Las tumbas de Saint-Denis

“Capitalismo e infelicidad” (María Toledano)

Publicado por max en 18 diciembre, 2011

 

 

María Toledano-Rebelión

¿Por qué conformarte si puedes tenerlo todo?

Anuncio de Braun, Series 3

Ando desmadejada. Lola, mi nieta, también. Pienso en lo que me cuenta: un posible trabajo, becas, amores y desamores, inseguridades y en los miedos, inducidos, que acompañan la mayoría de sus decisiones. Me gustaría que fuera feliz, una vida repleta de satisfacciones individuales y colectivas. Me levanto por la noche, inquieta, y paseo, como Andreotti en Il divo, por la casa. La felicidad es no tener que pensar en ella, anotó Séneca. He vivido una parte importante del siglo XX, nací en 1929, y salvo contados instantes -que ya no recuerdo ni con pastillas- nunca he sido feliz. Busco opiniones, ideas, teorías y no encuentro acomodo. El capitalismo actual -la versión más salvaje de la Historia Liberal- genera, lo lleva inscrito en su estructura lógica de dominación, un estado de frustración permanente. Una insatisfacción física y ética que permite el control de la subjetividad y, por extensión, de la intimidad: el lugar donde se genera -desaparecida la conciencia colectiva de clase, vinculada al trabajo- la ideología, la semántica. Sospecho que la democracia de mercado, democracia de superficie dice Alain Badiou en “ l´Hipothèse communiste”  (Lignes, 2009), es incompatible con la felicidad. Aún más: incompatible con la vida.

Pienso en la felicidad, asociada con la alegría, libre de la metáfora y el mito, y arranco con el beneficio usurpado: la plusvalía. ¿Es posible aunar explotación y felicidad? ¿Cómo nos hemos conformado, en el Occidente judeocristiano, racionalistas desde Descartes, radicales desde Marx, con la idea de paraíso y, en estos tiempos mutantes, con el placer fugaz que proporciona el consumo? Los ideologemas del mercado nos rodean. Poco importa que sean de carácter psicológico, generadores de incertidumbre y dudas afectivas, por ejemplo, o económicos. No existe ninguna diferencia entre expresiones neoliberales como “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades” y “tengo miedo de tomar una decisión afectiva equivocada”. Vivimos una era de precariedad ideológica que arrastra, Sísifo, su vacío emocional. El caso es que repetimos, sin saberlo, cada uno de los principios de la ortodoxia emocional del capital. Una vez interiorizados, asumidos, creemos que expresan nuestro sentir y nuestra singular mirada sobre el mundo. En ese momento, satisfechos, hemos customizado nuestra existencia. Somos consumo.

Hablaron de la felicidad lejana, más allá de la muerte y, al instante, amenazaron con el infierno; prometieron -ahora que Dios ha muerto de aburrimiento- la felicidad asociada al consumo y la penuria contable nos impide acceder al placer. En el marco cultural actual, fijado el canon de felicidad en el uso y disfrute de bienes, la paradoja nos asalta. El capitalismo ha reducido la idea de felicidad al instante del consumo, sea material o emocional. Sin embargo, cercenados del placer por la imposibilidad, ¿qué hacer? La solución es, por supuesto, individual. Terapia, autoayuda, refugio en el trabajo, la salvación de la subjetividad por la disfunción: la sacralización de la enfermedad, alguna imaginaria, alguna psíquica, por la vía de la diferencia. Eva Illouz, una vez más, con escalpelo, ha analizado la cuestión en “La salvación del alma moderna” (Katz, 2010). “¿Por qué conformarte si puedes tenerlo todo?”, dice una campaña publicitaria de máquinas de afeitar. Recuerda Spinoza: “No son las armas las que vencen los ánimos, sino el amor y la generosidad.” Pisar el acelerador no siempre es la forma de ir más rápido. Frenar menos y soltar lastre es otra posibilidad. Cito a Foessel: “La privatización de lo íntimo concierne más al registro de la confusión que al de la desviación moral: se sustituye una utopía concreta por la fantasía de una afectividad dispensada de los equívocos del mundo vivido. Esta denegación de la fragilidad y este ideal del control tienen consecuencias políticas. “ La privación de lo íntimo”  (Península, 2010).

Lola suspira. Repasa estanterías. Abre y cierra libros buscando el sosiego que no encuentra. Es curioso comprobar cómo las costumbres -hago lo mismo- se contagian. Enciende velas, coge una manta y pone un disco de Van Morrison. Suena Have I told you lately that I love you? Me retiro. La exaltación del amor es una de las características del estado líquido. Vuelvo a Marx: Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte. Un escudo contra la ideología de la clase dominante.

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“Sed de champán” (MONTERO GLEZ, 1999, 2011)

Publicado por max en 17 octubre, 2011

elalepheditores

MONTERO GLEZ (Madrid 1965). Es autor de las novelas: Cuando la noche obliga (2003) y
Manteca Colorá (2005) así como de un volumen de cuentos titulado, Besos de fogueo (2007) finalista
en el Premio Setenil 2008. Colaborador en distintos medios y bajo diferentes seudónimos, ha
reunido sus artículos de opinión en Diario de un hincha, el fútbol es así (2006) y El verano: lo crudo
y lo podrido (2008). Su novela, Pólvora Negra, fue galardonada con el premio Azorín de novela 2008
y quedó finalista en el Premio Casino de Santiago 2010. En el 2009 publica A ras de «yerba»,
apuntes futboleros y en 2010 Pistola y cuchillo (El Aleph). En la actualidad colabora con El Cultural
de El Mundo. Traducido al francés, holandés, turco, italiano y ruso, su estilo no ha dejado
indiferente a nadie.

Texto de contraportada
Sed de champán irrumpió en 1999 con una contundencia y una energía inusitadas en el panorama de la narrativa en castellano, tan adicta a lo light y a la supuesta modernez. Desde entonces, la opera prima de Montero Glez, que hoy El Aleph Editores tiene la suerte de recuperar, se ha ido reeditando y agotando sucesivamente hasta convertirse en un libro de culto.
Su protagonista, el Charolito, es un hijo de la otra orilla que se mueve con destreza tanto por los barrios marginales como por los barrios bien de Madrid, dando origen a un absorbente thriller, rico en matices de un ritmo narrativo trepidante. Sed de champán es una tragedia con tintes de novela negra, una historia bronca que describe Madrid al límite del siglo XX.

«El acierto más rotundo es el ritmo atropellado y vertiginoso, basado en la integración hábil en la misma voz narrativa de tres tramas distintas» (Javier Calvo, Babelia, El País).

«Un navajazo literario que cuando menos te lo esperas te rebana el cuello» (Óscar López, Qué Leer).

«Sed de champán es un artefacto urdido según las leyes de la mejor narrativa» (Paco Marín, Ajoblanco).

«Se encuentra en la tradición de Valle-Inclán y Cela. Montero Glez renueva esa tradición castiza con brío notable y una voz personal y ése es su gran mérito» (Ángel Vivas, Revista de Libros).

«Un cruce estrafalario de Lorca y Tarantino» (Carles Barba, La Vanguardia).

«Un escritor dotado como pocos para bucear en ciertos estratos marginales de la sociedad» (Ricardo Senabre, El Cultural).

«Un narrador fuera de lo común» (Santos Sanz Villanueva, Revista de Libros).

Colección: Modernos y Clásicos / P.V.P. 18,00 €

+Montero Glez. en El Aleph Editores

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“El dependiente” de Bernard Malamud

Publicado por max en 11 octubre, 2011

elalepheditores

“Malamud, a través de sus novelas y relatos, saca a relucir algo así como un genio comunicativo en la jerga empobrecida de los inmigrantes de Nueva York. Fue un creador de mitos, un gran fabulador, un escritor de parábolas exquisitas.” Saul Bellow

Texto de contraportada 

La segunda novela de Bernard Malamud, originalmente publicada en 1957, narra la historia de Morris Bober, un tendero en el Brooklyn de la posguerra, que quiere lo mejor para él y para su familia. Su mujer, Ida, le ayuda en la tienda de ultramarinos y está todo el día pendiente de él. Helena, una belleza de veinticuatro años hija del matrimonio, ha sacrificado su formación para ayudar económicamente a sus padres. Por las noches lee a Tolstoï y Dostoievski y aspira a estudiar literatura. Viven en un mundo letárgico dominado por el ritmo del paso del tiempo, hasta que dos ladrones atracan la tienda y retienen a Morris. Las cosas mejorarán poco a poco cuando Frank Alpine, inmigrante italiano, se convierte en su ayudante. No obstante, la situación volverá a complicarse cuando Frank, cuya actitud ante los judíos es algo ambivalente, se enamora de Helena al mismo tiempo que empieza a robar de la tienda.
Esta novela evoca de manera precisa el mundo de la inmigración, lleno de circunstancias complejas y grandes expectativas. Malamud definió la experiencia del inmigrante de tal modo que ha resultado vital para las siguientes generaciones de escritores. (elalepheditores)

Colección: Modernos y Clásicos / P.V.P. 20,50€

Bernard Malamud / (Photo: OSU Archives/Flickr)



Bernard Malamud (April 26, 1914 – March 18, 1986) was one of the best-known Jewish-American writers of the 20th century. He was, along with Saul Bellow and Philip Roth, part of a triumvirate of Jewish writers that, in the words of The New York Times, “dominated the national literature of the 1950s and 1960s.”
Among his most famous works is The Natural, a baseball novel that was made into a movie starring Robert Redford. In addition, he wrote The Fixer, a dark novel about anti-Semitism in Russia that was inspired by the real-life case of Mendel Beilis, who was wrongfully accused of ritual murder in Kiev in 1911.
A native of Brooklyn, Malamud born in 1914, the son of Russian immigrants.
He was educated at the City College of New York, receiving a BA in 1936. He later received a master’s degree from Columbia University after completing his thesis paper on Thomas Hardy.
In 1949, he went to work teaching freshman composition at Oregon State University. It was there that Malamud dedicated three days out of every week to writing. He wrote a fictionalized account of his time at OSU for his 1961 novel, A New Life.
He left OSU in 1961 to teach writing at Bennington College in Vermont. He stayed there until his retirement.
His first published novel was The Natural, which came out in 1952. He reportedly finished a novel earlier, in 1948, but burned the manuscript.
The second novel, The Assistant, appeared in 1956 and describes the life of a poor Jewish immigrant who takes in a drifter of dubious character.
His first collection of short stories, The Magic Barrel, won The National Book Award.
His third novel, A New Life, came out in 1961 and then The Fixer was published in 1966. The latter received The National Book Award and The Pulitzer Prize.
Malamud was married and had two children. He died in Manhattan in 1986 at the age of 71.

Bibliography

  • The Natural (1952)
  • “The Mourners” (1955) – short story
  • The Assistant (1957)
  • A New Life (1961)
  • “The Jewbird” (1963) – short story
  • The Fixer (1966)
  • The Tenants (1971)
  • Dubin’s Lives (1979)
  • God’s Grace (1982)
  • The Magic Barrel (1958)
  • Idiots First (1963)
  • Pictures of Fidelman (1969)
  • Rembrandt’s Hat (1974)
  • The Stories of Bernard Malamud (1983)
  • The People and Uncollected Stories (includes the unfinished novel The People) (1989)
  • The Complete Stories (1997)

Texto y Foto de Jewis Literary Rewiew

“El dependiente” | Sinopsi  ebook62

La segunda novela de Bernard Malamud, originalmente publicada en 1957, narra la historia de Morris Bober, un tendero en el Brooklyn de la posguerra, que quiere lo mejor para él y para su familia. Su mujer, Ida, le ayuda en la tienda de ultramarinos y está todo el día pendiente de él. Helena, una belleza de veinticuatro años hija del matrimonio, ha sacrificado su formación para ayudar económicamente a sus padres. Por las noches lee a Tolstoï y Dostoievski y aspira a estudiar literatura. Viven en un mundo letárgico dominado por el ritmo del paso del tiempo, hasta que dos ladrones atracan la tienda y retienen a Morris. Las cosas mejorarán poco a poco cuando Frank Alpine, inmigrante italiano, se convierte en su ayudante. No obstante, la situación volverá a complicarse cuando Frank, cuya actitud ante los judíos es algo ambivalente, se enamora de Helena al mismo tiempo que empieza a robar de la tienda.
Esta novela evoca de manera precisa el mundo de la inmigración, lleno de circunstancias complejas y grandes expectativas. Malamud definió la experiencia del inmigrante de tal modo que ha resultado vital para las siguientes generaciones de escritores.

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“El cadillac de Big Bopper” de Jim Dodge

Publicado por max en 11 octubre, 2011

elalepheditores

“Una potente combinación de relato folklórico y filosófico. Una novela llena de personajes brillantes y paisajes paletos y escrita con una agudeza catártica.” Dazed and Confused

“La mejor road novel que jamás se adaptará a la gran pantalla. Easy Rider sin hippies y con una gran profundidad histórica.” The Guardian

Texto de contraportada 

George Gastin se dedica a destrozar coches como parte de un entramado para sacar dinero a las aseguradoras. Uno de los coches que debe destruir es un Cadillac blanco impoluto que supuestamente iba a ser un regalo para Big Bopper, fallecido en el accidente aéreo que también mató a Buddy Holly y Ritchie Valens. Pero Gastin, en un momento de debilidad, decide llevar el coche a través del estado de Texas hasta la tumba de Bopper. Cargado de anfetaminas y perseguido por adversarios reales e imaginarios, Gastin emprende un road trip de miles de kilómetros y experiencias. Viajando en el tiempo desde la era beat hasta el crepúsculo de los años sesenta, desde las cafeterías de North Beach a las grandes planicies de América, Gastin recoge a autoestopistas tan variados como “el mejor vendedor del mundo”, el reverendo Double-Gone Johnson, hasta una mujer maltratada con una caja de vinilos. Mientras las horas y los kilómetros pasan, el viaje de Gastin se convierte en una borrosa mezcla de fantasía y realidad animada por la banda sonora de los clásicos del rock’n’roll.

“Es como En la carretera de Kerouac escrito por Hunter S. Thompson.” The Plain Dealer

“Entrañable. Lleno de emotividad más que visceralidad.” Literary Review 

Colección: Modernos y Clásicos / P.V.P. 21,60€ 
El libro
George Gastin se dedica a destrozar coches como parte de un entramado para sacar dinero a las aseguradoras. Uno de los coches que debe destruir es un Cadillac blanco impoluto que supuestamente iba a ser un regalo para Big Bopper, fallecido en el accidente aéreo que también mató a Buddy Holly y Ritchie Valens. Pero Gastin, en un momento de debilidad, decide llevar el coche a través del estado de Texas hasta la tumba de Bopper. Cargado de anfetaminas y perseguido por adversarios reales e imaginarios, Gastin emprende un road trip de miles de kilómetros y experiencias. Viajando en el tiempo desde la era beat hasta el crepúsculo de los años sesenta, desde las cafeterías de North Beach a las grandes planicies de América, Gastin recoge a autoestopistas tan variados como “el mejor vendedor del mundo”, el reverendo Double-Gone Johnson, hasta una mujer maltratada con una caja de vinilos. Mientras las horas y los kilómetros pasan, el viaje de Gastin se convierte en una borrosa mezcla de fantasía y realidad animada por la banda sonora de los clásicos del rock’n’roll.

El autor 
Jim Dodge nació en 1945 en Santa Rosa, California. Es autor de tres novelas Fup, Not Fade Away y Stone Junction, y de una antología de poemas y relatos, Rain on the River. Vive en un rancho aislado cerca de Sonoma (E.E.U.U). A lo largo de su vida ha recogido manzanas, ha instalado moquetas, ha impartido clases, ha sido jugador profesional, pastor durante cinco años y leñador. Actualmente trabaja como restaurador medioambiental: planta árboles, recicla troncos y controla la erosión de la tierra.

Fragmento 
“En el momento en que inicié el camino en aquel Eldorado robado yo no estaba contemplando las insondables y exquisitas definiciones metafísicas de la libertad, ya me comprendes, simplemente «sentía» aquella salvaje y loca alegría de soltar amarras y largarme, sin más. Parpadeando a la luz del amanecer que perfilaba el puente, la bahía, las colinas que se encontraban detrás, yo me sentía como si acabase de derribar un muro y salir a través de él con toda limpieza. No tenía ni idea de lo que me esperaba ni de cómo podía acabar aquello, pero era libre para averiguarlo. Mientras cruzaba el puente de la bahía y giraba a la derecha para dirigirme a Oakland y al conector de la 580, corría en alas del romance, del gesto teatral de entregar aquel regalo no porque fuese esencial o necesario para la existencia (¿hay algo que lo sea realmente?) sino de hecho porque «no» lo era, precisamente. No había motivo alguno para arriesgarse a aquellos azares, excepto los motivos que eran propiamente míos. Por Dios Bendito y por el Buda Sonriente, me sentía «bien». Lleno de firmes propósitos y bienaventuranza. Por el buen camino. Solté un pequeño grito cuando pasé el peaje y pisé a fondo y los tres cilindros chuparon el combustible, los pistones lo comprimieron y lo hicieron densamente volátil, y la chispa desató la fuerza y empezó a mover las ruedas. El Caddy se manejaba como una ballena enferma, pero con la inercia de toda aquella masa y tres metros de distancia entre ejes, se podía ir chupando carretera con toda comodidad, volar, verdaderamente, con la mente libre para vagar por donde quisiera, descansar o cagarse en todos desde el primero hasta el último”. (p. 113)

Texto de Grupo62

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“Desinformación” de Pascual Serrano

Publicado por max en 11 octubre, 2011

edicionespeninsula 

5 ediciones. Serrano desentraña el funcionamiento de los grandes medios de masas para hacernos comprender que la desinformación es una constante. 

Un recorrido por los principales acontecimientos de los últimos años que nos muestra que lo sucedido no es lo que nos han contando.

La mayoría de los ciudadanos considera que, después de leer la prensa o ver los telediarios, está informada de la actualidad internacional. Sin embargo, la realidad dista mucho de ser la imagen unívoca ofrecida por los medios. Este libro recorre los principales acontecimientos de los últimos años mostrando —mediante entrevistas con expertos, bibliografía especializada y consulta de medios alternativos— que lo sucedido no es lo que nos han contando.

Pascual Serrano, con una incisiva mirada, desentraña el funcionamiento de los grandes medios de masas para hacernos comprender que la desinformación es una constante. Lo que creemos que está sucediendo en el mundo es sólo una falsa composición al servicio de unos intereses que van, poco a poco, conformando la opinión pública. La obra, además, propone técnicas y hábitos de lectura para fomentar una nueva actitud, independiente, ante la información y promover así una ciudadanía resistente a la manipulación.

