Las tumbas de Saint-Denis

Febrero 3, 2010

“La Endeble Luz de la Democracia” de Arundhati Roy

Archivado en: Arundhati Roy — max @ 5:43 pm
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Mientras seguimos discutiendo si hay vida después de la muerte, ¿podríamos incluir otra pregunta en la discusión? ¿Hay vida después de la democracia? ¿Qué tipo de vida será? Cuando hablo de democracia no me refiero a un ideal o una inspiración, sino al modelo existente, es decir, la democracia liberal occidental y las variantes que tenemos.

Entonces, ¿hay vida después de la democracia?

A menudo los intentos de responder esta pregunta se convierten en una comparación entre diferentes sistemas de gobierno y terminan en una defensa combativa de la democracia, que provoca cierta desazón. “Tiene sus defectos”, decimos, “no es perfecta, pero es mejor que cualquiera de los otros sistemas”. Inevitablemente alguien remacha: “Afganistán, Pakistán, Arabia Saudita, Somalia… ¿preferirías eso?”.

Si la democracia debería o no ser la utopía a la que aspiran todas las sociedades “en desarrollo”, es otra pregunta por separado (yo creo que sí, la fase idealista temprana puede ser muy embriagadora). La pregunta sobre la vida después de la democracia se dirige a quienes ya vivimos en una democracia o en países que aparentan ser democracias. Esta pregunta no trata de insinuar que debamos retomar viejos modelos desacreditados de gobiernos totalitarios o autoritarios, sino que alude a que el sistema de la democracia representativa –demasiada representación, demasiada poca democracia– necesita algunos ajustes estructurales.

Podría parecer fuera de lugar criticar la democracia ante una audiencia que incluye escritores de países cuyos pueblos no conocen la democracia o cuyos regímenes totalitarios les han negado los derechos básicos durante décadas. Pero todos sabemos que, como el capital global, los sistemas políticos también están interconectados. Con más frecuencia que en el caso contrario, son las grandes naciones democráticas –disfrazadas de salvaguardias de la moral y servidoras de la humanidad– las que apoyan, financian y refuerzan las dictaduras militares y los regímenes dictatoriales. Sabemos que las guerras en Irak y Afganistán, donde cientos de miles de personas perdieron la vida y ciudades enteras fueron convertidas en escombros por los bombarderos, fueron hechas en nombre de la democracia. También sabemos que países que se llaman a sí mismos democracias administran muchas de las ocupaciones militares en el mundo: me refiero a Palestina, Irak, Afganistán y Cachemira.

Por lo tanto, las preguntas reales aquí son: ¿qué hemos hecho de la democracia? ¿En qué la hemos convertido? ¿Qué pasará cuando la democracia se gaste? ¿Cuándo quede hueca, vacía de significado? ¿Qué pasará cuando todas sus instituciones hayan hecho metástasis hacia algo peligroso? ¿Qué pasará ahora que la democracia y el mercado libre se han fusionado en un solo organismo depredador con una imaginación tan restringida que piensa casi exclusivamente en maximizar las ganancias? ¿Es posible invertir este proceso? ¿Puede algo que ha mutado volver a ser lo que era?

Lo que necesitamos hoy para la supervivencia de este planeta es una visión a largo plazo. ¿Pueden los gobiernos cuya supervivencia depende de las ganancias inmediatas proporcionar esta visión? ¿Puede ser que la democracia, la respuesta sagrada a nuestras esperanzas y plegarias inmediatas, la protectora de nuestras libertades individuales y nutridora de nuestros sueños de avaricia, resulte la etapa final de la raza humana? ¿Puede ser que la democracia tenga tanto éxito en los humanos modernos precisamente porque refleja nuestra mayor necedad, nuestra miopía? Nuestra incapacidad de vivir por completo en el presente (como lo hace la mayoría de los animales), combinada con nuestra incapacidad de ver el futuro lejano, nos convierte en extrañas criaturas a medio camino, ni bestias ni profetas. Nuestra asombrosa inteligencia parece haber dejado atrás nuestro instinto de supervivencia. Saqueamos la Tierra con la esperanza de que la acumulación de excedentes materiales compense esta gran pérdida.

Yo he vivido toda mi vida en la India, un país que se vende a sí mismo como la democracia más grande del mundo (también ha usado adjetivos como la “más grandiosa” o la “más antigua”). Así que con el perdón de ustedes, criticaré la democracia actual desde esta perspectiva.

Hace algunas semanas el gobierno indio anunció su plan de enviar a 26.000 efectivos paramilitares a una operación contra “terroristas” maoístas en los tupidos bosques, ricos en minerales, de India central. Durante décadas el ejército indio se ha desplegado en estados como Nagaland, Manipur, Assam y Cachemira, donde la gente ha estado luchando por la independencia desde hace tiempo. Pero anunciar abiertamente la militarización del centro del país significa para el gobierno reconocer oficialmente la guerra civil.

La operación –como se llama a las guerras hoy en día– está planificada para octubre, cuando las lluvias monzónicas hayan terminado y los ríos estén menos crecidos y el terreno sea más accesible. La gente que vive en estos bosques, incluyendo a los maoístas que se consideran en guerra contra el Estado indio, vive en tribus y es la gente más pobre del país. Han vivido en estas tierras durante siglos sin escuelas, hospitales, carreteras ni agua corriente. Su crimen es viejo: vivir en una tierra rica en mineral de hierro, bauxita, uranio y estaño, minerales ansiados desesperadamente por las corporaciones mineras, entre las que se encuentran Tata, Vedanta, Essar y Sterlite. El primer ministro ha declarado que su gobierno está en el deber de explotar los yacimientos minerales del país para alimentar el boom económico de la India. Ha calificado a los maoístas como “la mayor amenaza interna para la seguridad de la India” y en los medios se usan comúnmente palabras como aplastar y exterminar cuando se discute lo que se debería hacer con ellos. Sin embargo, cuando las fuerzas de seguridad penetren en los bosques, nadie sabe cómo van a distinguir entre los maoístas, los simpatizantes de los maoístas y la gente común.

Resulta significativo que la India haya sido uno de los países que bloqueó la moción europea ante la ONU que solicitaba una investigación internacional sobre los crímenes de guerra que pudo haber cometido el gobierno de Sri Lanka durante su reciente ofensiva contra los Tigres Tamiles. Los gobiernos en esta parte del mundo tomaron nota del modelo israelí en Gaza como un buen modo de lidiar con el “terrorismo”: mantener a los medios lejos y cazar de una buena vez a la presa. De esta manera no hay que preocuparse demasiado por diferenciar entre el “terrorista” y quien no lo es. Puede que esto provoque alguna pequeña indignación internacional, pero pasa bien rápido.

Desde hace varios años en la India hay una guerra civil de baja intensidad no reconocida. Cientos de miles de personas han visto destruir sus pueblos y quemar sus provisiones de alimentos. Muchos han emigrado a ciudades donde trabajan en labores manuales por sueldos de miseria. El resto está escondido en los bosques, viviendo de hierbas y frutos salvajes. Muchos mueren de hambre lentamente.

Pero ahora han comenzado los preparativos para la guerra formal con tropas terrestres apoyadas por helicópteros de combate y cartografía vía satélite. Están estableciendo los cuarteles en Raipur, la capital de Chhattisgarh; están levantando barricadas y acordonando el bosque; ya impusieron restricciones a periodistas, aprobaron un montón de leyes que criminalizan cualquier tipo de disidencia, incluyendo la pacífica, y una veintena de personas ha sido arrestada y encarcelada sin derecho a fianza.

La Guerra de Octubre, si tiene lugar, si no logramos detenerla, marcará la convergencia, la boda, si se quiere, de dos tipos diferentes de guerra que azotan a la India desde hace ya décadas: la guerra contra el “terrorismo”, que el ejército indio lleva a cabo contra el pueblo de Cachemira, Nagaland y Manipur, y la guerra para sitiar y controlar los recursos naturales, un proceso que también se conoce como el “progreso”.

En enero de 2008, en el primer aniversario del asesinato del periodista armenio Hrant Dink, fui invitada a dar una conferencia en Estambul. Dink fue asesinado a tiros en plena calle, delante de su oficina, por atreverse a tocar un tema prohibido en Turquía: el genocidio de más de un millón de armenios en 1915. Mi conferencia trataba sobre la historia del genocidio y la negación del genocidio y sobre la vieja relación, casi orgánica, entre “progreso” y genocidio.

Siempre me ha chocado el hecho de que el partido político responsable del genocidio armenio se llamara Comité de Unión y Progreso. Unión y progreso o, en el idioma de hoy, nacionalismo y desarrollo –esas dos torres gemelas inatacables de la moderna democracia de libre mercado–, tienen una larga historia común. Cuando los países europeos estaban “progresando”, “ilustrándose”, industrializándose y desarrollando formas limitadas pero nuevas de democracia y derechos civiles en casa, al mismo tiempo exterminaban a millones de personas en sus colonias. En la fase temprana del colonialismo se aceptaba masacrar abiertamente a los nativos en nombre de la civilización. Pero a medida que el discurso de los derechos civiles y la democracia se fortaleció y se hizo más complejo, apareció una nueva forma de doble moral, que dio lugar a un nuevo fenómeno: la negación del genocidio.

Ahora, cuando la política del genocidio converge con el mercado libre, el reconocimiento o negación oficiales del genocidio, o más recientemente, la elaboración de holocaustos y genocidios imaginarios es una empresa multinacional y raramente tiene que ver con hechos históricos o evidencias forenses. Por supuesto, la moral no pinta nada aquí; se trata de un regateo agresivo que corresponde más a la Organización Mundial del Comercio que a las Naciones Unidas. La moneda es la geopolítica, el mercado fluctuante de recursos naturales, esa cosa rara llamada comercio de futuros y la vieja economía y el poder militar corrientes.

En otras palabras, muchas veces se niegan los genocidios por las mismas razones que se llevan a juicio: determinismo económico adobado con discriminación racial/étnica/religiosa/nacional. Dicho crudamente, la caída o subida del precio del barril de petróleo o de una tonelada de uranio, la autorización para instalar una base militar o la apertura de la economía de un país puede ser un factor decisivo cuando los gobiernos deciden si un genocidio tuvo lugar o no. Como también si el genocidio tendrá lugar o no. Y, si tiene lugar, si habrá cobertura periodística o no, y si la hay, qué punto de vista tendrán los reportajes. Por ejemplo, la muerte de dos millones de personas en el Congo ocurre prácticamente sin noticias. ¿Por qué? ¿Y la muerte de un millón de iraquíes bajo el régimen anterior a la invasión norteamericana en 2003 fue genocidio (como lo llamó Denis Halliday, coordinador de la ayuda humanitaria de la ONU en Irak) o “valió la pena” (como afirmó Madeleine Albright, embajadora de Estados Unidos ante la ONU)? Si fue genocidio o no depende de quién hace las reglas. ¿El presidente de Estados Unidos? ¿O una madre iraquí que perdió a su hijo?

La historia del genocidio nos muestra que este fenómeno no es una aberración, una anomalía, un fallo en el sistema humano, sino un hábito tan viejo como persistente, tan parte de la condición humana como el amor, el arte y la agricultura. La mayoría de los genocidios perpetrados a partir del siglo xv han sido parte integral de la búsqueda en Europa de aquello que el geógrafo y zoólogo alemán Friedrich Ratzel llamó Lebensraum, espacio vital. Este término describe lo que él calificó como un impulso natural de la especie humana dominante de expandir su territorio, no en busca de espacio, sino de sustento. Ratzel acuñó este término en 1901, pero Europa ya había comenzado su búsqueda de Lebensraum cuatrocientos años atrás, cuando Colón desembarcó en América.

Sven Lindqvist, autor de Exterminad a todos los salvajes, sostiene que fue la búsqueda de Lebensraum de Hitler –en un mundo que ya estaba repartido entre las otras potencias europeas– lo que llevó a los nazis a expandirse por Europa Oriental hacia Rusia. Los judíos de Europa oriental y de Rusia occidental representaban un obstáculo para las ambiciones coloniales de Hitler. Por lo tanto, al igual que los pueblos nativos de África, América y Asia, tenían que ser esclavizados o liquidados. Así, según Lindqvist, la deshumanización de los judíos por los nazis no puede catalogarse como un paroxismo de maldad lunática, sino que, cabe repetir, es un producto de la conocida mezcla de determinismo económico bien adobado con un racismo ancestral muy acorde con la tradición europea de la época.

Armados con esta lectura de la historia, ¿es razonable inquietarse sobre si un país como la India, que se balancea en el umbral del “progreso”, también se balancea en el umbral del genocidio? ¿Puede ser que la India, tan celebrada en todo el mundo como un milagro de progreso y democracia, se encuentre realmente en un proceso de autocolonización y a punto de cometer un genocidio? La mera insinuación ha de sonar estrambótica y el uso de la palabra genocidio seguramente es todavía injustificado. Sin embargo, si echamos una mirada al futuro y si los zares del desarrollo creen en su propia publicidad, si creen que no hay alternativa al modelo de progreso que eligieron, inevitablemente tendrán que matar, y matar a gran escala, para poder salirse con la suya.

Si miramos un mapa de los bosques de la India, sus yacimientos minerales, y la tierra natal de los adivasi, veremos que coinciden, que los que llamamos pobres son en realidad ricos. Mientras que la economía globalizada arrecia su dominio sobre nuestras vidas y nuestra imaginación, sus beneficiarios se han unido y se han escindido al espacio sideral. Desde allá arriba miran los bosques y valles donde vive la gente pobre y ven gente superflua sentada sobre recursos preciosos. Perplejos, se preguntan: ¿Qué hace nuestra agua en sus ríos? ¿Qué hace nuestra bauxita en sus montañas? ¿Qué hace nuestro mineral de hierro en sus bosques? Los nazis tenían un término para esta gente sobrante: überzählige Esser, comedores superfluos.

“La lucha por el espacio vital”, dijo Friedrich Ratzel después de analizar detenidamente la lucha entre los indios de América del Norte y sus colonizadores europeos, “es una lucha de exterminio”. Exterminio no significa necesariamente la aniquilación física de personas a golpes, con fuego, bayonetas, gas, bombas o balas (excepto a veces, particularmente cuando tratan de oponer resistencia, porque entonces se convierten en “terroristas”). Históricamente la forma más eficiente de genocidio ha sido expulsar a las personas de sus casas, hacinarlas y bloquearles el acceso a alimentos y agua. Bajo estas condiciones, mueren sin violencia obvia y frecuentemente en mayor número. Así fue como el general alemán Adolf Lebrecht von Trotha exterminó a los herero en el suroeste del África alemana en octubre de 1904. “Los nazis les pusieron una estrella amarilla a los judíos en los abrigos y los hacinaron en ‘reservas’ ”, escribe Sven Lindqvist, “como fueron hacinados los indios, los herero, los bosquimanos, los amandebele y todos los otros hijos de las estrellas. Ellos murieron de hambre en las reservas cuando les cortaron el suministro de alimentos”. Como dice Amartya Sen, en una democracia es poco probable que padezcamos hambruna. Así, en lugar de la gran hambruna de China, tenemos la gran malnutrición de India (con 57 millones de niños desnutridos, más de un tercio de la cifra mundial).

En Dantewara, en el distrito de Chhattisgarh, donde se localiza uno de los mejores minerales de hierro del mundo, 644 pueblos han sido evacuados; 50.000 personas han sido desplazadas a campos deplorables bajo vigilancia policial, los jóvenes entre ellos han sido armados y entrenados para la cruel milicia civil llamada Salwa Judum y las restantes 300.000 personas están fuera del alcance de los radares del gobierno, nadie sabe realmente dónde están ni cómo sobreviven. La policía los ha marcado en los campos como maoístas o simpatizantes de los maoístas, lo que los hace blanco legítimo de las famosas muertes en “enfrentamientos”. Las fuerzas de seguridad están tomando posiciones, esperando a que cesen las lluvias.

Pero cada vez que las noticias llegan de a poco, parece claro que ya ha empezado la matanza y la muerte y, por supuesto, la violación de mujeres, un aspecto inevitable de la militarización.

¿Cómo se ha llegado a esto?

Hace veinte años, en el invierno de 1989, muchos de nosotros vimos el feliz momento en que cayó el Muro de Berlín y la ciudad se reunificó. Pero sabíamos que los martillos que lo destrozaron eran el eco de otra guerra que se peleaba en las lejanas y escabrosas montañas de Afganistán, donde el capitalismo ganó su larga guerra santa contra el comunismo soviético. A los pocos meses del colapso de la Unión Soviética y de la caída del Muro de Berlín, el gobierno indio, otrora líder del Movimiento de Países No Alineados, dio un salto mortal y se alineó a toda velocidad con Estados Unidos, monarca del nuevo mundo unipolar.

Entonces las reglas del juego cambiaron de repente en la India. Millones de personas que vivían en pueblos remotos y en el corazón de bosques intactos, algunos ni siquiera al tanto de la existencia de Berlín o de la Unión Soviética, no hubieran podido nunca imaginarse cómo los acontecimientos ocurridos en aquellos lejanos lugares afectarían sus vidas. La economía india se abrió al capital internacional; las leyes que protegían a los trabajadores fueron desmanteladas; la era de la privatización y los ajustes estructurales se nos vino encima.

Hoy en día palabras como progreso y desarrollo se han vuelto intercambiables con “reformas” económicas, desregulación y privatización. Libertad viene ahora a significar “oportunidad” y tiene menos que ver con el espíritu humano que con las diferentes marcas de desodorante. Mercado ya no significa el lugar donde la gente va a comprar los víveres. Ahora el mercado es un espacio desterritorializado donde corporaciones sin cara hacen sus negocios, incluyendo la compraventa de “futuros”. Justicia viene ahora a significar “derechos humanos” (y de ellos, como se dice, “unos pocos bastan”). Este despojo del lenguaje, esta técnica de usurpar palabras y emplearlas como armas, de usarlas para enmascarar intenciones y decir exactamente lo contrario de lo que ellas significaban tradicionalmente, es una de las victorias estratégicas más brillantes de la nueva administración, que le ha permitido marginalizar a sus detractores, privarlos de un lenguaje para articular su crítica y desdeñarlos como “antiprogresistas”, “antidesarrollo”, “antirreformas” y, por supuesto, como “antinacionales”, o sea, de negativistas de la peor calaña. Hablas de salvar un río o de proteger un bosque y te dirán: ¿acaso no crees en el progreso? A la gente cuyas tierras yacen sumergidas bajo embalses y cuyas casas son barridas por bulldózers, le dicen: ¿tienes un modelo alternativo de desarrollo? A aquellos que creen que el gobierno está en el deber de darle educación básica, salud y seguridad social al pueblo, les dicen: tú estás en contra del mercado. ¿Y quién si no un cretino podría estar en contra del mercado?

