
-¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
-No, mamá. No, querida-dijo la chica, y se puso de pie-. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
-Muriel, hazme caso.
-Sí, mamá-dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
-Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro…, ya me entiendes. ¿Me oyes?
-Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
-Muriel, quiero que me lo prometas.
-Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá-dijo la chica-. Besos a papá-y colgó.
-Ver más vidrio-dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre-. ¿Has visto más vidrio?
-Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
-No era más que un simple pañuelo de seda… una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo-dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter-. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
-Por lo que dice, debía de ser precioso-asintió la señora Carpenter.
-Estáte quieta, Sybil, cariño…
-¿Viste más vidrio?-dijo Sybil.
La señora Carpenter suspiró.
-Muy bien-dijo. Tapó el frasco de bronceador-. Ahora vete a jugar, cariño.
Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
-¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?-dijo.
El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
-¡Ah!, hola, Sybil.
-¿Vas a ir al agua?
-Te esperaba-dijo el joven-. ¿Qué hay de nuevo?
-¿Qué?-dijo Sybil.
-¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
-Mi papá llega mañana en un avión-dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
-No me tires arena a la cara, niña-dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil-. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
-¿Dónde está la señora?-dijo Sybil.
-¿La señora?-el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo-.
Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería.
Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
-Pregúntame algo más, Sybil-dijo-. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
-Es amarillo-dijo-. Es amarillo.
-¿En serio? Acércate un poco más.
Sybil dio un paso adelante.
-Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
-¿Vas a ir al agua?-dijo Sybil.
-Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
-Necesita aire-dijo.
-Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir-retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena-. Sybil-dijo-, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti-estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil-. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
-Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano-dijo Sybil.
-¿Sharon Lipschutz dijo eso?
Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
-Bueno -dijo-. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
-Sí que podías.
-Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
-¿Qué?
-Me imaginé que eras tú.
Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
-Vayamos al agua-dijo.
-Bueno-replicó el joven-. Creo que puedo hacerlo.
-La próxima vez, échala de un empujón -dijo Sybil.
-¿Que eche a quién?
-A Sharon Lipschutz.
-Ah, Sharon Lipschutz -dijo él-. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.-De repente se puso de pie y miró el mar-. Sybil-dijo-, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
-Un pez plátano-dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces.
Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
Los dos echaron a andar hacia el mar.
-Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano-dijo el joven.
Sybil negó con la cabeza.
-¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
-No sé-dijo Sybil.
-Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
-Whirly Wood, Connecticut-dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
-Whirly Wood, Connecticut-dijo el joven-. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
Sybil lo miró:
-Ahí es donde vivo-dijo con impaciencia-. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
-No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso -dijo él.
Sybil soltó el pie:
-¿Has leído El negrito Sambo?-dijo.
-Es gracioso que me preguntes eso-dijo él-. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.-Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil-. ¿Qué te pareció?
-¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
-Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
-No eran más que seis-dijo Sybil.
-¡Nada más que seis! -dijo el joven-. ¿Y dices «nada más»?
-¿Te gusta la cera?-preguntó Sybil.
-¿Si me gusta qué?
-La cera.
-Mucho. ¿A ti no?
Sybil asintió con la cabeza:
-¿Te gustan las aceitunas?-preguntó.
-¿Las aceitunas?… Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
-¿Te gusta Sharon Lipschutz?-preguntó Sybil.
-Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás.
Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
Sybil no dijo nada.
-Me gusta masticar velas-dijo ella por último.
-Ah, ¿y a quién no?-dijo el joven mojándose los pies-. ¡Diablos, qué fría está!-Dejó caer el flotador en el agua-. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
-¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?-preguntó él.
-No me sueltes-dijo Sybil-. Sujétame, ¿quieres?
-Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo-dijo el joven-.
Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
-No veo ninguno-dijo Sybil.
-Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
Siguió empujando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
-Llevan una vida triste-dijo-. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
Ella negó con la cabeza.
-Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos
de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos-empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte-. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
-No vayamos tan lejos-dijo Sybil-. ¿Y qué pasa despues con ellos?
-¿Qué pasa con quiénes?
-Con los peces plátano.
-Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
-Sí-dijo Sybil.
-Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
-¿Por qué?-preguntó Sybil.
-Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
-Ahí viene una ola-dijo Sybil nerviosa.
-No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia-dijo el joven-, como dos engreídos.
Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
-Acabo de ver uno.
-¿Un qué, amor mío?
-Un pez plátano.
-¡No, por Dios!-dijo el joven-. ¿Tenía algún plátano en la boca?
-Sí-dijo Sybil-. Seis.
De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
-¡Eh!-dijo la propietaria del pie, volviéndose.
-¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
-¡No!
-Lo siento-dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió.
El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
-Adiós -dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
En el primer nivel de la planta baja del hotel-que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia- entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
-Veo que me está mirando los pies-dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
-¿Cómo dice?-dijo la mujer.
-Dije que veo que me está mirando los pies.
-Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo -dijo la mujer, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
-Si quiere mirarme los pies, dígalo-dijo el joven-. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
-Déjeme salir, por favor-dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
-Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos-dijo el joven-. Quinto piso, por favor.
Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.