Colección: Atalaya   P.V.P. 25,90€ P.V.P E-book 20,99€

Prólogo: “La censura democrática” de Ignacio Ramonet


De ahora en adelante nadie podrá decir que no sabía. Este nuevo libro de Pascual Serrano establece de modo definitivo, con un catálogo abrumador de hechos, datos y ejemplos, la prueba del ADN de que los medios desinforman. Demuestra el autor que la comunicación, tal como la conciben los medios dominantes en prensa, radio, televisión e internet, tiene como función principal convencer al conjunto de las poblaciones de su adhesión a las ideas de las clases dominantes. Y de votar por aquellas o aquellos que estén dispuestos a llevarlas a la práctica.

A pesar de esta dictadura mediática, nos damos cuenta de que hay una sensibilidad ciudadana extremadamente elevada con respecto a los problemas de los medios y su relación con la sociedad. El libro de Pascual Serrano da testimonio de esta preocupación. Basta con recordar lo que sucedió en España después de los atentados del 11-M. Mediante el uso del teléfono móvil o de internet, la gente envió toda una serie de mensajes para alertarse sobre las dudas que podían existir con respecto a la «verdad oficial» que estaba difundiendo el Gobierno de Aznar. Y así terminó rechazada esa falsa verdad. Se produjo la primera insurrección mediática, la primera guerrilla mediática, en la que los nuevos instrumentos ligeros de comunicación pudieron más que los mastodontes oficiales de los medios dominantes.

Eso significa que existe una extrema sensibilidad a la manipulación mediática, la gente sabe ahora que los medios son una bomba atómica que les entra en el cerebro; por consiguiente, no quieren que se abuse de tal potencia nuclear. Esa sensibilidad se encuentra en un número cada día mayor de ciudadanos. Hoy, la gente común se interesa por el funcionamiento de este sistema mediático de fabricación de mentiras.

Y a ese interés responde este libro. Pascual Serrano nos abre los ojos sobre uno de los aspectos que menos se han estudiado hasta ahora de la manipulación mediática: la nueva forma de la censura. Por hábito o por pereza intelectual, seguimos pensando que la censura sólo la ejercen los gobiernos autoritarios, las dictaduras que la practican de forma ostensible, muy visible, amputan, prohíben, cortan, suprimen, truncan, cercenan. En suma, mutilan y dejan una obra o una información castrada y desmembrada. Nos negamos a plantearnos el problema de saber cómo funciona la censura en la democracia. Partimos del principio de que la censura es lo propio de la dictadura, y no de la democracia. Cuando en realidad hay que partir del principio de que la censura es lo propio del poder, de todo poder.

Por consiguiente, como hace Pascual Serrano aquí, hay que preguntarse cuáles son los mecanismos de la censura en democracia. Porque lo que es obvio es que la censura ya no funciona por restricción, o por amputación, o por supresión, como lo hace en los países donde se mata o se encarcela a los periodistas o se cierra un periódico, o se cortan las noticias, etc.

En las grandes democracias desarrolladas, salvo bochornosas excepciones, eso prácticamente ya no ocurre. Lo que sí ocurre es que hay mucha información que no circula, porque hay sobreinformación. Hay tanta, que la misma información nos impide —como un biombo o una barrera— acceder a la información que nos interesa. En las dictaduras es el poder el que nos impide acceder a la información. En la democracia es la propia información, por saturación, la que nos lo impide. Es decir que, en democracia, la censura funciona por asfixia, por atragantamiento, por atasco. Nos ofrecen tanta información y consumimos tanta información, que ya no nos damos cuenta de que alguna (precisamente la que más me haría falta) no está. La ocultación y la disimulación, en esa masa de información que se consume, son las formas de la censura de hoy. Y esa «censura invisible» es la que practican los grandes grupos mediáticos y los gobiernos. En total impunidad. Estamos pues en una situación en la que creemos que, por el hecho de tener más información, tenemos más libertad; cuando en realidad, si analizamos bien, tenemos tan escasa información como en otros momentos.

El poder de los medios y su influencia en la opinión pública están vaciando a la democracia de su sentido. Es una cuestión que hoy se plantea en muchas sociedades. Por ejemplo, cuando votamos, ¿votamos libremente?, ¿es mi libre albedrío el que me conduce a votar por Fulano o por Mengano? O bien, en realidad, ¿es porque me han metido en la cabeza una serie de ideas que hacen que yo, como una marioneta, vaya a votar por lo que me han dicho? Como bien dice Noam Chomsky: «En nuestras democracias, un presidente es un producto del sistema de construcción mediática de candidatos». La industria de las relaciones públicas, que promueve vender candidatos de la misma forma que vende mercaderías, da su premio anual, en la categoría mejor marketing, a la marca Fulano. Ese sistema es claramente no democrático; un tipo de «dictadura por elección»; una construcción política en la cual el pueblo contempla la acción y no es protagonista.

Sabemos que la invasión de Iraq se hizo bajo falsos pretextos que dieron lugar a mentiras de Estado. El propio presidente democráticamente elegido de un gobierno democrático difundió informaciones falsas, sabiendo además que eran falsas; y todos los medios dominantes repercutieron esa información falsa, engañando así a millones de ciudadanos.

Esto es algo que uno puede imaginar en dictaduras o en regímenes autoritarios pero que, desde un país democrático, con el apoyo de los medios, se haya podido hacer esa gigantesca manipulación con las consecuencias trágicas que eso ha supuesto, parecía inconcebible. Por eso hay una sensibilidad particular a este problema de la información y cada vez más exigencia para que nos dotemos de algún sistema que nos permita tener garantías sobre las noticias que consumimos.

Porque con la información está ocurriendo lo que pasó con la alimentación. En algunos países se pasó de una alimentación que era estructuralmente de penuria, a una situación de abundancia de todos los productos, en todas las estaciones del año. Pero ahora se descubre que esa alimentación está contaminada con pesticidas y fertilizantes químicos, y que ello provoca toda una serie de muertes por cáncer, por infartos o problemas de obesidad, etc. Esto creó tal desconfianza que, ahora, existen tiendas ecológicas donde sólo se venden productos orgánicos, producidos sin pesticidas y sin elementos dañinos para la salud.

Con la información está sucediendo lo mismo. Antes había poca información, ahora la información es excesiva; pero esta información está contaminada con mucha mentira, con mucha falsedad, con mucha ocultación, etc. Entonces, cada vez hay más gente que quiere una información ecológica y busca lo que podríamos llamar una «información orgánica», con un distintivo que diga «ésta es una información orgánica, verificada, sin falsedad, sin mentiras. Una información que no daña su salud mental, que no le manipula». Y el primer trámite obligatorio en esa vía de purificación mediática consiste en leer este indispensable libro de alerta de Pascual Serrano.
Prólogo en PDF

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“No importa” de Agota Kristof

Publicado por max en 11 octubre, 2011

elalepheditores

“Por la mañana, cuando despierte ante su dinero y sus joyas, no faltará nada. Sólo un día de su vida.” 


“Para mí la escritura es demasiado importante como para hacer algo que no me guste. Y no creo que me salga ya nada mejor de lo que escribí.” Agota Kristof 
Texto de contraportada 
Un hombre se convierte en estatua en el momento en el que abraza a su perro por última vez; una mujer se asombra cuando su marido se hiende el cráneo al caer de su cama sobre una hacha; un niño se va junto a un puma “espléndido, beige y dorado”, como salido de un cuadro surrealista, para encontrase con su padre… Entre la fábula y la pesadilla, estos veinticinco relatos fluyen en una atmósfera extraña y emocionante, que posiblemente constituye la parte más secreta de la obra de Agota Kristof.

Colección: Modernos y Clásicos / P.V.P. 16,65€

Kristof nació el 30 de octubre de 1935. A la edad de 21 años se marchó de su país cuando la Revolución húngara de 1956 fue aplastada por las tropas del Pacto de Varsovia. Ella, su marido (profesor de historia en la escuela) y su hija de 4 meses de edad, escaparon a Neuchâtel, en Suiza. Tras cinco años de exilio y soledad, trabajando en una fábrica dejó su trabajo y se separó de su marido. Kristof empezó a estudiar francés, y comenzó a escribir novelas en ese idioma. Sus primeros pasos como escritora fueron en el ámbito de la poesía y el teatro (John et Joe, Un rat qui passe), que es una de las facetas de sus obras que no tienen un impacto tan grande como su trilogía. En 1986, aparece su primera novela, El gran cuaderno. La secuela titulada La prueba llegó 2 años después. Hasta 1991 no aparece la tercera parte bajo el título La tercera mentira. La trilogía novelística ha sido publicada en España por el sello El Aleph bajo el título Claus y Lucas. Agota Kristof recibió el premio europeo a la literatura francesa por El gran cuaderno. Esta novela ha sido traducida a más de 30 idiomas. En 1995 publicó una nueva novela, Ayer. Agota Kristof también escribió un libro llamado La analfabeta (“L’analphabète’”) publicado en 2004. Se trata de un texto autobiográfico. Su último trabajo es una colección de historias cortas titulada C’est égal que se publicó en 2005 en París. La mayoría de sus obras han sido publicadas por Editions du Seuil en París. (Wikipedia)

 

 

Teatro
John et Joe (1972).
La Clé del’ascenseur (1977).
Un rat qui passe (1972, versión definitiva:1984).
L’Heure grise ou le dernier client (1975, versión definitiva: 1984)
Le monstre et autres pièces (2007) [editar]

Narrativa
Le Grand Cahier (1986). Trad. al español como El gran cuaderno.
La Preuve (1988). Trad. al español como La prueba.
Le Troisième mensonge (1992). Trad. al español como La tercera mentira.
Hier (1995). Trad. al español como Ayer.
L’Analphabète (2004). Trad. al español como La analfabeta : un relato autobiográfico.
C’est égal (2005). Trad. al español como No importa.
Où es-tu Mathias ? (2006). La boîte aux lettres

Traducciones al español 
El gran cuaderno. Traducción de Enrique Sordo. Barcelona: Seix Barral, 1986. ISBN 978-84-322-4576-3.
La prueba. Traducción de Enrique Sordo. Barcelona: Seix Barral, 1988. ISBN 978-84-322-4613-5.
La tercera mentira. Edicions 62, 1993. ISBN 978-84-297-3685-4.
Ayer. Barcelona: Edhasa, 1998. ISBN 978-84-350-0850-1. La analfabeta : un relato autobiográfico. Traducción de Julio Peradejordi. Obelisco, 2006. ISBN 978-84-9777-332-4.
Claus y Lucas : El gran cuaderno; La prueba; La tercera mentira. El Aleph, 2007. ISBN 978-84-7669-710-8.
No importa. Traducción de Julieta Carmona Lombardo. El Aleph, 2008. ISBN 978-84-7669-822-8.

Agota Kristof (1935) es (era, falleció el 27-jukio-2001. Nota del blog) una escritora húngara que, veinteañera, huyó al estallar la revolución de 1956 para refugiarse en Suiza. Escribe en francés y cobró relevancia internacional a raíz del Prix du Livre Inter, obtenido por su primera obra, El gran cuaderno, y sobre todo gracias a que uno de los nuevos directores del cine italiano, Silvio Soldati, basase el filme Brucio nel Vento en su novela Hier. El presente volumen nos ofrece el conjunto de sus relatos que, sin embargo, conectan directamente con las otras dos facetas de la autora con las que en el exilio empezó a velar sus armas literarias: la poesía y el teatro.

Precisamente, la pieza de tan solo dos páginas que identifica toda esta colección de textos se nos presenta como una especie de poema dramatizable en el que dos voces sin nombre dialogan en tres situaciones inconexas, un tanto incongruentes, resueltas con notable concentración expresiva, suma ambigöedad y la recurrencia del título a modo de refrán. Y esa limitada polifonía se reduce al puro monólogo lírico en “Mi casa”, otro poema en prosa de cierto desarrollo narrativo. En todo caso, de los veintiséis textos que componen No importa tan solo cinco ocupan entre seis y once páginas. Uno de ellos, “La casa”, cuyo tema en cierto modo se reitera luego en “Las calles”, aprovecha también la estructura dialogada para plantear el mismo tema que Mujica Láinez ya había hecho suyo en una novela de 1954 donde cobraba vida una vieja mansión de la calle Florida para hacer cierto el lema de Eliot: Houses live and die. Porque Kristof maneja con rara habilidad las transiciones entre el absurdo y la fantasía, en una síntesis que apunta tanto a Kafka e Ionesco como a nuestro realismo mágico. Teatralidad e imaginación que tienen un posible punto de encuentro en el impulso oral, invocado incluso en los relatos en primera persona cuando el narrador hace precisiones acerca de su modo de contar (“Los profesores”) o interpela a sus lectores como si del público de un cabaret se tratase (“El buzón”). “Los números incorrectos” es un texto más extenso, y en él brilla la impronta singular que la autora le da a su escritura: el artificio de la llamada errónea da lugar a una sarta de conversaciones que precipitan un desenlace sorprendente, engañando lopescamente con la verdad al don nadie que narra.

La inanidad de las vidas adultas, la añoranza de una niñez que sin embargo no fue feliz, la nostalgia de la casa materna y de la ciudad natal que ya no son lo que eran aparecen como otros tantos motivos reiterados en este libro. Son excelentes las breves páginas, de perceptibles ecos autobiográficos, dedicadas al regreso del protagonista para asistir al “entierro socialista” del padre. El cuento “El producto” nos ilustra de nuevo acerca de los posibles ecos que resuenan en la voz de los personajes creados por Kristof: el protagonista carece de nombre, es un mero “señor B”, y la peripecia que le acompaña es similar a la del Willy Loman de Arthur Miller. La escritora sabe envolver sus narraciones de una ternura con frecuencia paradójica, que no excluye la violencia, el odio y, sobre todo, el sentimiento del miedo que alienta en la más extensa de todas, “¿Dónde estás, Mathias?”, ya al final del volumen: una pieza más dramática que narrativa, entre la poesía y el absurdo, protagonizada por niños.

Agota Kristof

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“Razones para la rebeldía” de Guillermo Toledo

Publicado por max en 11 octubre, 2011

“Toledo, Serrano, Anguita” (El blog del editor)
Razones para la rebeldía se titula el libro, 141 páginas, pequeño formato, ocho euros y medio, que Península lanza este septiembre, otoño caliente, para intervenir, con voz propia, nota firmada por el editor, en el discurso público, político, en el relato crítico de la comunidad silenciosa. Guillermo, Willie, Toledo pone las ideas, las suyas y las de muchos más; Pascual Serrano lo escribe con exactitud, transcribiendo el tono y el mensaje decidido del actor; Julio Anguita —Córdoba, lejana y sola- regala un prólogo mayor, lleno de fuerza y sabiduría revolucionaria, de verdad y sentido ético. He leído el libro en dos horas, tres largos paseos y cuatro pitillos, y me he dado cuenta, visto el panorama laboral y moral, que es el digno esfuerzo de unos valientes: gentes que, sin más, dan la cara. A expensas, natural en estos tiempos de penuria, de que se la partan. Termino el libro y comprendo a Guillermo Toledo. Entiendo las razones de su posición política, de su mirada. Es un hombre dolido por lo que pasa, solo un hombre (en infinidad de ocasiones apaleado, incluso por los suyos, que se creen finos analistas de la nada), que escapa a la norma de corrección (los pulcros modales del ramplón neoliberalismo) que impera en los medios de comunicación de masas (amorfas), en la vida cotidiana. Raúl del Pozo, con prosa de navajero, hijo de Torres Villarroel y Larra, Cela y Umbral, nuestros jinetes junto con Quevedo— del Apocalipsis, le dedica —en una columna de El Mundo— párrafos llenos de (contenida) admiración de macho (aunque le castigue, of course, un poco). Veo que se prepara una tournée importante. Península, on the road, again. Compraré este libro aunque pueda robarlo. Ecos de militancia.


Ediciones Península

«Absténganse los súbditos, lean los ciudadanos» (Julio Anguita). 

Willie Toledo repasa su vida de activista, sus razones para la indignación permanente, así como sus opiniones sobre el mundo, España, la política, sus colegas actores, la ley sinde, los indignados, la piratería, la flotilla y todas las cuestiones de actualidad política y social de nuestro tiempo.

«Hemos perdido la soberanía, ya que son los mercados y las instituciones financieras las que dictan a los gobiernos lo que deben hacer.
Los derechos constitucionales como la vivienda o el trabajo no se cumplen.
Se están dando los primeros pasos, que pueden ser irreversibles si no le ponemos remedio, para que la sanidad y la educación se privaticen, sin pensar además que los grupos religiosos controlan ya la mitad de la educación de este país. Tenemos una ley de extranjería racista e injusta. Nuestro ejército participa en guerras por diferentes zonas de la Tierra y los ciudadanos ni saben dónde ni por qué.
No sé si vamos a poder cambiar la situación, pero, en cualquier caso, los ciudadanos somos los dueños de nuestro destino y en nuestras manos está seguir aguantando o salir a la calle y exigir nuestros derechos». (Guillermo Toledo)

GUILLERMO TOLEDO (Madrid, 1970), es actor y productor teatral (miembro fundador del grupo Animalario). Tanto en teatro como en cine y televisión, ha cosechado numerosos éxitos y reconocimiento habiendo trabajado a las órdenes de directores de cine tan prestigiosos como Pedro Olea, Martínez Lázaro, Alex de la Iglesia, Fernando Colomo, Vicente Aranda, José Luis Cuerda, Mario Camus o Adolfo Aristarain, ente otros. Capaz de pasar del registro cómico al drama con asombrosa facilidad, su temprano interés por la interpretación le llevó a trasladarse a Estados Unidos en 1986, donde pasó una temporada estudiando en un Instituto de Teatro. Debutó en el cine en 1994 con Morirás en Chafarinas y, a partir de entonces, ha ido apareciendo en algunos de los títulos más destacados del cine español. En televisión, todavía se recuerda su interpretación de “Richard” en la serie Siete vidas. Con Animalario, «vocación de equipo, de intentar recuperar esa parte del trabajo abandonada en los años 80 por las compañías de teatro, debido en parte a las exigencias económicas y de mercado», ha cosechado innumerables éxitos y premios destacando El fin de los sueños (2001), Alejandro y Ana (2003), Marat Sade (2007), Argelino, servidor de dos amos (2007) Urtain (2008-2010), y Penumbra (2010), entre otras piezas. Defensor de los derechos humanos y activista no adscrito a ningún partido político, Guillermo, Willie, Toledo es uno de los actores que ha convertido su compromiso político y social en una forma de vida.