Los escritores nos pasamos la vida tratando de minimizar la distancia entre el pensamiento y la expresión, tratando de darles forma a nuestros desorganizados pensamientos íntimos. El nuevo lenguaje del “desarrollo” hace exactamente lo contrario; está concebido para engañar, para enmascarar las intenciones.

Este robo del lenguaje podría resultar la clave de nuestra ruina.

Dos décadas de este tipo de “progreso” en India han creado una amplia clase media aturdida por la riqueza repentina y el respeto repentino que viene ligado a ella, y una clase pobre desesperada mucho más amplia. Diez millones de personas han sido desposeídas y desplazadas de sus tierras por las inundaciones, sequías y la desertificación causada por la explotación indiscriminada del medio ambiente, por proyectos infraestructurales a gran escala, embalses, minas y zonas económicas especiales. Todo ello promocionado en nombre de los pobres, pero en realidad al servicio de la creciente demanda de la nueva aristocracia.

La lucha por la tierra está en la base del debate de la India sobre el “desarrollo”. Hace un año, el ex ministro de Finanzas P. Chidambaram dijo que su visión era que el 85% de la población de la India viviera en ciudades. Llevar a efecto esta “visión” implicaría aplicar una ingeniería social en una escala inimaginable; significaría persuadir o forzar a alrededor de quinientos millones de personas a emigrar del campo a la ciudad. Este proceso ya está ocurriendo y convirtiendo rápidamente a la India en un Estado policial, donde el que se niega a entregar sus tierras es obligado a hacerlo a punta de pistola. El plan subyacente en esta pesadilla disfrazada de “visión” es despoblar grandes extensiones de tierra y liberar todos los recursos naturales de la India para que las corporaciones puedan saquearlos.

Ya los sistemas forestales, montañosos y acuíferos están siendo arrasados por corporaciones multinacionales con el apoyo de un Estado que ha perdido sus anclas y está cometiendo lo que solo podría denominarse “ecocidio”. En el oeste de la India la minería de bauxita y mineral de hierro están destruyendo ecosistemas enteros, convirtiendo tierras fértiles en desiertos. En el Himalaya se están planificando cientos de embalses, cuyas consecuencias solo pueden ser catastróficas. En las llanuras los diques de los ríos, construidos supuestamente para controlar las inundaciones, han conducido a una elevación de los cauces que provoca aún más inundaciones, mayor salinización de tierras de cultivos y la destrucción del sustento de millones de personas. La mayor parte de los ríos sagrados de la India, incluyendo el Ganges y el Yamuna, han sido degradados a profanos canales de desagüe que llevan más aguas residuales y desechos industriales que agua fluvial. Ya casi ningún río sigue su curso natural hasta desembocar en el océano.

Los cultivos sostenibles, idóneos para las condiciones locales del suelo y los microclimas, han sido sustituidos por cultivos “comerciales” híbridos y modificados genéticamente que requieren mucha agua y, además de depender por completo del mercado, requieren de fuertes dosis de fertilizantes químicos, pesticidas, irrigación artificial y de la extracción indiscriminada de aguas subterráneas. Como las tierras de cultivo sobreexplotadas y saturadas de sustancias químicas se vuelven infértiles gradualmente, los costos de los insumos agrícolas aumentan, atrapando a los pequeños campesinos en una maraña de deudas. En los últimos años más de 180.000 campesinos indios se han suicidado. Y mientras los graneros del Estado están repletos de alimentos que a la larga se pudren, el hambre y la malnutrición asolan al país, acercándose a los niveles del África subsahariana.

Es como si una sociedad antigua, en descomposición bajo el peso del feudalismo y las castas, se hubiera sacudido y convertido de golpe en una gran máquina. Esta violenta sacudida desarmó los engranajes de las viejas desigualdades y al montarlos de nuevo algunos fueron recalibrados, pero la mayoría reforzados. Ahora la vieja sociedad se ha cuajado y separado en una fina capa de espesa nata y mucha agua debajo. La nata es el “mercado” de la India con muchos millones de consumidores (de autos, teléfonos móviles, computadoras, tarjetas de felicitación por el día de los enamorados etc.), la envidia del negocio internacional. El agua no importa mucho, se puede despilfarrar, almacenar o tirar.

Así piensan. No contaban con la guerra que se ha desatado en el centro de la India: Chhattisgarh, Jharkhand, Orissa y Bengala Occidental.

Pero volvamos a 1989. Como si hubiera querido demostrar la conexión entre “unión” y “progreso”, ese año, mientras el Partido del Congreso estaba abriendo el mercado de la India a las finanzas internacionales, el ala derecha del Partido Popular Indio (Bharatiya Janata, BJP), entonces en la oposición, comenzó su virulenta campaña nacionalista hinduista (popularmente conocida como “Hindutva”), generada mayormente en el Cuerpo Nacional de Voluntarios (Rashtriya Swayamsevak Sangh, RSS), el corazón ideológico, la holding del BJP. El RSS fue fundado en 1925 y lo modelaron abiertamente sobre la línea del fascismo italiano. También Hitler fue, y sigue siendo, una figura inspiradora. A continuación algunos fragmentos de la biblia del RSS, We, or, Our Nationhood Defined [Nosotros o la definición de nuestra nacionalidad] by M. S. Golwalker:

Desde aquel maldito día en que los musulmanes pisaron Indostán por primera vez hasta el presente, la Nación Hindú ha estado luchando heroicamente contra esos maleantes. El espíritu de la raza ha despertado.

O:

Para preservar la pureza de su raza y cultura, Alemania impactó al mundo purgando al país de las razas semíticas, de los judíos. Aquí se puso de manifiesto el orgullo racial en su máxima expresión… una buena lección que nosotros en Indostán debemos aprender y beneficiarnos de ella.

Actualmente, el RSS cuenta con más de cuarenta y cinco mil filiales y un ejército de varios millones de voluntarios predicando su doctrina por toda la India. Entre ellos se encuentran el ex primer ministro Atal Bihari Vajpayee, el líder de la oposición L. K. Advani y el tres veces jefe de ministros del estado de Gujarat Narendra Modi, así como numerosos devotos informales que ocupan altas posiciones en los medios, la policía, el ejército, las agencias de inteligencia y los servicios judiciales y administrativos.

En 1990 el líder del BJP, L.K. Advani, viajó por el país instigando odio contra los musulmanes y exigiendo que se demoliera la mezquita de Babri Masjid, construida en Ayodhya en el siglo XVI, y en su lugar se erigiera un templo Ram. Pues en 1992 una muchedumbre instigada por Advani destruyó la mezquita. A principios de 1993 otra muchedumbre invadió las calles de Mumbai atacando a musulmanes y matando a casi mil personas. En venganza estalló una serie de bombas en la ciudad que costó la vida a alrededor de 250 personas. Alimentado por la histeria pública que esto generó, el BJP derrotó al Partido del Congreso en 1998 y obtuvo el poder nacional.

No es coincidencia que el ascenso de la Hindutva correspondiera con el momento histórico en que Estados Unidos sustituyó al comunismo por el islamismo como gran enemigo. Los muyahidín –islamistas radicales que otrora Reagan agasajara en la Casa Blanca y comparara con los padres fundadores de Estados Unidos– de repente empezaron a ser llamados terroristas. Luego vino la Primera Guerra del Golfo en 1990. El gobierno indio, antiguo amigo inquebrantable de los palestinos, se volvió “aliado natural” de Israel. Ahora la India e Israel realizan maniobras militares conjuntas, colaboran en asuntos de inteligencia y probablemente intercambian experiencias sobre cómo administrar mejor los territorios ocupados.

Por supuesto, una vez que el BJP llegó al poder, también se adhirió al mercado libre.

A pocas semanas de la toma de poder el gobierno realizó una serie de pruebas termonucleares. La orgía de nacionalismo triunfante que acompañó a las pruebas introdujo un nuevo lenguaje de agresión y odio escalofriante en el discurso público dominante. En febrero de 2002, luego de la quema de un vagón de tren, donde 58 peregrinos hindúes que regresaban de Ayodhya fueron quemados vivos, el gobierno de Gujarat liderado por el BJP y bajo la presidencia del jefe de ministros Narendra Modi dirigió un genocidio cuidadosamente planeado contra los musulmanes del estado. La islamofobia generada en todo el mundo por los ataques del 11 de septiembre le dio alas al BJP. La maquinaria del estado de Gujarat se contuvo y observó cómo más de dos mil personas fueron masacradas y 150 mil fueron expulsadas de sus hogares. Fue una masacre genocida y, a pesar de que el número de víctimas fue insignificante en comparación con el horror, digamos, de Ruanda o del Congo, la carnicería de Gujarat se concibió como un espectáculo público con un objetivo claro. Fue una advertencia pública del gobierno de la democracia predilecta del mundo a los ciudadanos musulmanes. Todavía hoy los musulmanes de Gujarat viven en guetos, boicoteados social y económicamente y sin justicia a la vista. Sus asesinos siguen libres y son miembros respetados de la sociedad.

Después de la carnicería, Narendra Modi ejerció presión para que se realizaran nuevas elecciones. Así, volvió a ganar el poder con el apoyo categórico del pueblo de Gujarat. Cinco años más tarde se repitió el éxito; ahora es jefe de ministros por tercera vez.

Durante un acto público, en enero de 2009, los directores generales de dos de las más grandes corporaciones de la India, Ratan Tata (del Tata Group) y Mukesh Ambani (de Reliance Industries), celebraron las políticas de desarrollo de Narendra Modi y lo avalaron efusivamente para futuro primer ministro. Así sellaron con un beso la relación orgánica entre “unión” y “progreso”, o si se quiere, entre fascismo y mercado libre.

Recientemente concluyeron en la India las elecciones generales de 2009 con un presupuesto de casi dos mil millones de dólares. Ese costo es mucho mayor que el de las elecciones estadounidenses. Pero, según algunos medios, la cifra real gastada se acerca a los diez mil millones de dólares. Cabría preguntarse, entonces, ¿de dónde sale tanto dinero?

El Partido del Congreso y sus aliados, la Alianza Progresista Unida (UPA), ganaron una cómoda mayoría. Resulta interesante que más del 90% de los candidatos independientes que se presentaron a las elecciones perdieran. Es evidente que sin patrocinadores no es fácil ganar una elección. Y los candidatos independientes no pueden prometer arroz subsidiado o comprar votos con dinero en efectivo o televisores gratuitos, degradantes actos de vulgar caridad a los que han quedado reducidas las elecciones.

Pero si echamos una mirada un poco más de cerca a los resultados de las elecciones, palabras como cómoda y mayoría resultan engañosas o completamente incorrectas. Por ejemplo, la cuota real de votos obtenidos por la UPA en estas elecciones ¡representa solo el 10,3% de la población del país! Es interesante cómo las ingeniosas matemáticas de la democracia electoral pueden convertir a una diminuta minoría en un imponente mandato.

En el periodo preelectoral predominó un consenso general en todos los partidos sobre la necesidad de “reformas” económicas. Muchas personas recomendaron con sarcasmo que el Partido del Congreso y el BJP debían formar una coalición. El consenso entre los partidos políticos fue reafirmado con una colaboración “constructiva” y los que más se alegraron de las recientes elecciones generales fueron las grandes empresas. Ellas parecen haber comprendido que el mandato democrático puede dar legitimidad a su saqueo como ninguna otra instancia. Así, varias corporaciones lanzaron extravagantes campañas publicitarias en la televisión –algunas con estrellas de Bollywood– instando a la gente, jóvenes y viejos, ricos y pobres, a ir a votar.

Para bien o para mal, las elecciones generales de 2009 parecen haber asegurado el avance del proyecto “progreso” en la India. Sin embargo, sería un grave error pensar que se ha dejado a un lado el proyecto “unión”.

Cuando comenzó la campaña electoral de 2009, el monstruoso nuevo debutante del BJP, Varun Gandhi (otro descendiente de la dinastía Nehru), quien hace sonar moderado y listo para la jubilación incluso a Narendra Modi, exigió que se esterilizara a los musulmanes por la fuerza. “Se sabrá que esto es un bastión hindú, ningún ¡&%$%! musulmán se atreverá a asomar la cabeza por aquí”, dijo, usando una palabra despectiva que designa a las personas que están circuncidadas. “No quiero ni un solo voto musulmán”.

Varun Gandhi ganó su elección por un margen colosal. Esto nos hace preguntarnos: ¿el “pueblo” siempre tiene la razón?

Las venerables instituciones de la democracia india –el poder judicial, la policía, la prensa “libre” y, por supuesto, las elecciones–, lejos de funcionar como un sistema de pesos y contrapesos de poderes, con gran frecuencia hace exactamente lo contrario. Los tribunales han demostrado ser más o menos totalmente serviles a los intereses corporativos. Los medios, por supuesto, deben más del 90% de sus ingresos a la publicidad corporativa. En conjunto estas instituciones se dan cobertura unas a las otras para promover los intereses de los proyectos “unión” y “progreso”. En este proceso ellas generan tanta confusión, tanta cacofonía, que las voces que se alzan para alertar se convierten en parte del ruido. Y todo contribuye únicamente a reforzar la imagen de democracia tolerante, colorida y algo caótica. El caos es real, pero también lo es el consenso.

Y hablando de consensos, sigue ahí el problema omnipresente de Cachemira. Cuando se trata de Cachemira, el consenso en la India es a ultranza y cala en todos los segmentos del establecimiento, incluyendo a los medios, a la burocracia, a la intelligentsia e incluso a Bollywood. Lamentablemente no tenemos tiempo aquí para contar la historia de Cachemira, una tragedia que parecer no tener fin. No obstante, hablar de la India y no mencionar a Cachemira sería imperdonable y, para mí, imposible.

La lucha por la independencia de Cachemira comenzó en 1947, pero el levantamiento armado empezó en 1989, hace veinte años. El conflicto ha costado alrededor de 70 mil vidas. Decenas de miles han sido torturados, varios miles han “desaparecido”, miles de mujeres han sido violadas y muchos miles han enviudado. Más de medio millón de efectivos del ejército indio patrulla el valle de Cachemira, lo que lo hace la zona más militarizada del mundo (Estados Unidos tenía alrededor de 175.000 efectivos en Irak durante el apogeo de su ocupación). El ejército indio afirma que, en su mayor parte, ha aplastado la militancia en Cachemira. Quizás sea cierto, ¿pero dominio militar significa la victoria?

El problema es que Cachemira se encuentra en la línea de falla de una región inundada de armas que cae en el caos. La lucha por la liberación de Cachemira está atrapada en el vórtice de varias ideologías peligrosas en conflicto: el nacionalismo indio (tanto el corporativo como el hinduista, con tendencias imperiales), el nacionalismo paquistaní (que está resquebrajándose bajo el peso de sus propias contradicciones), el imperialismo estadounidense (impaciente por su economía en crisis) y el renacimiento talibán (un islamismo medieval que, a pesar de su demente brutalidad, está ganando legitimidad con rapidez por ser visto como un movimiento de resistencia a la ocupación extranjera). Cada una de estas ideologías es capaz de una crueldad que va desde el genocidio hasta la guerra nuclear. Añádanse las ambiciones imperiales de China, una Rusia agresiva reencarnada, las enormes reservas de gas natural de la región del Caspio y los persistentes rumores sobre las reservas de gas natural, petróleo y uranio de Cachemira y Ladakh y tendremos la receta para una nueva Guerra Fría (que, como la última, es fría para algunos, pero caliente para otros).

Cachemira se convertirá en el corredor por donde el caos desatado en Afganistán y Pakistán se volcará sobre la India y se alimentará de la cólera de los jóvenes entre los 150 millones de musulmanes que han sido tratados brutalmente, humillados y marginalizados. Sirva de advertencia la serie de actos terroristas que culminaron en los ataques de Mumbai de 2008.

Las soluciones provisionales de chafarote que la India impone a los disturbios en Cachemira han agrandado el problema y lo han llevado hasta un lugar donde está contaminando el agua de la región.

Quizás la historia del glaciar Siachen, el campo de batalla más alto del mundo, sea la metáfora más apropiada de la locura de nuestros tiempos. Miles de soldados indios y paquistaníes han sido estacionados allí, padeciendo vientos helados y temperaturas de menos 40 grados centígrados bajo cero. De los cientos que han perecido, muchos han muerto de frío, congelados y quemados por el sol. El glaciar se ha convertido en un vertedero de desechos de guerra, miles de casquillos de artillería vacíos, tanques de combustible vacíos, hachas de hielo, botas viejas, tiendas de campaña y todo tipo de desperdicios que generan miles de seres humanos en guerra. La basura permanece intacta, perfectamente conservada a estas temperaturas heladas, un monumento prístino a la necedad humana. Y mientras los gobiernos indio y paquistaní gastan miles de millones de dólares en armas y logística para esta guerra a altitudes extremas, el campo de batalla ha comenzado a derretirse. En estos momentos se ha encogido ya a casi la mitad. El deshielo, sin embargo, tiene menos que ver con este absurdo militar que con personas muy lejanas, que viven la buena vida en el lado opuesto del planeta. Gente estupenda, que cree en la paz, en la libertad de expresión y en los derechos humanos. Gente que vive en prósperas democracias, cuyos gobiernos están representados en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y cuyas economías dependen fuertemente de la exportación de guerras y la venta de armas a países como India y Pakistán (y Ruanda, Sudán, Somalia, el Congo, Irak, Afganistán… y la lista es larga). El deshielo del glaciar provocará graves inundaciones en el subcontinente y finalmente sequías severas que afectarán la vida de miles de millones de personas. Eso nos dará aún más razones para pelearnos. Entonces necesitaremos más armas. Quién sabe, quizás este tipo de confianza del consumidor sea exactamente lo que el mundo necesita para salir de la recesión actual. Pues la gente en las democracias prósperas tendrá una vida aún mejor y los glaciares se derretirán aún más rápido.

En Estambul, mientras daba mi conferencia ante un público tenso en un auditorio universitario (tenso porque palabras como unidad, progreso, genocidio y armenios tienden a molestar a las autoridades turcas si son pronunciadas juntas), pude ver que Rakel Dink, la viuda de Hrant Dink, lloraba todo el tiempo en su butaca de la primera fila. Cuando terminé, me abrazó y me dijo: “No perdemos las esperanzas. ¿Por qué no perdemos las esperanzas?”.

Dijo nosotros, no tú.