Silvio Rodríguez: “Aunque no esté de moda”

Archivado en: Silvio Rodríguez — max @ 4:15 pm
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Hoy de mí hacia tí,
hoy de tí hacia mí
quiero hacerte un regalo viejo
desempolvemos algo,
las pasiones lejanas
algo de aquellos sueños sin ventana
Vivamos de corrido, sin hacer poesía,
aprendamos palabras de la vida.

Desnudémonos, pues,
como viejos amantes
que lo mismo de siempre
nos quede delante.
Desnudémonos, pues,
como viejos amantes
que se apague la luz
y que el sol se levante.

Te quiero salvar de tu desnudez
en pleno centro de la soledad.
Me quiero salvar haciendo revolución
desde tu cuerpo de cristal.

Algo nos está pasando,
ayer te leí una mano
y cada dibujo al verme me interrogó.
algo nos está pasando,
ayer apreté el interruptor
de encender la luz
y encendí el sol.

Hoy de tí hacia mí,
hoy de mí hacia tí
vamos a hablar en voz muy baja
dime lo que te pasa, déjame levantarte,
déjame darte un beso y curarte
vivamos de corrido, sin hacer poesía
aunque no esté de moda en estos días.

Aunque no esté de moda te pido una mano,
mis entrañas no entienden de estética y cambios
aunque no esté de moda
repite conmigo
quiero amor, quiero amor,
quiero amor compartido.

Te quiero salvar de tu desnudez
en pleno centro de la soledad.
Me quiero salvar haciendo revolución
desde tu cuerpo por variar.

Algo nos está pasando,
un ruido como de pasos
viene en la oscuridad
y se vuelve a ir.
Algo nos está pasando,
desde que la gente está empeñada
en quererse amar
y en poder vivir.

Diciembre 24, 2008

María Toledano: “La destrucción de la política”

Archivado en: María Toledano — max @ 6:36 pm
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Rebelión

Al caer la tarde, cuando se apagan las luces de los centros comerciales y el mundo de neón desaparece, el individuo se refugia en su casa, abre los paquetes (el único instante diario de placer) y siente realizada la condición de consumidor otorgada por el mercado. Como este placer es momentáneo -sólo existe mientras realiza el acto mismo- pocos minutos después, en soledad, vuelve al estado natural de inacción: la pasividad propia de las sociedades democráticas del siglo XXI. Así, con este tipo de afirmaciones, debería arrancar una reflexión sobre la imposibilidad de la política -entendida como confrontación- en los estados armónicos y culturales de libre mercado. Esta mirada debería recoger la ausencia de un relato político articulado, el temor que cualquier idea colectiva -nacida de la experiencia real- provoca en los fabricantes de opinión y la resignación, por no decir indiferencia, que un análisis sobre las posibilidades de un futuro social y laboral organizado de otra manera sugiere entre los votantes. La realidad se ha disfrazado con el velo azul de los antidepresivos y la cohesión social depende del calendario laboral: fiestas, puentes y demás divertimentos comunes.

La política, en el viejo capitalismo, era tensión y huelgas, despidos y batallas sindicales, ayuda mutua, por citar el viejo concepto anarquista, y solidaridad obrera: cultura popular (común) y conciencia de clase. La nueva política, en este capitalismo acelerado que se refunda sobre conocidos cimientos y reuniones, rechaza el conflicto como algo ajeno y aboga por una sociedad uniformizada por el patrón-consumo, una burbuja brillante que deslumbra con infinita potencia. La política ha desaparecido puesto que ha desaparecido el escenario y el terreno donde era posible el enfrentamiento real. Desde la segunda mitad de los años ochenta, por fijar fechas, el escenario material dejó su sitio en la esfera del dominio-resistencia al escenario virtual y los conflictos dejaron de afectar a personas concretas para adquirir dimensión de acontecimiento mediático. Esto no quiere decir que la realidad del desempleo no afecte a personas reales (todo aquel que pierde el empleo y no puede afrontar el pago de su préstamo hipotecario, por ejemplo) y que los problemas (precariedad, inseguridad laboral) no sean tangibles. Quiere decir, de forma simbólica, que la condición de verosimilitud que conllevaba la realidad, ha sucumbido ante la estadística, las declaraciones altisonantes de los políticos o la vulgaridad de una nota de prensa explicativa. El trabajo ha desaparecido del debate público y los problemas, por tanto, son de otra índole discursiva. Ya no hacen política los ciudadanos, las organizaciones o sindicatos de servicios: la hacen los thinks tanks (entre ellos) y sus medios de transmisión de ideología dominante. De actores a espectadores. Entre los actores (emisores activos) y los espectadores (receptores pasivos) se encuentra un foso, una barrera de contención, una distancia. La cuarta pared de la que hablaban los teóricos del teatro nos ha sepultado con su armazón de hormigón y lazos de colores.