Cayo Lara, Willy Toledo y Manuel Fernández-Cuesta en la presentación de “Razones para la rebeldía” en la Fiesta PCE 2011.

Prólogo de Julio Anguita: “LAS ALDEAS DE POTEMKIN”

Grigori Alexandrovicht Potemkin (1739-1791), mariscal de Campo y Comandante en Jefe del Ejército Ruso en el apogeo del reinado de la zarina Catalina II La Grande (1729-1796), organizó en 1787 una visita de la soberana al territorio recién conquistado de Crimea.

Para impresionar a la augusta viajera hizo construir a lo largo del trayecto unos decorados que desde lejos simulaban ser poblaciones ricas en ornato y calidad de obra. Una vez que Catalina las divisaba a conveniente distancia bajo la excusa de la seguridad, la tramoya se desmontaba y se volvía a erigir jalonando las jornadas venideras.

A buen seguro que a muchos de ustedes, estimados lectores y estimadas lectoras, de haber vivido entonces, les hubiera gustado derribar el tinglado de la superchería para hacer visible la realidad y dejar —de paso— en ridículo al embaucador de Potemkin. este libro que ha llegado a sus manos les da la ocasión de conocer, desentrañar y derribar las muchas aldeas Potemkin que, mutatis mutandis, circulan permanentemente, circundan nuestra vida y nuestro viaje por ella. El autor, los autores van a mostrarles el tinglado de esta nueva y vieja farsa, que diría Jacinto Benavente.

Desde todos los medios de comunicación se expresa una realidad creada en los laboratorios mentales de quienes —fabricando esa mercancía llamada noticia— presentan una realidad que entretiene, relaja, oculta, deriva y frivoliza lo cotidiano. Son aldeas Potemkin pensadas para inhibir al ciudadano, para conformar hacia la sumisión su mentalidad tal y como demuestra el profesor Vicente Romano.

El azar, la casualidad o tal vez la intuición de un editor ha sentado en torno a la misma mesa a dos personajes caracterizados por una irreverente manía de investigar lo que hay detrás de cada apariencia, de cada objeto de consumo cultural, de cada aldea de Potemkin. El uno se confiesa rebelde, además de serlo con una o muchas causas; todas ellas poco gratas al poder y a quienes mantienen, por acción u omisión, el culto al mismo. Es un hombre que ha nacido en casa de ámbito cultural de izquierda, aunque no de clase obrera (la experiencia demuestra que ambas realidades no representan conceptos unívocos), y ha ido encarnando en realidad, en compromiso, en lucha cotidiana su desarrollo vital como ser humano. Actor de profesión, no ha caído en la fácil trampa de hacer de su vida una representación según los modos y pautas de comportamiento de lo política y socialmente correcto. Su trabajo se desarrolla únicamente en los platós; su desvivirse se consuma en los conflictos que permanentemente enfrentan a la justicia con lo generalmente asumido como inevitable o irresoluble. Un rebelde sin pose ni afectación.

El otro interlocutor, de carga ideológica bien fundamentada y practicada en el arte de la esgrima dialéctica oral y escrita, es periodista. Precisamente, por querer hacer de su profesión una noble búsqueda de la verdad en beneficio del ciudadano y lector mantiene constantemente una sección en rebelión cuyo título es toda una declaración de guerra a la manipulación informativa: Mentiras y medios de comunicación. también rebelde—carnets aparte—,milita en el colectivo de hombres y mujeres que no renuncian a pensar por sí mismos y que además —y por ello— se erigen en focos de rebeldía lúcida, documentada, trabajada. Es de aquellos personajes que, hijos lejanos en el tiempo, de La Ilustración y Las Luces, se atreven a corregir a aquel claustro de la universidad de Barcelona, ubicada por entonces en Cervera, que presumió ante aquel sangriento botarate llamado Fernando VII de que «lejos de nosotros la funesta manía de pensar».
Cada uno tiene una dedicación profesional que, aparte de proporcionarles el sustento cotidiano, les permite, con los riesgos inherentes, vivir su auténtica profesión: seres humanos que no se resignan, que no claudican, que carecen de tragaderas.

El que lleva la voz cantante en el relato, Willie Toledo, va desbrozando a golpe de iconoclasta desmontaje de tópicos y lugares comunes el terreno plagado de subproductos culturales que constituyen el alimento diario para miles de ciudadanos y ciudadanas. Es precisamente un actor el que llama la atención al espectador para que intente mirar más allá de las bambalinas, los decorados y la tramoya. Es como si alguien que viviera de la prestidigitación comenzara el espectáculo desmontando el truco, la apariencia, la degradación ilusionista de la ilusión. Durante páginas y páginas Willie va desarrollando las razones para su rebeldía; y todo ello sin vocación alguna de primer plano. en un momento dado, define con laconismo refiriéndose a su participación en diversos, varios y siempre conflictivos acontecimientos políticos, culturales o sociales: «no apoyo, formo parte». Y es que cuando algún famoso interviene en pro de cualquier buena causa el sistema de representación mediática transforma al supuesto filántropo en el centro de la noticia, la eclipsa, la banaliza.

Ante ustedes, queridos lectores y queridas lectoras, toda una exhibición de memoria analítica que, cual bisturí, va separando el grano de la paja. en el relato no hay escándalos ni efectos emocionales, hay simplemente una comparación entre el mundo oficial y la tremenda realidad que acucia a miles de seres humanos. Es sorprendente que cuando se habla de la SGAE, tan de actualidad en estos días, puedan leerse informaciones, juicios que realizados hace tiempo retratan con anticipación lo que está pasando en la actualidad.

A través de las páginas del libro, Willie va repasando todo el temario que, ocupando los titulares de los informativos, es presentado como algo lejano, asépticamente distante y fuera de nuestra experiencia vital más inmediata. La actualidad bastante sesgada en sentido del Poder es como una estantería sobre la que se han colocado figurillas convenientemente ubicadas para esquivar las miradas críticas sobre sus imperfecciones. Palestina, El Sáhara, Libia, Cuba, la Política, la Sanidad, la Crisis, la Monarquía, la Democracia, los gastos en Defensa, el 15-M o el incierto futuro centran un discurso fresco, a ras de calle, de impecable lógica aristotélica. Es frecuente, en el mundo que se autocalifica de «progre», referirse a las denuncias y críticas de la sociedad realmente existente como catálogos de obviedades; y todo ello con un tono de espléndido y petulante aburrimiento propio de los bien instalados y con mala conciencia. lo que ocurre es que por referirse a estas «obviedades» muchos profesionales son apartados de sus trabajos, marginados o puestos en las listas de personas incómodas.

Willie se limita a señalar ante el lector todos los elementos de la realidad que son velados por el cartón piedra de los escenarios: los reales y sobre todo los mentales. Habrá quien pueda discrepar de su estilo (no es mi caso) o de su sinceridad empeñada en llamar a las cosas por su nombre. Pero los hechos son los hechos y él cuenta la parte visible de los mismos y también la invisible. Es como un airado mujik ruso que, a base de denuncia y activismo comprometido, diera una patada al tinglado de los actuales imitadores de Potemkin.

Pero el relato, por diáfano, rotundo y sincero que sea su autor, tiene un hilo conductor, una guía, una tensión narrativa y unas secuencias que delatan al otro autor: Pascual Serrano. Los profesionales de la información tienen como paradigma del bien hacer que el entrevistado llene toda la entrevista y que el autor de las preguntas desaparezca aparentemente. Precisamente en esa ausencia buscada y calculada reside la labor de quien pugna por sacar de su interlocutor lo mejor y más interesante de sus palabras.

Me imagino a Pascual como un Sócrates juguetón y cachazudo conduciendo las reflexiones de Willie a sus mejores secuencias y momentos. Y debe ser difícil porque el personaje tiene mucho que contar y seguramente querrá hacerlo de manera global, resumida e inmediata. Hay que preguntar, repreguntar, volver al origen y sobre todo mantener la tensión de la narración y su emotividad inherente.

El texto no es solo el acta de una experiencia permanente en la lucha y en la búsqueda de la justicia; es una reflexión acerca de las apariencias y de quienes las montan, beneficiándose de ellas. Si el gran público quisiera saber, para adquirir una entidad ciudadana democrática activa y actuante, otro sería el escenario por el que nos moveríamos. La obra de Willie y Serrano tiene esas características. Absténganse los súbditos, lean los ciudadanos.

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“El muchacho que escribía poesía” (Yukio Mishima)

Publicado por max en 14 julio, 2011

“El muchacho que escribía poesía”  / Yukio Mishima

Poema tras poema fluía de su pluma con pasmosa facilidad. Le llevaba poco tiempo llenar las treinta páginas de uno de los cuadernos de la Escuela de los Pares. ¿Cómo era posible, se preguntaba el muchacho, que pudiera escribir dos o tres poemas por día? Una semana que estuvo enfermo en cama, compuso: “Una semana: Antología”. Recortó un óvalo en la cubierta de su cuaderno para destacar la palabra “poemas” en la primera página. Abajo, escribió en inglés: “12th. 18th: May, 1940″.

Sus poemas empezaban a llamar la atención de los estudiantes de los últimos años. “La algarabía es por mis 15 años”. Pero el muchacho confiaba en su genio. Empezó a ser atrevido cuando hablaba con los mayores. Quería dejar de decir “es posible”, tenía que decir siempre “sí”.

Estaba anémico de tanto masturbarse. Pero su propia fealdad no había empezado a molestarle. La poesía era algo aparte de esas sensaciones físicas de asco. La poesía era algo aparte de todo. En las sutiles mentiras de un poema aprendía el arte de mentir sutilmente. Sólo importaba que las palabras fueran bellas. Todo el día estudiaba el diccionario.

Cuando estaba en éxtasis, un mundo de metáforas se materializaba ante sus ojos. La oruga hacía encajes con las hojas del cerezo; un guijarro lanzado a través de robles esplendorosos volaba hacia el mar. Las garzas perforaban la ajada sábana del mar embravecido para buscar en el fondo a los ahogados. Los duraznos se maquillaban suavemente entre el zumbido de insectos dorados; el aire, como un arco de llamas tras una estatua, giraba y se retorcía en torno a una multitud que trataba de escapar. El ocaso presagiaba el mal: adquiría la oscura tintura del yodo. Los árboles de invierno levantaban hacia el cielo sus patas de madera. Y una muchacha estaba sentada junto a un horno, su cuerpo como una rosa ardiente. Él se acercaba a la ventana y descubría que era una flor artificial. Su piel, como carne de gallina por el frío, se convertía en el gastado pétalo de una flor de terciopelo.

Cuando el mundo se transformaba así era feliz. No le sorprendía que el nacimiento de un poema le trajera esta clase de felicidad. Sabía mentalmente que un poema nace de la tristeza, la maldición o la desesperanza del seno de la soledad. Pero para que este fuera su caso, necesitaba un interés más profundo en sí mismo, algún problema que lo abrumara. Aunque estaba convencido de su genio, tenía curiosamente muy poco interés en sí mismo. El mundo exterior le parecía más fascinante. Sería más preciso decir que en los momentos en que, sin motivo aparente era feliz, el mundo asumía dócilmente las formas que él deseaba.

Venía la poesía para resguardar sus momentos de felicidad, ¿o era el nacimiento de sus poemas lo que la hacía posible? No estaba seguro. Sólo sabía que era una felicidad diferente de la que sentía cuando sus padres le traían algo que había deseado por mucho tiempo o cuando lo llevaban de viaje, y que era una felicidad únicamente suya.

Al muchacho no le gustaba escrutar constante y atentamente el mundo exterior o su ser interior. Si el objeto que le llamaba la atención no se convertía de pronto en una imagen, si en un mediodía de mayo el brillo blancuzco de las hojas recién nacidas no se convertía en el oscuro fulgor de los capullos nocturnos del cerezo, se aburría al instante y dejaba de mirarlo. Rechazaba fríamente los objetos reales pero extraños que no podía transformar: “No hay poesía en eso”.

Una mañana en que había previsto las preguntas de un examen, respondió rápidamente, puso las respuestas sobre el escritorio del profesor sin mirarlas siquiera, y salió antes que todos sus compañeros. Cuando cruzaba los patios desiertos hacia la puerta, cayó en sus ojos el brillo de la esfera dorada del asta de la bandera. Una inefable sensación de felicidad se apoderó de él. La bandera no estaba alzada. No era día de fiesta. Pero sintió que era un día de fiesta para su espíritu, y que la esfera del asta lo celebraba. Su cerebro dio un rápido giro y se encaminó hacia la poesía. Hacia el éxtasis del momento. La plenitud de esa soledad. Su extraordinaria ligereza. Cada recodo de su cuerpo intoxicado de lucidez. La armonía entre el mundo exterior y su ser interior…

Cuando no caía naturalmente en ese estado, trataba de usar cualquier cosa a mano para inducir la misma intoxicación. Escudriñaba su cuarto a través de una caja de cigarrillos hecha con una veteada caparazón de tortuga. Agitaba el frasco de cosméticos de su madre y observaba la tumultuosa danza del polvo al abandonar la clara superficie del líquido y asentarse suavemente en el fondo.

Sin la menor emoción usaba palabras como “súplica”, “maldición” y “desdén”. El muchacho estaba en el Club Literario. Uno de los miembros del comité le había prestado una llave que le permitía entrar a la sede solo y a cualquier hora para sumergirse en sus diccionarios favoritos. Le gustaban las páginas sobre los poetas románticos en el “Diccionario de la literatura mundial”: En sus retratos no tenían enmarañadas barbas de viejo, todos eran jóvenes y bellos.

Le interesaba la brevedad de las vidas de los poetas. Los poetas deben morir jóvenes. Pero incluso una muerte prematura era algo lejano para un quinceañero. Desde esta seguridad aritmética el muchacho podía contemplar la muerte prematura sin preocuparse.

Le gustaba el soneto de Wilde, “La tumba de Keats”: “Despojado de la vida cuando eran nuevos el amor y la vida / aquí yace el más joven de los mártires”. Había algo sorprendente en esos desastres reales que caían, benéficos, sobre los poetas. Creía en una armonía predeterminada. La armonía predeterminada en la biografía de un poeta. Creer en esto era como creer en su propio genio.

Le causaba placer imaginar largas elegías en su honor, la fama póstuma. Pero imaginar su propio cadáver lo hacía sentirse torpe. Pensaba febrilmente: que viva como un cohete. Que con todo mi ser pinte el cielo nocturno un momento y me apague al instante. Consideraba todas las clases de vida y ninguna otra le parecía tolerable. El suicidio le repugnaba. La armonía predeterminada encontraría una manera más satisfactoria de matarlo.

La poesía empezaba a emperezar su espíritu. Si hubiera sido más diligente, habría pensado con más pasión en el suicidio.

En la reunión de la mañana el monitor de los estudiantes pronunció su nombre. Eso implicaba una pena más severa que ser llamado a la oficina del maestro. “Ya sabes de qué se trata”, le dijeron sus amigos para intimidarlo. Se puso pálido y le temblaban las manos.

El monitor, a la espera del muchacho, escribía algo con una punta de acero en las cenizas muertas del “hibachi”. Cuando el muchacho entró, el monitor le dijo “siéntese”, cortésmente. No hubo reprimenda. Le contó que había leído sus poemas en la revista de los egresados. Después le hizo muchas preguntas sobre la poesía y sobre su vida en el hogar. Al final le dijo:

-Hay dos tipos: Schilla y Goethe. Sabe quién es Schilla, ¿no es cierto?

-¿Quiere decir Schiller?

-Sí. No trate nunca de convertirse en un Schilla. Sea un Goethe.

El muchacho salió del cuarto del monitor y se arrastró hasta el salón de clase, insatisfecho y frunciendo el ceño. No había leído ni a Goethe ni a Schiller. Pero conocía sus retratos. “No me gusta Goethe. Es un viejo. Schiller es joven. Me gusta más”.

El presidente del Club Literario, un joven llamado R que le llevaba cinco años, empezó a protegerlo. También a él le gustaba R, porque era indudable que se consideraba un genio anónimo, y porque reconocía el genio del muchacho sin tener para nada en cuenta su diferencia de edades. Los genios tenían que ser amigos.

R era hijo de un Par. Se daba aires de un Villiers de l’Isle Adam, se sentía orgulloso del noble linaje de su familia y empapaba su obra con una nostalgia decadente de la tradición aristocrática de las letras. R, además, había publicado una edición privada de sus poemas y ensayos. El muchacho sintió envidia.

Intercambiaban largas cartas todos los días. Les gustaba esta rutina. Casi todas las mañanas llegaba a casa del muchacho una carta de R en un sobre al estilo occidental, del color del melocotón. Por largas que fueran las cartas no pasaban de un cierto peso; lo que le encantaba al muchacho era esa voluminosa ligereza, esa sensación de que estaban llenas pero de que flotaban. Al final de la carta copiaba un poema reciente, escrito ese mismo día, o si no había tenido tiempo, un poema anterior.

El contenido de las cartas era trivial. Empezaban con una crítica del poema que el otro había enviado en la última carta, a la que seguía una palabrería inacabable en la que cada cual hablaba de la música que había escuchado, los episodios diarios de su familia, las impresiones de las muchachas que le habían parecido bellas, los libros que había leído, las experiencias poéticas en las que una palabra revelaba mundos, y así sucesivamente. Ni el joven de veinte años ni el muchacho de quince se cansaban de este hábito.

Pero el muchacho reconocía en las cartas de R una pálida melancolía, la sombra de un ligero malestar que sabía que no estaba nunca presente en las suyas. Un recelo ante la realidad, una ansiedad de algo a lo que pronto tendría que enfrentarse, le daban a las cartas de R un cierto espíritu de soledad y de dolor. El tranquilo muchacho percibía este espíritu como una sombra sin importancia que nunca caería sobre él.

¿Veré alguna vez la fealdad? El muchacho se planteaba problemas de esta clase; no los esperaba. La vejez, por ejemplo, que rindió a Goethe después de soportarla muchos años. No se le había ocurrido nunca pensar en algo como la vejez. Hasta la flor de la juventud, bella para unos y fea para otros, estaba todavía muy lejos. Olvidaba la fealdad que descubría en sí mismo.

El muchacho estaba cautivado por la ilusión que confunde al arte con el artista, la ilusión que proyectan en el artista las muchachas ingenuas y consentidas. No le interesaba el análisis y el estudio de ese ser que era él mismo, en quien siempre soñaba. Pertenecía al mundo de la metáfora, al interminable calidoscopio en el que la desnudez de una muchacha se convertía en una flor artificial. Quien hace cosas bellas no puede ser feo. Era un pensamiento tercamente enraizado en su cerebro, pero inexplicablemente no se hacía nunca la pregunta más importante: ¿Era necesario que alguien bello hiciera cosas bellas?