Entonces vinieron a mi mente las palabras del poeta urdu Faiz Ahmed Faiz, cantadas tan angustiosamente por Abida Parveen:

nahin nigah main manzil to justaju hi sahi

nahin wisaal mayassar to arzu hi sahi

y traté de traducírselas más o menos así:

Si los sueños fracasan, la añoranza ha de tomar su lugar

Si el reencuentro es imposible, el anhelo ha de tomar su lugar.

Febrero 1, 2010

“En la noche tranquila” de Li Bai

Archivado en: Li Bai — max @ 6:51 pm
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Pienso en la noche

delante de la cama la luna brilla

encima de la escarcha está la duda

miro arriba y hay luna llena

miro abajo y añoro mi tierra.

_____________________________

夜思

床前明月光

疑是地上霜

舉頭望明月

低頭思故鄉

“A las parcas” de Friedrich Hölderlin

Archivado en: Friedrich Hölderlin — max @ 6:40 pm
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¿Queríamos separarnos? ¿Era lo justo y lo sabio?
¿Por qué nos asustaría la decisión como si fuéramos
a cometer un crimen?
¡Ah! poco nos conocemos,
pues un dios manda en nosotros.
¿Traicionar a ese dios? ¿Al que primero nos infundió
el sentido y nos infundió la vida, al animador,
al genio tutelar de nuestro amor?
Eso, eso yo no lo hubiera permitido.
Pero el mundo se inventa otra carencia,
otro deber de honor, otro derecho, y la costumbre
nos va gastando el alma
día tras día disimuladamente.
Bien sabía yo que como el miedo monstruoso y arraigado
separa a los dioses y a los hombres,
el corazón de los amantes, para expiarlo,
debe ofrendar su sangre y perecer.
¡Déjame callar! Y desde ahora, nunca me obligues a contemplar
este suplicio, así podré marchar en paz
hacia la soledad,
¡y que este adiós aún nos pertenezca!
Ofréceme tú misma el cáliz, beba yo tanto
del sagrado filtro, tanto contigo de la poción letea,
que lo olvidemos todo
amor y odio!
Yo partiré. ¡Tal vez dentro de mucho tiempo
vuelva a verte, Diotima! Pero el deseo ya se habrá desangrado
entonces, y apacibles
como bienaventurados
nos pasearemos, forasteros, el uno cerca al otro conversando,
divagando, soñando, hasta que este mismo paraje del
adiós
rescate nuestras almas del olvido
y dé calor a nuestro corazón.
Entonces volveré a mirarte sorprendido, escuchando como otrora
el dulce canto, las voces, los acordes del laúd,
y más allá del arroyo la azucena dorada
exhalará hacia nosotros su fragancia.

Enero 28, 2010

“Estragos psicológicos en el Capitalismo 3.0″ de María Toledano

Archivado en: María Toledano — max @ 4:50 pm
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“La privatización de lo íntimo concierne más al registro de la confusión que al de la desviación moral: se sustituye una utopía concreta por la fantasía de una afectividad dispensada de los equívocos del mundo vivido. Esta denegación de la fragilidad y este ideal del control tienen consecuencias políticas.”

Michaël Foessel, La privación de lo íntimo (2010)

Cuando empezó la primera ofensiva, años ochenta, las repercusiones psicológicas de la aceleración del capitalismo sobre las personas parecían efectos secundarios: casos aislados. Encerrados en torres de marfil, rodeados de amigos que compartían el rechazo, conscientes de la deriva del sistema hacia el territorio de la conciencia, hacia la dominación interior (hasta hacerla voluntaria y deseada), nos creíamos, a salvo. Parecía que consumir hasta la extenuación (emociones, coches, sexo, viajes, hijos, objetos high tech o lo que fuera) sólo afectaba al universo del dinero y, por tanto, a la necesidad (lógica) de aceptar la moderna esclavitud a cambio de permanecer en el escaparate placentero del consumo. La búsqueda de la satisfacción inmediata era el objetivo. El Capitalismo 3.0 premiaba la sumisión de sus cuadros y dirigentes -provenientes, en su mayoría, de la clase media- con mayor poder adquisitivo. El paso de la potencia al acto se consumaba cada día. Todo era nuevo, deslumbrante. En la condición de único, hecho a medida de tu vida, descansaba el principio del placer, del éxito social y afectivo. Parecía que todo se limitaba a lo económico: la sumisión laboral a cambio de un salario que facilitara el consumo sofisticado.

Las sociedades postsocialdemócratas vivían felices. El régimen democrático caminaba hacia lo virtual, es decir, la política (y el conflicto) ya no era cosa de ciudadanos. Para qué se iban a molestar si el mundo liquido era capaz de proporcionar -con independencia de la política partidista concreta- lo anhelado. La mayoría, en el Occidente democrático de mercado, había alcanzado un grado satisfactorio de bienestar y veía en la globalización un escenario positivo. Las guerras justas preventivas (doctrina consolidada por Obama) eran entendidas -pese a las manifestaciones mundiales y algunos cambios de gobierno sin importancia- como algo natural: una necesidad, un mal menor. Vivíamos felices, la subjetividad que proporciona Internet nos devolvía nuestra identidad perdida en las diferentes etapas de despersonalización del fordismo-taylorismo y ninguna nube se cernía sobre el horizonte. De repente, sonó el despertador. Era la crisis financiera. Nos despertamos en un escenario que no reconocimos, un mal sueño que creíamos olvidado. Cerramos y abrimos los ojos queriendo despejar de nuestra mente la pesadilla que estábamos viendo. El desempleo y la precariedad aumentaron y volvimos, de golpe, a las crisis económicas del siglo XX.

La aceleración provocada desde la década del 90 (turbocapitalismo o hipercapitalismo), un misil a velocidad de la luz contra nuestras defensas sociales y psicológicas, produjo una ruptura radical con la realidad y la creación, al tiempo, de un mundo virtual: se había consumado el secuestro de la voluntad ciudadana, de la condición humana. Cuando quisimos darnos cuenta –un síntoma de la crisis social- el consumo de psicofármacos se había disparado, las consultas de los psicólogos y demás terapeutas estaban abarrotadas, los psiquiatras no tenían horas para recibir a nuevos y anonadados clientes y las relaciones sociales, laborales, familiares o amorosas habían saltado por los aires. Vivíamos felices en el Capitalismo 3.0 y llegó el caos. Los bancos, causantes, en parte, de la crisis financiera (con la complicidad de los gobiernos), fueron rescatados con dinero público, de la comunidad (ver Capitalismo, una historia de amor de Michael Moore). Se habló de brotes verdes, amarillos, azules, rosas, brotes de soja transgénica: eran brotes de locura colectiva. A merced de una fuerte corriente, sin asideros, desesperados, nos agarramos a la virtualidad. Tejimos, con mayor empeño, las redes sociales, amistades recuperadas, amores sin corporalidad, televisión basura como espejo deformante: los mil rostros de la desinformación. El Capitalismo 3.0 estaba ganando su última batalla y, con esta definitiva victoria, la guerra mundial.

Con independencia de que la crisis sea sistémica o coyuntural, el Capitalismo 3.0 se ha instalado para siempre. Avanzarán los programas, como en la informática, pero el marco de actuación, el paradigma, no cambiará. El control sobre la incertidumbre, premisa del modelo neoliberal, será nuestra única razón de ser. Nuestra experiencia mutará en mercancía intercambiable ya que, como sostiene Rifkin en La era del acceso (Paidós, 2000), en el capitalismo sin producción la mano de obra -tal cual la conocemos- será residual en unas décadas. Esta evolución del capitalismo ha generado una evolución psicológica. Ni seres-para-la-muerte (según el modelo heideggeriano), ni seres-para-el-consumo, sino seres-para-la-incertidumbre, preparados para asumir los riesgos (controlados) de la virtualidad. El giro emocional de la población, en marcha desde hace más una década, esta dando sus frutos. La realidad ha desaparecido y su lugar lo ocupa un mapa de sensaciones por donde surfean (expresión de Christian Salmon) las empresas con sus valores, los políticos con sus valores, los amores con sus valores y la mercadotecnia con sus flamantes storytellings. Se ha impuesto la ficción en forma de virtualidad ya que lo único que daba sentido a la realidad era la lucha, el combate contra cualquier forma, material o inmaterial, de opresión.

La tendencia apunta un cambio en la sustancia de la condición humana, obligada a una existencia mermada que se aferrada a redes cibernéticas laborales y emocionales. El modelo Capitalismo 3.0 se está conformando ante nuestros ojos. Su evolución, debido a la tecnología, es imprevisible. La soledad cibernética, nuevo mal du siècle, se aproxima. Destrozado el tejido social y político, el desierto avanza.

Enero 18, 2010

“Entiendo que muchas mujeres hoy…” de María J. Berrío

Archivado en: General — max @ 4:05 pm
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Entiendo que muchas mujeres hoy en día trabajan por obtener una mayor tajada de la torta, pero yo no lo voy a hacer…porque prefiero trabajar para cambiar la receta.

Durante siglos, siglos y más siglos a las mujeres nos fue negado participar de la torta, aunque generalmente la hemos tenido que preparar. No se nos reconocía ningún derecho, con una escasa valoración social centrada exclusivamente en el espacio privado, la casa, el esposo y los hijos e hijas. La gran mujer detrás de un gran hombre, nunca al lado, a la par, juntos en la lucha por la vida.

Desde finales del siglo XIX las mujeres comenzamos a conquistar el reconocimiento de algunos derechos, tales como tener vida propia y existencia legal, no sólo vinculada al padre, al esposo o al hijo. Pasamos, entonces, a tener pequeños pedazos de la torta. Cada vez los pedazos han ido creciendo a nivel mundial con la aprobación de la Convención contra la discriminación hacia la mujer, del enunciado de los derechos sexuales y reproductivos y en general con el acceso de algunas mujeres a espacios públicos antes vedados: universidades, empleos, cargos gubernamentales.

La lucha por la conquista de nuestros derechos ha sido y sigue siendo necesaria. Debemos garantizar que la sociedad y sus leyes asuman nuestra particularidad de género. Sin embargo, queremos plantearnos un dilema más trascendente que nos permita analizar la Revolución (….) con mirada de mujer:

¿SEGUIMOS LUCHANDO POR TENER PEDAZOS MÁS GRANDES DE LA TORTA HASTA ALCANZAR AL MENOS LA MITAD O CAMBIAMOS LA RECETA? Las mujeres hemos caído en la tentación de convertirnos en “hombres honorarios”: nos han vendido y hemos asimilado que la liberación de la mujer está asociada a triunfar en el mundo público, mayoritariamente masculino, tener los mismos derechos de los hombres, ser iguales. Pero ¿iguales a quién y en qué? Pareciera que reconocer socialmente los derechos de la mujer consiste en darle a éstas los mismos derechos que tiene el hombre, incorporarla a una sociedad donde lo masculino es considerado paradigma de lo humano, es decir, que la forma normal de vivir es hacerlo como los hombres, al punto que aún mucha gente cree que al decir Hombre estamos incluidos e incluidas los seres humanos en su totalidad. Se obvian así las necesidades propias y las características específicas que conllevan derechos particulares de género; al querer ser parte de un mundo regido por normas dictadas desde esta visión masculina los hijos e hijas, el hogar, la emotividad, la subjetividad se convierte en “limitaciones a superar para poder triunfar en la vida pública”

¿QUÉ SIGNIFICA CAMBIAR LA RECETA? Un compromiso con la inclusión, con la construcción de un mundo donde todos y todas quepamos con nuestras diferencias y nuestras semejanzas, donde las distintas maneras de ser, sentir, actuar sean valoradas e incorporadas y, por tanto, todos y todas podamos asumir aquello que nos ha sido negado Una receta que no incluya la pobreza como ingrediente, donde hombres y mujeres tengamos derecho a una vida digna. Una nueva torta en la que el trabajo de todos y todas dentro y fuera del hogar sean reconocidos como aportes colectivos a la construcción de una sociedad justa. Un mundo donde la sensibilidad y la subjetividad pasen a ser parte fundamental de la realidad, sean considerados un forma válida de ver el mundo no exclusiva de la mujer, donde se vivan como fuente de fuerza, creación y encuentro para todos los seres humanos,

En la Revolución Bolivariana nos estamos planteando una nueva receta. La Constitución como Proyecto de país en el que estamos comprometidos asume que las mujeres formamos parte del colectivo social cuando nos nombra en forma expresa, nos hace visibles, acepta nuestra existencia. Pero, además, reconoce el valor social y económico de los oficios domésticos incorporando las amas de casa a la seguridad social por el trabajo que desempeñan dentro del hogar, otorga igual valoración en deberes y derechos a la paternidad y la maternidad. Pero, por sobre todo, el Proyecto Bolivariano tiene como eje la inclusión especialmente de aquellos y aquellas que las políticas económicas y sociales de la dominación a mantenido excluidos y excluidas durante siglos.

Y las mujeres hemos oído el llamado a la inclusión y nos hemos incorporado masivamente a todos los espacios de organización social y política. Hemos asumido que la construcción de un nuevo país no puede hacerse sin nosotras, sin nuestra participación protagónica a la que nos llama la Revolución Bolivariana. Y estamos recibiendo el reconocimiento social que nos merecemos cada vez que se asume públicamente que las Misiones, las UBEs, los Comités de Salud, los Comités de Tierras Urbanas están integrados mayoritariamente por mujeres. Y es que LUCHAR POR LA VIDA es parte esencial de lo que hacemos las mujeres.

Tenemos por delante aún muchos retos para que la receta siga cambiando y el nuevo MUNDO POSIBLE, NECESARIO E INDISPENSABLE incluya para nosotras la vida justa y digna que nos merecemos. La Revolución aún se hace difícil dentro del hogar, trabajamos en las organizaciones sociales y políticas, nos incorporamos a los estudios y cuando llegamos a casa muchas veces no tenemos el apoyo que deseamos, recibimos críticas y poca ayuda en las labores del hogar, lo cual dificulta la continuidad de nuestra participación. Por esto para nosotras las mujeres bolivarianas el llamado a profundizar la Revolución Bolivariana es hoy la construcción de la REVOLUCIÓN EN LAS CALLES Y EN LAS CASAS. Que de una vez por todas las relaciones de igualdad entre hombres y mujeres sea un objetivo revolucionario que permita a todos y todas crecer hacia una sociedad justa y solidaria.

Enero 7, 2010

“Affaire” de Juliusss72

Archivado en: Juliusss72 — max @ 5:56 am
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YSNTGJ!

Agazapado contra mi convicción por no amarte,
espío tras la rendija de tu indecisión.
descubro insectos fantásticos que vuelan
y se arrastran por tu cabeza y tu cuerpo voluptuoso.

te hacen cosquillas en el alma y en el vientre
te desnudan y recorren circularmente tus piernas
desde tus rodillas, hasta tus senos palpitantes,
descubriendo zonas erógenas que mis dedos jamás encontraron

mientras evoco la sensación de tu lengua en mi cuerpo,
observo como te remueves en el lecho
escucho tu aliento muy de cerca

imagino…

creo sentir calor y el olor del deseo insatisfecho
¡esa imagen en el espejo me produce espasmos!
(la recuerdas ¿verdad?)
nuestros cuerpos entrelazados, tendidos sobre la hierba…

tu sonrisa venciendo mi desconfianza…
ahora doy media vuelta y me alejo
siento en mi cuello una mariposa
que camina por mi rostro y bebe mis lagrimas

(1990)

Diciembre 29, 2009

“El silencio en el capitalismo cultural” de Manuel Fernández-Cuesta

Archivado en: Manuel Fernández-Cuesta — max @ 1:27 am
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EL PAÏS
La cultura es la conciencia cívica del nuevo capitalismo. Entendida como el conjunto de valores y expresiones artísticas (individuales y colectivas) que una sociedad produce en un contexto histórico determinado, en la actualidad se presenta ante los ciudadanos como una inmensa caja de resonancia emocional que permite el impulso y control de las sociedades modernas. Los fenómenos culturales -acontecimiento general (espectáculos de masas) o reflexiones intimistas (rearme de la subjetividad)- son mercancías intangibles que intercambiamos a diario en la esfera pública (y privada). El espacio de socialización -denominador común- viene regido, al menos desde la II Guerra Mundial y en los países avanzados, por parámetros que facilitan o impiden, según sea el caso, la aplicación de políticas concretas.
Analizada la realidad bajo este prisma, la cultura -y por extensión la inquietante maquinaria que la produce- sería el escenario, con su complejo decorado, donde se representaría la ficción de la política democrática. La Constitución política, ley fundamental de organización del Estado, sería el reflejo jurídico del tejido cultural de la comunidad. Así, la sociedad proyectaría su estado de ánimo, aspiraciones y necesidades, en una norma de rango superior vinculante. Sólo tomando en consideración niveles de permisividad ética (y cultural) se puede fijar el grado de preparación de una sociedad para cambios concretos. Los estudios de mercado, la sociología al servicio del poder, actuarían de termómetro midiendo las posibilidades de involución o evolución social. Desarrollo cultural y ética personal se han fundido en el crisol de la modernidad.
Pese a la aparente diversidad, pese a la extendida idea progresista de multiculturalidad, vivimos malos tiempos para cualquier expresión que no cumpla su función natural de cohesión. La producción industrial de eventos (libros convertidos en best sellers, producciones cinematográficas, celebradas exposiciones, música que invade -por su inevitable presencia- la sensibilidad común o cualquier otra actividad de orden socio-cultural) impide manifestaciones contrarias a las asumidas por la mayoría. En el plano individual, la integración de marcas de estilo ajenas (creadas por los thinks tanks e impulsadas por la mercadotecnia) permite la armonización del relato público y el privado. La imaginación -secuestrada por la burguesía desde el siglo XIX y aniquilada con la irrupción de la cultura de masas- ha sido privatizada. Sentimos el mismo escalofrío (con parecida intensidad) en la misma página y en la misma escena; soñamos idénticos espacios de libertad (mitos recurrentes del capitalismo) y escuchamos simila-res bandas sonoras de nuestras vidas. La supuesta democratización de las emociones -más personas comparten lo mismo- esconde bajo su manto de igualdad la destrucción de la inteligencia crítica.
Gracias a este luminoso meeting point, extrañamente parecido, nuestro comportamiento privado apuntala la tendencia pública dominante. Olvidarse de la cultura (y del entretenimiento) para poder sobrevivir sería una solución. Pero esto equivaldría a escaparse del “yo” y rechazar la importancia de la imaginación (impuesta) a la hora de examinar el mundo. Una cuestión que, desde la invención de la exaltada subjetividad, el cartesiano cogito ergo sum, resulta compleja. Las trampas son muchas y las defensas conceptuales, frente a la invasión cotidiana, escasas.