Frente a esta tesitura, frente al peso muerto del “fin de la historia” como lucha de clases que preconizan sin descanso, algunos partidos políticos minoritarios (de la izquierda) intentan levantar la cabeza, asomarse entre los escombros, vislumbrar otra forma de hacer política con una articulación que recupere la dimensión colectiva del quehacer. Sus intenciones son loables y en esa línea es necesario perseverar. Sin embargo, pese a que los altavoces están preparados y la palabra sea certera y justa, al mirar hacia atrás, los soldados han desaparecido. Imaginemos una “vanguardia consciente” a la que no siguiera nadie. Imaginemos la desolación. Recuperar el sentido de la historia colectiva debería ser uno de los primeros pasos. Al recuperar la historia, la lucha (de clases) se convierte en reflejo de lo que somos, de lo que podemos ser. La condena al consumo, la condena a la frágil felicidad sólo puede entenderse como una pena privativa de libertad. La batalla, el campo abierto, es el lugar donde las múltiples identidades inventadas por el capitalismo, los cantos de sirena de la plural subjetividad, desaparecen y la identidad de clase, de pertenencia a un sujeto histórico determinado, adquiere dimensión de discurso político. Sólo en la historia, entendida como narración de la experiencia y acción, puede la izquierda recuperar sus soldados, sus famélicas legiones.

Noviembre 25, 2008

María Toledano: “Una muerte digna para Izquierda Unida”

Archivado en: María Toledano — max @ 3:43 pm
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Rebelión

Nace la enfermedad, en ocasiones, del mismo remedio. Gracián.

Nació enferma, como esos niños de la posguerra española, hambre y piorrea, cuyas condiciones materiales (agonías de ayer y hoy) no garantizaban el primer año de vida. Nació con los brazos romos, poco pelo y ralo, oscuras manchas en la piel y una mirada perdida que, desde luego, no presagiaba salud. Nació contrahecha, deforme y jorobada como los grandes Leopardi y Gramsci y fue parida (y concebida) con dolor y alegría, si acaso es posible, extraña conjunción política -el marchamo de legitimidad ética- heredera de las grandes gestas del PCE durante el franquismo. Vio la luz con problemas intestinales y arritmias varias, costras en las extremidades, rodillas dobladas hacia adentro, cuatro dedos en cada mano y una protuberancia en la cabeza, a modo de falso cuerno de la abundancia (préstamos bancarios) o ariete contra la ofensiva neoliberal del PSOE de González y sus sátrapas provinciales y locales. Nació en 1986, creo recordar, y aunque los familiares cercanos (carlistas y humanistas, entre otros) eran optimistas, “OTAN, de entrada, no”, rechazaba el alimento. Sin embargo, azares del destino y coyuntura política, empezó a comer y su salud, sin mejorar demasiado, le permitió ganar peso en las semanas que siguieron a su alumbramiento. Nació enferma, eso sí, y pese a algunos momentos posteriores de gloria electoral (asociados a la corrupción del PSOE y a los diversos califatos independientes), no parecía que su esperanza de vida fuera muy elevada. Pese a los malos augurios -heraldos negros- y la irrupción de algunos estrategas de escasa formación política e intelectual -que luego siguieron su carrera hasta la ruina y salen siempre en la fotografía junto al líder, sea el que sea-, la niña enferma ya ha cumplido veintidós años, veintidós largos y nada fructíferos años, que lucen como veintidós soles tristes de otoño, ese sol que se levanta adormecido y sin fuerza los días de niebla.

Nació enferma, ya sabíamos, con graves (e irresolubles) problemas en la estructura ósea. Su esqueleto moderno y funcional (flexible columna vertebral de movimiento político-social), era ajeno a la tradición combatiente, ajeno a su cuerpo electoral, a lo que los amigos y vecinos podían reconocer y comprender. Empezó a andar en el mercado de los votos -con las dificultades propias de sus extremidades blandas y las rodillas inversas- y, a cada paso, parecía que se iba a romper. Su inestable equilibrio -la correlación de fuerzas- crujía con cada desgarro interior, cada reunión. Sus primeras palabras, dichas con tanta ilusión como ingenuidad, demostraron que hablaría con dificultad. No estaba dotada. Su nula capacidad para articular un discurso coherente y crítico acorde con la historia y el presente y su imposibilidad para afrontar con éxito la potencia simbólica del enemigo situaba a la enferma en un terreno de nadie, a medio camino entre la centralidad roja del mundo del trabajo (el motor inmóvil de los clásicos) y la amalgama rojiverdevioleta tan apreciada por las clases medias y medias-bajas urbanas bienpensantes. La enferma tenía varios diagnósticos en su cajón de sastre y tomaba pastillas (o no) en función de la enfermera de turno. Un día, lejanos años de euforia -sarampión electoral- unos quisieron acercarse al ala izquierda del PSOE (sic) y otros, hablaron de orillas (dos, claro). Entre unos y otros, la niña enferma, tierna y débil (la envenenada ignorancia de El País y el abrazo mortal de El Mundo), cayó al río -creyendo que era mozuela pero tenía marido- y claro, como no podía ser de otra forma, cogió un constipado mayor que derivó en pulmonía que, ay, derivó en neumonía. En el hospital, lógico, acabaron todos. Tenía, la pobre, respiración asistida y cortisona recorriendo su pequeño cuerpo. El jaleo en la habitación (sucesivamente compartida con un poeta, escritoras laureadas y varios cantantes) era insoportable. Nadie ponía sensatez y razón política en el desconcierto de voces cruzadas, mensajes contradictorios y resquebrajados marcos referenciales (pese a la claridad expositiva de Lakoff y otros teóricos de la comunicación). Más que habitación de hospital -lugar de reposo y sosiego- parecía aquello guardería en septiembre o, mucho peor, barraca de feria (ambulante) en la que todos buscan un premio, la muñeca chochona, un trabajo, una remuneración o lo que fuera menester con tal de permanecer. Esa es, pese a la apariencia, una de las cuestiones centrales. Nadie, tras la moqueta y el cargo, quiere volver a sus rutinas, trabajos (en el caso de tener) y vidas anónimas. “Izquierda Unida tiene un trozo muy pequeño de la tarta y en vez de preocuparse por ampliarlo, están más ocupados en repartirse las migas”, dice Carrillo, padre de la patria y anciano prohombre nacional.