¿Necesario? El muchacho se hubiera reído de la palabra. Sus poemas no nacían de la necesidad. Le venían naturalmente; aunque tratara de negarlos, los poemas mismos movían su mano y lo obligaban a escribir. La necesidad implicaba una carencia, algo que no podía concebir en sí mismo. Reducía, en primer lugar, las fuentes de su poesía a la palabra “genio”, y no podía creer que hubiera en él una carencia de la que no fuera consciente. Y aunque lo fuera, prefería llamarlo “genio” y no carencia.

No que fuera incapaz de criticar sus propios poemas. Había, por ejemplo, un poema de cuatro versos que los mayores alababan con extravagancia; le parecía frívolo y le daba pena. Era un poema que decía: así como el borde transparente de este vidrio tiene un fulgor azul, así tus límpidos ojos pueden esconder un destello de amor.

Los elogios de los demás le encantaban al muchacho, pero su arrogancia no le permitía ahogarse en ellos. La verdad era que ni siquiera el talento de R le impresionaba mucho. Claro que R tenía suficiente talento como para distinguirse entre los estudiantes avanzados del Club Literario, pero eso no quería decir nada. Había un rincón frígido en el corazón del muchacho. Si R no hubiera agotado su tesoro verbal para alabar el talento del muchacho, quizás el muchacho no hubiera hecho ningún esfuerzo para reconocer el de R.

Se daba perfecta cuenta de que el premio a su gusto ocasional por ese tranquilo placer era la ausencia de cualquier brusca excitación adolescente. Dos veces al año, las escuelas tenían series de béisbol que llamaban los “Juegos de la Liga”. Cuando la Escuela de los Pares perdía, los estudiantes de penúltimo año que habían vitoreado a los jugadores durante el partido los rodeaban y compartían sus sollozos. Él nunca lloraba. Ni se sentía triste. “¿Para qué sentirse triste? ¿Porque perdimos un partido de béisbol?” Le sorprendían esas caras llorosas, tan extrañas. El muchacho sabía que sentía las cosas con facilidad, pero su sensibilidad se encaminaba en una dirección diferente a la de todos los demás. Las cosas que los hacían llorar no tenían eco en su corazón. El muchacho empezó a hacer cada vez más que el amor fuera el tema de su poesía. Nunca había amado. Pero le aburría basar su poesía solamente en las transformaciones de la naturaleza, y se puso a cantar las metamorfosis que de momento a momento ocurren en el alma.

No le remordía cantar lo que no había vivido. Algo en él siempre había creído que el arte era esto exactamente. No se lamentaba de su falta de experiencia. No había oposición ni tensión entre el mundo que le quedaba por vivir y el mundo que tenía dentro de sí. No tenía que ir muy lejos para creer en la superioridad de su mundo interior; una especie de confianza irracional le permitía creer que no había en el mundo emoción que le quedara por sentir. Porque el muchacho pensaba que un espíritu tan agudo y sensible como el suyo ya había aprehendido los arquetipos de todas las emociones, aunque fuera algunas veces como puras premoniciones, que toda la experiencia se podía reconstruir con las combinaciones apropiadas de estos elementos de la emoción. Pero, ¿cuáles eran estos elementos? Él tenía su propia y arbitraria definición: “Las palabras”.

No que el muchacho hubiera llegado a una maestría de las palabras que fuera genuinamente suya. Pero pensaba que la universalidad de muchas de las palabras que encontraba en el diccionario las hacía variadas en su significado y con distinto contenido y, por lo tanto, disponibles para su uso personal, para un empleo individual y único. No se le ocurría que sólo la experiencia podía darle a las palabras color y plenitud creativa.

El primer encuentro entre nuestro mundo interior y el lenguaje enfrenta algo totalmente individual con algo universal. Es también la ocasión para que un individuo, refinado por lo universal, por fin se reconozca. El quinceañero estaba más que familiarizado con esta indescriptible experiencia interior. Porque la desarmonía que sentía al encontrar una nueva palabra también le hacía sentir una emoción desconocida. Lo ayudaba a mantener una calma exterior incompatible con su juventud. Cuando una cierta emoción se apoderaba de él, la desarmonía que despertaba lo llevaba a recordar los elementos de la desarmonía que había sentido antes de la palabra. Recordaba entonces la palabra y la usaba para nombrar la emoción que tenía ante sí. El muchacho se hizo práctico en disponer así de las emociones. Fue así como conoció todas las cosas: la “humillación”, la “agonía”, la “desesperanza”, la “execración”, la “alegría del amor”, la “pena del desamor”.

Le hubiera sido fácil recurrir a la imaginación. Pero el muchacho dudaba en hacerlo. La imaginación necesita una clase de identificación en la que el ser se duele con el dolor de los demás. El muchacho, en su frialdad, no sentía nunca el dolor de los demás. Sin sentir el menor dolor se susurraba: “Eso es dolor, es algo que conozco”.

Era una soleada tarde de mayo. Las clases se habían acabado. El muchacho caminaba hacia la sede del Club Literario para ver si había alguien allí con quien pudiera hablar camino a casa. Se encontró con R, quien le dijo:

-Estaba esperando que nos encontráramos. Charlemos.

Entraron al edificio estilo cuartel en el que los salones de clase habían sido divididos con tabiques para alojar los diferentes clubes. El Club Literario estaba en una esquina del oscuro primer piso. Alcanzaban a oír ruidos, risas y el himno del colegio en el Club Deportivo, y el eco de un piano en el Club Musical. R. metió la llave en la cerradura de la sucia puerta de madera. Era una puerta que aún sin llave había que abrir a empujones.

El cuarto estaba vacío. Con el habitual olor a polvo. R entró y abrió la ventana, palmoteó para quitarse el polvo de las manos y se sentó en un asiento desvencijado.

Cuando ya estaban instalados el muchacho empezó a hablar.

-Anoche vi un sueño en colores.

(El muchacho se imaginaba que los sueños en colores eran prerrogativa de los poetas).

-Había una colina de tierra roja. La tierra era de un rojo encendido, y el atardecer, rojo y brillante, hacía su color más resplandeciente. De la derecha vino entonces un hombre arrastrando una larga cadena. Un pavo real cuatro o cinco veces más grande que el hombre iba atado a su extremo y recogía sus plumas arrastrándose lentamente frente a mí. El pavo real era de un verde vivo. Todo su cuerpo era verde y brillaba hermosamente. Seguí mirando el pavo real a medida que era arrastrado hacia lo lejos, hasta que no pude verlo más… Fue un sueño fantástico. Mis sueños son muy vívidos cuando son en colores, casi demasiado vívidos. ¿Qué querría decir un pavo real verde para Freud? ¿Qué querría decir?

R no parecía muy interesado. Estaba distinto que siempre. Estaba igual de pálido, pero su voz no tenía su usual tono tranquilo y afiebrado, ni respondía con pasión. Había aparentemente escuchado el monólogo del muchacho con indiferencia. No, no lo escuchaba.

El afectado y alto cuello del uniforme de R estaba espolvoreado de caspa. La luz turbia hacía que refulgiera el capullo de cerezo de su emblema de oro, y alargaba su nariz, de por sí bastante grande. Era de forma elegante pero un tris más grande de lo debido, y mostraba una inconfundible expresión de ansiedad. La angustia de R parecía manifestarse en su nariz.

Sobre el escritorio había unas viejas galeras cubiertas de polvo y reglas, lápices rojos, laca, volúmenes empastados de la revista de los egresados y manuscritos que alguien había empezado. El muchacho amaba esta confusión literaria. R revolvió las galeras como si estuviera ordenando las cosas a regañadientes, y sus dedos blancos y delgados se ensuciaron con el polvo. El muchacho hizo un gesto de burla. Pero R chasqueó la lengua en señal de molestia, se sacudió el polvo de las manos y dijo:

-La verdad es que hoy quería hablar contigo de algo.

-¿De qué?

-La verdad es… -R vaciló primero pero luego escupió las palabras-. Sufro. Me ha pasado algo terrible.

-¿Estás enamorado? -preguntó fríamente el muchacho.

-Sí.

R explicó las circunstancias. Se había enamorado de la joven esposa de otro, había sido descubierto por su padre, y le habían prohibido volver a verla. El muchacho se quedó mirando a R con los ojos desorbitados. “He aquí a alguien enamorado. Por primera vez puedo ver el amor con mis ojos”. No era un bello espectáculo. Era más bien desagradable.

La habitual vitalidad de R había desaparecido; estaba cabizbajo. Parecía malhumorado. El muchacho había observado a menudo esta expresión en las caras de personas que habían perdido algo o a quienes había dejado el tren. Pero que un mayor tuviera confianza en él era un halago a su vanidad. No se sentía triste. Hizo un valeroso esfuerzo por asumir un aspecto melancólico. Pero el aire banal de una persona enamorada era difícil de soportar.

Por fin halló unas palabras de consuelo.

-Es terrible. Pero estoy seguro que de ello saldrá un buen poema.

R respondió débilmente:

-Este no es momento para la poesía.

-¿Pero no es la poesía una salvación en momentos como este?

La felicidad que causa la creación de un poema pasó como un rayo por la mente del muchacho. Pensó que cualquier pena o agonía podía ser eliminada mediante el poder de esa felicidad.

-Las cosas no funcionan así. Tú no comprendes todavía.

Esta frase hirió el orgullo del muchacho. Su corazón se heló y planeó la venganza.

-Pero si fueras un verdadero poeta, un genio, ¿no te salvaría la poesía en un momento como este?

-Goethe escribió el Werther -respondió R- y se salvó del suicidio. Pero sólo pudo escribirlo porque, en el fondo de su alma, sabía que nada, ni la poesía, lo podría salvar, y que lo único que quedaba era el suicidio.

-Entonces, ¿por qué no se suicidó Goethe? Si escribir y el suicidio son la misma cosa, ¿por qué no se suicidó? ¿Porque era un cobarde? ¿O porque era un genio?

-Porque era un genio.

-Entonces…

El muchacho iba a insistir en una pregunta más, pera ni él mismo la comprendía. Se hizo vagamente a la idea de que lo que había salvado a Goethe era el egoísmo. La idea de usar esta noción para defenderse se apoderó de él.

La frase de R, “Tú no comprendes todavía”, lo había herido profundamente. A sus años no había nada más fuerte que la sensación de inferioridad por la edad. Aunque no se atrevió a pronunciarla, una proposición que se burlaba de R había surgido en su mente: “No es un genio. Se enamora”.

El amor de R era sin duda verdadero. Era la clase de amor que un genio nunca debe tener. R, para adornar su miseria, recurría al amor de Fujitsubo y Gengi, de Peleas y Melisande, de Tristán e Isolda, de la princesa de Cleves y el duque de Némours como ejemplos del amor ilícito.

A medida que escuchaba, el muchacho se escandalizaba de que no había en la confesión de R ni un solo elemento que no conociera. Todo había sido escrito, todo había sido previsto, todo había sido ensayado. El amor escrito en los libros era más vital que éste. El amor cantado en los poemas era más bello. No podía comprender por qué R recurría a la realidad para tener sueños sublimes. No podía comprender este deseo de lo mediocre.

R parecía haberse calmado con sus palabras, y ahora empezó a hacer un largo recuento de los atributos de la muchacha. Debía de ser una belleza extraordinaria, pero el muchacho no se la podía imaginar.

-La próxima vez te muestro su retrato -dijo R. Luego, no sin vergüenza, terminó dramáticamente-: Me dijo que mi frente era realmente muy hermosa.

El muchacho se fijó en la frente de R, bajo el pelo peinado hacia atrás. Era abultada y la piel relucía débilmente bajo la luz opaca que entraba por la puerta; daba la impresión de que tenía dos protuberancias, cada una tan grande como un puño.

-Es un cejudo -pensó el muchacho. No le parecía nada hermoso. “Mi frente también es abultada”, se dijo. “Ser cejudo y ser bien parecido no son la misma cosa”.

En ese momento el muchacho tuvo la revelación de algo. Había visto la ridícula impureza que siempre se entremete en nuestra conciencia del amor o de la vida, esa ridícula impureza sin la cual no podemos sobrevivir ni en ésta ni en aquel: es decir, la convicción de que el ser cejijuntos nos hace bellos.

El muchacho pensó que también él, quizás, de un modo más intelectual, estaba abriéndose camino en la vida gracias a una convicción parecida. Algo en ese pensamiento lo hizo estremecerse.

-¿En qué piensas? -preguntó R, suavemente, como de costumbre.

El muchacho se mordió los labios y sonrió. El día se estaba oscureciendo. Oyó los gritos que llegaban desde donde practicaba el Club de Béisbol. Percibió un eco lúcido cuando una pelota golpeada por bate fue lanzada hacia el cielo. “Algún día, tal vez, yo también deje de escribir poesía”, pensó el muchacho por primera vez en su vida. Pero todavía le quedaba por descubrir que nunca había sido poeta.

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“Esta mañana” (Sonia Ibañez)

Publicado por max en 4 junio, 2011

Esta mañana me despertó la luz del Sol. Al darme la vuelta, descubrí en la cama un hombre durmiendo junto a mí. Le miré, sorprendida, pues no recordaba haberme acostado con alguien la noche anterior. Dormía, impasible, ajeno a los ruidos de la calle y a la claridad que penetraba por la ventana invadiendo la intimidad del cuarto. Estaba desnudo, yacía boca arriba, respiraba profundamente mientras dos gotas de sudor bajaban por su frente. Me quedé quieta, procure no hacer ningún movimiento que pudiera despertarlo. Intentaba buscar alguna explicación de cómo aquel hombre había llegado hasta mi cama. Lo observé durante minutos explorando su piel, su pelo, sus manos, su boca. Si pudiera verle los ojos, pensé, su mirada me haría recordar. Dormía plácidamente, resoplaba y de vez en cuando farfullaba alguna palabra ininteligible como si hablara con alguien en sueños. Su voz me resultaba familiar pero no conseguía ubicarle en mi memoria. De pronto se giro y su cuerpo atrapo mi mano. Quedo tendido boca abajo presionando mis dedos con su vientre. Podía sentir el calor de su cuerpo, intente liberarme, con cuidado para no despertarle, pues tenía miedo de su reacción, pero su peso me impedía soltarme de aquel amarre tan absurdo. Tanteé su abdomen, buscando un resquicio por el que sacar mi mano pero su pene erecto me lo impedía. Parecía hacer guardia para evitar la huida. El hombre resopló, excitado por el contacto, se movió de nuevo y me abrazó. No había escapatoria. Empezó a besarme, a tocarme, le oía gemir, me acariciaba, buscando mi sexo, mi humedad, mi excitación, no había palabras, ni miradas, sólo caricias, caricias de dos extraños encontrados en una cama. Era una lucha, un descubrimiento alentado por el morbo de lo desconocido. La excitación crecía, ya no quería escapar, ya no quería liberarme de ese cuerpo. A los pocos minutos me arrolló un orgasmo y quedé tendida boca arriba, tomé aliento, ajena al cuerpo que tenía junto a mí. Recuperé el ritmo de la respiración y me di media vuelta para confirmar lo que acababa de ocurrir, entonces vi su mirada. Aquellos ojos me seguían penetrando, pero esta vez me interrogaban, ¿puedes recoger tú hoy a los niños del colegio, cariño?, yo saldré tarde del trabajo. Sonó el despertador, la hora de siempre.

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“15-M, hacia una política posmoderna” (María Toledano)

Publicado por max en 31 mayo, 2011

María Toledano / Rebelión

Hace días que no veo a mi nieta Lola. Anda enfrascada en eso que se está llamando Movimiento 15-M. Duerme en la Puerta del Sol, asiste e interviene en las asambleas, colabora en la organización, redacta documentos, hace bocadillos, traduce, graba vídeos: vive. Mi nieta, como los acampados y simpatizantes, está viviendo supolítica real en tiempo real. Aunque solo fuera por ese soplo de instante asociativo que recorre, aparente fantasma anticapitalista, una parte de la juventud, esta curiosa insurrección popular merecía la pena. Miles de personas apoyan esta protesta, algunas organizaciones políticas (minoritarias) respaldan a los indignados: monopolizaron la campaña electoral y la rancia voz de los analistas. El 15-M tiene entidad propia y espontaneidad creativa, resuena en las asambleas, y camina. Lo interesante sería saber hacia dónde.

El Movimiento 15-M es heterogéneo, diverso en la composición de clase de sus actores. Militantes anticapitalistas de los centros sociales ocupados -¿qué fue de los Foros?- se mezclan con hijos del bienestar que no quieren quedarse fuera de su pequeña Historia. Estudiantes apolíticos (sin trabajo y tecnologías Mac) comparten tienda de campaña con experimentados activistas, curtidos en mil batallas. La masiva presencia durante los fines de semana demuestra que todos quieren un día decir, como en el mayo francés: “yo estuve allí”. El Movimiento es plural, confuso, y proclaman, cada dos por tres, su desprecio (indiferencia) por los partidos y sindicatos. “No nos representan” es una de las frases más coreadas. No diré -a mi edad, podría- que este punto de vista es reaccionario. No lo diré, insisto, pese a que la idea de que todos los políticos son iguales y que los sindicatos (representantes más o menos acomodados de los trabajadores) descansan sobre el presupuesto público, provenga de la reacción antidemocrática. Cada vez que oigo decir que un representante político gana mucho o que un cuadro sindical es un parásito sospecho. Disculpen: es una manía. La reacción se esconde, sin apenas dejarse ver, en las palabras aunque algunos de mis queridos colegas revolucionarios vean en estas protestas el germen del comunismo (ay) en marcha. Mi admirado Antonio Negri, il cattivo maestro, vio en las impresionantes huelgas de Francia de 1995 (con la solidaridad que se creó durante unas semanas: nunca fue más lejos del autostop por las avenidas, al estar paralizado el transporte público, y la aparición masiva de la bicicleta) al nuevo sujeto biopolítico: el mismo sujeto que (ya no biopolítico, claro, sino conservador), años después, saludó con entusiasmo la llegada de un farsante neoliberal como Sarkozy. En ocasiones, y ya son muchas, proyectamos nuestros deseos de radicalidad -sin Freud por medio, por ahora- sobre una realidad tozuda y sus actuantes que muestran parte de su disconformidad (legítima) con un hedonismo lírico (amor y libertad bajo las carpas, protegidos por los antidisturbios) de una acción espectacular sin consecuencia práctica.