Superada una primera fase de mercantilización -era necesario crear instrumentos de consumo sofisticado y masivo para poblaciones cada vez más amplias y formadas-, la industria se presenta ya, sin máscara, como productora y difusora de sensaciones culturales perpetuas y efímeras al tiempo. El material producido -poco importa la actividad en sí- ha pasado a una segunda esfera, siendo la excitación provocada su principal objetivo.En esta desestructurada atmósfera sensorial reinan los valores sobre las ideas. Barack Obama -adalid de la modernidad y el mestizaje- sería el actor principal del modelo narrativo, mientras que Sarkozy y Rodríguez Zapatero aparecerían en el elenco como intrépidos meritorios. El entretenimiento, elemento central de la distracción, ha sido aceptado como patrón de cambio en estructuras sociales en permanente mutación. Las dinámicas redes sociales, la mirada poliédrica, la normalización de la transgresión, el nomadismo low cost y el intercambio consumista de subjetividad -dando primacía a la interpretación sensible frente al juicio argumentado- necesitan movimientos constantes en el decorado: el aburrimiento -la audiencia decae- es sinónimo de muerte. La rapidez con que varían dichas redes y el exhibicionismo de que hacen gala blogs y demás expresiones individualistas han provocado la supresión de las fronteras que separaban -antes de la aceleración de los años ochenta- la cultura de las élites (voz hegemónica) de la cultura de masas (voz subalterna). Ya no son necesarias las denostadas categorías (de clase). En un presente infinito, sin Historia, cargado de repercusiones psicológicas desconocidas, las distinciones basadas en la preeminencia de la calidad resultan inútiles. El capital simbólico cultural, antiguo nexo de unión de la inteligentzia, ha desaparecido del mercado.
La democracia mediática, una “democracia de superficie” refrendada cada cuatro años, varía sin tregua. En su metamorfosis pierde parcelas de verosimilitud -ficción y realidad se mezclan- hasta alcanzar el nivel máximo permitido: la globalización de la miseria real y moral. Recuérdese, a modo de ejemplo, que los recitales de los Tres Tenores fueron concebidos con el fin de “popularizar” la ópera; la muerte de Diana de Gales causó una conmoción mundial; el actual presidente de la República Francesa anunció su amor dejándose fotografiar en un territorio irreal, Eurodisney; y Belén Esteban, debido a su personalidad y descaro, se ha convertido en altavoz de un renacido patio de vecindad.
Cualidades específicas al margen, los personajes mencionados -la persona ha sucumbido ante la proyección de la imagen- han interpretado todos, en algún momento de su performance, el mismo papel.
La escena política, encerrada en los límites fijados por la cultura y sus expresiones, aprisionada por incesantes propuestas novedosas, por triples saltos mortales sin riesgo, se ha convertido en un grandilocuente (e increíble) plató de televisión. Un paraíso artificial, originales escenografías móviles, luces indirectas, sensación de calidez, placer inmediato, creado a la medida de los líderes de opinión y concebido para que los representantes públicos (con independencia de su procedencia) interpreten, según las circunstancias, un melodrama en cuyo texto no cabe la sorpresa.
La imaginación, vertebrada por los grupos de presión e interés, prima sobre cualquier otra cualidad del ser humano. Esta imaginación articulada, sometida, regula el tráfico de información impidiendo la aparición de un pensamiento alternativo. Cuando uno cree que lo que siente e imagina es suyo, propio, indisociable de su verdadera y consciente identidad, lo otro, por impensable, desaparece. El vacío, fuente donde bebían los históricos procesos revolucionarios, ha sido llenado con ruido y megabites; las grietas del sistema-mundo, fisuras en el orden material, selladas con silicona transparente. El silencio -la ausencia de actividad- no existe. La soledad, columna imprescindible de la reflexión, es contraria al impulso del capitalismo cultural. Edward Said se preguntaba, en Representaciones del intelectual, qué rumbo tomaría una sociedad que hubiera perdido el sentido crítico. Ahora lo intuimos.

Manuel Fernández-Cuesta es director-editor de Ediciones Península (Grup 62)

Diciembre 24, 2009

“El Sueño” de Mary Shelley.

Archivado en: Mary Shelley — max @ 4:25 pm
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La época en la que aconteció esta pequeña leyenda que se va ahora a narrar, fue el comienzo del reinado de Enrique IV de Francia, cuyo ascenso e ilícita apropiación, mientras los demás traían la paz al reino cuyo cetro él había empuñado, fueron inadecuados para cicatrizar las profundas heridas mutuamente infligidas por los bandos enemigos. Existían entre los que ahora parecían tan unidos, enemistades privadas y el recuerdo de daños mortales; y, a menudo, las manos que se habían apretado en aparente saludo amistoso, cuando soltaban su apretón, asían la empuñadura de su daga, haciendo más caso a sus pasiones que a las palabras de cortesía que acababan de salir de sus labios. Muchos de los más fieros católicos se retiraron a sus distantes provincias; y, mientras ocultaban en soledad su profundo descontento, anhelaban no menos ansiosamente el día en que pudieran mostrarlo abiertamente.

En un enorme y fortificado château, construido en una empinada ladera dominando el Loira, no lejos de la ciudad de Nantes, moraba la última de su raza y heredera de su fortuna, la joven y hermosa condesa de Villeneuve. El año anterior lo había pasado en completa soledad en su apartada mansión; y el luto que llevaba por su padre y dos hermanos, víctimas de las guerras civiles, era una gentil y buena razón para no aparecer en la corte, y mezclarse en sus festejos. Pero la huérfana condesa había heredado un título de alcurnia y extensas tierras; y pronto comprendió que el rey, su guardián, deseaba que ella otorgara ambos, junto con su mano, a algún noble cuyo nacimiento y talentos personales le dieran derecho a la dote. Constanza, como respuesta, expresó su intención de profesar votos y retirarse a un convento. El rey se lo prohibió seria y resueltamente, creyendo que semejante idea era el resultado de la sensibilidad sobreexcitada por la pena, y confiando en la esperanza de que, después de un tiempo, el genial espíritu de la juventud despejarla esta nube.

Había pasado un año y la condesa todavía persistía; y, finalmente, Enrique, partidario de no ejercer presión, y deseoso también de juzgar por sí mismo los motivos que habían conducido a una joven tan hermosa, y agraciada con los favores de la fortuna, a desear enterrarse en un claustro, anunció su intención de visitar su château, ahora que había expirado el período de su luto; y si no aportaba, dijo el monarca, suficientes atractivos para hacerla cambiar de plan, daría su consentimiento para su realización.

Constanza había pasado muchas horas tristes, muchos días de llanto, y muchas noches de doloroso insomnio. Había cerrado sus puertas a todos los visitantes; y, como la Lady Olivia de «TweIfth Night», hizo votos de soledad y llanto. Dueña de sí misma, fácilmente silenció los ruegos y protestas de sus subordinados, y alimentó su pesar como si fuera la única cosa que amara en este mundo. Con todo, era demasiado penetrante, demasiado amargo, demasiado ardiente, para ser un huésped favorecido. De hecho, Constanza, joven, ardiente y vivaz, luchaba, forcejeaba y anhelaba abandonarlo; pero todo lo que era alegre en sí mismo, o hermoso en su apariencia externa, servía únicamente para renovarlo; y con paciencia podía soportar mejor el peso de su aflicción, cuando, cediendo ante ella, la oprimía pero no la torturaba.

Constanza había abandonado el castillo para vagar por las tierras vecinas. Aun siendo excelsos y vastos los aposentos de su mansión, se sentía acorralada entre sus paredes, bajo los calados techos. Asociaba las extensas tierras altas y el viejo bosque con los queridos recuerdos de su vida pasada, lo que la inducía a pasar horas y aun días bajo sus frondosos abrigos. El movimiento y el cambio perpetuo, como el viento agitando las ramas, o el viajero sol esparciendo sus rayos sobre ellas, la calmaban y la disuadían a abandonar ese tedioso pesar que embargaba a su corazón con tan implacable agonía bajo el techo de su castillo.

Existía un lugar al borde del bien arbolado parque, un rincón de tierra, desde donde podía percibir el campo que se extendía más allá, todavía muy poblado de altos y umbrosos árboles; un lugar del que ella había abjurado, pero hacia donde, inconscientemente, todavía tendían siempre sus pasos, y en donde de nuevo, por veintava vez ese día, se encontró de improviso. Se sentó en un montículo herboso y contempló melancólicamente las flores que ella misma había plantado para adornar el frondoso escondrijo, templo de la memoria y del amor para ella. Cogió la carta del rey, que era para ella motivo de tanto desespero. El abatimiento se apoderó de sus facciones, y su noble corazón preguntaba al hado por qué, siendo tan joven, frágil y desamparada, tenía que enfrentarse a esta nueva forma de vileza.

«Únicamente deseo —pensó— vivir en la mansión de mi padre, lugar familiar a mi infancia, para rociar con mis frecuentes lágrimas las tumbas de los que amé; y aquí en estos bosques, donde me posee un loco sueño de felicidad que me induce a festejar eternamente las exequias de la Esperanza.»

Un crujido entre las ramas llegó a sus oídos; su corazón latió velozmente; todo de nuevo estaba en calma.

—¡Qué tonta soy! —medio murmuró—. Víctima de mi vehemente fantasía: porque aquí fue donde nos conocimos, aquí me senté a esperarle, y ruidos como éste anunciaban su deseada proximidad; cada conejo que se agita, cada pájaro que despierta de su silencio, hablan de él. ¡Oh, Gaspar, en una ocasión mío! ¡Nunca alegraréis de nuevo con vuestra presencia este amado lugar, nunca más!

De nuevo se agitaron las ramas, y se oyeron pasos entre los matorrales. Constanza se levantó; su corazón latía a gran velocidad; debía ser la tonta de Manon, con sus impertinentes súplicas para que regresara. Pero los pasos eran más firmes y más silenciosos que los de su doncella; y entonces, emergiendo de las sombras, pudo percibir directamente al intruso. Su primer impulso fue huir, y luego de nuevo verle, oír su voz, estar juntos antes de que ella interpusiera votos eternos entre arribos, y rellenar el inmenso abismo que la ausencia había abierto; eso ofendería a los muertos y suavizaría la fatal pena que hacía palidecer sus mejillas.

Y ahora él estaba frente a ella, el mismo ser querido con él que ella ha intercambiado promesas de felicidad. Parecía, como ella, triste. Constanza no pudo resistir la suplicante mirada que le imploraba que se quedara.

—Vengo, señora— dijo el joven caballero— sin ninguna esperanza de lograr doblegar vuestra inflexible voluntad. Vengo de nuevo a veros, y a despedirme antes de partir para Tierra Santa. Vengo a suplicaros que no os enterréis en vida en un oscuro claustro para evitar a alguien tan odioso como yo, alguien a quien nunca veréis más. Muera o no en el empeño, ¡Francia y yo partimos para siempre!

—Eso sería tremendo, si fuera cierto —dijo Constanza—. Pero el rey Enrique nunca perdería así a su cavallier favorito. El trono que le ayudasteis a edificar, todavía debéis protegerlo de sus enemigos. No, si alguna vez influí en vuestros pensamientos, no iréis a Palestina.

—Una sola palabra vuestra, Constanza, podría detenerme… una sonrisa… —Y el joven amante se arrodilló ante ella.

La intención más cruel de la dama fue anulada por la imagen antes tan querida y familiar, ahora tan extraña y prohibida.

—¡No os demoréis más aquí! —gritó—. Ninguna sonrisa, ninguna palabra mía, serán de nuevo para vos. ¿Por qué estáis aquí, donde vagan los espíritus de los muertos reclamando esas sombras como propias? ¡Maldita sea la falsa doncella que permita que el asesino disturbe el sagrado reposo de sus víctimas

—Cuando nuestro amor era reciente y vos amable —replicó el caballero— me enseñabais a penetrar las bifurcaciones de estos bosques, y me dabais la bienvenida a este querido lugar donde una vez os juré que seríais mía bajo estos mismos árboles vetustos.

—¡Fue un nefando pecado —dijo Constanza— abrir las puertas de la casa de mí padre al hijo de su enemigo, y abrumador debe ser el castigo!

El joven caballero recuperaba su valor al hablar; todavía no se atrevía a moverse, no fuera que ella, que parecía en todo momento lista para huir, le sorprendiera pese a su momentánea tranquilidad. Pero le replicó despacio.

—Aquellos fueron días felices, Constanza, llenos de terror y de profunda alegría cuando la tarde me traía a vuestros pies; y mientras el odio y la venganza se apoderaban de aquel torvo castillo, este frondoso cenador iluminado por las estrellas era el santuario del amor.

—¿Felices? ¡Días miserables! —repitió Constanza—, cuando pienso en el bien que podría reportar que faltara a mi deber, y en que esta desobediencia sería recompensada por Dios. ¡No me habléis de amor, Gaspar! ¡Un mar de sangre nos separa para siempre! ¡No os acerquéis! Los difuntos y los seres queridos permanecen con nosotros incluso ahora: sus pálidas sombras me advierten de mi falta, y me amenazan por escuchar a su asesino.

—¡Yo no soy eso! —exclamó el joven—. Mirad, Constanza, cada uno de nosotros somos los últimos de nuestras respectivas estirpes. La muerte nos ha tratado cruelmente y estamos solos. No era así cuando nos amamos por vez primera; cuando mi padre, mis parientes, mi hermano, más aún, mi propia madre, lanzaban maldiciones sobre la casa de Villeneuve, y yo la bendecía a pesar de todo. Os veía, adorable Constanza, y bendecía vuestra casa. El Dios de paz implantó el amor en nuestros corazones, y durante muchas noches de verano nos estuvimos viendo en secreto y con misterio en los valles bañados por la luz de la luna; y cuando llegaba el amanecer, en este dulce escondrijo eludíamos su escrutinio, y aquí, incluso aquí, donde ahora os suplico de rodillas, nos arrodillábamos juntos y nos hacíamos promesas. ¿Debemos romperlas?

Constanza lloró al recordar su amante las imágenes de horas felices.

—¡Nunca! —exclamó—. ¡Oh, nunca! Ya conocéis, o pronto las conoceréis, la fe y la resolución de alguien que se atreve a no ser vuestra. ¡Lo nuestro era hablar de amor y de felicidad, mientras la guerra, el odio y la sangre hacían furor en torno! Las efímeras flores que nuestras jóvenes manos esparcían eran pisoteadas en los mortíferos encuentros entre enemigos mortales. La mía a manos de vuestro padre; y poco importa saber sí, como juró mi hermano, y vos negasteis, vuestra mano fue o no la que asestó el golpe que le destruyó. Vos ibais con los que le mataron. No digáis más, no más palabras: escucharos es una impiedad hacia los muertos sin reposo eterno. Idos, Gaspar; olvidadme. A las órdenes del caballeresco y valiente Enrique vuestra carrera puede ser gloriosa; y algunas hermosas doncellas escucharán, como yo hice una vez, vuestras promesas, y serán felices por ello. ¡Adiós! ¡Que la Virgen os bendiga! En la celda del claustro no olvidaré el mejor precepto cristiano: rezar por nuestros enemigos. ¡Adiós Gaspar!

Constanza se deslizó con premura del cenador: a paso rápido se abrió camino por el claro del bosque y se dirigió al castillo. Una vez en la soledad de su propio aposento, se entregó al brote de pesar que desgarraba su gentil corazón como si fuera una tempestad; para ella era esta aflicción lo que borraba alegrías pasadas, haciendo que el remordimiento aplazase el recuerdo de la felicidad, y uniendo el amor y la culpa imaginada en una tan terrible asociación, como cuando un tirano encadena un cuerpo vivo a un cadáver. Súbitamente, un pensamiento afloró en su mente. Al principio lo rechazó por pueril y supersticioso; pero no lo ahuyentó. A toda prisa llamó a su doncella.

—Manon —dijo—, ¿has dormido alguna vez en el lecho de Santa Catalina?

—¡Que el Cielo no lo permita! —contestó Manon, persignándose—. Nadie lo hizo desde que yo nací, salvo dos personas: una se cayó al Loira y se ahogó; la otra, únicamente contempló la estrecha cama, y volvió a su casa sin decir palabra. Es un lugar atroz; y si el devoto no llevaba una vida piadosa y de provecho, ¡la calamidad acontece cuando su cabeza reposa sobre la sagrada piedra!

Constanza se persignó a su vez, añadiendo:

—En cuanto a nuestras vidas, solamente del Señor y de los benditos santos podremos esperar la virtud. ¡Dormiré en ese lecho mañana por la noche!

—¡Mi querida señora! Y el rey llega mañana.

—Mayor razón para tornar una resolución. No es posible albergar en el corazón un sufrimiento tan intenso, sin que se encuentren remedios. Esperaba ser la que llevase la paz a nuestras casas; y si la tarea ha de ser para mí una corona de espinas, el Cielo me dirigirá. Mañana por la noche descansaré en el lecho de Santa Catalina: y si, como he oído, los santos se dignan dirigir a sus devotos en sueños, ella me guiará; y, creyendo actuar según los dictados del Cielo, me resignaré a lo peor.

El rey venía de París hacia Nantes, y durmió esa noche en un castillo, distante solamente unas pocas millas, Antes del amanecer, un joven cavalier fue introducido en su cámara. Tenía un aspecto serio, o, mejor aún, triste; y aunque era hermoso de facciones y de figura, parecía fatigado y macilento Permaneció silencioso en presencia de Enrique, quien, activo y alegre, volvió sus animados ojos hacia su huésped, diciendo gentilmente:

—¿Así que tropezaste con su obstinación, no Gaspar?

—La encontré resuelta sobre nuestro mutuo sufrimiento. ¡Ay, mi señor! ¡No es, creedme, el menor de mis pesares que Constanza sacrifique su propia felicidad, destrozando la mía!

—Y ¿crees que rechazará al gallardo caballero que nosotros le presentemos?

—¡Oh, mi señor! ¡No pienso en eso! No puede ser. Mi corazón os agradece profundamente, muy profundamente, vuestra generosa condescendencia, Pero si no la ha podido persuadir la voz de su amante a solas, ni sus súplicas, cuando el recuerdo y la reclusión contribuyen al encanto, se resistirá incluso a las órdenes de vuestra majestad. Está decidida a entrar en un convento; y yo, si os place, me despediré ahora: de aquí en adelante seré un Cruzado.