Y así, como el que no quiere la cosa, pegando palos de ciego y algún escaso acierto, se llegó hasta hoy, hasta la esperpéntica última Asamblea Federal. El resultado es conocido: escasa representación pública, nula presencia social. Aquella enferma a la que todos quisimos tanto pide, exige, que le dejen morir en paz. Desde la izquierda, con fundadas razones éticas frente a los imperativos católicos, siempre se ha defendido el derecho a la eutanasia. La enferma ya no puede más y pide, suplica, que desconecten los cables. Esta terrible agonía de Izquierda Unida recuerda, un poco, aquella otra: Franco, noviembre de 1975. Sus fieles, los más interesados en aplicar imposibles remedios de choque contra la tromboflebitis y demás males acumulados, no querían que el dictador muriera. Normal. Se acababa el negociado. Muere Izquierda Unida de agotamiento. Nació enferma, como aquellos niños de posguerra a los que les faltaba calcio.

Octubre 13, 2008

Ray Bradbury: “Yacía como los pliegues de un brillante manto dorado” de “Fahrenheit 451″

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Pero, ahora, sólo escucho

Su retumbar melancólico, prolongado, lejano,

En receso, al aliento

Del viento nocturno, junto al melancólico borde

De los desnudos guijarros del mundo.

Los sillones en que se sentaban las tres mujeres crujieron.

Montag terminó:

Oh, amor, seamos sinceros

El uno con el otro. Por el mundo que parece

Extenderse ante nosotros como una tierra de ensueños,

Tan diversa, tan bella, tan nueva,

Sin tener en realidad ni alegría, ni amor, ni luz,

Ni certidumbre, ni sosiego, ni ayuda en el dolor;

Y aquí estamos nosotros como en lóbrega llanura,

Agitados por confusos temores de lucha y de huida

Donde ignorantes ejércitos se enfrentan cada noche.

Mrs. Phelps estaba llorando.

Las otras, en medio del desierto, observaban su llanto que iba acentuándose al mismo tiempo que su rostro se contraía y deformaba. Permanecieron sentadas, sin tocarla, asombradas ante aquel espectáculo. Ella sollozaba inconteniblemente. El propio Montag estaba sorprendido Y emocionado.

-Vamos vamos -dijo Mildred-. Estás bien, Clara, deja de llorar. Clara, ¿qué ocurre?

- Yo… yo -sollozó Mrs. Phe1ps-. No lo sé, no lo sé, es que no lo sé. ¡Oh, no…

Mrs. Bowles se levantó y miró, furiosa, a Montag.

-¿Lo ve? Lo sabía, eso era lo que quería demostrar. Sabía que había de ocurrir. Siempre lo he dicho, poesía y lágrimas, poesía y suicidio y llanto y sentimientos terribles, poesía y enfermedad. ¡Cuánta basura! Ahora acabo de comprenderlo. ¡Es usted muy malo, Mr. Montag, es usted muy malo!

Faber dijo:

-Ahora…

Montag sintió que se volvía y, acercándose a la abertura que había en la pared, arrojó el libro a las llamas que aguardaban.

-Tontas palabras, tontas y horribles palabras, que acaban por herir -dijo Mrs. Bowles-. ¿Por qué querrá la gente herir al prójimo? Como si no hubiera suficiente maldad en el mundo, hay que preocupar a la gente con material de este estilo.

-Clara, vamos, Clara -suplicó Mildred, tirando de un brazo de su amiga-. Vamos, mostrémonos alegres, conecta ahora la <familia». Adelante. Riamos y seamos felices. Vamos, deja de llorar, estamos celebrando una reunión.

-No -dijo Mrs. Bowles-. Me marcho directamente a casa. Cuando quieras visitar mi casa y mi «familia», magnífico. ¡Pero no volveré a poner los pies en esta absurda casa?

-Váyase a casa. -Montag fijó los ojos en ella, serenamente-. Váyase a casa y piense en su primer marido divorciado, en su segundo marido muerto en un reactor Y en su tercer esposo destrozándose el cerebro. Váyase a casa y piense en eso, y en su maldita cesárea también, y en sus hijos, que la odian profundamente, Váyanse a casa y piensen en cómo ha sucedido todo en si han hecho alguna vez algo para impedirlo ¡Acasa, a casa!  -vociferó Montag-. Antes de que las derribe de un puñetazo y las eche a patadas.      

Las puertas golpearon y la casa quedó vacía. Montag se quedó solo en la fría habitación, cuyas paredes tenían un color de nieve sucia.

En el cuarto de baño se oyó agua que corría. Montag escuchó cómo Mildred sacudía en su mano las tabletas de dormir.

-Tonto, Montag, tonto. ¡Oh, Dios, qué tonto! -repetía Faber en su oído-.

-¡Cállese!

Montag se quitó la bolita verde de la oreja y se la guardó en un bolsillo.