Lola llega de madrugada, agotada. Me levanto y tomamos café con galletas. Nada más triste que una galleta mojada, pienso. Escucho. Me cuenta su experiencia política, el día a día. Lleva desde la primera noche metida entre bambalinas y su rostro refleja el cansancio de la batalla. ¿Por qué no nos han desalojado? ¿En qué ajedrez político estamos metidos sin saberlo? Algunos comerciantes de la zona han participado (increíble pero cierto) en asambleas. Se abrirán pasillos para que los transeúntes puedan acceder al pequeño comercio, resuelven. Me sorprendo. La Spanish revolution comprende el drama del comercio local. Lola está viviendo su instante revolucionario y no seré yo, marchita y fumadora, la que venga con la manguera (pesimista) de la teoría revolucionaria clásica. Sin organización, repetía Gramsci, no hay nada: ni movimiento, ni ideas, ni posibilidad política de transformación social. ¿Cómo es posible organizar la pluralidad? ¿Es acaso posible? Leo a los pensadores alternativos, algunos amigos, saludar el Movimiento 15-M como se abrazaba (entusiasmo sin límites) a los bolcheviques o a los barbudos cubanos: otra proyección del deseo. Este Movimiento es tan diverso que permite infinidad de interpretaciones: cada uno ve lo que quiere, lo que desea ver, lo que su mirada añora. Desde la prolongación mediterránea de las revueltas en los países árabes hasta un “brote verde”, hijo de Mayo del 68. Y todos, por así decir, “indignados”: la palabra clave, el fetiche. Indignados. ¿Indignados? ¿Realmente la juventud madrileña y, por extensión la que está participando en estas acciones políticas (ellos dicen sociales, huyen de la política por ser actividad contaminada) por toda la geografía nacional (e internacional) están indignados? ¿Son conscientes de la precariedad que se les viene encima y por eso protestan? ¿Creen que las formas tradicionales de lucha y participación política están agotadas e inventan, con sus acciones, otras nuevas? Desde luego la asamblea autogestionada como instante revolucionario (el tiempo detenido, renaciendo) es una ilusión transformadora, un momento de belleza participativa, salvaje y espontánea, y debe ser defendida, pero de ahí a que sea una nueva construcción política, aunque provisional, dista mucho. Y mientras tanto, ni partidos ni sindicatos: “que no, que no nos representan”. Y dale con la letanía reaccionaria. No olvidemos que cuando la juventud se tira a la calle (es un decir) y grita esta consigna no está pensando en el PP ni en sus Juventudes. Lola cree que el Movimiento 15-M es extraño, hermoso, variado y lleno de energía pero algo en su mirada denota inquietud. Hay mucha gente, abuela, que lleva dos semanas trabajando en Sol y dice que es apolítica. Moderno tancredismo inverso, pienso. Lo de “abuela” incordia, pero me callo.

Busco documentos en la pluralidad del Movimiento 15-M y me topo con el Manifiesto de Democracia real Ya. Copio un párrafo a modo de ejemplo: “Somos personas normales y corrientes. Somos como tú: gente que se levanta por las mañanas para estudiar, para trabajar o para buscar trabajo, gente que tiene familia y amigos. Gente que trabaja duro todos los días para vivir y dar un futuro mejor a los que nos rodean. Unos nos consideramos más progresistas, otros más conservadores. Unos creyentes, otros no. Unos tenemos ideologías bien definidas, otros nos consideramos apolíticos… Pero todos estamos preocupados e indignados por el panorama político, económico y social que vemos a nuestro alrededor. Por la corrupción de los políticos, empresarios, banqueros… Por la indefensión del ciudadano de a pie.” Menudo párrafo. Indignaos pero no rompáis nada, es la idea, que nos ha costado mucho pagarlo. De la lucha de clases a “unos somos creyentes, otros no”. No haré comentarios.

El 15-M es, en esencia, un movimiento autónomo. Libre, como ellos desean, de la “contaminación política”. Apoyemos su iniciativa, saludemos su esfuerzo solidario, alabemos su deseo de cambiar el mundo, participemos, incluso, en las asambleas de barrio o distrito, pero estemos atentos a su evolución. El humanismo posmoderno, uno de los rostros amables del neoliberalismo, parece bastante presente -por cierto- en esta protesta. Seamos críticos -interpretemos la realidad en términos de práctica política y acción transformadora- pero seamos justos. De lo contrario, nos habremos equivocado una vez más. Al menos eso dice Lola, antes de quedarse dormida con el ordenador en el regazo.

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“Las orillas neoliberales”, de María Toledano

Publicado por max en 1 marzo, 2011

María Toledano

“¿Queremos una cultura donde nadie sepa nada?”

Giovanni Sartori, Homo videns (1997)

La implantación del modelo neoliberal es, en nuestro territorio común, variada y extensa. Su defensa, matizada según convenga, engloba diferentes posiciones políticas que van desde la izquierda moderada, por utilizar un término comprensible, intuitivo, a la derecha más tradicional y católica, pasando por las diversas formas del nacionalismo rústico y montaraz. El modelo es, según parece, incuestionable. La inmensa mayoría del arco parlamentario ha mostrado, a partir de la muerte del Caudillo, su inclinación, tácita o abierta, al sistema capitalista. Con más o menos matices, y tras haber destinado una gran cantidad de dinero público para proteger la estabilidad de la banca privada, nadie -salvo la gauche transformadora- ha reclamado la titularidad pública para esos bancos que han recibido fondos debido a la gestión especuladora de sus dirigentes. Tiene razón el intrépido Esteban Glez. Pons del PP: aquí hay mucha medida soviética y mucho rojo suelto disfrazado con piel de cordero. Zapatero: rojazo!! Ya que no puede pasar ni un instante más por dirigente del socialismo, de la tradición del tipógrafo Iglesias, el presidente ajusta el país al esquema neoliberal (recorte de gasto) impuesto por Alemania y las grandes multinacionales. Socialismo o barbarie, era leimotiv clásico. Ahora ha cambiado: el socialismo del PSOE es ya la misma barbarie.

El capitalismo del siglo XXI, acelerado y financiero, domina el pensamiento y la acción universal: especialistas y opinión pública coinciden. Sus reglas de actuación, afinándose tras años de prueba y error sobre la cabeza de desfavorecidos, han permitido alcanzar este nivel de neurosis colectiva que preside nuestra relaciones. Hasta las mercancías, antaño esenciales, se han vuelto una molestia: stocks en el almacén. El capitalismo de producción ha quedado relegado a los países emergentes donde la mano de obra sigue con niveles salariales bajos y ausencia notoria de derechos laborales. En nuestras economías post-industriales (es un decir, ya que Alemania y Francia siguen produciendo bienes), el consumo ha suplantado cualquier otra forma de socialización siendo además, garantía de equilibrio democrático: todo el mundo puede consumir y no hay prohibiciones al respecto. El que no consuma será porque no puede o no quiere. Si puede y no quiere, acabará por querer; si no puede: caso perdido. Será un parado.

En breve afrontaremos elecciones. En ese momento, y como sostiene George Lakoff (“No pienses en un elefante” y “Puntos de reflexión”), sólo distinguiremos colores y razones del corazón, ya que se vota por imperativos morales, históricos, familiares, sensitivos, etc., y nunca por cuestiones programáticas y/o pensando en castigos electorales. Llegados a ese momento, y lanzados en campaña mediática, el PSOE desempolvará su frasco de olor, su aroma del siglo XIX, y serán más rojos que nadie: lo llevan haciendo más de tres décadas. Pese a estar agarrados por el pescuezo de lo sentimental, ¿cómo es posible que las buenas gentes del PSOE, militantes de base y simpatizantes, votantes todos, olviden que bajo este gobierno se ha producido el recorte de derechos y libertades -que afecta, lógico, en primer lugar, a los que menos tienen- más importante de la democracia? Si la majadería colectiva, grado supino de la alienación, no se adueña de todos los votantes del PSOE, IU debería crecer electoralmente. Si esta fuerza transformadora no consigue, con estas “condiciones objetivas de posibilidad”, un notable incremento electoral, debería cambiar de negocio: cultivar ajos en Canfranc, por ejemplo. ¿Dudas entre votar al PSOE o al PP? Resuelva el votante como quiera. Poco importará en los reajustes que vienen. ¿Dudas entre votar a IU o al PSOE? Vote el ciudadano, si todavía recuerda lo que era eso, pensando en sus intereses (de clase). La cultura es también cultura política.

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“Contra la velocidad del capitalismo 3.0″, de María Toledano

Publicado por max en 11 enero, 2011


“La felicidad no es un premio que se otorga a la virtud, sino que es la virtud misma, y no gozamos de ella porque reprimamos nuestras concupiscencias, sino que, al contrario, podemos reprimir nuestras concupiscencias porque gozamos de ella”.
Spinoza, Ética, V, XLII.

1. La velocidad es uno de los instrumentos de penetración del capitalismo, una de sus virtudes teologales. Su frenético impulso domina las voluntades y los deseos, arrasa las emociones y convierte en tierra baldía todo lo roza con su estela. La velocidad, es decir, la aceleración artificial producida por la ansiedad de satisfacer los deseos de consumo aquí y ahora, produce -en cualquier tipo de intercambios- un malestar insuperable: la insatisfacción permanente. Del mismo modo que las materias primas circulan por mercados e industrias transformándose, las emociones -un complejo entramado compuesto, en su mayor parte, por la potencia dominante del discurso social, más algunos elementos de la psicología individual- pierden cualidades, alterando su naturaleza humana, hasta convertirse en emociones distintas, otras, previsibles, al entrar en contacto con la urgencia del consumo que impone el modelo. El intercambio, dirán, o es veloz o no es intercambio. Todo el discurso del capital -su función aniquiladora del deseo y de la voluntad- está montado sobre esta premisa.

2. La velocidad es consustancial al modo de producción capitalista puesto que prima la fabricación en masa de objetos y relatos, con rapidez, cualquier tipo de producto (aunque sean escasos, hoy, los de origen fabril), para que la rotación de los mismos, una vez colocados en el mercado -discursos sobre las emociones incluidos- sea tan ágil y espontánea que sólo se satisfaga una vez consumidos todos, en orden, y casi con la misma velocidad de crucero que fueron preparados, concebidos. En este caso, destaca la asombrosa capacidad de algunos think tanks de EE.UU. para producir eventos, sensaciones, historias que, superpuestas unas a otras, conformen un único relato armonizador. A modo de ejemplo encadénese: juventud, jooging, cirugía estética, leyes antitabaco, cambio permanente de trabajo, necesidad de reinventarse casa mes -seres mutantes- según exigencias de la oferta laboral, antidepresivos, violencia de género, el debate sobre transgénicos y alimentación ecológica, etc. El resultado de esta superposición de relatos predeterminados produce un tipo de emociones concretas, un tipo de sensibilidad (o ideología de preconsumo) que se asociará luego, como encajan las piezas de un rompecabezas, con los instantes de aceleración destructora. Por citar alguno, recordaremos los momentos de hiperconsumo a comienzos de la última década del siglo XX.

3. La velocidad, carrera por una urgencia histórica inexistente dentro de un presente elástico, que se ralentiza hacia la eternidad, hacia el presente eterno, forma parte de la lógica destructiva del capitalismo. Desaparecidos los grandes relatos emancipadores progresivos, la fragmentación del discurso ha hecho necesaria la producción de miles de significados diferentes para dar coherencia (y consistencia) a un sistema de individualidades (prima la exaltación de la subjetividad) que ha destrozado y devorado ya los primeros relatos colectivos sobre la precariedad. La precariedad, refiere Bértolo, empieza a ser vista como un valor de independencia: una escapatoria frente a la opresión del sistema laboral. Este storytelling encaja perfectamente con la dinámica de la movilidad: otro activo. El capitalismo ha demostrado, además de su ineficacia gestora, su radical incompatibilidad con la democracia ya que es incapaz de ofrecer -no quiere, no puede sin perjudicar sus intereses rentistas- un mínimo de garantías a sus ciudadanos para que puedan alcanzar una vida plena, una buena vida. No sólo es incompatible con la democracia como régimen de igualdad, sino que es incompatible con la vida misma, con el ciclo vital.

4. La velocidad, una impaciencia vestida de falsa rotundidad, de falsa determinación, es el germen de las nubes negras que afloran, desde hace un par de décadas, de forma dolorosa y masiva, en la psique de los individuos, de todos. Oponerse a la aceleración, controlar los tiempos de actuación vital, medir el radio de acción y entrar en el campo de batalla con los elementos estructurales controlados, equivale a tener conciencia de sí, conciencia de uno mismo. Y esta conciencia actuante, que pasa del pensamiento al acto de manera reflexiva, puede ser una conciencia libre en la medida en que la libertad de pensar y hacer esté todavía en nuestras manos. Frenar la apetencia, no quemar etapas (expresión de uso cotidiano), vencer el miedo impuesto, resistir a la vorágine del fin de nuestras oportunidades y reflexionar sobre la identidad social y personal, es el mejor camino para elaborar un conjunto de ideas, herramientas, que permitan superar algunos escollos, algunas de las trampas que pone, atacando a nuestra línea de flotación, la lógica caníbal del capitalismo 3.0: nuestro hogar común.

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“La resistencia afectiva en el Turbocapitalismo”, de María Toledano

Publicado por max en 17 diciembre, 2010

“Sin duda la emoción es un elemento psicológico, pero es en mayor medida un elemento cultural y social: por medio de la emoción representamos las definiciones culturales de personalidad tal como se las expresa en relaciones concretas e inmediatas, pero siempre definidas en términos culturales y sociales.”
Eva Illouz, Intimidades congeladas, Katz, 2007

Lo llaman amor -una alegría acompañada por la idea de una causa exterior, palabras del brillante Spinoza- cuando quieren decir capitalismo. La desazón, organizada desde los confines del poder, se apodera de los cuerpos y del pensamiento de los ciudadanos. Una especie de nueva apatía existencial -ajena a aquella (francesa, negra, literaria y de cuello vuelto) que siguió a la II gran guerra- recorre los centros comerciales y los estados de ánimo de la gente: bucles melancólicos, puertas giratorias sin salida. Las emociones, es decir, la potencialidad sensitiva del ser psicológico y social, han sido destrozadas, convertidas en instancias de consumo, dejando paso a frágiles infelicidades con efectos secundarios que atraviesan los páramos de la vida cotidiana. Sobre la sucia cinta transportadora que nos conduce por caminos sin esperanza, reina la indecisión, antesala de todos los fracasos. El aumento exponencial de los psicofármacos es un hecho. Eva Illouz –tres magníficos libros publicados por Katz- lo describe con cualitativa y bella exactitud. La era de la precariedad, mundo líquido, con sus manchas de aceite en la carretera de la autoayuda, se ha adueñado, por dejación y pereza, de nosotros.
Rompieron a golpe de piqueta y subvenciones -misión del PSOE en la Transición- las estructuras sociales, sindicatos, asociaciones, grupos, partidos. Fragmentaron, con la aceleración del trabajo, la precariedad y la vida plastificada, las imprescindibles conexiones entre las personas: lo común. Nos quieren aislados, inactivos, aptos para mercado renunciando, quizá sin saberlo, a la construcción de pequeñas islas de felicidad, espacios de comprensión. Ausente lo emocional, el espacio de lo material-sensible, imposible lo político. La era de la precariedad -desde el turbocapitalismo de los noventa a nuestros días- es una rueda de molino teñida de incertidumbre y falsedad. Como veneno de sierpe, la máscara -el modelo narrativo y de interpretación del mundo líquido- se apodera de la voluntad hasta volverla tibia, melancólica, indiferente, asocial. La reconstrucción de las relaciones afectivas entre seres libres e iguales, el tejido social-emocional desaparecido bajo la jerarquía de valores (y trampas) del capitalismo, es el único antídoto contra la molicie. El amor y la generosidad, dice Spinoza, muerto en un lejano 1677, vencen todos los estados de ánimo. La conciencia de nuestras emociones es el taller de la reconstrucción política. Recuperadas, colocadas en su espacio natural de intimidad (y no más allá), la nueva identidad colectiva puede ser un firme escalón hacia la realidad, hacia eso que antes se llamaba vida. La conciencia plena de nuestras emociones (con su componente social y psicológico como recoge Eva Illouz), no la exaltación ególatra de la subjetividad, amparada incluso por algunos sectores de la izquierda alternativa, es el laboratorio de la reconstrucción política, repito, el lugar desde el cual es posible pensar todavía transformaciones revolucionarias. Taller, laboratorio: trabajo manual y trabajo intelectual. Sin venir a cuento pienso en Antonio Gramsci, tan olvidado, sentado en su celda. Tengo una vieja foto suya cerca de mi escritorio. Pelo oscuro alborotado, gafas, papeles, enfermedades: uno más de los cientos de asesinados de la izquierda. Qué pena. (A veces, cuando pienso y escribo desde el fango artrósico de los 81 años, imagino que la revolución -de nuevo- está a nuestras puertas. Será porque últimamente leo, por recomendación de mi nieta Lola, a Slavoj Zizec -interesante pese a sus muchas excentricidades de salón- y me contagio con su enérgica prosa de combate. La ilusión, pues de una ilusión se trata, dura un segundo, pero ese instante mágico de gloria no lo cambio por ninguna otra emoción). Recuerdo de nuevo la Ethica de Baruch Spinoza, “no son las armas las que vencen los ánimos, sino el amor y la generosidad.”