—Gaspar —dijo el monarca—, conozco a la mujer mejor que tú. No es con sumisión ni con lacrimosos lamentos como se la puede conquistar. La muerte de sus parientes naturalmente sentó muy mal al corazón de la joven condesa; y, alimentando a solas su pesadumbre y su arrepentimiento, se imagina que el propio Cielo prohíbe vuestra unión. Deja que le llegue la voz del mundo, la voz del poder y la bondad terrenales, una ordenando y la otra suplicando, pero ambas encontrando respuesta en su propio corazón; y, por mí palabra y la Santa Cruz, ella será tuya. Deja nuestro plan tranquilo. Y ahora al caballo: la mañana se agota y el sol está alto.

El rey llegó al palacio del obispo, y se dirigió sin dilación a la misa de la catedral. Siguió un suntuoso almuerzo, y era ya por la tarde cuando el monarca atravesó la ciudad del Loira en dirección al lugar en donde estaba situado, un poco más alto que Nantes, el Château Villeneuve. La joven condesa le recibió en la puerta. Enrique buscó en vano sus mejillas pálidas por el sufrimiento, o el aspecto de desesperación y abatimiento que esperaba encontrar. En su lugar, sus mejillas estaban encendidas, sus modales eran animados, y su voz casi trémula. «No le ama — pensó Enrique —o su corazón ya ha dado su consentimiento.»

Se preparó una colación para el monarca; y, después de algunas pequeñas vacilaciones a causa de la alegría de su semblante, le mencionó el nombre de Gaspar. Constanza se sonrojó en lugar de palidecer, y replicó velozmente:

—Mañana, mi buen señor. Os pido un respiro sólo hasta mañana; entonces todo estará decidido. Mañana me consagraré a Dios o…

Parecía confusa, y el rey, a la vez sorprendido y complacido, dijo:

—Entonces no odias al joven De Vaudemont; le perdonaste la sangre enemiga que corre por sus venas.

—Nos han enseñado que debemos perdonar, que debemos amar a nuestros enemigos —replicó la condesa, ligeramente temblorosa.

—Por San Dionisio, que es una respuesta de la novicia favorablemente acogida—.dijo el rey, riendo—. ¿Qué? ¡Mi fiel servidor, Don Apolo, disfrazado! Adelántate y agradece a tu señora por su amor.

Disfrazado de manera que nadie le reconociera, el caballero había estado observando a sus espaldas, y contempló con infinita sorpresa el comportamiento y el semblante tranquilo de la dama. No pudo oír sus palabras, pero ¿era la misma que había visto temblando y sollozando la tarde anterior?, ¿la misma cuyo corazón estaba destrozado por la conflictiva pasión?, ¿la misma que vio los pálidos fantasmas de su padre y de su pariente interponerse entre ella y el amante a quien más adoraba en este mundo? Era un enigma difícil de resolver. La visita del rey llegó al unísono con su impaciencia, y se precipitó. Estaba a sus pies, mientras ella, todavía abrumada por la pasión pese a la tranquilidad que asumía profirió un grito al reconocerle, y se desplomó al suelo sin sentido.

Todo era inimaginable. Incluso cuando sus doncellas la devolvieron a la vida, siguió otro ataque y luego apasionados torrentes de lágrimas. El monarca, mientras, esperaba en el vestíbulo, mirando —de reojo la medio consumida colación, y tarareando algún romance en celebración de la tozudez de la mujer; no sabía cómo responder a la mirada de amarga desilusión y ansiedad de Vaudemont. Finalmente, el mayordomo de la condesa vino con una justificación.

—La dama está enferma, muy enferma. Mañana se postrará a los pies del rey, a la vez para solicitar su perdón y revelar su propósito.

—¡Mañana, otra vez mañana! ¿Hay previsto algún encanto para mañana, doncella? —dijo el rey—. ¿Puedes explicarnos el enigma, preciosa? ¿Qué extraño enredo ocurrirá mañana, que todo depende de su advenimiento?

Manon se sonrojó, miró hacia abajo, y vaciló. Pero Enrique no era un novicio en el arte de atraerse con halagos a las doncellas de las damas para descubrir sus propósitos. Manon estaba además asustada por el plan de la condesa, quien todavía se obstinaba en llevarlo adelante; así que era muy fácil inducirla a traicionarlo. Dormir en el lecho de Santa Catalina, descansar en un estrecho saliente por encima de los profundos rápidos del Loira, y, si como era lo más probable, el soñador sin suerte escapaba a todo eso, soportar las inquietantes visiones que ese turbador sueño pudiera producir al dictado del Cielo, era una locura de la que, incluso Enrique, apenas podía creer capaz a ninguna mujer. Pero, ¿podía Constanza, cuya belleza era tan sumamente espiritual, y a la cual él había oído constantemente elogiar su fortaleza de ánimo y sus talentos, podía ser tan extrañamente apasionada? ¿Puede tener la pasión semejantes caprichos? Como la muerte, nivelando incluso la aristocracia de las almas, y trayendo al noble y al campesino, al listo y al tonto, bajo la misma servidumbre. Era extraño. Sí, debía salirse con la suya. Que vacilase en su decisión era excesivo; y era de esperar que Santa Catalina no tuviese una mala actuación. Podría ser, de otra manera, que su intención, disuadida mediante un sueño, estuviera influenciada por pensamientos despiertos. Alguna defensa habrá que oponer al más material de los peligros.

No hay sentimiento más atroz que el que invade a un débil corazón humano, inclinado a satisfacer sus ingobernables impulsos en contradicción con los dictados de la conciencia. Está dicho que los placeres prohibidos son los más agradables; así debe ser para las naturalezas rudas, para aquellos que aman la lucha, el combate y la contienda, que encuentran la felicidad en una riña y gozan con los conflictos pasionales. Pero el gentil temple de Constanza era más suave y más dulce; y el amor y el deber contendían, abrumando y torturando su pobre corazón. Confiar su conducta a las inspiraciones de la religión, o de la superstición, si así se la puede llamar, es un bendito alivio. Los mismos peligros que amenazan su empresa le dan más sabor. Atreverse por su propio bien fue una bendición; la misma dificultad del camino que conducía al cumplimiento de sus deseos, complació su amor y, a la vez, distrajo sus pensamientos de la desesperación. Si se decretara que ella debería sacrificarlo todo, el riesgo de peligro, y aun de muerte, sería de insignificante importancia en comparación con la congoja, de la que siempre tendría su ración.

La noche amenaza tormenta; el violento viento sacudía los marcos de las ventanas, y los árboles agitaban sus descomunales y umbríos brazos, cual gigantes en fantástica danza y mortal pendencia. Constanza y Manon, sin comitiva, abandonaron el château por la poterna y comenzaron a descender la colina. La luna no había salido todavía; y aunque el camino le era familiar a ambas, Manon se tambaleaba y temblaba, mientras que la condesa bajaba con paso firme la empinada pendiente, arrastrando su capa de seda. Llegaron a orillas del río, donde una pequeña barca estaba amarrada, y, esperaba un hombre. Constanza se introdujo en ella, y ayudó a su temerosa compañera, En pocos segundos estuvieron en mitad de la corriente. El cálido y tempestuoso viento equinoccial las arrastraba. Por primera vez desde que se puso de luto, un escalofrío de placer llenó el pecho de Constanza; y ella acogió la emoción con doble regocijo. No puede ser, pensó, que el Cielo me prohíba amar a alguien tan valiente, tan generoso y tan bueno como el noble Gaspar. Nunca podría amar a otro; moriré si me separan de él; y este corazón, estos miembros tan radiantemente vivos, ¿están ya predestinados a una tumba prematura? ¡Oh, no! La vida clama dentro de ellos. Viviré para amar. ¿No aman todas las cosas? Los vientos cuando susurran a las impetuosas aguas; las aguas cuando besan los márgenes floridos y se apresuran a mezclarse con el mar. El cielo y la tierra se sostienen y viven por y para el amor. Si su corazón había sido siempre un profundo, efusivo y desbordante manantial de verdaderos afectos, ¿se vería obligada Constanza a taponarlo y cerrarlo definitivamente?

Estos pensamientos prometían sueños placenteros; y quizá por eso la condesa, adepta a la creencia popular en el dios ciego, se entregó a ellos con más facilidad. Pero mientras estaba absorbida por suaves emociones, Manon la agarró del brazo.

—¡Señora, mirad! —gritó—. Viene, aunque todavía no se oyen los remos. ¡Ahora que la Virgen nos ampare! ¡Ojalá estuviéramos en casa!

Un oscuro bote se deslizó junto a ellas. Cuatro remeros, cubiertos con capas negras, manejaban los remos, que, como dijo Manon, no hacían ruido; otro iba sentado junto al timón: como el resto, iba cubierto con un manto oscuro, pero no llevaba gorra; y aunque ocultó su rostro, Constanza reconoció a su amante.

—Gaspar —gritó en voz alta—. ¿Vivís todavía?

Pero la figura del bote ni volvía la cabeza ni contestó, y rápidamente se perdió en las sombrías aguas.

¡Cómo cambió ahora el ensueño de la bella condesa! El Cielo había iniciado ya su prodigio, y formas sobrenaturales la rodeaban, mientras forzaba la vista por entre las tinieblas. Primero vio, y luego perdió, a la barca que la había asustado; y le pareció que iba en ella otra persona, portadora de los espíritus de los muertos; y su padre le hacía señales desde la orilla, y sus hermanos la desaprobaban.

Mientras tanto se acercaron al embarcadero. Su barca fue amarrada en una pequeña ensenada, y Constanza tomó pie en la orilla. Temblaba, y casi se rindió a los ruegos de Manon por su regreso; hasta que la indiscreta suivanté mencionó los nombres del rey y de Vaudemont, y habló de la respuesta que mañana se les daría. ¿Qué respuesta si ella se volvía atrás en su intento?

Constanza corrió a lo largo del quebrado terreno que bordeaba el río hasta llegar a una colina que abruptamente surgía de. la corriente. Cerca había una pequeña capilla. Con dedos temblorosos, la condesa extrajo la llave y abrió la puerta. Entraron. Estaba a oscuras, salvo una pequeña lámpara, tremulante al viento, que ofrecía una incierta luz frente a la imagen de Santa Catalina. Las dos mujeres se arrodillaron y oraron; luego, se levantaron y la condesa, con acento complaciente, dio las buenas noches a su doncella. Luego abrió una pequeña y baja puerta de acero. Conducía a una angosta caverna. Más allá se oía el rugido de las aguas.

—No debes seguirme, mí pobre Manon —dijo Constanza—. Ni siquiera con el deseo: es una aventura para mí sola.

Fue extremadamente difícil dejar sola en la capilla a la temblorosa sirvienta, que no tenía esperanza, ni miedo, ni amor, ni pena que la entretuviera. Pero en aquellos días los escuderos y las criadas hacían, a menudo, de subalternos en el ejército, ganando golpes en lugar de fama. A su lado, Manon estaba segura en un recinto sagrado. Mientras tanto, la condesa seguía su camino a tientas en la oscuridad por el estrecho y tortuoso pasadizo. Finalmente, lo que parecía una luz oscureció por largo tiempo el juicio que se había manifestado en ella. Alcanzó una caverna abierta en la pendiente de la colina mirando hacia la impetuosa corriente de abajo Contempló la noche. Las aguas del Loira se daban prisa (como desde ese día se han apresurado siempre), cambiantes pero siempre lo mismo; los cielos estaban densamente velados por nubes, y el viento en los árboles era tan lúgubre y de tan mal agüero como si soplara alrededor de la tumba de un asesino. Constanza se estremeció un poco, y miró por encima de su lecho, una estrecha repisa de tierra y una musgosa piedra al borde mismo del precipicio. Se quitó el manto (era una de las condiciones del prodigio); inclinó la cabeza, y se soltó las trenzas de su cabello oscuro; se descalzó; y así, completamente preparada para sufrir a lo sumo la escalofriante influencia de la fría noche, se extendió a lo largo sobre la estrecha cama, que apenas le proporcionaba espacio para el descanso, y por tanto, si se movía en sueños, podía precipitarse a las frías aguas de debajo.

Al principio creyó que ya nunca más volvería a dormirse. No sería muy extraño que la exposición al soplo del viento y su peligrosa posición le impidieran cerrar los párpados. Por fin, cayó en una ensoñación tan delicada y sosegante, que deseó velar; y luego, sus sentidos se aturdieron gradualmente. Estaba en el lecho de Santa Catalina; el Loira se precipitaba debajo, y el salvaje viento arrasaba. ¿Qué tipo de sueños le enviaría la santa? ¿La conduciría a la desesperación, o le ofrecería su amparo para siempre?

Bajo la escarpada colina, sobre la oscura corriente, vigilaba otra persona, que temía a un millar de cosas y apenas se atrevía a tener esperanza. Su intención había sido preceder a la dama en su trayecto, pero cuando descubrió que se había demorado demasiado tiempo, con los remos silenciados y jadeante premura, se precipitó hacia la barca que contenía a su Constanza; y ni siquiera volvió la cabeza a su llamada, temeroso de incurrir en culpa ante ella, así como de sus órdenes de regresar. La había visto surgir del corredor, y se estremeció cuando ella se arrimó al precipicio. La vio seguir adelante, vestida de blanco como iba, y pudo advertir cómo se tumbaba en la repisa que sobresalía arriba. ¡Qué vigilia guardaron los amantes! Ella, entregada a pensamientos visionarios; y él, sabiendo —y el conocimiento conmovía su corazón con extraña emoción— que el amor, el amor por él, la había conducido a ese peligroso lecho; y que, mientras la rodeaban peligros del tipo que fueran, ella sólo vivía para la voz callada que susurraría a su corazón el sueño que iba a decidir su destino. Quizá ella durmiese, pero él veló y vigiló; y pasó la noche ora rezando, ora arrebatado por la esperanza y el miedo alternativamente, sentado en su, bote, con los ojos fijos en la vestidura blanca de la durmiente de arriba.

La mañana. ¿Está la mañana forcejeando con las nubes? ¿Vendrá la mañana a despertarla? ¿Se habrá dormido? Y ¿qué sueños de bienestar o de infortunio habrán poblado su dormir? Gaspar se impacientaba cada vez más. Ordenó a sus remeros que continuaran esperando, y él se arrojó al agua, intentando escalar el precipicio. En vano le advirtieron del peligro, y más aún, de la imposibilidad del empeño. Se pegó a la abrupta faz de la colina, y encontró puntos de apoyo donde parecía que no había. La ascensión no era, verdaderamente, muy elevada; los peligros de la cama de Santa Catalina provienen de la posibilidad que tiene cualquiera que duerma en un lecho tan estrecho, de precipitarse a las aguas de abajo. Gaspar continuó afanándose en la ascensión de la pendiente, y finalmente alcanzó las raíces de un árbol que crecía cerca de la cima. Ayudado por sus ramas, consiguió posarse —en el mismo borde de la repisa, cerca de la almohada sobre la que yacía la descubierta cabeza de su amada. Sus manos estaban recogidas sobre el pecho; su cabello oscuro le caía alrededor de la garganta y soportaba su mejilla; su rostro estaba sereno: dormía con toda su inocencia y todo su desamparo; sus más frenéticas emociones estaban silenciadas, y su corazón palpitaba regularmente. Podía verle latir por la elevación de sus hermosas manos cruzadas sobre él. Ninguna estatua labrada en mármol de efigie monumental fue nunca la mitad de hermosa; y dentro de esta incomparable forma moraba un alma verdadera, tierna, sacrificada y afectuosa, como jamás templó pecho humano.

¡Con qué profunda pasión miraba fijamente Gaspar, concibiendo esperanzas de la placidez de su angelical semblante! Una sonrisa ceñía sus labios; y él también sonrió involuntariamente al percibir el, feliz presagio. Súbitamente, sus mejillas se encendieron, su pecho palpitó, una lágrima se escabulló de sus oscuras pestañas, y entonces cayó un verdadero aguacero.

—¡No! —comenzó a gritar Constanza—. ¡No morirá! ¡Desataré sus cadenas! ¡Le salvaré!

La mano de Gaspar estaba allí. Cogió su ligera figura a punto de caerse de su peligroso lecho. Constanza abrió los ojos y contempló a su amante, que había velado su fatal sueño, y la había salvado.

Manon también durmió bien, soñando o no poco importa, y se sobrecogió por la mañana al descubrir que había despertado rodeada por una multitud. La pequeña y lúgubre capilla estaba adornada con tapices; el altar tenía cálices de oro; el sacerdote cantaba misa a una considerable formación de caballeros arrodillados. Manon vio que el rey Enrique estaba también; y buscó con la mirada a otro, que no pudo encontrar, cuando la puerta de acero del corredor de la caverna se abrió, y salió de él Gaspar de Vaudemont, delante de la hermosa Constanza, que, con sus ropas blancas y su oscuro cabello desgreñado, y un rostro en el que sonrisas y rubores contendían con emociones más profundas, se acercó al altar, y, arrodillándose con su amante, profirió los votos que los unirán para siempre.

Pasó mucho tiempo hasta que Gaspar consiguiera de su dama el secreto de su sueño. Pese a la felicidad de que ahora gozaba, Constanza había sufrido mucho al recordar con terror aquellos días en que pensó que el amor era un crimen, y que cada suceso conectado con ellos mostraba un aspecto atroz.

—Muchas visiones —dijo— tuvo ella aquella terrible noche. Vio en el Paraíso a los espíritus de su padre y de sus hermanos; contempló a Gaspar combatiendo victoriosamente entre los infieles; lo volvió a contemplar en la corte del rey Enrique, querido y favorecido; y a ella misma, ora lánguida en un claustro, ora de novia, ora agradecida al Cielo por haberla colmado de felicidad, ora llorando en sus días tristes, hasta que, súbitamente, pensó en tierra pagana; y a la misma santa, Santa Catalina, guiándola invisible a través de la ciudad de los infieles. Entró en un palacio y contempló a los herejes celebrando su victoria. Luego, descendiendo a las mazmorras de abajo, tantearon su camino a través de húmedas bóvedas, y corredores bajos y enmohecidos, hasta una celda más oscura y espantosa que el resto. Sobre el suelo yacía una forma humana vestida con sucios harapos, el pelo en desorden y una barba salvaje y enmarañada. Sus mejillas estaban consumidas; sus ojos habían perdido el brillo; su figura era un simple esqueleto; sus descarnados huesos pendían flojamente de unas cadenas

—Y ¿fue mi aspecto en aquella atractiva situación, y mi vestimenta victoriosa lo que ablandó el duro corazón de Constanza? —preguntó Gaspar, sonríen—, do por esta pintura de lo que nunca será.