El aparato crepitó débilmente: « … Tonto… tonto…

Montag registró la casa y encontró los libros que Mildred había escondido apresuradamente detrás  del refrigerador. Faltaban algunos, y Montag comprendió

que ella había iniciado por su cuenta el lento proceso de dispersar la dinamita que había en su casa, cartucho por cartucho. Pero Montag no se sentía furioso, sólo agotado y sorprendido de sí mismo. Llevó los libros al patio posterior y los ocultó en los arbustos contiguos a la verja que daba al callejón. Sólo por aquella noche, en caso de que ella decida seguir utilizando el fuego.

Regresó a la casa.

-¿Mildred?   

Llamó a la puerta del oscuro dormitorio. No se oía ningún sonido.

Fuera, atravesando el césped, mientras se dirigía hacia su trabajo, Montag trató de no ver cuán completamente oscura y desierta estaba la casa de Clarisse McCIellan…

Mientras se encaminaba hacia la ciudad, Montag estaba tan completamente embebido en su terrible error que experimentó la necesidad de una bondad y cordialidad ajena, que nacía de una voz familiar y suave que hablaba en la noche. En aquellas cortas horas le parecía ya que había conocido a Faber toda la vida. Entonces, comprendió que él era, en realidad, dos personas, que por encima de todo era Montag, quien nada sabía, quien ni siquiera se había dado cuenta de que era un tonto, pero que lo sospechaba. Y supo que era también el viejo que le hablaba sin cesar, en tanto que el «Metro» era absorbido desde un extremo al otro de la ciudad, con uno de aquellos prolongados y mareantes sonidos de succión. En los días subsiguientes, y en las noches en que no hubiera luna, o en las que brillara con fuerza sobre la tierra, el viejo seguiría hablando incesantemente, palabra por palabra, sílaba por sílaba, letra por letra. Su mente acabaría por imponerse y ya no sería más Montag, esto era lo que le decía el viejo, se lo aseguraba, se lo prometía. Sería Montag más Faber, fuego más agua. Y luego, un día, cuando todo hubiese estado listo y preparado en silencio, ya no habría ni fuego ni agua, sino vino. De dos cosas distintas y opuestas, una tercera. Y, un día, volvería la cabeza para mirar al tonto y lo reconocería. Incluso en aquel momento percibió el inicio del largo viaje, la despedida, la separación del ser que hasta entonces había sido.

Era agradable escuchar el ronroneo del aparatito, el zumbido de mosquito adormilado y el delicado murmullo de la voz del viejo, primero, riñéndole y, después, consolándole, a aquella hora tan avanzada de la noche, mientras salía del caluroso «Metro» y se dirigía hacia el mundo del cuartel de bomberos.

-¡Lástima, Montag, lástima! No les hostigues ni te burles de ellos. Hasta hace muy poco, tú también has sido uno de esos hombres. Están tan confiados que siempre seguirán así. Pero no conseguirán escapar. Ellos no saben que esto no es más que un gigantesco y deslumbrante meteoro que deja una hermosa estela en el espacio, pero que algún día tendrá que producir impacto. Ellos sólo ven el resplandor, la hermosa estela, lo mismo que la veía usted.

Montag, los viejos que se quedan en casa, cuidando sus delicados huesos, no tienen derecho a criticar. Sin embargo, ha estado a punto de estropearlo todo desde el principio. ¡Cuidado! Estoy con usted, no lo olvide. Me hago cargo de cómo ha ocurrido todo. Debo admitir que su rabia ciega me ha dado nuevo vigor. ¡Dios, cuán joven me he sentido! Pero, ahora… Ahora, quiero que usted se sienta viejo, quiero que parte de mi cobardía se destile ahora en usted. Las siguientes horas cuando vea al capitán Beatty, manténgase cerca de él, déjeme que le oiga, que perciba bien la situación. Nuestra meta es la supervivencia. Olvídese de esas solas y estúpidas mujeres…

-Creo que hace años que no eran tan desgraciadas –dijo Montag-. Me ha sorprendido ver llorar a Mrs Phe1ps. Tal vez tengan razón, quizá sea mejor no enfrentarse con los hechos, huir, divertirse. No lo sé, me siento culpable…

-¡No, no debe sentirse! Si no hubiese guerra, si reinara paz en el mundo, diría, estupendo, divertios. Pero, Montag, no debe volver a ser simplemente un bombero No todo anda bien en el mundo.

Montag empezó a sudar.

-Montag, ¿me escucha?

-Mis pies -dijo Montag-. No puedo moverme. ¡Me siento tan condenadamente tonto! ¡Mis pies no quieren moverse!

-Escuche. Tranquilícese -dijo el viejo con voz suave-. Lo sé, lo sé. Teme usted cometer errores. No tema. De los errores, se puede sacar provecho. ¡Si cuando yo era joven arrojaba mi ignorancia a la cara de la gente! Me golpeaban con bastones. Pero cuando cumplí los cuarenta años, mi romo instrumento había sacado una fina y aguzada punta. Si esconde usted su ignorancia, nadie le atacará y nunca llegará a aprender. Ahora, esos pies, y directo al cuartel de bomberos. Seamos gemelos, ya no estamos nunca solos. No estamos separados en diversos salones, sin contacto entre ambos. Si necesita ayuda, cuando Beatty empiece a hacerle preguntas, yo estaré sentado aquí, junto a su tímpano, tomando notas.