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“La voz y el martillo” de Manuel de la Fuente

Publicado por max en 25 agosto, 2010

Precisamente, tuvo que ser un yanqui, Woody Guthrie, quien lo expresara más exacta y claramente que nadie: «Esta máquina mata fascistas». La máquina era su guitarra y la frase estaba impresa sobre la caja. Por protestar, que no quede. Lejos de allí, en la Suramérica sublevada de los años sesenta y setenta, en el Chile nerudiano de los mineros del cobre, los mítines de Salvador Allende se cerraban también con cantar de guitarras y de corazones: «Desde el hondo crisol de la patria / se levanta el clamor popular / ya se anuncia la nueva alborada / todo Chile comienza a cantar». La música de Quilapayún volvía a ser un arma cargada de futuro en el himno de la Unidad Popular, tanto o más que ese otro gran éxito de la canción protesta universal de todos los tiempos, todo un hit de la canción de combate: «De pie, cantar / que vamos a triunfar / avanzan ya / banderas de unidad./ Y tú vendrás / marchando junto a mí / y así verás / tu canto y tu bandera florecer… El pueblo unido, jamás será vencido…».
Lo había dicho el Che antes de morir en la selva de los abuelos de Evo Morales («Soldadito de Bolivia, soldadito boliviano…») : «Crear uno, dos, tres… muchos Vietnam». Los ideólogos y los profetas del marxismo leninismo se lanzaron a la tarea: guerrillas por aquí, atentados por allá, respondidos con telúrica crueldad por ejércitos y oligarquías. Pero los poetas y los músicos también fueron rebeldes con causa, con esa causa, la del Che y la Revolución, que como la España de Franco también tenía que ser una, grande y libre, en Chile y en medio mundo.
En 1975, mientras Allende y Víctor Jara ya eran dos pájaros de rama en rama por las grandes alamedas de Santiago, en España el dictador entraba y salía de la UCI, aunque también tenía ya su rondalla contestataria: buena parte del cancionero de Paco Ibáñez, de Raimon, de Lluis Lach era cantado y vitoreado en la libertad de los penúltimos guateques, de las reuniones, queríamos decir.
Si el vecino del Norte buscaba respuestas en el viento como Bob Dylan, los latinoamericanos también rebuscaron en el baúl de los recuerdos de su folclore y su música tradicional para aprestarse a seguir al pie de la letra y de la nota la hermosa canción de los argentinos Horacio Guaraní y Mercedes Sosa: «Si se calla el cantor calla la vida. /Si se calla el cantor / se quedan solos los humildes / gorriones de los diarios. / Los obreros del puerto se persignan, quién habrá de luchar por sus salarios».
En el Chile de Allende y de la Unidad Popular, el cóctel musical podía parecer empalagoso: una generosa dosis del materialismo histórico de Marta Harnecker, un par de cucharadas de guevarismo y unos cuantos acordes de la poesía de Víctor Jara, un cantor fieramente humano. Treinta, cuarenta años después, a muchos el brebaje les parecerá más espeso que un vaso de polonio. Pero de aquella mezcla surgieron unas cuantas de las mejores y más intensas piezas del cancionero popular universal. Y nombres tan propios como los del uruguayo Daniel Viglietti, la venezolana Soledad Bravo, los cubanos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés y el resto de la Nueva Trova, y el portugués Jose Afonso que abrió la puerta de par en par a la Revolución de los Claveles con su emotiva «Grandola vila morena», y hasta los jovencísimos y protestones brasileños Caetano Veloso y Gilberto Gil.
En aquel tiempo, aquellos años de barricada, compañeros del alma, compañeros, los cantantes eran la voz, pero también fueron el martillo. Las canciones se usaban como un molotov. Eran caseras, urgentes y directas. Porque cuando se sabe que las respuesta no va a estar en el viento dylaniano sino en la culata de los fusiles las preguntas también son muy distintas. «Muy bien, voy a preguntar. / por ti, por ti, por aquél /por ti que quedaste solo / y el que murió sin saber/ , murió sin saber por qué /le acribillaban el pecho / luchando por el derecho de un suelo para vivir». Toda una andanada musical escrita y cantada por el propio Jara tras los sucesos de Puerto Montt, en 1969.
A Víctor Jara le quebraron la voz a golpes. Otros se convirtieron en ciudadanos del éxodo y del llanto, pero también desde la orilla del exilio la canción y la protesta continuaron.
En Norteamérica, las drogas acabaron con el verano del amor y la lucha contra la guerra de Vietnam, pero otra guerra, la de Irak, ha hecho que el rock levante de nuevo la voz. En España, el viento de la democracia se llevó a los cantautores con la música a otra parte, generalmente la de la música intimista y amorosa. En Hispanoamérica, muchos artistas han continuado su labor callada pero intensamente, más cerca de los corazones que de las banderas, que sabido es que los nuevos populistas bien se valen solitos para cantarse unas rancheras.
Puede costar sangre (mucha), sudor (mucho) y lágrimas (demasiadas), pero los dictadores pasan. Sin embargo, las canciones permanecen, por eso, y por tantas otras cosas, te seguimos recordando, «Amanda, la calle mojada, corriendo a la fábrica la sonrisa ancha, la lluvia en el pelo».

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“Neuropolítica y emociones”

Publicado por max en 7 julio, 2010

María Toledano

“Sin duda la emoción es un elemento psicológico, pero es en mayor medida un elemento cultural y social: por medio de la emoción representamos las definiciones culturales de personalidad tal y como se las expresa en relaciones concretas e inmediatas, pero siempre definidas en términos culturales y sociales.”

Eva Illouz, Intimidades congeladas (Katz, 2007, pag. 16)

Destrozada la ideología, el tejido asociativo y sindical y cualquier otra forma tradicional de cohesión social, incluida la familia, los enunciados políticos han entrado, rompiendo los núcleos de resistencia narrativos, en la esfera privada de lo individual. Igual que la publicidad, los mensajes políticos se están dirigiendo a la subjetividad, apelando a lo sensitivo, “lo intrínsecamente mío”, buscando en el individuo, aislado, consumidor único, una respuesta inconsciente alejada, cada vez más, de las reivindicaciones colectivas. El tránsito de lo político a lo emocional, de lo público a lo privado, de la realidad material al mundo -imaginario- de lo sensible ha provocado una alteración de las formas políticas y, por extensión, de las conexiones (im)posibles entre la ciudadanía y sus representantes. La política se ha transformado en un juego de mensajes cruzados que interpelan al individuo concreto y a sus particulares relaciones con el exterior. Entre Platón (en Siracusa) y Obama (en la Casa Blanca), por fijar lugares comunes, existe la misma diferencia (distancia) que entre una naranja y el anuncio de una naranja.

Este proceso corrosivo de la identidad colectiva (que tuvo su explosión en los años ochenta, el turbocapitalismo, con la ruptura de la espina dorsal del movimiento obrero, el hundimiento de los partidos comunistas europeos, el triunfo del modelo neoliberal, las deslocalizaciones, el estado de excepción permanente y el entreguismo de la socialdemocracia), requiere de nuevos elementos de actuación. Ya no se trata de lanzar un discurso cerrado, la forma clásica de comunicación política, tratando de captar votantes o consolidar a los afines con ideas y expresiones reconocibles. El giro hacia la modernidad sin ideología, hacia el brillante empaquetado, consiste en buscar técnicas psicológicas -incidir en las conexiones neuronales, apelar al inconsciente- que refuercen el grado de compromiso (emocional) del elector con el mensaje, con el emisor. Si la nueva forma de comunicación política crea escuela, y la creará, seremos incapaces de separar el mensaje del efecto que produce en nosotros; seremos incapaces de ver más allá del color del vestido del emisor o de sus metáforas huecas. En ese instante, ya estamos cerca, la política pasará a ser “espectáculo de la política” y los representantes públicos, meros figurantes. Nadie notará el salto, del mismo modo que hemos asumido, sin protesta, la libre y veloz circulación de mercancías y capitales mientras se limita el tránsito de las personas.

Apelar a la intimidad, al mundo de lo privado-sensible, equivale a fijar la atención en las necesidades impuestas por la forma-estado del capital. Como sabemos, la emoción está compuesta por una parte determinante de contenido social (organizada a través, entre otros elementos, del lenguaje). Creada la demanda emocional, es decir, fabricada la necesidad de sentir lo común de una manera precisa, reconvertida en beneficio propio, los mensajes políticos se dirigirán a ese espacio íntimo donde la expresión será sólo expresión de un egoísmo trascendental, un hiperindividualismo que será más antisocial en la medida en que satisfaga el desarrollo privado y único del ser.

La emoción teledirigida (con los mass-media de intermediarios) determinará, por tanto, la articulación de la res publica del futuro. El interés general, el interés de la mayoría, quedará supeditado al ejercicio económico (y financiero) de la subjetividad por parte de las élites consumistas dominantes. La comunicación neuropolítica, dirigida a apaciguar, calmar, anestesiar, el deseo íntimo preconcebido, guiará el comportamiento de los representantes públicos que actuarán, inevitablemente, como espejo deformado de la realidad social. La política, ejercicio de tensiones de los grupos de presión, desaparecerá -estamos ya a las puertas del infierno- y quedará el rastro de lo que fue en alguna ley, ironías del destino, de protección de datos. Las técnicas de control mental, social, están invadiendo nuestra forma de concebir y observar el mundo. Lo colectivo, lo común, ha desaparecido. El lenguaje ha sido privatizado: el discurso, armonizador de la realidad y motor de la transformación institucional, ha pasado a ser un slogan.

La sociedad y el individuo, actuando como entes sensibles y separados, descompuestos y no políticos, dejarán de ser -en beneficio de las grandes corporaciones- los organizadores del modo (privado y público) de vida. La ruptura parece definitiva. “Buenas noches y buena suerte”, palabras pronunciadas por el presidente Rodríguez Zapatero, al término de una larga intervención en televisión, un debate con su opositor, podría fijarse, entre nosotros, como ejemplo de comunicación neuropolítica. El presidente miraba, fijamente, a la cámara. Con gesto serio, penetrante, hablaba a cada individuo, a la intimidad sensible de cada uno. Perplejos, desconocedores, marionetas, muchos analistas destacaron la “cercanía” y la “profunda humanidad” del presidente. La emoción traspasó la cámara: George Clooney, director de la película, Good night, and good luck (2005), ya lo sabía. Era un truco emotivo. Uno más.

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“Leo lo que escribí de ti y de mí…” de Almudena Guzmán

Publicado por max en 18 febrero, 2010

“Leo lo que escribÍ de ti y de mí…”

Leo lo que escribí de ti y de mí
en esos días de tanta lluvia,
con Bach y los naranjos
de contertulios ante el fuego
y los catarros, las pupas,
las mutuas manías,
advirtiéndonos de aquella bomba colgada
del tiesto de las glicinas
que oscilaba sobre nuestras cabezas
sin llegar a caer,
contenida por el Atlante de la risa
y el lujo inaudito
de poder ignorarnos,
de tener tiempos muertos,
de no abundar en preguntas y respuestas
cuando había tanto que disfrutar del silencio.

Desde entonces hasta ahora
los atlantes se nos han vuelto anémicos
y quién sabe si ésos fueron y serán nuestros últimos días de lluvia,
pero,
de todas formas,
me sigue gustando leer lo que escribí de ti y de mí,
en especial lo de tu imagen con bufanda
volviendo de comprar la leche y el pan,
y la mía con sonrisa y pijama de osos pandas
saludándote desde el balcón.

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“La Endeble Luz de la Democracia” de Arundhati Roy

Publicado por max en 3 febrero, 2010

Mientras seguimos discutiendo si hay vida después de la muerte, ¿podríamos incluir otra pregunta en la discusión? ¿Hay vida después de la democracia? ¿Qué tipo de vida será? Cuando hablo de democracia no me refiero a un ideal o una inspiración, sino al modelo existente, es decir, la democracia liberal occidental y las variantes que tenemos.

Entonces, ¿hay vida después de la democracia?

A menudo los intentos de responder esta pregunta se convierten en una comparación entre diferentes sistemas de gobierno y terminan en una defensa combativa de la democracia, que provoca cierta desazón. “Tiene sus defectos”, decimos, “no es perfecta, pero es mejor que cualquiera de los otros sistemas”. Inevitablemente alguien remacha: “Afganistán, Pakistán, Arabia Saudita, Somalia… ¿preferirías eso?”.

Si la democracia debería o no ser la utopía a la que aspiran todas las sociedades “en desarrollo”, es otra pregunta por separado (yo creo que sí, la fase idealista temprana puede ser muy embriagadora). La pregunta sobre la vida después de la democracia se dirige a quienes ya vivimos en una democracia o en países que aparentan ser democracias. Esta pregunta no trata de insinuar que debamos retomar viejos modelos desacreditados de gobiernos totalitarios o autoritarios, sino que alude a que el sistema de la democracia representativa –demasiada representación, demasiada poca democracia– necesita algunos ajustes estructurales.

Podría parecer fuera de lugar criticar la democracia ante una audiencia que incluye escritores de países cuyos pueblos no conocen la democracia o cuyos regímenes totalitarios les han negado los derechos básicos durante décadas. Pero todos sabemos que, como el capital global, los sistemas políticos también están interconectados. Con más frecuencia que en el caso contrario, son las grandes naciones democráticas –disfrazadas de salvaguardias de la moral y servidoras de la humanidad– las que apoyan, financian y refuerzan las dictaduras militares y los regímenes dictatoriales. Sabemos que las guerras en Irak y Afganistán, donde cientos de miles de personas perdieron la vida y ciudades enteras fueron convertidas en escombros por los bombarderos, fueron hechas en nombre de la democracia. También sabemos que países que se llaman a sí mismos democracias administran muchas de las ocupaciones militares en el mundo: me refiero a Palestina, Irak, Afganistán y Cachemira.

Por lo tanto, las preguntas reales aquí son: ¿qué hemos hecho de la democracia? ¿En qué la hemos convertido? ¿Qué pasará cuando la democracia se gaste? ¿Cuándo quede hueca, vacía de significado? ¿Qué pasará cuando todas sus instituciones hayan hecho metástasis hacia algo peligroso? ¿Qué pasará ahora que la democracia y el mercado libre se han fusionado en un solo organismo depredador con una imaginación tan restringida que piensa casi exclusivamente en maximizar las ganancias? ¿Es posible invertir este proceso? ¿Puede algo que ha mutado volver a ser lo que era?

Lo que necesitamos hoy para la supervivencia de este planeta es una visión a largo plazo. ¿Pueden los gobiernos cuya supervivencia depende de las ganancias inmediatas proporcionar esta visión? ¿Puede ser que la democracia, la respuesta sagrada a nuestras esperanzas y plegarias inmediatas, la protectora de nuestras libertades individuales y nutridora de nuestros sueños de avaricia, resulte la etapa final de la raza humana? ¿Puede ser que la democracia tenga tanto éxito en los humanos modernos precisamente porque refleja nuestra mayor necedad, nuestra miopía? Nuestra incapacidad de vivir por completo en el presente (como lo hace la mayoría de los animales), combinada con nuestra incapacidad de ver el futuro lejano, nos convierte en extrañas criaturas a medio camino, ni bestias ni profetas. Nuestra asombrosa inteligencia parece haber dejado atrás nuestro instinto de supervivencia. Saqueamos la Tierra con la esperanza de que la acumulación de excedentes materiales compense esta gran pérdida.

Yo he vivido toda mi vida en la India, un país que se vende a sí mismo como la democracia más grande del mundo (también ha usado adjetivos como la “más grandiosa” o la “más antigua”). Así que con el perdón de ustedes, criticaré la democracia actual desde esta perspectiva.

Hace algunas semanas el gobierno indio anunció su plan de enviar a 26.000 efectivos paramilitares a una operación contra “terroristas” maoístas en los tupidos bosques, ricos en minerales, de India central. Durante décadas el ejército indio se ha desplegado en estados como Nagaland, Manipur, Assam y Cachemira, donde la gente ha estado luchando por la independencia desde hace tiempo. Pero anunciar abiertamente la militarización del centro del país significa para el gobierno reconocer oficialmente la guerra civil.

La operación –como se llama a las guerras hoy en día– está planificada para octubre, cuando las lluvias monzónicas hayan terminado y los ríos estén menos crecidos y el terreno sea más accesible. La gente que vive en estos bosques, incluyendo a los maoístas que se consideran en guerra contra el Estado indio, vive en tribus y es la gente más pobre del país. Han vivido en estas tierras durante siglos sin escuelas, hospitales, carreteras ni agua corriente. Su crimen es viejo: vivir en una tierra rica en mineral de hierro, bauxita, uranio y estaño, minerales ansiados desesperadamente por las corporaciones mineras, entre las que se encuentran Tata, Vedanta, Essar y Sterlite. El primer ministro ha declarado que su gobierno está en el deber de explotar los yacimientos minerales del país para alimentar el boom económico de la India. Ha calificado a los maoístas como “la mayor amenaza interna para la seguridad de la India” y en los medios se usan comúnmente palabras como aplastar y exterminar cuando se discute lo que se debería hacer con ellos. Sin embargo, cuando las fuerzas de seguridad penetren en los bosques, nadie sabe cómo van a distinguir entre los maoístas, los simpatizantes de los maoístas y la gente común.

Resulta significativo que la India haya sido uno de los países que bloqueó la moción europea ante la ONU que solicitaba una investigación internacional sobre los crímenes de guerra que pudo haber cometido el gobierno de Sri Lanka durante su reciente ofensiva contra los Tigres Tamiles. Los gobiernos en esta parte del mundo tomaron nota del modelo israelí en Gaza como un buen modo de lidiar con el “terrorismo”: mantener a los medios lejos y cazar de una buena vez a la presa. De esta manera no hay que preocuparse demasiado por diferenciar entre el “terrorista” y quien no lo es. Puede que esto provoque alguna pequeña indignación internacional, pero pasa bien rápido.

Desde hace varios años en la India hay una guerra civil de baja intensidad no reconocida. Cientos de miles de personas han visto destruir sus pueblos y quemar sus provisiones de alimentos. Muchos han emigrado a ciudades donde trabajan en labores manuales por sueldos de miseria. El resto está escondido en los bosques, viviendo de hierbas y frutos salvajes. Muchos mueren de hambre lentamente.

Pero ahora han comenzado los preparativos para la guerra formal con tropas terrestres apoyadas por helicópteros de combate y cartografía vía satélite. Están estableciendo los cuarteles en Raipur, la capital de Chhattisgarh; están levantando barricadas y acordonando el bosque; ya impusieron restricciones a periodistas, aprobaron un montón de leyes que criminalizan cualquier tipo de disidencia, incluyendo la pacífica, y una veintena de personas ha sido arrestada y encarcelada sin derecho a fianza.

La Guerra de Octubre, si tiene lugar, si no logramos detenerla, marcará la convergencia, la boda, si se quiere, de dos tipos diferentes de guerra que azotan a la India desde hace ya décadas: la guerra contra el “terrorismo”, que el ejército indio lleva a cabo contra el pueblo de Cachemira, Nagaland y Manipur, y la guerra para sitiar y controlar los recursos naturales, un proceso que también se conoce como el “progreso”.

En enero de 2008, en el primer aniversario del asesinato del periodista armenio Hrant Dink, fui invitada a dar una conferencia en Estambul. Dink fue asesinado a tiros en plena calle, delante de su oficina, por atreverse a tocar un tema prohibido en Turquía: el genocidio de más de un millón de armenios en 1915. Mi conferencia trataba sobre la historia del genocidio y la negación del genocidio y sobre la vieja relación, casi orgánica, entre “progreso” y genocidio.