—De veras —replicó Constanza—. Pues mi, corazón me susurró que debía hacer eso. ¿Quién podría hacer volver la, vida que mengua en vuestro pulso, restaurarla, sino la persona que la destruyó? Mi corazón nunca se apasionó tanto con el caballero, cuando estaba vivo y feliz, como lo hizo con su consumida imagen yaciendo, en sus visiones nocturnas, a mis pies. Un velo cayó de mis ojos la oscuridad se desvaneció ante mí. Me pareció entonces que sabía por vez primera lo que era la vida y la muerte. Me ordenaron creer que una vida feliz consistía en no ofender a los muertos; y sentí cuán inicua y cuán vana era esa falsa filosofía que colocaba a la virtud y al bien al lado del odio y la crueldad. Vos no moriríais; rompería vuestras cadenas y os liberaría, y os ofrecería una vida consagrada al amor. Me precipité, y la muerte que desaprobaba en vos, presumiblemente habría sido mía (justo cuando por vez primera sentía el verdadero valor de la vida), pero vuestro brazo estaba allí para salvarme, y vuestra querida voz para rogarme que sea feliz por siempre jamás.

Diciembre 22, 2009

“Emoción y capitalismo” de María Toledano

Archivado en: María Toledano — max @ 5:25 pm
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“Lo que hace que el romance en Internet sea tan superior a las relaciones de la vida real es el hecho de que el romance cibernético anula el cuerpo, lo que permitiría una expresión más completa del yo auténtico.”

Eva Illouz, Intimidades congeladas, Katz, 2007

Ya no sabemos quiénes somos ni dónde estamos. Algunos -nobles ciudadanos y respetables votantes- ni siquiera saben cómo se llaman si no leen su nombre escrito, letras de molde, en la tarjeta de crédito. Por ahora son una minoría (emergente) pero se espera un rápido aumento. Reina la banca (hipotecas y dinero para el consumo) y su corolario: la publicidad. La potencia imperial del capitalismo ha entrado en nuestras vidas, en los rincones oscuros de la intimidad, haciendo de la identidad un reflejo condicionado -vidas de cartón- del discurso totalitario de la democracia de mercado. Hemos perdido el sentido de las cosas y la realidad, sea lo que sea, no es lo que era. Parecerá que a mi edad, ochenta cumplidos, añoro el pasado. No es cierto. Añoro los restos de realidad -expresados bajo la forma de solidaridad de clase y conciencia de la necesidad- que existían antes de que el capitalismo acelerado, este modelo que hace de la falta de tiempo histórico su razón de ser, invadiera la vida diaria de las personas, su discurso propio, las relaciones afectivas y sentimientos. Antes, incluso, de que la evolución del modelo hiciera añicos las contradicciones innatas del capitalismo.

Congelación de las emociones y de la intimidad; suspensión del juicio crítico e imposibilidad para ver más allá del espacio cerrado del consumo y la exaltación del yo. Esta podría ser una buena definición del modelo: un sistema de falsa acción y parálisis total que impide la realización de las capacidades individuales y colectivas fuera de lo estipulado y previsto por la normas. El orden social del capitalismo se ha impuesto a través de un relato integrador y, pese a su apariencia militar (guerras permanentes y preventivas, impresionante el storytelling de Obama, presidente de la guerra, en la entrega del Premio Nobel de la Paz), su forma de actuar es psicológica. Vamos camino de la anulación de todas las capacidades del individuo en cuanto sujeto de la acción. La perpetuación de esta armadura psicológica de control social conllevará la erradicación de la emociones y, por tanto, suspenderá todo rastro de vida pública, común. Acabaremos siendo cyborgs sociales, es decir, humanos amputados de sus cualidades elementales (rebeldía, resistencia ante la opresión y la injusticia, etc.), programados para responder ante cualquier agresión a nuestro perfecto y armónico modo de vida: Truman show.

El nuevo orden político, económico y moral es, en esencia, un orden psicológico. Un estado de ánimo inducido, propagado hasta el delirio por los medios de comunicación, que afecta a las emociones y anula la capacidad de respuesta. Al menos en el último estadio del sistema, en las sofisticadas economías democráticas de mercado, la incapacidad para responder a las constantes agresiones es evidente. En otras zonas de la tierra, en la periferia de este sistema-mundo despedazado, la capacidad de control psicológico no ha llegado todavía a su esplendor (siguen utilizando la primaria coerción física: policial y militar) y es posible hallar brotes, aislados, de resistencia. Quedan pocas zonas ajenas al dominio y, sospecho, caerán pronto bajo la órbita del poder y sus ramificaciones. El peor de los futuros imaginables ya está aquí. Y es un futuro infantilizado, sin tiempo ni Historia, recubierto de enfermedades mentales y papel de colores, que combina a la perfección el bienestar material de la mayoría (con una renuncia de facto y de iure por parte de la ciudadanía a toda aspiración de cambio) con una entrega, cautivo y derrotado, de la potencialidad radical propia de la condición humana. Hemos abandonado el campo de batalla y sustituido el discurso y la práctica de la revolución, de la transformación estructural, por una aceptación del consumo y el placer inmediato como guía natural de conducta. Alineación es palabra antigua, pese a que sigue reflejando la realidad, pero en cuanto encontremos un sinónimo podremos definir con mayor precisión interpretativa del modelo.

Termino con una breve historia familiar. A mi edad, nací en Madrid en 1929, ya no tengo riesgos mayores de caer en este estado alterado de conciencia impulsado por el posmoderno capitalismo psicológico. Pasada cierta barrera sin retorno, la frontera del adiós, soy inmune a algunas enfermedades. Moriré manteniendo la capacidad de asombro ante la barbarie -pocas fuerzas- aunque halla perdido la energía necesaria (aquellos que hemos transitado el siglo XX español hemos muerto muchas veces) para afrontar próximas batallas. Lola, mi nieta, joven todavía, escapa como puede a las presiones cotidianas del engranaje -la universidad de Bolonia y la precariedad marcarán su vida de explotación laboral- respondiendo con violencia (tanto física como intelectual a las agresiones). Mi hijo, sin embargo, tras haber sucumbido a la idea de Illouz que encabeza el texto -la perversión de las redes y el consumo emocional- se recupera poco a poco en silencio. Ha vuelto a las fuentes y se pasa el día con Marx. Bienvenido, de nuevo, al desierto de lo real.

Noviembre 16, 2009

“Lluvia” y “Si mis manos pudieran deshojar” de Federico García Lorca

Archivado en: Federico García Lorca — max @ 2:20 am
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“Lluvia”

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.

Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne.

El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales.

Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre.

Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!

¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.

El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentagrama sin clave.

Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte.

¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje!

________________________________________

“Si mis manos pudieran deshojar”

Yo pronuncio tu nombre
en las noches oscuras,
cuando vienen los astros
a beber en la luna
y duermen los ramajes
de las frondas ocultas.
Y yo me siento hueco
de pasión y de música.
Loco reloj que canta
muertas horas antiguas.

Yo pronuncio tu nombre,
en esta noche oscura,
y tu nombre me suena
más lejano que nunca.
Más lejano que todas las estrellas
y más doliente que la mansa lluvia.

¿Te querré como entonces
alguna vez? ¿Qué culpa
tiene mi corazón?
Si la niebla se esfuma,
¿qué otra pasión me espera?
¿Será tranquila y pura?
¡¡Si mis dedos pudieran
deshojar a la luna!!

Octubre 19, 2009

“Pero nunca el olvido” de Manuel de la Fuente

Archivado en: Manuel de la Fuente — max @ 2:16 pm
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Que no, que no haya penas, que no haya penas (que las hay, y demasiadas todavía), ni olvido, ni mucho menos olvido. Que se nos han hecho largos, tan largos estos seis meses sin vosotros.

La habitación del chico sigue igual, igual el póster de Raúl, y las camperas, debajo de la cama, y las fotos de María, pegadas con chinchetas de colores: en Benicasim, en Las Dehesas, ¿te acuerdas, aquel chaparrón de aquella primavera?, y el día de tu primer concierto, Bruce Springsteen, no retreat, baby, no surrender, no retroceder, no darnos por vencidos… Ni mucho menos olvido. Todavía hay una cañita y unos boquerones para ti, allí te espera tu banqueta y un ejemplar del «Marca», en el bar de Juan, tan cerca del Pozo, donde el Ángel bíblico señaló con su maldito dedo aquella mañana de marzo. Si vieras el estirón que ha dado la niña, aunque no hay manera de que duerma por la noche, que se le llena el edredón del pato Donald de trenes sin retorno, y en ese dormitorio, algunas madrugadas, llora hasta la Shakira de la foto. Dicen que allá por Santa Eugenia, entre Rivas y Santa Eugenia, llevan seis meses viendo, sobre las ocho de la mañana, sólo sobre las ocho de la mañana, una bandada de pájaros azules, y que esta mañana se han posado en el tejado del colegio. Y que se han puesto a cantar como si fueran niños. Cuentan que desde hace meses, en el andén de Atocha se sienta un rumano, con los ojos hundidos en el calendario, con los ojos cansados de ver la tierra que no cambia, con los ojos cansados de haber esperado tanto. Y que quiere esperarlo todo todavía. Y dicen que ahora, ya ves, mediados de septiembre, crecen las margaritas entre los raíles y que hay un rosal del Botánico que mira hacia Atocha, con ciento noventa y dos rosas que nunca se marchitan.

Seis meses que se me hace cada vez más grande la cama, y que ya ves, que se me olvida y vuelvo a hacer café, tostadas y zumo de naranja para dos. Seis meses ya que no te veo volver con el pan y el periódico bajo el brazo. Seis meses ya, y sí que hay penas, pero no olvido, ni mucho menos olvido.

Octubre 18, 2009

“El caso de los lacoste rosados” de Almudena Guzmán

Archivado en: Almudena Guzmán — max @ 11:51 pm
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-Haga su maleta, Watson, nos vamos: en este maldito pantano no hay quién pare del calor y de los mosquitos… porque en Londres también se han disparado las temperaturas  que sino… a buena hora habría atendido los ruegos de la policía española, con el miedo que me dan los aviones y encima con El Corte Inglés de por medio… ah, y dígale al jefe de policía de Valmojado que requise a los adoradores sus polos y que luego los queme

-Tantos años con usted y no deja de sorprenderme, Holmes:  ¿cómo ha resuelto el caso con tanta rapidez?

-Asómese a la ventana: ¿ve a todos esos hombres en la orilla del pantano, a la espera de que el dichoso cocodrilo asome la cabeza para postrarse ante él y adorarlo? ¿qué diría usted que tienen en común?

-Su pregunta me ofende por lo banal: es obvio que todos llevan un polo rosado

-Un lacoste, ¿verdad?

-Sí, un lacoste, todos los adoradores del cocodrilo del pantano de Valmojado llevan un cocodrilo en el pecho, Holmes, no soy tan tonto como para no haberme dado cuenta de esta  coincidencia

-También podría haberse percatado de las otras si, desde que llegamos aquí, no hubiera estado todo el tiempo tumbado en el sofá, mano a mano con el aire acondicionado y la botella de whisky

-Hay vicios peores, así que no me haga hablar

-Hoy está usted muy susceptible, Watson… bien, volvamos al asunto que nos ocupa: mientras usted… mientras usted digamos que optó por la investigación teórica, yo me decanté por la praxis y encontré otras concomitancias entre los adoradores del cocodrilo del pantano

-¿Cuáles?

-Todos vivían en el barrio madrileño de Goya y todos habían comprado sus lacoste rosados en el mismo Corte Inglés

-¿Y?

-Mis pesquisas en el Corte Inglés fueron baldías, pero horas después el jefe de policía del distrito me presentó a Pepe Arenas… por cierto, Watson, no se le olvide recordarme que haga las diligencias oportunas para que ese individuo pueda irse a su casa: lo tienen retenido en comisaría y es completamente inocente

-Vayamos por partes, Holmes: ¿quién es Pepe Arenas?

-El único vecino del barrio que también había comprado un lacoste rosado en el Cortés Inglés del mismo pero que no era adorador del cocodrilo del pantano

-No entiendo nada: ¿no tendrían que haber retenido a los adoradores en vez de a él?

-El inspector Martínez, mi ilustre colega, y a quien por cierto no le ha sentado nada bien mi injerencia en este caso, sostenía la brillante hipótesis de que Pepe Arenas era el presunto inductor de las adoraciones al cocodrilo precisamente por ser el único que no se postraba ante él… qué país más extraño, no hay ciudad ni pueblo, ni siquiera distrito, que carezca de una anormalidad manifiesta: Marbella tiene los alcaldes; Manganeses, los que arrojan cabras desde el campanario y el barrio de Goya los adoradores del cocodrilo del pantano y el inspector Martínez: ¿interesante geografía, no le parece? en fin, sigamos…  anoche, cuando regresé a Valmojado, me fui a ver a los adoradores del cocodrilo: ¿sabe que, en cuanto se despista algún agente, regalan lacoste rosados a hurtadillas? ninguno de los curiosos que merodeaban por el pantano los aceptó por miedo a convertirse en uno de ellos, pero yo, naturalmente, cogí unos cuantos… esta mañana he ido al barrio de Goya, he realizado las pesquisas necesarias,  luego he vuelto aquí, he hecho las comprobaciones de rigor y ya está, Watson

-Qué costumbre más mala tiene usted de hacerse de rogar, Holmes: ¿es que nunca va a decirme cómo ha resuelto el caso?

-Ah, la vanidad humana… todos mentían, Watson

-¿Todos? ¿a quién se refiere?

-A los adoradores del cocodrilo; ninguno había comprado su lacoste rosado en El Corte Inglés de Goya, Watson, los compraron al vendedor ambulante del barrio, a Oxep, un africano de origen bantú;  no eran auténticos, naturalmente, pero hay que reconocer que el precio era auténticamente fabuloso: tres por dos euros… yo mismo le habría comprado una docena para abastecer el ego de unos cuantos amigos si el bantú no se hubiera dedicado a hacer de las suyas; al fin y al cabo, no están los tiempos como para…

-No más digresiones, Holmes, se lo pido por favor

-Oxep es un brujo seirán, una tribu que adora al dios Cocodrilo y, como tiene la obligación de convertir al mayor número de personas posible al cocodrilismo, hizo un sortilegio sobre los lacostes rosados que vendía para que todo el que se los pusiera corriese hacia el cocodrilo que tuviera más a mano y lo adorase

-¿Y cómo supo que los prosélitos de Oxep mentían? ellos juraban y perjuraban que habían comprado los lacoste en El Corte Inglés

-¿No acabo de decirle que los adoradores me regalaron algunos? en cuanto llegué a la habitación del hotel los examiné y descubrí que en la etiqueta de todos ellos ponía “made in Taiwan”… también le he dicho que hoy por la mañana, a primera hora, he ido a Madrid, ¿no? pues bien; nada más llegar me dirigí a la comisaría donde estaba retenido Pepe Arenas y en la etiqueta de su lacoste rosado no ponía “made in Taiwan” sino “made in France”… nunca he tenido un lacoste y no entiendo demasiado de falsificaciones pero enseguida supuse, porque la France, mi querido Watson, es siempre la France, que los lacoste de El Corte Inglés llevarían esa etiqueta y no la otra, como me apresuré a comprobar. El resto, tengo que reconocerlo, fue una cuestión de suerte, porque no anduve ni dos metros cuando me topé con la manta de Oxip repleta de lacoste rosados “made in Taiwan”…

-¿Qué ocurre, Holmes? ¿por qué se ha quedado tan pensativo?

-Me preguntaba si había reparado en que aún nos queda un caso por resolver

-¿Cuál?

-Elemental, mi querido Watson, elemental: el del cocodrilo del pantano de Valmojado

Octubre 11, 2009

“Política e intimidad” de María Toledano

Archivado en: María Toledano — max @ 5:49 pm
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“No cabe duda que los contratos o leyes, por los que la multitud transfiere su derecho a un Consejo o a un hombre, deben ser violados, cuando el bien común así lo exige.”

Spinoza, Tratado Político, cap.IV, 6

El capitalismo es, además de un régimen de explotación universal, el territorio de la paradoja y la contradicción. Al menos en los países primer mundo -sociedades que corren desmadejadas tras las huellas del prometido presente eterno, el tiempo del consumo- estamos perdiendo nuestra sombra. Vivimos una modernidad de banda magnética que se evapora a cada instante para renacer de nuevo, transformada, al instante, unos cuantos anuncios más tarde, en otro objeto o sensación con el recurrente marchamo de imprescindible. Hay demasiada luz, demasiados neones y focos que iluminan las escenas cotidianas. La aceleración de la dinámica capitalista de los noventa, impulso atroz -turbocapitalismo- que tiene su origen en la presidencia de Ronald Reagan en EE.UU. y su prolongación en Gran Bretaña, ha supuesto, entre otras cosas, la pérdida (o privatización) de la vida privada, el relato ordenado de la intimidad, entendido como reflexión narrativa y política, no narcisista, sobre uno mismo y su quehacer en el mundo.

Inútil parece la resistencia ante el avance irremediable este fenómeno exhibicionista. Abunda en los medios de comunicación (desde la imagen de un bombardeo grabada con cámara al hombro -una falsa mirada subjetiva- hasta la telebasura) y en blogs y demás bitácoras personales. Las redes sociales (Facebook y otras) son pasarelas, escaparates, de la maravilla (o el drama) que representa vivir en el sistema global de flujos y reflujos informativos. Poco importa el grado -que lo descrito sea verdadero o falso no altera acto de transferencia- de desvelamiento o la intensidad, se trata de mostrar en el ágora de los intercambios emocionales -amplificado hasta el delirio por Internet-, la parte privada, hasta ahora oculta. El yo y el nosotros han pasado de ser un reducto íntimo, unido por la pertenencia a una categoría, en algunos casos, ligados por la conciencia de clase, a la esfera universal de lo público. Los sentimientos, bajo múltiples formas, se compran y venden, habiendo logrado el capitalismo, por fin, convertir en mercancía las emociones del yo (del nosotros).

Esta pérdida o privatización radical de la intimidad (impuesta o consentida) ha convertido al cuerpo social en un mero intercambiador de sensaciones. Desde la elección de un automóvil -sensación de vivir al límite, por ejemplo, fuera de las carreteras convencionales- hasta el color o prestaciones del teléfono portátil, pasando por el atuendo para presentarse en el espacio público; del voto al amor. La cantidad de mercancía nueva o vestida de nueva expuesta -vintage emocional consumista- se ha multiplicado hasta el infinito. Los mostradores han ocupado todo el espacio físico, incluidas las escondidas trastiendas morales de la intimidad, impidiendo cualquier otro intercambio que no esté previsto por el propio y regulado mercado. El orden emocional del capitalismo, desarrollado hasta el extremo de la esquizofrenia en el último decenio, ha triunfado. El nuevo paradigma axiológico se ha impuesto.