Montag sintió que el pie derecho y, después, el izquierdo empezaban a moverse.

-Viejo -dijo-, quédese conmigo.

El Sabueso Mecánico no estaba. Su perrera aparecía vacía y en el cuartel reinaba un silencio total, en tanto que la salamandra anaranjada dormía con la barriga llena de petróleo y las mangueras lanzallamas cruzadas sobre sus flancos. Montag penetró en aquel silencio, tocó la barra de latón y se deslizó hacia arriba, en la oscuridad, volviendo la cabeza para observar la perrera desierta, sintiendo que el corazón se le aceleraba; después, se tranquilizaba; luego, se aceleraba otra vez. Por el momento, Faber parecía haberse quedado dormido.

Beatty estaba junto al agujero, esperando, pero de espaldas, como si no prestara ninguna atención.

-Bueno -dijo a los hombres que jugaban a las cartas-, ahí llega un bicho muy extraño que en todos los idiomas recibe el nombre de tonto.

Alargó una mano de lado, con la palma hacia arriba, en espera de un obsequio. Montag puso el libro en ella. Sin ni siquiera mirar el título, Beatty lo tiró a la papelera y encendió un cigarrillo.

-Bien venido, Montag. Espero que te quedes con nosotros, ahora que te ha pasado la fiebre y ya no estás enfermo. ¿Quieres sentarte a jugar una mano de póquer? 

Se instalaron y distribuyeron los naipes. En presencia de Beatty, Montag se sintió lleno de culpabilidad. Sus dedos eran como hurones que hubiesen cometido alguna fechoría y ya nunca pudiesen descansar, siempre agitados Y ocultos en los bolsillos, huyendo de la mirada penetrante de Beatty, Montag tuvo la sensación de que si Beatty hubiese llegado a lanzar su aliento sobre ellos, sus manos se marchitarían, irían deformándose y nunca más recuperarían la vida; habrían de permanecer enterradas para siempre en las mangas de su chaqueta olvidadas. Porque aquéllas eran las manos que habían obrado por su propia cuenta, independientemente de él, fue en ellas donde se manifestó primero el impulso apoderarse de libros, de huir con Job y Ruth y Shakespeare; y, ahora, en el cuartel, aquellas manos parecían bañadas en sangre.

Dos veces en media hora, Montag tuvo que dejar la partida e ir al lavabo a lavarse las manos. Cuando regresaba, las ocultaba bajo la mesa.

Beatty se echó a reír.

-Muéstranos tus manos, Montag. No es qué desconfiemos de ti, compréndelo, pero…

Todos se echaron a reír.

-Bueno -dijo Beatty-, la crisis ha pasado y está bien. La oveja regresa al redil. Todos somos ovejas que alguna vez se han extraviado. La verdad es la verdad. Al final de nuestro camino, hemos llorado. Aquellos a quienes acompañan nobles sentimientos nunca están solos, nos hemos gritado. Dulce alimento de sabiduría manifestada dulcemente, dijo Sir Philip Sidney. Pero por otra parte: Las palabras son como hojas, y cuanto más abundan raramente se encuentra debajo demasiado fruto o sentido, Alexander Pope. ¿Qué opinas de esto?

-No lo sé.

-¡Cuidado! -susurró Faber, desde otro mundo muy lejano-.

-¿0 de esto? Un poco de instrucción es peligrosa. Bebe copiosamente, o no pruebes el manantial de la sabiduría; esas corrientes profundas intoxican el cerebro, y beber en abundancia nos vuelve a serenar. Pope. El mismo ensayo. ¿Dónde te deja esto?

Montag se mordió los labios.

-Yo te lo diré -prosiguió Beatty, sonriendo a sus naipes-. Esto te ha embriagado durante un breve plazo. Lee algunas líneas y te caes por el precipicio. Vamos, estás dispuesto a trastornar el mundo, a cortar cabezas, a aniquilar mujeres y niños, a destruir la autoridad. Lo sé, he pasado por todo ello.

-Ya estoy bien -dijo Montag, muy nervioso-.

-Deja de sonrojarte. No estoy pinchándote, de veras que no. ¿Sabes? Hace una hora he tenido un sueño. Me había tendido a descabezar un sueñecito. Y, en este sueño, tú y yo, Montag, nos enzarzamos en un furioso debate acerca de los libros. Tú estabas lleno de rabia, me lanzabas citas. Yo paraba, con calma, cada ataque. Poder, he dicho. Y tú, citando al doctor Johnson, has replicado: ¡El conocimiento es superior a la fuerza! Y yo he dicho: «Bueno, querido muchacho», el doctor Johnson también dijo: Ningún hombre sensato abandonará una cosa cierta por otra insegura. Quédate con los bomberos, Montag. ¡Todo lo demás es un caos terrible!

-No le hagas caso -susurró Faber-. Está tratando de confundirte. Es muy astuto. ¡Cuidado!

Beatty rió entre dientes.