Siempre me ha chocado el hecho de que el partido político responsable del genocidio armenio se llamara Comité de Unión y Progreso. Unión y progreso o, en el idioma de hoy, nacionalismo y desarrollo –esas dos torres gemelas inatacables de la moderna democracia de libre mercado–, tienen una larga historia común. Cuando los países europeos estaban “progresando”, “ilustrándose”, industrializándose y desarrollando formas limitadas pero nuevas de democracia y derechos civiles en casa, al mismo tiempo exterminaban a millones de personas en sus colonias. En la fase temprana del colonialismo se aceptaba masacrar abiertamente a los nativos en nombre de la civilización. Pero a medida que el discurso de los derechos civiles y la democracia se fortaleció y se hizo más complejo, apareció una nueva forma de doble moral, que dio lugar a un nuevo fenómeno: la negación del genocidio.

Ahora, cuando la política del genocidio converge con el mercado libre, el reconocimiento o negación oficiales del genocidio, o más recientemente, la elaboración de holocaustos y genocidios imaginarios es una empresa multinacional y raramente tiene que ver con hechos históricos o evidencias forenses. Por supuesto, la moral no pinta nada aquí; se trata de un regateo agresivo que corresponde más a la Organización Mundial del Comercio que a las Naciones Unidas. La moneda es la geopolítica, el mercado fluctuante de recursos naturales, esa cosa rara llamada comercio de futuros y la vieja economía y el poder militar corrientes.

En otras palabras, muchas veces se niegan los genocidios por las mismas razones que se llevan a juicio: determinismo económico adobado con discriminación racial/étnica/religiosa/nacional. Dicho crudamente, la caída o subida del precio del barril de petróleo o de una tonelada de uranio, la autorización para instalar una base militar o la apertura de la economía de un país puede ser un factor decisivo cuando los gobiernos deciden si un genocidio tuvo lugar o no. Como también si el genocidio tendrá lugar o no. Y, si tiene lugar, si habrá cobertura periodística o no, y si la hay, qué punto de vista tendrán los reportajes. Por ejemplo, la muerte de dos millones de personas en el Congo ocurre prácticamente sin noticias. ¿Por qué? ¿Y la muerte de un millón de iraquíes bajo el régimen anterior a la invasión norteamericana en 2003 fue genocidio (como lo llamó Denis Halliday, coordinador de la ayuda humanitaria de la ONU en Irak) o “valió la pena” (como afirmó Madeleine Albright, embajadora de Estados Unidos ante la ONU)? Si fue genocidio o no depende de quién hace las reglas. ¿El presidente de Estados Unidos? ¿O una madre iraquí que perdió a su hijo?

La historia del genocidio nos muestra que este fenómeno no es una aberración, una anomalía, un fallo en el sistema humano, sino un hábito tan viejo como persistente, tan parte de la condición humana como el amor, el arte y la agricultura. La mayoría de los genocidios perpetrados a partir del siglo xv han sido parte integral de la búsqueda en Europa de aquello que el geógrafo y zoólogo alemán Friedrich Ratzel llamó Lebensraum, espacio vital. Este término describe lo que él calificó como un impulso natural de la especie humana dominante de expandir su territorio, no en busca de espacio, sino de sustento. Ratzel acuñó este término en 1901, pero Europa ya había comenzado su búsqueda de Lebensraum cuatrocientos años atrás, cuando Colón desembarcó en América.

Sven Lindqvist, autor de Exterminad a todos los salvajes, sostiene que fue la búsqueda de Lebensraum de Hitler –en un mundo que ya estaba repartido entre las otras potencias europeas– lo que llevó a los nazis a expandirse por Europa Oriental hacia Rusia. Los judíos de Europa oriental y de Rusia occidental representaban un obstáculo para las ambiciones coloniales de Hitler. Por lo tanto, al igual que los pueblos nativos de África, América y Asia, tenían que ser esclavizados o liquidados. Así, según Lindqvist, la deshumanización de los judíos por los nazis no puede catalogarse como un paroxismo de maldad lunática, sino que, cabe repetir, es un producto de la conocida mezcla de determinismo económico bien adobado con un racismo ancestral muy acorde con la tradición europea de la época.

Armados con esta lectura de la historia, ¿es razonable inquietarse sobre si un país como la India, que se balancea en el umbral del “progreso”, también se balancea en el umbral del genocidio? ¿Puede ser que la India, tan celebrada en todo el mundo como un milagro de progreso y democracia, se encuentre realmente en un proceso de autocolonización y a punto de cometer un genocidio? La mera insinuación ha de sonar estrambótica y el uso de la palabra genocidio seguramente es todavía injustificado. Sin embargo, si echamos una mirada al futuro y si los zares del desarrollo creen en su propia publicidad, si creen que no hay alternativa al modelo de progreso que eligieron, inevitablemente tendrán que matar, y matar a gran escala, para poder salirse con la suya.

Si miramos un mapa de los bosques de la India, sus yacimientos minerales, y la tierra natal de los adivasi, veremos que coinciden, que los que llamamos pobres son en realidad ricos. Mientras que la economía globalizada arrecia su dominio sobre nuestras vidas y nuestra imaginación, sus beneficiarios se han unido y se han escindido al espacio sideral. Desde allá arriba miran los bosques y valles donde vive la gente pobre y ven gente superflua sentada sobre recursos preciosos. Perplejos, se preguntan: ¿Qué hace nuestra agua en sus ríos? ¿Qué hace nuestra bauxita en sus montañas? ¿Qué hace nuestro mineral de hierro en sus bosques? Los nazis tenían un término para esta gente sobrante: überzählige Esser, comedores superfluos.

“La lucha por el espacio vital”, dijo Friedrich Ratzel después de analizar detenidamente la lucha entre los indios de América del Norte y sus colonizadores europeos, “es una lucha de exterminio”. Exterminio no significa necesariamente la aniquilación física de personas a golpes, con fuego, bayonetas, gas, bombas o balas (excepto a veces, particularmente cuando tratan de oponer resistencia, porque entonces se convierten en “terroristas”). Históricamente la forma más eficiente de genocidio ha sido expulsar a las personas de sus casas, hacinarlas y bloquearles el acceso a alimentos y agua. Bajo estas condiciones, mueren sin violencia obvia y frecuentemente en mayor número. Así fue como el general alemán Adolf Lebrecht von Trotha exterminó a los herero en el suroeste del África alemana en octubre de 1904. “Los nazis les pusieron una estrella amarilla a los judíos en los abrigos y los hacinaron en ‘reservas’ ”, escribe Sven Lindqvist, “como fueron hacinados los indios, los herero, los bosquimanos, los amandebele y todos los otros hijos de las estrellas. Ellos murieron de hambre en las reservas cuando les cortaron el suministro de alimentos”. Como dice Amartya Sen, en una democracia es poco probable que padezcamos hambruna. Así, en lugar de la gran hambruna de China, tenemos la gran malnutrición de India (con 57 millones de niños desnutridos, más de un tercio de la cifra mundial).

En Dantewara, en el distrito de Chhattisgarh, donde se localiza uno de los mejores minerales de hierro del mundo, 644 pueblos han sido evacuados; 50.000 personas han sido desplazadas a campos deplorables bajo vigilancia policial, los jóvenes entre ellos han sido armados y entrenados para la cruel milicia civil llamada Salwa Judum y las restantes 300.000 personas están fuera del alcance de los radares del gobierno, nadie sabe realmente dónde están ni cómo sobreviven. La policía los ha marcado en los campos como maoístas o simpatizantes de los maoístas, lo que los hace blanco legítimo de las famosas muertes en “enfrentamientos”. Las fuerzas de seguridad están tomando posiciones, esperando a que cesen las lluvias.

Pero cada vez que las noticias llegan de a poco, parece claro que ya ha empezado la matanza y la muerte y, por supuesto, la violación de mujeres, un aspecto inevitable de la militarización.

¿Cómo se ha llegado a esto?

Hace veinte años, en el invierno de 1989, muchos de nosotros vimos el feliz momento en que cayó el Muro de Berlín y la ciudad se reunificó. Pero sabíamos que los martillos que lo destrozaron eran el eco de otra guerra que se peleaba en las lejanas y escabrosas montañas de Afganistán, donde el capitalismo ganó su larga guerra santa contra el comunismo soviético. A los pocos meses del colapso de la Unión Soviética y de la caída del Muro de Berlín, el gobierno indio, otrora líder del Movimiento de Países No Alineados, dio un salto mortal y se alineó a toda velocidad con Estados Unidos, monarca del nuevo mundo unipolar.

Entonces las reglas del juego cambiaron de repente en la India. Millones de personas que vivían en pueblos remotos y en el corazón de bosques intactos, algunos ni siquiera al tanto de la existencia de Berlín o de la Unión Soviética, no hubieran podido nunca imaginarse cómo los acontecimientos ocurridos en aquellos lejanos lugares afectarían sus vidas. La economía india se abrió al capital internacional; las leyes que protegían a los trabajadores fueron desmanteladas; la era de la privatización y los ajustes estructurales se nos vino encima.

Hoy en día palabras como progreso y desarrollo se han vuelto intercambiables con “reformas” económicas, desregulación y privatización. Libertad viene ahora a significar “oportunidad” y tiene menos que ver con el espíritu humano que con las diferentes marcas de desodorante. Mercado ya no significa el lugar donde la gente va a comprar los víveres. Ahora el mercado es un espacio desterritorializado donde corporaciones sin cara hacen sus negocios, incluyendo la compraventa de “futuros”. Justicia viene ahora a significar “derechos humanos” (y de ellos, como se dice, “unos pocos bastan”). Este despojo del lenguaje, esta técnica de usurpar palabras y emplearlas como armas, de usarlas para enmascarar intenciones y decir exactamente lo contrario de lo que ellas significaban tradicionalmente, es una de las victorias estratégicas más brillantes de la nueva administración, que le ha permitido marginalizar a sus detractores, privarlos de un lenguaje para articular su crítica y desdeñarlos como “antiprogresistas”, “antidesarrollo”, “antirreformas” y, por supuesto, como “antinacionales”, o sea, de negativistas de la peor calaña. Hablas de salvar un río o de proteger un bosque y te dirán: ¿acaso no crees en el progreso? A la gente cuyas tierras yacen sumergidas bajo embalses y cuyas casas son barridas por bulldózers, le dicen: ¿tienes un modelo alternativo de desarrollo? A aquellos que creen que el gobierno está en el deber de darle educación básica, salud y seguridad social al pueblo, les dicen: tú estás en contra del mercado. ¿Y quién si no un cretino podría estar en contra del mercado?

Los escritores nos pasamos la vida tratando de minimizar la distancia entre el pensamiento y la expresión, tratando de darles forma a nuestros desorganizados pensamientos íntimos. El nuevo lenguaje del “desarrollo” hace exactamente lo contrario; está concebido para engañar, para enmascarar las intenciones.

Este robo del lenguaje podría resultar la clave de nuestra ruina.

Dos décadas de este tipo de “progreso” en India han creado una amplia clase media aturdida por la riqueza repentina y el respeto repentino que viene ligado a ella, y una clase pobre desesperada mucho más amplia. Diez millones de personas han sido desposeídas y desplazadas de sus tierras por las inundaciones, sequías y la desertificación causada por la explotación indiscriminada del medio ambiente, por proyectos infraestructurales a gran escala, embalses, minas y zonas económicas especiales. Todo ello promocionado en nombre de los pobres, pero en realidad al servicio de la creciente demanda de la nueva aristocracia.

La lucha por la tierra está en la base del debate de la India sobre el “desarrollo”. Hace un año, el ex ministro de Finanzas P. Chidambaram dijo que su visión era que el 85% de la población de la India viviera en ciudades. Llevar a efecto esta “visión” implicaría aplicar una ingeniería social en una escala inimaginable; significaría persuadir o forzar a alrededor de quinientos millones de personas a emigrar del campo a la ciudad. Este proceso ya está ocurriendo y convirtiendo rápidamente a la India en un Estado policial, donde el que se niega a entregar sus tierras es obligado a hacerlo a punta de pistola. El plan subyacente en esta pesadilla disfrazada de “visión” es despoblar grandes extensiones de tierra y liberar todos los recursos naturales de la India para que las corporaciones puedan saquearlos.

Ya los sistemas forestales, montañosos y acuíferos están siendo arrasados por corporaciones multinacionales con el apoyo de un Estado que ha perdido sus anclas y está cometiendo lo que solo podría denominarse “ecocidio”. En el oeste de la India la minería de bauxita y mineral de hierro están destruyendo ecosistemas enteros, convirtiendo tierras fértiles en desiertos. En el Himalaya se están planificando cientos de embalses, cuyas consecuencias solo pueden ser catastróficas. En las llanuras los diques de los ríos, construidos supuestamente para controlar las inundaciones, han conducido a una elevación de los cauces que provoca aún más inundaciones, mayor salinización de tierras de cultivos y la destrucción del sustento de millones de personas. La mayor parte de los ríos sagrados de la India, incluyendo el Ganges y el Yamuna, han sido degradados a profanos canales de desagüe que llevan más aguas residuales y desechos industriales que agua fluvial. Ya casi ningún río sigue su curso natural hasta desembocar en el océano.

Los cultivos sostenibles, idóneos para las condiciones locales del suelo y los microclimas, han sido sustituidos por cultivos “comerciales” híbridos y modificados genéticamente que requieren mucha agua y, además de depender por completo del mercado, requieren de fuertes dosis de fertilizantes químicos, pesticidas, irrigación artificial y de la extracción indiscriminada de aguas subterráneas. Como las tierras de cultivo sobreexplotadas y saturadas de sustancias químicas se vuelven infértiles gradualmente, los costos de los insumos agrícolas aumentan, atrapando a los pequeños campesinos en una maraña de deudas. En los últimos años más de 180.000 campesinos indios se han suicidado. Y mientras los graneros del Estado están repletos de alimentos que a la larga se pudren, el hambre y la malnutrición asolan al país, acercándose a los niveles del África subsahariana.

Es como si una sociedad antigua, en descomposición bajo el peso del feudalismo y las castas, se hubiera sacudido y convertido de golpe en una gran máquina. Esta violenta sacudida desarmó los engranajes de las viejas desigualdades y al montarlos de nuevo algunos fueron recalibrados, pero la mayoría reforzados. Ahora la vieja sociedad se ha cuajado y separado en una fina capa de espesa nata y mucha agua debajo. La nata es el “mercado” de la India con muchos millones de consumidores (de autos, teléfonos móviles, computadoras, tarjetas de felicitación por el día de los enamorados etc.), la envidia del negocio internacional. El agua no importa mucho, se puede despilfarrar, almacenar o tirar.

Así piensan. No contaban con la guerra que se ha desatado en el centro de la India: Chhattisgarh, Jharkhand, Orissa y Bengala Occidental.

Pero volvamos a 1989. Como si hubiera querido demostrar la conexión entre “unión” y “progreso”, ese año, mientras el Partido del Congreso estaba abriendo el mercado de la India a las finanzas internacionales, el ala derecha del Partido Popular Indio (Bharatiya Janata, BJP), entonces en la oposición, comenzó su virulenta campaña nacionalista hinduista (popularmente conocida como “Hindutva”), generada mayormente en el Cuerpo Nacional de Voluntarios (Rashtriya Swayamsevak Sangh, RSS), el corazón ideológico, la holding del BJP. El RSS fue fundado en 1925 y lo modelaron abiertamente sobre la línea del fascismo italiano. También Hitler fue, y sigue siendo, una figura inspiradora. A continuación algunos fragmentos de la biblia del RSS, We, or, Our Nationhood Defined [Nosotros o la definición de nuestra nacionalidad] by M. S. Golwalker:

Desde aquel maldito día en que los musulmanes pisaron Indostán por primera vez hasta el presente, la Nación Hindú ha estado luchando heroicamente contra esos maleantes. El espíritu de la raza ha despertado.

O:

Para preservar la pureza de su raza y cultura, Alemania impactó al mundo purgando al país de las razas semíticas, de los judíos. Aquí se puso de manifiesto el orgullo racial en su máxima expresión… una buena lección que nosotros en Indostán debemos aprender y beneficiarnos de ella.

Actualmente, el RSS cuenta con más de cuarenta y cinco mil filiales y un ejército de varios millones de voluntarios predicando su doctrina por toda la India. Entre ellos se encuentran el ex primer ministro Atal Bihari Vajpayee, el líder de la oposición L. K. Advani y el tres veces jefe de ministros del estado de Gujarat Narendra Modi, así como numerosos devotos informales que ocupan altas posiciones en los medios, la policía, el ejército, las agencias de inteligencia y los servicios judiciales y administrativos.

En 1990 el líder del BJP, L.K. Advani, viajó por el país instigando odio contra los musulmanes y exigiendo que se demoliera la mezquita de Babri Masjid, construida en Ayodhya en el siglo XVI, y en su lugar se erigiera un templo Ram. Pues en 1992 una muchedumbre instigada por Advani destruyó la mezquita. A principios de 1993 otra muchedumbre invadió las calles de Mumbai atacando a musulmanes y matando a casi mil personas. En venganza estalló una serie de bombas en la ciudad que costó la vida a alrededor de 250 personas. Alimentado por la histeria pública que esto generó, el BJP derrotó al Partido del Congreso en 1998 y obtuvo el poder nacional.

No es coincidencia que el ascenso de la Hindutva correspondiera con el momento histórico en que Estados Unidos sustituyó al comunismo por el islamismo como gran enemigo. Los muyahidín –islamistas radicales que otrora Reagan agasajara en la Casa Blanca y comparara con los padres fundadores de Estados Unidos– de repente empezaron a ser llamados terroristas. Luego vino la Primera Guerra del Golfo en 1990. El gobierno indio, antiguo amigo inquebrantable de los palestinos, se volvió “aliado natural” de Israel. Ahora la India e Israel realizan maniobras militares conjuntas, colaboran en asuntos de inteligencia y probablemente intercambian experiencias sobre cómo administrar mejor los territorios ocupados.

Por supuesto, una vez que el BJP llegó al poder, también se adhirió al mercado libre.