La verdad, pese a la sofisticación de los envoltorios, se presenta desnuda. Basta estirar un poco el cuello, leer entrelíneas la prensa, observar con atención la televisión o pasear un sábado por la tarde por un centro comercial para ver el grado de incertidumbre y miedo reinante. Miedo e insatisfacción provocados por la persecución del placer que se escapa. El sistema impide cumplir, por su naturaleza huidiza, todos los anhelos. La respuesta clínica (la respuesta política ha desaparecido, aniquilada) a este estado de incertidumbre, un estado de sitio psicológico, es el aumento exponencial de los ligeros trastornos mentales y la dependencia, cada vez mayor, de los psicofármacos. Esta es una de las consecuencias que la (supuesta) seguridad e infalibilidad del modelo de sociedad ha provocado. En el espejo de lo público, por un lado, la paradoja de la insatisfacción social, al no ser posible la satisfacción emocional o material permanente; por detrás, junto a los remaches del marco, la leyenda impresa en la madera: el modelo es el mejor de los posibles. Paradojas y contradicciones. Este fenómeno ocurre en nuestra propia casa, en las habitaciones donde compartimos instantes privados, en el trabajo, en las miradas y caricias, hasta en la noción del tiempo, que determina, como sabemos, la concepción de la muerte. A esto denominan los manuales de sociología y ciencia política, “sociedad del bienestar”.

Septiembre 16, 2009

“Aquel Pozuelo” de Manuel de la Fuente

Archivado en: Manuel de la Fuente — max @ 5:31 pm
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Dijo el poeta que la patria del hombre es su infancia. Tal vez por eso uno tiene la patria dividida. Aquella patria invernal de la Plaza de Oriente y sus estanques helados y aquella patria estival en Pozuelo, una patria de árboles y bicicletas que, por supuesto, eran para el verano. En 1927, gracias a la lotería mis abuelos compraron allí un terrenito, entre los conejos y los chopos, una casita a la que, fetenes como eran, llamaron La Paloma. Los tiempos de aquellos años 30 venían cargados de sangre, pero en aquel jardín compartían un café y un trago del botijo los obreros del ferrocarril, los picapedreros de la carretera de La Coruña, y la pareja de la Guardia Civil, caminera, por supuesto. Nos partió un rayo y la guerra convirtió Pozuelo en una pradera en llamas. Llegó Brunete, y los milicianos de Modesto, Líster y El Campesino pasaban por allí camino de la carnicería de Quijorna. Pero nunca nadie mancilló la imagen de la Virgen en nuestra puerta. Y llegaron los 50, y los 60. En Semana Santa y en verano, a Pozuelo que nos íbamos con los bártulos en la baca del 1.500. Pozuelo era la libertad, Merck y Ocaña en las chapas, las cabañas, el pan con membrillo, las excursiones hasta el búnker que recordaba la matanza, las vacas de la Priégola y su leche recién ordeñada en la merienda, las balas, los casquillos… Pozuelo fue un suspiro, fue aquel primer beso, moderadamente robado, en la arboleda (ahora casi perdida) de la Fuente de la Salud, y tu nombre y el mío trenzados a navaja sobre un enorme corazón en un castaño. Aquel Pozuelo murió y sólo ocupa un lugar desvencijado en la memoria. El hormigón arrasó la patria de mi infancia. Donde te besé arde los sábados la hoguera del botellón, donde debuté en carne de mujer estalla cada fin de semana la cogorza, y ruge ese vándalo que parece que todos llevamos dentro. Me queda la prestación de la nostalgia, me queda el triste subsidio de la melancolía. Pozuelo, otra patria perdida.

“¿Conocéis el lugar?” de Antonio Colinas

Archivado en: Antonio Colinas — max @ 4:49 pm
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¿Conocéis el lugar donde van a morir
las arias de Händell?
Está aquí, en el centro del centro de Castilla,
donde por los linderos morados
se tensa, como un arco, la luz;
es un espacio en que la nada es todo
y el todo es la nada,
y en el que junio joven viene por los montes
vertiendo de su copa oro líquido.
Es un lugar en el que el espacio y el tiempo
sólo son una hoguera
que arde y que mantiene su combustión
gracias a nuestras vidas (quiero decir:
gracias a nuestras muertes).
La música que más amáis
aquí tiene su tumba.
Es la música que, a través de la respiración de las espigas,
viene a morir en la luz que respiran nuestros pechos.

(De Desiertos de la luz)

Agosto 6, 2009

Italo Calvino: “La decapitación de los jefes”

Archivado en: Italo Calvino — max @ 2:59 pm
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Las páginas que siguen son esbozos de capítulos de un libro que proyecto desde hace tiempo, y que quisiera proponer un nuevo modelo de sociedad, es decir, un sistema político basado en la matanza ritual de toda la clase dirigente a intervalos de tiempo regulares. Todavía no he decidido qué forma tendrá el libro. Cada uno de los capítulos que ahora presento podría ser el comienzo de un libro diferente; la numeración que llevan no implica una sucesión. (Nota del Autor)

El día en que llegué a la capital debía de ser víspera de fiesta. En las plazas se construían palcos, se izaban banderas, bandas, palmas. Se oía martillear por todas partes.

–¿La fiesta nacional? –pregunté al del bar. Señaló la fila de retratos a sus espaldas.

–Nuestros jefes –respondió–. Es la fiesta de los jefes. Pensé que era una proclamación de los nuevos elegidos.

–¿Nuevos? –pregunté.

Entre los martillazos, la prueba de los altavoces, el chirrido de las grúas que levantaban catafalcos, tenía que lanzar frases breves, casi gritando, para hacerme oír.

El hombre del bar hizo un gesto negativo: no se trataba de nuevos jefes, ya estaban desde hacía un tiempo.

Pregunté:

–¿El aniversario de la asunción del mando?

–Algo así –explicó un parroquiano a mi lado–. Periódicamente llega el día de la fiesta y les toca a ellos.

–¿Les toca qué?

–Subir al palco.

–¿Qué palco? He visto muchos, uno en cada cruce de calles.

–A cada uno le toca un palco. Nuestros jefes son muchos.

–¿Y qué hacen? ¿Discursos?

–No, discursos no.

–¿Suben y qué hacen?

–¿Qué quiere que hagan? Esperan un poco, lo que duran los preparativos, después la ceremonia termina en dos minutos.

–¿Y ustedes?

–Miramos.

En el bar había un ir y venir: carpinteros, operarios que descargaban de los camiones objetos para decorar los palcos –hachas, cepos, cestas– y se detenían a beber una cerveza. Yo hacía preguntas a alguien y siempre me contestaba otro.

–En una palabra, ¿es una especie de reelección? ¿Una confirmación de los cargos, de los mandatos, digamos?

–¡No, no –me corrigieron–, no lo ha entendido usted! Es el plazo, ha expirado el plazo.

–¿Y entonces?

–Entonces dejan de ser jefes, de estar arriba: caen.

–¿Y por qué suben a los palcos?

–En los palcos se ve bien cómo cae la cabeza, el salto que da, el tajo limpio, y cómo termina en la cesta.

Yo empezaba a entender, pero no estaba muy seguro.

–¿Quiere decir la cabeza de los jefes? ¿En la cesta?

Hacían un gesto afirmativo.

–Eso mismo. La decapitación. Justamente eso. La decapitación de los jefes.

Yo acababa de llegar, no sabía nada, no había leído nada en los diarios.

–¿Así que mañana, de golpe?

–Al que le toca, le toca –decían–. Esta vez cae en mitad de la semana. Es día de fiesta. Todo cerrado.

Un viejo añadió, sentencioso:

–Cuando está maduro el fruto se recoge, el jefe se decapita. ¿Dejarías pudrir el fruto en el árbol?

Los carpinteros adelantaban su trabajo: en algunos palcos instalaban los armazones de pesadas guillotinas; en otros fijaban sólidamente los cepos para la degollación con hacha, adosados a cómodos reclinatorios (uno de los ayudantes hacía la prueba de apoyar el cuello en el cepo para verificar si estaba a la altura justa); en otros preparaban especies de bancos de carnicero, con canaladuras para que corriera la sangre. En la tarima de los palcos se extendía un hule y ya estaban preparadas las esponjas para limpiar las salpicaduras. Todos trabajaban con brío; se les oía reír, silbar.

–¿Entonces están contentos? ¿Los odiaban? ¿Eran jefes malos?

–No, ¿quién ha dicho eso? –se miraron entre ellos, sorprendidos–. Buenos. En fin, ni mejores ni peores que otros. Ya se sabe cómo son: jefes, dirigentes, comandantes… El que llega a esos puestos…

–Sin embargo –dijo uno de ellos–, a mí éstos me gustaban.

–A mí también. También a mí –hicieron eco otros–. Yo nunca he tenido nada en contra.

–¿Y no les sabe mal que los maten? –dije.

–¿Qué vamos a hacer? El que acepta ser jefe ya sabe cómo termina. ¡No pretenderá morir en su cama!

Los otros rieron.

–¡Sería cómodo! Uno dirige, dirige y después, como si nada, abandona, y vuelve a su casa.

Uno dijo:

–¡Entonces, lo que yo digo, todos querrían ser jefes! ¡También yo estaría dispuesto, aquí me tienen!

–Yo también, yo también –dijeron muchos riendo. –En cambio yo no –dijo alguien con gafas–, así no: ¿qué sentido tendría?

–Es cierto. ¿Qué gusto daría ser jefe de esa manera? –intervinieron varias voces–. Una cosa es hacer ese trabajo sabiendo lo que te espera, y otra es… ¿pero cómo se podría hacer, si no?

El de las gafas, que debía de ser el más culto, explicó:

–La autoridad sobre los demás y el derecho que tienen los demás de hacerte subir al palco y matarte, en un día no muy lejano, son una sola cosa… ¿Qué autoridad tendría un jefe, si no estuviese envuelto en esa espera? ¿Y si no se leyera en sus ojos, los de él, esa espera, durante todo el tiempo de su cargo, segundo por segundo? Las instituciones civiles reposan sobre este doble aspecto de la autoridad; jamás se vio una civilización que adoptara otro sistema.

–Sin embargo –objeté–, yo podría citar casos…

–Digo: verdadera civilización –insistió el de las gafas–, no hablo de los intervalos de barbarie que han durado más o menos en la historia de los pueblos…

El viejo sentencioso, el que antes había hablado de los frutos en las ramas, refunfuñaba algo para sí. Exclamó:

–El jefe manda hasta que lo pillan por el cuello.

–¿Qué quieres decir? –le preguntaron los otros–. ¿Quieres decir que suponiendo que un jefe supere el plazo, pongamos por caso, y no se le corta la cabeza, se quedará allí dirigiendo toda la vida?

–Así eran las cosas –asintió el viejo– en los tiempos en que no estaba claro que quien escoge ser jefe escoge ser decapitado en breve plazo. El que tenía el poder no lo soltaba…

Aquí yo hubiera podido intervenir, citar ejemplos, pero nadie me hacía caso.

–¿Y entonces? ¿Cómo hacían? –le preguntaban al viejo.

–Tenían que decapitar a los jefes a la fuerza, por las malas, contra su propia voluntad. ¡Y no en fechas fijas, sino sólo cuando no podían más! Esto sucedía antes de que las cosas se reglamentaran, antes de que los jefes aceptasen…

–¡Ah, nos gustaría ver que no aceptaran! –dijeron los otros–. ¡Quisiéramos verlo!

–Las cosas no son como decís –intervino el de las gafas–. No es cierto que los jefes estén obligados a sufrir las ejecuciones. Si decimos esto perdemos el sentido verdadero de nuestro reglamento, la verdadera relación que vincula a los jefes con el resto de la población. Sólo los jefes pueden ser decapitados, de modo que no se puede querer ser jefe sin querer al mismo tiempo el tajo del hacha. Sólo quien siente esta vocación puede convertirse en jefe, sólo el que se siente decapitado desde el momento mismo en que asume un puesto de mando.

Poco a poco fueron escaseando los parroquianos del bar, cada uno volvía a su trabajo. Comprendí que el hombre de las gafas sólo me hablaba a mí.

–El poder es eso –continuó–, esta espera. Toda la autoridad de la que alguien goza no es sino el preanuncio de la hoja que silba en el aire y cae con un tajo limpio, todos los aplausos no son sino el comienzo del aplauso final que acoge el rodar de la cabeza sobre el hule del palco.

Se quitó las gafas para limpiarlas con el pañuelo. Comprendí que tenía los ojos llenos de lágrimas. Pagó la cerveza y salió.

El hombre del bar me dijo al oído.

–Es uno de ellos –dijo–. ¿Ve? –Sacó una pila de retratos que guardaba bajo el mostrador–. Mañana tengo que quitar aquéllos y colgar estos otros. –El retrato más alto era el del hombre de las gafas, una mala ampliación de una fotografía de carnet–. Fue elegido para suceder a los que dejan el cargo. Mañana asumirá su puesto. Ahora le toca a él. A mí me parece que hacen mal en decírselo el día antes. ¿Vio en qué tono hablaba? Mañana asistirá a las ejecuciones como si ya fuese la suya. Todos hacen así, los primeros días; se impresionan, se exaltan, les parece Dios sabe qué. La «vocación»: ¡que palabreja sacaba a relucir!

–¿Y después?

–Se resignará, como todos. Tienen tanto que hacer, no lo pensarán más hasta que llegue el día de la fiesta también para ellos. En todo caso: ¿quién puede leer en el corazón de los jefes? Hacen como si no lo pensaran. ¿Otra cerveza?

2

La televisión ha cambiado muchas cosas. Hubo un tiempo en que el poder permanecía distante, figuras lejanas, engalladas en un palco, o retratos con gesto de arrogancia convencional, símbolos de una autoridad difícil de referir a individuos de carne y hueso. Ahora, con la televisión, la presencia física de los hombres políticos es algo cercano y familiar; sus caras, agrandadas en el televisor, visitan cotidianamente las casas de los ciudadanos privados; cualquiera puede, tranquilamente instalado en su sillón, relajado, escrutar el más mínimo movimiento de los rasgos, el batir de los párpados incomodados por la luz de los reflectores, los labios nerviosamente humedecidos entre una palabra y la otra… En las convulsiones de la agonía, especialmente, el rostro, ya muy conocido por haber sido encuadrado muchas veces en ocasiones solemnes o festivas, en posturas oratorias o en desfiles, se expresa cabalmente: en ese momento, más que en ningún otro, es cuando el simple ciudadano siente suyo al gobernante, algo que le pertenece para siempre. Pero ya desde antes, durante todos los meses anteriores, cada vez que lo veía aparecer en la pantalla pequeña con ocasión del cumplimiento de alguna de sus obligaciones –por ejemplo inaugurando unas excavaciones arqueológicas, colgando medallas en el pecho de quienes las merecen, o bajando las escalerillas de un avión y agitando la mano abierta– ya estudiaba en ese rostro las posibles contracciones de dolor, trataba de imaginar los espasmos que precederían el rigor mortis, de distinguir en la pronunciación de los discursos y de los brindis los acentos que caracterizarían el estertor final. En esto consiste justamente el ascendiente del hombre público sobre la multitud: es el hombre que tendrá una muerte pública, el hombre a cuya muerte estamos seguros de asistir, todos juntos, y por eso le rodea en vida nuestro interés ansioso, anticipatorio. Ahora no conseguimos imaginar cómo era antes, en tiempos en que los hombres públicos morían escondidos; hoy nos reímos al escuchar que algunas de las reglamentaciones de entonces definían la democracia; para nosotros la democracia sólo empieza el día en que se tiene la seguridad de que en la fecha establecida las telecámaras encuadrarán la agonía de nuestra clase dirigente en su totalidad, y al final del mismo programa (pero muchos de los espectadores apagan en ese momento) la instalación del nuevo personal que permanecerá en el cargo (y en vida) por un período equivalente. Sabemos que también en otras épocas el mecanismo del poder se basaba en matanzas, en hecatombes, unas veces lentas otras súbitas, pero los sacrificados eran, salvo raras excepciones, personas oscuras, subalternas, difícilmente identificables; las masacres se hacían a menudo en silencio, eran ignoradas oficialmente o justificadas con motivos especiosos. Sólo esta conquista, hoy definitiva, la unificación de los papeles del verdugo y de la víctima en una rotación continua, ha permitido extinguir en los ánimos todo resto de odio y de piedad. El primer plano de las mandíbulas que se estiran, se abren, la carótida que se debate en el cuello echado hacia atrás, la mano que sube contraída y rasga el pecho donde centellean las condecoraciones, son contemplados por millones de espectadores con sereno recogimiento, como quien observa los movimientos de los cuerpos celestes en su cíclica repetición, espectáculo que cuanto más extraño tanto más tranquilizador nos parece.

3

–¿Pero no querréis matarnos ahora mismo?

Esta frase, pronunciada por Virguili Ossipovich con un leve temblor que contrastaba con el tono casi protocolar, aunque cargado de ásperos acentos polémicos, en que se había desarrollado la discusión hasta ese momento, rompió la tensión de la asamblea del movimiento Volia i Raviopravie. Virguili era el miembro más joven del Comité directivo; un vello fino le sombreaba el labio prominente; guedejas rubias llovían sobre sus alargados ojos grises; aquellas manos de nudillos enrojecidos cuyas muñecas asomaban siempre de las mangas de camisa demasiado cortas, no habían temblado al activar la bomba debajo del carruaje del Zar.

Los militantes de base ocupaban todos los lugares en torno al recinto bajo y humoso del subsuelo, los más, sentados en bancos y escaños, algunos acuclillados en el suelo, otros de pie, de brazos cruzados, apoyados en las paredes. El Comité directivo estaba sentado en el centro, ocho muchachos encorvados en torno a la mesa cubierta de papeles, como un grupo de compañeros de curso dedicados al esfuerzo final antes de los exámenes de verano. A las interrupciones de los militantes que llovían de todas partes, respondían sin levantarse y sin alzar la cabeza. Por momentos una ola de protesta o de aprobación se levantaba de la asamblea y –como muchos se ponían de pie y se adelantaban– parecía converger desde las paredes hacia la mesa para sumergir las espaldas del Comité directivo.

Libori Serapionovich, el hirsuto secretario, ya había pronunciado varias veces la máxima lapidaria a la que recurría a menudo para calmar las divergencias irreductibles: «Allí donde el compañero se separa del compañero, el enemigo se une al enemigo», y la asamblea replicaba rítmicamente a coro: «La cabeza que esté a la cabeza después de la victoria, victoriosa y con honra al día siguiente caerá», advertencia ritual que los militantes del Volia i Raviopravie no dejaban de hacer a sus dirigentes cada vez que les hablaban, y que los dirigentes mismos intercambiaban entre si como expresión de saludo.