-Y tú has replicado, también con una cita: La verdad saldrá a la luz, el crimen no permanecerá oculto mucho tiempo. Y yo he gritado de buen humor: ¡Oh, Dios! ¡Sólo está hablando de su caballo! Y: El diablo puede citar las Escrituras para conseguir sus fines. Y tú has vociferado: Esta época hace más caso de un tonto con oropeles que de un santo andrajoso, de la escuela de la sabiduría. Y yo he susurrado amablemente: La

dignidad de la verdad se pierde con demasiadas protestas. Y tú has berreado: Las carroñas sangran ante la presencia del asesino. Y yo he dicho, palmoteándote una mano: ¿Cómo? ¿Te produzco anginas? Y tú has chillado: ¡La sabiduría ría es poder! Y: Un enano sobre los hombros de un gigante es el más alto de los dos. Y he resumido mi opinión con extraordinaria serenidad: La tontería de confundir una metáfora con una prueba, un torrente de verborrea con un manantial de verdades básicas, y a sí mismo con un oráculo, es innato en nosotros, dijo Mr. Valéry en una ocasión.

Montag meneó la cabeza doloridamente. Le parecía que le golpeaban implacablemente en la frente, en los ojos, en la nariz, en los labios, en la barbilla, en los hombros, en los brazos levantados. Deseaba gritar: « ¡Calla! ¡Estás tergiversando las cosas, deténte!» alargó la mano para coger una muñeca del otro.

-¡Caramba, vaya pulso! Te he excitado mucho, ¿verdad, Montag? ¡Válgame Dios! Su pulso suena como el día después de la guerra. ¡Todo son sirenas Y campanas! ¿He de decir algo más? Me gusta tu expresión de pánico. Swahili, indio, inglés… ¡Hablo todos los idiomas! ¡Ha sido un excelente y estúpido discurso!

-¡Montag, resista! -La vocecita sonó en el oído de Montag-. ¡Está enfangando las aguas!

-Oh, te has asustado tontamente -dijo Beatty- porque he hecho algo terrible al utilizar esos libros a lo que tú te aferrabas, en rebatirte todos los puntos. ¡Qué traidores pueden ser los libros! Te figuras que te ayudan, y se vuelven contra ti. Otros pueden utilizarlos también, y ahí estás perdido en medio del pantano, entre un gran tumulto de nombres, verbos y adjetivos. Y al final de mi sueño, me he presentado con la salamandra y he dicho: «¿Vas por mi camino?» Y tú has subido, y hemos regresado al cuartel en medio de un silencio beatífico, llenos de un profundo sosiego. -Beatty soltó la muñeca de Montag, dejó la mano fláccidamente. apoyada en la mesa-. A buen fin, no hay mal principio.

Silencio. Montag parecía una estatua tallada en piedra. El eco del martillazo final en su cerebro fue apagándose lentamente en la oscura cavidad donde Faber esperaba a que esos ecos desapareciesen. Y, entonces, cuando el polvo empezó a depositarse en el cerebro de Montag, Faber empezó a hablar, suavemente:

-Está bien, ha dicho lo que tenía que decir. Debe aceptarlo. Yo también diré lo que debo en las próximas horas. Y usted lo aceptará. Y tratará de juzgarlas y podrá decidir hacia qué lado saltar, o caer. Pero quiero que sea su decisión, no la mía ni la del capitán. Sin embargo, recuerde que el capitán pertenece a los enemigos más peligrosos de la verdad y de la libertad, al sólido e inconmovible ganado de la mayoría. ¡Oh, Dios! ¡La terrible tiranía de la mayoría! Todos tenemos nuestras arpas para tocar. Y, ahora, le corresponderá a usted saber con qué oído quiere escuchar.

Montag abrió la boca para responder a Faber. Le salvó de este error que iba a cometer en presencia de los otros el sonido del timbre del cuartel. La voz de alarma proveniente del techo se dejó oír. Hubo un tic tac cuando el teléfono de alarma mecanografió la dirección. El capitán Beatty, con las cartas de póquer en una mano, se acercó al teléfono con exagerada lentitud y arrancó la dirección cuando el informe hubo terminado. La miró fugazmente y se la metió en el bolsillo. Regresó Y volvió a sentarse a la mesa. Los demás le miraron.

-Eso puede esperar cuarenta segundos exactos, que es lo que tardaré en acabar de desplumaros -dijo Beatty, alegremente-.

Montag dejó sus cartas.

-¿Cansado, Montag? ¿Te retiras de la partida?

-Sí.

-Resiste. Bueno, pensándolo bien, podemos terminar luego esta mano. Dejad vuestros naipes boca abajo

-Preparad el equipo. Ahora será doble. -Y Beatty volvió a levantarse-. Montag, ¿no te encuentras bien? Sentiría que volvieses a tener fiebre…

-Estoy bien.

-Magnífico! Éste es un caso especial. ¡Vamos, apresúrate! cuando el polvo empezó a depositarse en el cerebro de Montag, Faber empezó a hablar, suavemente: Está bien, ha dicho lo que tenía que decir. Debe aceptarlo. Yo también diré lo que debo en las próximas horas. Y usted lo aceptará. Y tratará de juzgarlas y podrá decidir hacia qué lado saltar, o caer. Pero quiero que sea su decisión, no la mía ni la del capitán. Sin embargo, recuerde que el capitán pertenece a los enemigos más peligrosos de la verdad y de la libertad, al sólido e inconmovible ganado de la mayoría. ¡Oh, Dios! ¡La terrible tiranía de la mayoría! Todos tenemos nuestras arpas para tocar. Y, ahora, le corresponderá a usted saber con qué oído quiere escuchar.