A pocas semanas de la toma de poder el gobierno realizó una serie de pruebas termonucleares. La orgía de nacionalismo triunfante que acompañó a las pruebas introdujo un nuevo lenguaje de agresión y odio escalofriante en el discurso público dominante. En febrero de 2002, luego de la quema de un vagón de tren, donde 58 peregrinos hindúes que regresaban de Ayodhya fueron quemados vivos, el gobierno de Gujarat liderado por el BJP y bajo la presidencia del jefe de ministros Narendra Modi dirigió un genocidio cuidadosamente planeado contra los musulmanes del estado. La islamofobia generada en todo el mundo por los ataques del 11 de septiembre le dio alas al BJP. La maquinaria del estado de Gujarat se contuvo y observó cómo más de dos mil personas fueron masacradas y 150 mil fueron expulsadas de sus hogares. Fue una masacre genocida y, a pesar de que el número de víctimas fue insignificante en comparación con el horror, digamos, de Ruanda o del Congo, la carnicería de Gujarat se concibió como un espectáculo público con un objetivo claro. Fue una advertencia pública del gobierno de la democracia predilecta del mundo a los ciudadanos musulmanes. Todavía hoy los musulmanes de Gujarat viven en guetos, boicoteados social y económicamente y sin justicia a la vista. Sus asesinos siguen libres y son miembros respetados de la sociedad.

Después de la carnicería, Narendra Modi ejerció presión para que se realizaran nuevas elecciones. Así, volvió a ganar el poder con el apoyo categórico del pueblo de Gujarat. Cinco años más tarde se repitió el éxito; ahora es jefe de ministros por tercera vez.

Durante un acto público, en enero de 2009, los directores generales de dos de las más grandes corporaciones de la India, Ratan Tata (del Tata Group) y Mukesh Ambani (de Reliance Industries), celebraron las políticas de desarrollo de Narendra Modi y lo avalaron efusivamente para futuro primer ministro. Así sellaron con un beso la relación orgánica entre “unión” y “progreso”, o si se quiere, entre fascismo y mercado libre.

Recientemente concluyeron en la India las elecciones generales de 2009 con un presupuesto de casi dos mil millones de dólares. Ese costo es mucho mayor que el de las elecciones estadounidenses. Pero, según algunos medios, la cifra real gastada se acerca a los diez mil millones de dólares. Cabría preguntarse, entonces, ¿de dónde sale tanto dinero?

El Partido del Congreso y sus aliados, la Alianza Progresista Unida (UPA), ganaron una cómoda mayoría. Resulta interesante que más del 90% de los candidatos independientes que se presentaron a las elecciones perdieran. Es evidente que sin patrocinadores no es fácil ganar una elección. Y los candidatos independientes no pueden prometer arroz subsidiado o comprar votos con dinero en efectivo o televisores gratuitos, degradantes actos de vulgar caridad a los que han quedado reducidas las elecciones.

Pero si echamos una mirada un poco más de cerca a los resultados de las elecciones, palabras como cómoda y mayoría resultan engañosas o completamente incorrectas. Por ejemplo, la cuota real de votos obtenidos por la UPA en estas elecciones ¡representa solo el 10,3% de la población del país! Es interesante cómo las ingeniosas matemáticas de la democracia electoral pueden convertir a una diminuta minoría en un imponente mandato.

En el periodo preelectoral predominó un consenso general en todos los partidos sobre la necesidad de “reformas” económicas. Muchas personas recomendaron con sarcasmo que el Partido del Congreso y el BJP debían formar una coalición. El consenso entre los partidos políticos fue reafirmado con una colaboración “constructiva” y los que más se alegraron de las recientes elecciones generales fueron las grandes empresas. Ellas parecen haber comprendido que el mandato democrático puede dar legitimidad a su saqueo como ninguna otra instancia. Así, varias corporaciones lanzaron extravagantes campañas publicitarias en la televisión –algunas con estrellas de Bollywood– instando a la gente, jóvenes y viejos, ricos y pobres, a ir a votar.

Para bien o para mal, las elecciones generales de 2009 parecen haber asegurado el avance del proyecto “progreso” en la India. Sin embargo, sería un grave error pensar que se ha dejado a un lado el proyecto “unión”.

Cuando comenzó la campaña electoral de 2009, el monstruoso nuevo debutante del BJP, Varun Gandhi (otro descendiente de la dinastía Nehru), quien hace sonar moderado y listo para la jubilación incluso a Narendra Modi, exigió que se esterilizara a los musulmanes por la fuerza. “Se sabrá que esto es un bastión hindú, ningún ¡&%$%! musulmán se atreverá a asomar la cabeza por aquí”, dijo, usando una palabra despectiva que designa a las personas que están circuncidadas. “No quiero ni un solo voto musulmán”.

Varun Gandhi ganó su elección por un margen colosal. Esto nos hace preguntarnos: ¿el “pueblo” siempre tiene la razón?

Las venerables instituciones de la democracia india –el poder judicial, la policía, la prensa “libre” y, por supuesto, las elecciones–, lejos de funcionar como un sistema de pesos y contrapesos de poderes, con gran frecuencia hace exactamente lo contrario. Los tribunales han demostrado ser más o menos totalmente serviles a los intereses corporativos. Los medios, por supuesto, deben más del 90% de sus ingresos a la publicidad corporativa. En conjunto estas instituciones se dan cobertura unas a las otras para promover los intereses de los proyectos “unión” y “progreso”. En este proceso ellas generan tanta confusión, tanta cacofonía, que las voces que se alzan para alertar se convierten en parte del ruido. Y todo contribuye únicamente a reforzar la imagen de democracia tolerante, colorida y algo caótica. El caos es real, pero también lo es el consenso.

Y hablando de consensos, sigue ahí el problema omnipresente de Cachemira. Cuando se trata de Cachemira, el consenso en la India es a ultranza y cala en todos los segmentos del establecimiento, incluyendo a los medios, a la burocracia, a la intelligentsia e incluso a Bollywood. Lamentablemente no tenemos tiempo aquí para contar la historia de Cachemira, una tragedia que parecer no tener fin. No obstante, hablar de la India y no mencionar a Cachemira sería imperdonable y, para mí, imposible.

La lucha por la independencia de Cachemira comenzó en 1947, pero el levantamiento armado empezó en 1989, hace veinte años. El conflicto ha costado alrededor de 70 mil vidas. Decenas de miles han sido torturados, varios miles han “desaparecido”, miles de mujeres han sido violadas y muchos miles han enviudado. Más de medio millón de efectivos del ejército indio patrulla el valle de Cachemira, lo que lo hace la zona más militarizada del mundo (Estados Unidos tenía alrededor de 175.000 efectivos en Irak durante el apogeo de su ocupación). El ejército indio afirma que, en su mayor parte, ha aplastado la militancia en Cachemira. Quizás sea cierto, ¿pero dominio militar significa la victoria?

El problema es que Cachemira se encuentra en la línea de falla de una región inundada de armas que cae en el caos. La lucha por la liberación de Cachemira está atrapada en el vórtice de varias ideologías peligrosas en conflicto: el nacionalismo indio (tanto el corporativo como el hinduista, con tendencias imperiales), el nacionalismo paquistaní (que está resquebrajándose bajo el peso de sus propias contradicciones), el imperialismo estadounidense (impaciente por su economía en crisis) y el renacimiento talibán (un islamismo medieval que, a pesar de su demente brutalidad, está ganando legitimidad con rapidez por ser visto como un movimiento de resistencia a la ocupación extranjera). Cada una de estas ideologías es capaz de una crueldad que va desde el genocidio hasta la guerra nuclear. Añádanse las ambiciones imperiales de China, una Rusia agresiva reencarnada, las enormes reservas de gas natural de la región del Caspio y los persistentes rumores sobre las reservas de gas natural, petróleo y uranio de Cachemira y Ladakh y tendremos la receta para una nueva Guerra Fría (que, como la última, es fría para algunos, pero caliente para otros).

Cachemira se convertirá en el corredor por donde el caos desatado en Afganistán y Pakistán se volcará sobre la India y se alimentará de la cólera de los jóvenes entre los 150 millones de musulmanes que han sido tratados brutalmente, humillados y marginalizados. Sirva de advertencia la serie de actos terroristas que culminaron en los ataques de Mumbai de 2008.

Las soluciones provisionales de chafarote que la India impone a los disturbios en Cachemira han agrandado el problema y lo han llevado hasta un lugar donde está contaminando el agua de la región.

Quizás la historia del glaciar Siachen, el campo de batalla más alto del mundo, sea la metáfora más apropiada de la locura de nuestros tiempos. Miles de soldados indios y paquistaníes han sido estacionados allí, padeciendo vientos helados y temperaturas de menos 40 grados centígrados bajo cero. De los cientos que han perecido, muchos han muerto de frío, congelados y quemados por el sol. El glaciar se ha convertido en un vertedero de desechos de guerra, miles de casquillos de artillería vacíos, tanques de combustible vacíos, hachas de hielo, botas viejas, tiendas de campaña y todo tipo de desperdicios que generan miles de seres humanos en guerra. La basura permanece intacta, perfectamente conservada a estas temperaturas heladas, un monumento prístino a la necedad humana. Y mientras los gobiernos indio y paquistaní gastan miles de millones de dólares en armas y logística para esta guerra a altitudes extremas, el campo de batalla ha comenzado a derretirse. En estos momentos se ha encogido ya a casi la mitad. El deshielo, sin embargo, tiene menos que ver con este absurdo militar que con personas muy lejanas, que viven la buena vida en el lado opuesto del planeta. Gente estupenda, que cree en la paz, en la libertad de expresión y en los derechos humanos. Gente que vive en prósperas democracias, cuyos gobiernos están representados en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y cuyas economías dependen fuertemente de la exportación de guerras y la venta de armas a países como India y Pakistán (y Ruanda, Sudán, Somalia, el Congo, Irak, Afganistán… y la lista es larga). El deshielo del glaciar provocará graves inundaciones en el subcontinente y finalmente sequías severas que afectarán la vida de miles de millones de personas. Eso nos dará aún más razones para pelearnos. Entonces necesitaremos más armas. Quién sabe, quizás este tipo de confianza del consumidor sea exactamente lo que el mundo necesita para salir de la recesión actual. Pues la gente en las democracias prósperas tendrá una vida aún mejor y los glaciares se derretirán aún más rápido.

En Estambul, mientras daba mi conferencia ante un público tenso en un auditorio universitario (tenso porque palabras como unidad, progreso, genocidio y armenios tienden a molestar a las autoridades turcas si son pronunciadas juntas), pude ver que Rakel Dink, la viuda de Hrant Dink, lloraba todo el tiempo en su butaca de la primera fila. Cuando terminé, me abrazó y me dijo: “No perdemos las esperanzas. ¿Por qué no perdemos las esperanzas?”.

Dijo nosotros, no tú.

Entonces vinieron a mi mente las palabras del poeta urdu Faiz Ahmed Faiz, cantadas tan angustiosamente por Abida Parveen:

nahin nigah main manzil to justaju hi sahi

nahin wisaal mayassar to arzu hi sahi

y traté de traducírselas más o menos así:

Si los sueños fracasan, la añoranza ha de tomar su lugar

Si el reencuentro es imposible, el anhelo ha de tomar su lugar.

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“En la noche tranquila” de Li Bai

Publicado por max en 1 febrero, 2010

Pienso en la noche

delante de la cama la luna brilla

encima de la escarcha está la duda

miro arriba y hay luna llena

miro abajo y añoro mi tierra.

_____________________________

夜思

床前明月光

疑是地上霜

舉頭望明月

低頭思故鄉

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“A las parcas” de Friedrich Hölderlin

Publicado por max en 1 febrero, 2010

¿Queríamos separarnos? ¿Era lo justo y lo sabio?
¿Por qué nos asustaría la decisión como si fuéramos
a cometer un crimen?
¡Ah! poco nos conocemos,
pues un dios manda en nosotros.
¿Traicionar a ese dios? ¿Al que primero nos infundió
el sentido y nos infundió la vida, al animador,
al genio tutelar de nuestro amor?
Eso, eso yo no lo hubiera permitido.
Pero el mundo se inventa otra carencia,
otro deber de honor, otro derecho, y la costumbre
nos va gastando el alma
día tras día disimuladamente.
Bien sabía yo que como el miedo monstruoso y arraigado
separa a los dioses y a los hombres,
el corazón de los amantes, para expiarlo,
debe ofrendar su sangre y perecer.
¡Déjame callar! Y desde ahora, nunca me obligues a contemplar
este suplicio, así podré marchar en paz
hacia la soledad,
¡y que este adiós aún nos pertenezca!
Ofréceme tú misma el cáliz, beba yo tanto
del sagrado filtro, tanto contigo de la poción letea,
que lo olvidemos todo
amor y odio!
Yo partiré. ¡Tal vez dentro de mucho tiempo
vuelva a verte, Diotima! Pero el deseo ya se habrá desangrado
entonces, y apacibles
como bienaventurados
nos pasearemos, forasteros, el uno cerca al otro conversando,
divagando, soñando, hasta que este mismo paraje del
adiós
rescate nuestras almas del olvido
y dé calor a nuestro corazón.
Entonces volveré a mirarte sorprendido, escuchando como otrora
el dulce canto, las voces, los acordes del laúd,
y más allá del arroyo la azucena dorada
exhalará hacia nosotros su fragancia.

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“Estragos psicológicos en el Capitalismo 3.0″ de María Toledano

Publicado por max en 28 enero, 2010

“La privatización de lo íntimo concierne más al registro de la confusión que al de la desviación moral: se sustituye una utopía concreta por la fantasía de una afectividad dispensada de los equívocos del mundo vivido. Esta denegación de la fragilidad y este ideal del control tienen consecuencias políticas.”

Michaël Foessel, La privación de lo íntimo (2010)

Cuando empezó la primera ofensiva, años ochenta, las repercusiones psicológicas de la aceleración del capitalismo sobre las personas parecían efectos secundarios: casos aislados. Encerrados en torres de marfil, rodeados de amigos que compartían el rechazo, conscientes de la deriva del sistema hacia el territorio de la conciencia, hacia la dominación interior (hasta hacerla voluntaria y deseada), nos creíamos, a salvo. Parecía que consumir hasta la extenuación (emociones, coches, sexo, viajes, hijos, objetos high tech o lo que fuera) sólo afectaba al universo del dinero y, por tanto, a la necesidad (lógica) de aceptar la moderna esclavitud a cambio de permanecer en el escaparate placentero del consumo. La búsqueda de la satisfacción inmediata era el objetivo. El Capitalismo 3.0 premiaba la sumisión de sus cuadros y dirigentes -provenientes, en su mayoría, de la clase media- con mayor poder adquisitivo. El paso de la potencia al acto se consumaba cada día. Todo era nuevo, deslumbrante. En la condición de único, hecho a medida de tu vida, descansaba el principio del placer, del éxito social y afectivo. Parecía que todo se limitaba a lo económico: la sumisión laboral a cambio de un salario que facilitara el consumo sofisticado.

Las sociedades postsocialdemócratas vivían felices. El régimen democrático caminaba hacia lo virtual, es decir, la política (y el conflicto) ya no era cosa de ciudadanos. Para qué se iban a molestar si el mundo liquido era capaz de proporcionar -con independencia de la política partidista concreta- lo anhelado. La mayoría, en el Occidente democrático de mercado, había alcanzado un grado satisfactorio de bienestar y veía en la globalización un escenario positivo. Las guerras justas preventivas (doctrina consolidada por Obama) eran entendidas -pese a las manifestaciones mundiales y algunos cambios de gobierno sin importancia- como algo natural: una necesidad, un mal menor. Vivíamos felices, la subjetividad que proporciona Internet nos devolvía nuestra identidad perdida en las diferentes etapas de despersonalización del fordismo-taylorismo y ninguna nube se cernía sobre el horizonte. De repente, sonó el despertador. Era la crisis financiera. Nos despertamos en un escenario que no reconocimos, un mal sueño que creíamos olvidado. Cerramos y abrimos los ojos queriendo despejar de nuestra mente la pesadilla que estábamos viendo. El desempleo y la precariedad aumentaron y volvimos, de golpe, a las crisis económicas del siglo XX.

La aceleración provocada desde la década del 90 (turbocapitalismo o hipercapitalismo), un misil a velocidad de la luz contra nuestras defensas sociales y psicológicas, produjo una ruptura radical con la realidad y la creación, al tiempo, de un mundo virtual: se había consumado el secuestro de la voluntad ciudadana, de la condición humana. Cuando quisimos darnos cuenta –un síntoma de la crisis social- el consumo de psicofármacos se había disparado, las consultas de los psicólogos y demás terapeutas estaban abarrotadas, los psiquiatras no tenían horas para recibir a nuevos y anonadados clientes y las relaciones sociales, laborales, familiares o amorosas habían saltado por los aires. Vivíamos felices en el Capitalismo 3.0 y llegó el caos. Los bancos, causantes, en parte, de la crisis financiera (con la complicidad de los gobiernos), fueron rescatados con dinero público, de la comunidad (ver Capitalismo, una historia de amor de Michael Moore). Se habló de brotes verdes, amarillos, azules, rosas, brotes de soja transgénica: eran brotes de locura colectiva. A merced de una fuerte corriente, sin asideros, desesperados, nos agarramos a la virtualidad. Tejimos, con mayor empeño, las redes sociales, amistades recuperadas, amores sin corporalidad, televisión basura como espejo deformante: los mil rostros de la desinformación. El Capitalismo 3.0 estaba ganando su última batalla y, con esta definitiva victoria, la guerra mundial.

Con independencia de que la crisis sea sistémica o coyuntural, el Capitalismo 3.0 se ha instalado para siempre. Avanzarán los programas, como en la informática, pero el marco de actuación, el paradigma, no cambiará. El control sobre la incertidumbre, premisa del modelo neoliberal, será nuestra única razón de ser. Nuestra experiencia mutará en mercancía intercambiable ya que, como sostiene Rifkin en La era del acceso (Paidós, 2000), en el capitalismo sin producción la mano de obra -tal cual la conocemos- será residual en unas décadas. Esta evolución del capitalismo ha generado una evolución psicológica. Ni seres-para-la-muerte (según el modelo heideggeriano), ni seres-para-el-consumo, sino seres-para-la-incertidumbre, preparados para asumir los riesgos (controlados) de la virtualidad. El giro emocional de la población, en marcha desde hace más una década, esta dando sus frutos. La realidad ha desaparecido y su lugar lo ocupa un mapa de sensaciones por donde surfean (expresión de Christian Salmon) las empresas con sus valores, los políticos con sus valores, los amores con sus valores y la mercadotecnia con sus flamantes storytellings. Se ha impuesto la ficción en forma de virtualidad ya que lo único que daba sentido a la realidad era la lucha, el combate contra cualquier forma, material o inmaterial, de opresión.

La tendencia apunta un cambio en la sustancia de la condición humana, obligada a una existencia mermada que se aferrada a redes cibernéticas laborales y emocionales. El modelo Capitalismo 3.0 se está conformando ante nuestros ojos. Su evolución, debido a la tecnología, es imprevisible. La soledad cibernética, nuevo mal du siècle, se aproxima. Destrozado el tejido social y político, el desierto avanza.

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