Montag abrió la boca para responder a Faber. Le salvó de este error que iba a cometer en presencia de los otros el sonido del timbre del cuartel. La voz de alarma proveniente del techo se dejó oír. Hubo un tic tac cuando el teléfono de alarma mecanografió la dirección. El capitán Beatty, con las cartas de póquer en una mano, se acercó al teléfono con exagerada lentitud y arrancó la dirección cuando el informe hubo terminado. La miró fugazmente y se la metió en el bolsillo. Regresó Y volvió a sentarse a la mesa. Los demás le miraron.

-Eso puede esperar cuarenta segundos exactos, que es lo que tardaré en acabar de desplumaros -dijo Beatty, alegremente-.

Montag dejó sus cartas.

¿Cansado, Montag? ¿Te retiras de la partida?

-Sí.

-Resiste. Bueno, pensándolo bien, podemos terminar luego esta mano. Dejad vuestros naipes boca abajo

Preparad el equipo. Ahora será doble. -Y Beatty volvió a levantarse-. Montag, ¿no te encuentras bien?

Sentiría que volvieses a tener fiebre…

-Estoy bien.

Magnífico! Éste es un caso especial. ¡Vamos, apresúrate!

Saltaron al aire y se agarraron a la barra de latón como si se tratase del último punto seguro sobre la avenida que amenazaba ahogarles; luego, con gran decepción por parte de ellos, la barra de metal les bajó hacia la oscuridad, a las toses, al resplandor y la succión del dragón gaseoso que cobraba vida.

-¡Eh!

Doblaron una esquina con gran estrépito del motor y la sirena, con chirrido de ruedas, con un desplazamiento de la masa del petróleo en el brillante tanque de latón, como la comida en el estómago de un gigante mientras los dedos de Montag se apartaban de la barandilla plateada, se agitaban en el aire, mientras el viento empujaba el pelo de su cabeza hacia atrás. El viento silbaba entre sus dientes, y él, pensaba sin cesar en mujeres, en aquellas charlatanas de aquella noche en su salón, y en la absurda idea de él de leerles un libro. Era tan insensato y demente como tratar de apagar un fuego con una pistola de agua. Una rabia sustituida por otra. Una cólera desplazando a otra. ¿Cuándo dejaría de estar furioso y se tranquilizaría, y se quedaría completamente tranquilo?

-¡Vamos allá!

Montag levantó la cabeza. Beatty nunca guiaba pero esta noche sí lo hacía, doblando las esquinas con la salamandra, inclinado hacia delante en el asiento del conductor, con su maciza capa negra agitándose a su espalda, lo que le daba el aspecto de un enorme murciélago que volara sobre el vehículo, sobre los números de latón, recibiendo todo el viento.

-¡Allá vamos para que el mundo siga siendo feliz. Montag!

Las mejillas sonrojadas y fosforescentes de Beatty brillaban en la oscuridad, y el hombre sonreía furiosamente.

-¡Ya hemos llegado!

La salamandra se detuvo de repente, sacudiendo hombres. Montag permaneció con la mirada fija en la brillante barandilla de metal que apretaba con toda la fuerza de sus puños.

«No puedo hacerlo -pensó-. ¿Cómo puedo realizar esta nueva misión, cómo puedo seguir quemando cosas? No me será posible entrar en ese sitio.»

Beatty, con el olor del viento a través del cual se había precipitado, se acercó a Montag.

-¿Todo va bien, Montag?

Los hombres se movieron como lisiados con sus embarazosas botas, tan silenciosos como arañas.

Montag acabó por levantar la mirada y volverse. Beatty estaba observando su rostro.

-¿Sucede algo, Montag?

-Caramba -dijo éste, con lentitud-. Nos hemos detenido delante de mi casa.

Septiembre 19, 2008

Alicia Rosales: “Estaba arrojada al combate de tus ojos…”

Archivado en: Alicia Rosales — max @ 4:21 pm
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Estaba arrojada al combate de tus ojos, en la fecundidad de una tierra de esperanza. Asomada a tu frente poseía la certeza del futuro sin tregua, aquel que tus pasos anhelaban construir en el abismo de la vida. Levantó la mirada de la página y recordó imágenes vividas tiempo atrás cuando todavía florecía la adolescencia a la salida de aulas y conciertos, en la ilusión clandestina. Nada parecido había vuelto a ocurrirle desde que te descubrió jugando a mecer las olas en una lágrima sin límites. En el espacio que debía hacer suyo reconoció tus palabras desvistiéndola de inocencia. Un amor furtivo doblaba ahora la esquina del recuerdo y le asaltaba el grito de tu boca. Entonces pensó que no eran necesarias más palabras de rendición porque ya se había entregado sin condiciones al viento de tu noche.

Amanecía al otro lado del silencio y el alba esquivaba las rejas para inundar su pequeño secreto. Oía la vida en la frontera de su cuerpo y supo, un día más, que debía perderse en el olvido. Y, sin embargo, amar la vida por encima de todo fue el último pensamiento en cruzar su frente antes de sentir la violencia sobre su piel. La página era una interrogación insistente y recordó el gesto de tu discurso cuando iniciabas el trayecto hacia la afirmación radical de tu historia. En tus ojos brillaba la consigna nunca herida y pintabas claveles rojos sobre las paredes de la estación.

Madrid, junio de 1989.

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