El movimiento luchaba por instaurar, sobre las ruinas de la autocracia y de la Duma, una sociedad igualitaria en la que el poder estuviera regulado por la matanza periódica de los jefes electivos. La disciplina del movimiento, tanto más necesaria cuanto más dura la represión de la policía imperial, requería que todos los militantes estuviesen obligados a seguir sin discusión las decisiones del directivo; al mismo tiempo la teoría recordaba en todos sus textos que toda función de mando sólo era admisible si quien la ejercía renunciaba a gozar de los privilegios del poder, y si virtualmente no se le podía considerar ya entre el número de los vivos.

Los jóvenes jefes del movimiento no pensaban nunca en la suerte que les reservaba un futuro todavía utópico: por el momento la represión zarista era la que facilitaba una renovación desdichadamente cada vez más rápida de los cuadros; el peligro de los arrestos y de la horca era demasiado real y cotidiano como para que las conjeturas de la teoría cobraran forma en la fantasía de cada uno. Un gesto juvenilmente irónico, despectivo, servía para cancelar de la conciencia el aspecto más destacado de la doctrina. Los militantes de base sabían todo esto, y así como compartían con los miembros del directivo riesgos y molestias, también comprendían su espíritu; no obstante custodiaban el sentido oscuro de su destino de justicieros, que había de ejercerse no sólo sobre los poderes constituidos sino también sobre los futuros, e incapaces de expresarlo de otra manera, ostentaban en las asambleas una actitud proterva que aunque se limitaba a un comportamiento formal, no dejaba de cernirse sobre los jefes como una amenaza.

–Mientras el enemigo que tenemos delante sea el Zar –había dicho Virguili Ossipovich– necio sería quien buscara al Zar en el compañero, –afirmación tal vez inoportuna y sin duda mal recibida por la ruidosa asamblea.

Virguili sintió que una mano estrechaba la suya; sentada en el suelo a sus pies estaba Evguenia Ephraimovna, las rodillas juntas bajo la falda plegada, los cabellos sujetos en la nuca y colgando a los lados del rostro como las curvas de una madeja leonada. Una mano de Evguenia había subido por las botas de Virguili hasta encontrar la mano del joven cerrada en un puño, había rozado el dorso en una caricia consoladora y después le había clavado las uñas agudas arañándolo lentamente hasta hacerle sangrar. Virguili comprendió que lo que se movía ese día en la asamblea era una determinación obstinada y precisa, algo que les incumbía directamente a ellos, los dirigentes, y que se revelaría poco después.

–Ninguno de nosotros olvida nunca, compañeros –intervino para calmar los ánimos Ignati Apollonovich, el más viejo del comité que pasaba por el espíritu más conciliador– lo que no se debe olvidar… de todos modos, es justo que vosotros nos lo recordéis de vez en cuando… aunque –añadió, riendo para sí– ya piensan bastante en recordárnoslo el conde Galitzin y los cascos de sus caballos… –Aludía al comandante de la guardia imperial que con una carga de caballería había desbaratado poco antes una manifestación de protesta en el puente del Picadero.

Una voz, quién sabe de dónde, lo interrumpió:

–¡Idealista!

E Ignati Apollonovich perdió el hilo.

–¿Y por qué? –preguntó, desconcertado.

–¿Crees que basta custodiar en la memoria las palabras de nuestra doctrina? –dijo, desde otro lugar de la sala, un larguirucho que se había hecho notar entre los más agitados de la última leva–. ¿Sabes por qué nuestra doctrina no puede confundirse con las de todos los otros movimientos?

–Claro que lo sabemos. ¡Porque es la única doctrina que cuando haya conquistado el poder no podrá ser corrompida por el poder! –rezongó inclinada sobre los papeles, la cabeza rapada de Femia, a quien llamaban «el ideólogo».

–¿Y por qué esperar a ponerla en práctica –insistió el larguirucho– el día en que hayamos conquistado el poder, palomitas mías?

–¡Ahora! ¡Aquí! –se oyó gritar desde distintos lugares.

Las hermanas Marianze, llamadas «las tres Marías», se abrieron paso entre los escaños diciendo con voces cantarinas: «!Pardon! iPardon!» y enzarzándose con sus largas trenzas. Llevaban en los brazos manteles doblados y apartaban a los muchachos empujándolos, como si estuvieran preparando las mesas para tomar un refresco en la veranda de su casa de Ismáilovo.

–¡La diferencia con nuestra doctrina –el larguirucho continuaba su prédica– es que sólo puede escribirse con el tajo de una hoja afilada sobre la persona física de nuestros amados dirigentes!

Hubo un movimiento de escaños volcados porque muchos de los presentes se habían levantado y se adelantaban. Las que daban más empujones y alzaban la voz eran las mujeres:

–¡Sentaos, hermanitos míos! ¡Queremos ver! ¡Qué prepotencia, madre santa! ¡Desde aquí no se ve absolutamente nada! –y asomaban entre las espaldas de los varones sus caras de maestritas a quienes el pelo corto bajo la gorra de visera quería dar un aire resuelto.

Una sola cosa podía hacer vacilar el coraje de Virguili: cualquier signo de hostilidad del lado femenino. Se había levantado, chupándose la sangre de los arañazos de Evguenia en el dorso de la mano, y apenas se le había escapado aquella frase:

–¿Pero no querréis matarnos ahora mismo? –cuando se abrió la puerta y entró la comitiva con delantales blancos empujando los carritos cargados de brillantes instrumentos quirúrgicos. A partir de ese momento algo cambió en la actitud de la asamblea. Empezaron a llover tandas de frases:

–Pero no… ¿quién habló de mataros?… a vosotros, nuestros dirigentes… con el afecto que os tenemos y todo lo demás… ¿qué haremos sin vosotros?… queda todavía un largo camino… siempre estaremos cerca de vosotros… –y el larguirucho, las muchachas, todos lo que antes parecían constituir la oposición, no sabían cómo alentar a los jefes, en tono tranquilizador, casi protector.

–Es sólo una cosita de nada, de gran significado pero en sí nada grave, oy oy oy, un poco dolorosa, seguramente, pero es para que se os pueda reconocer como verdaderos jefes, nuestros jefes queridos, una mutilación, sólo eso, una vez hecha ya está, una pequeña mutilación de vez en cuando, no os enfadaréis con nosotros por tan poco, esto es lo que distingue a los jefes de nuestro movimiento, ¿qué otra cosa, si no?

Los miembros del directivo habían sido inmovilizados por decenas de brazos robustos. En la mesa se disponían las gasas, las cubetas con el algodón, los cuchillos dentados. El olor del éter impregnaba el ambiente. Las muchachas rápidas, diligentes, lo disponían todo como si cada una de ellas se hubiera estado preparando desde hacía tiempo para esta tarea.

–Ahora el doctor os explicará todo con detalle. ¡Anda, Tolia!

Anatol Spiridionovich, oyente de medicina, se adelantó, las manos con guantes de goma roja apoyadas en el estómago ya obeso. Era un extraño tipo este Tolia, que tal vez para disimular su timidez se defendía con una cómica mueca infantil y una sarta de chistes sin gracia.

–La mano… Eh, la manita… la mano es un órgano prensil… eh, eh… muy útil… por eso tenemos dos… y los dedos generalmente son diez… cada dedo se compone de tres segmentos óseos llamados falanges… por lo menos en nuestro país les llaman así… falange falangina falangeta…

–¡Basta! ¡Nos tienes hartos! ¡No vas a explicarnos ahora la lección! –gritaba la asamblea. (Este Tolia en el fondo no le caía simpático a nadie)–. ¡A los hechos! ¡Hala! ¡Empecemos!

Primero trajeron a Virguili. Cuando entendió que sólo le amputarían la primera falange del anular recobró el coraje y soportó el dolor con una fuerza digna de él. En cambio otros gritaron: hubo que sujetarlos entre varios; afortunadamente en cierto momento casi todos se desmayaban. Las amputaciones se practicaban en dedos distintos según la persona, pero en general no más de dos falanges para los dirigentes más importantes (las otras se cortarían después, poco a poco; era preciso prever que estas ceremonias se repetirían muchas veces en años sucesivos). La sangre perdida era más de la prevista; las muchachas, atentas, la enjugaban.

Los dedos amputados, en fila sobre el mantel, parecían pececitos degollados por el anzuelo y tendidos en la orilla. En seguida se encogían y ennegrecían, y después de una breve discusión sobre la oportunidad de conservarlos en un estuche, los arrojaban a la basura.

El sistema de la poda de los jefes tuvo éxito. Con un daño físico relativamente modesto se obtenían notables resultados morales. El ascendiente de los jefes aumentaba con las mutilaciones periódicas. Cuando una mano de dedos mochados se alzaba sobre las barricadas, los manifestantes formaban una barrera y los ulanos a caballo no lograban dispersar a la multitud vociferante que los sumergía. Los cantos, los batacazos, los relinchos, los gritos: «¡Volia i Raviopravie!», «¡Muerte al Zar!», «¡Victoriosa y honrada, mañana caerá!» corrían por el aire helado, sobrevolaban las orillas del Neva, llegaban a la fortaleza de Pedro y Pablo, se escuchaban incluso en las celdas más profundas donde los compañeros presos marcaban el ritmo con sus cadenas y pasaban los muñones entre las rejas.

4

Los jóvenes dirigentes, cada vez que adelantaban la mano para firmar un documento o para subrayar con un gesto seco una frase de un informe, encontraban ante sus ojos los dedos mochados y esto tenía una eficacia mnemónica inmediata, estableciendo una asociación de ideas entre el órgano de mando y el tiempo que se acortaba. Era sobre todo un sistema práctico: las amputaciones podían ser ejecutadas por simples estudiantes y enfermeros, en Salas operatorias improvisadas, con un instrumental precario; si la policía, siempre tras ellos, los descubría y arrestaba, las penas previstas para una simple mutilación eran ligeras o en todo caso no comparables a las que hubieran sufrido de haber seguido al pie de la letra lo prescrito por la teoría. Eran todavía tiempos en que ni las autoridades ni la opinión pública habían comprendido la muerte pura y simple de los jefes; los ejecutores habrían sido condenados como asesinos, se buscaría el móvil en alguna rivalidad o venganza.

En cada organización local y en cada instancia del movimiento, un grupo de militantes, diferente del grupo dirigente, y cuyos miembros cambiaban constantemente, se encargaba de las amputaciones; establecía los plazos, las partes del cuerpo, la compra de los desinfectantes y, con el consejo de algunos expertos, hacía personalmente uso de los instrumentos. Era una especie de comité de prohombres que no influía en las decisiones políticas, rígidamente centralizadas en el directivo.

Cuando empezaron a escasear los dedos de los jefes, se estudió el modo de introducir alguna variante anatómica. Lo primero que atrajo la atención fue la lengua: no sólo se prestaba a la ablación sucesiva de tajaditas o fibrillas, sino que como valor simbólico y mnemónico era de lo más indicado: cada pequeño corte incidía directamente en la fonación y en las virtudes oratorias. Pero las dificultades técnicas inherentes a la delicadeza del órgano fueron superiores a lo previsto. Después de una primera serie de intervenciones, las lenguas se dejaron de lado, y hubo un repliegue a mutilaciones más vistosas pero menos comprometidas: orejas, narices, algunos dientes. (En cuanto a la ablación de los testículos, aunque sin excluirlo del todo, casi siempre se evitó, porque se prestaba a alusiones sexuales.)

El camino es largo. La hora de la revolución aún no ha sonado. Los dirigentes del movimiento siguen sometiéndose al bisturí. ¿Cuándo llegarán al poder? Por tarde que sea, serán los primeros jefes que no defrauden las esperanzas puestas en ellos. Ya los vemos desfilar por las calles embanderadas el día de la entronización: arrancando con la pierna de madera quien tenga todavía una pierna entera; o empujando la silla de ruedas con un brazo quien tenga todavía un brazo para empujarla, las caras ocultas por máscaras emplumadas para esconder las escarnaduras más repugnantes a la vista, algunos ostentando el propio escalpo como un trofeo. En ese momento estará claro que sólo en ese mínimo de carne que les queda podrá encarnarse el poder, si es que para entonces el poder todavía existe.

Traducción de Aurora Bernárdez

Julio 6, 2009

María Toledano: “Territorio, soberanía y democracia”

Archivado en: María Toledano — max @ 2:21 am
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Incluso los durmientes son obreros y cooperantes de cuanto sucede en el mundo

Heráclito, frag. XLI

Esta visto que hacen lo que quieren con nosotros. Pese a nuestra individualidad, tan alabada por los poderes, medios de comunicación y empresas, funcionamos como un rebaño -banco de peces en el océano- cuando los asuntos mayores están en juego, cuando nos asustan. La democracia moderna, una conquista republicana del ciudadano burgués frente al súbdito, se ha convertido, con el paso de los años y la sofisticación de la propaganda, en un instrumento de combate, el más importante, del poder político y empresarial. Negar la democracia de mercado, la llamada “democracia de superficie” (Badiou, l’Hypothèse communiste , 2009 ), debería ser una de las principales tareas teóricas y prácticas de la izquierda anticapitalista. Pero negar la democracia de partidos, negar la democracia representativa y el principio de que la soberanía reside en el cuerpo electoral, conlleva infinidad de problemas. Nos enfrentamos ante un dogma, una idea sagrada, consagrada, que ha adquirido categoría de mito.

La democracia de mercado o “democracia de superficie” tiene sus propias y sutiles reglas de juego. Una normativa oscura, llena de requiebros, que escapa al control directo de los ciudadanos. Los poderes públicos formulan el modelo de desarrollo económico y la Constitución legitima, con su manto sagrado de valores, el esquema del poder. El ciudadano asiste al espectáculo (en general con indiferencia) y confirma con su recurrente voto (con independencia de la fuerza política de su preferencia) el sistema existente. La legitimación es automática y permanente puesto que el recuento, salvo una abstención masiva (imposible de concebir en el estadio actual de la evolución política y cultural de la ciudadanía), siempre contemplará, en el caso español, la victoria de uno de los dos partidos mayoritarios. Este modelo, nacido de la inmolación de las Cortes franquistas y confirmado por la Ley electoral, está concebido para que el juego de mayorías y minorías (inherente a la democracia, según la fórmula anglosajona) parta de la victoria del cualquiera de las dos fuerzas hegemónicas, según sea la corriente dominante, partidos de ámbito nacional que, además, tienen que buscar acuerdos y refugios con los partidos nacionalistas, agrupaciones políticas, en general, hijas de la burguesía de negocio local. Un esquema de apariencia perfecta, para la perpetuación de la democracia de mercado, que ha funcionado, con sus dudas y miserias, más de treinta años. Este diseño político, complicado con la nueva financiación que se pretende imponer, está resultando un caos y un atentado al principio de igualdad, desde el instante mismo en que el desarrollo del poder autonómico y local produce una manifiesta desigualdad jurídica y real (de hecho y derecho) entre los habitantes del mismo país. Y de nuevo, casi sin darnos cuenta, caemos de bruces ante otro dogma inviolable: el modelo territorial del estado.

En primer lugar, a modo de nota suelta, deberíamos reflexionar sobre la antigua (y revolucionaria) idea de que la soberanía reside en el pueblo, organizado como cuerpo electoral. ¿Hace cuánto tiempo que el pueblo, en la democracia de mercado, ha dejado de ser soberano? ¿Es acaso posible verificar el estado de salud democrática del cuerpo electoral? O dicho más claramente, ¿es posible hoy, con la intromisión de los medios de comunicación en la esfera privada (y la conciencia) de los individuos, afirmar que cada vez que se vota se hace asumiendo la crucial responsabilidad que el ejercicio de este derecho conlleva? ¿Es lícito, aunque sea desde un punto de vista formal y a modo de ejemplo, cuestionar el sufragio universal frente a la manipulación que vivimos en la sociedad de la información? ¿Somos los ciudadanos libres y conscientes a la hora de emitir nuestro voto o estamos condicionados igual que lo estamos ante el escaparate cotidiano del consumo? Cuestión interesante y compleja.

En segundo lugar, y con la idea de dejar unas pinceladas para una posterior reflexión, deberíamos abordar el mito consagrado en el Título VIII de la Constitución del 1978: el modelo territorial del estado. ¿Es posible que la ley electoral siga favoreciendo a los partidos políticos que se presentan en una sola CC.AA. frente a formaciones de ámbito nacional? ¿Es justo (y democrático) que las burguesías nacionalistas obtengan del estado más beneficios fiscales, exenciones, competencias y, en definitiva, mayor cuota de poder político y económico para sus territorios por el mero hecho de disponer de formaciones políticas que apoyan al partido mayoritario en el gobierno nacional cuando éste no cuenta con una mayoría suficiente para llevar a cabo su proyecto legislativo? ¿Está la nación sometida, como dice el sector más reaccionario de la derecha, al chantaje del nacionalismo burgués? Cuestión interesante y compleja. La izquierda histórica, Rosa Luxemburgo y Lenin, entre otros, ya abordaron estos problemas.

Estas dos cuestiones deberían, por si solas, suscitar un interesante debate en el seno de la izquierda anticapitalista, e incluso, en el seno de una organización como IU, en el caso de que esta formación minoritaria pretenda y desee erigirse como alternativa económica, moral e intelectual. No es fácil ponerle el cascabel a un gato rabioso que defiende su territorio de caza. No es fácil desmontar el esquema impuesto por el mercado (y sus representantes políticos) a través de fórmulas de apariencia democrática. Cuestionar la democracia de mercado, la democracia de superficie, y sus mitos fundamentales es, en el peculiar caso español, un camino razonable para alcanzar otros modelos de sociedad.

Junio 4, 2009

Julio Cortázar: “A mi tocayo De Caro” (Fragmento)

Archivado en: Julio Cortázar — max @ 12:00 am
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Llegaré a Estambul a las ocho y media de la noche. El concierto de Nathan Milstein comienza a las nueve, pero no será necesario que asista a la primera parte; entraré al final del intervalo, después de darme un baño y comer un bocado en el Hilton. Para ir matando el tiempo me divierte recordar todo lo que hay detrás de este viaje, detrás de todos los viajes de los dos últimos años. No es la primera vez que pongo por escrito estos recuerdos, pero siempre tengo buen cuidado de romper los papeles al llegar a destino. Me complace releer una y otra vez mi maravillosa historia, aunque luego prefiera borrar sus huellas. Hoy el viaje me parece interminable, las revistas son aburridas, la hostess tiene cara de tonta, no se puede siquiera invitar a otro pasajero a jugar a las cartas. Escribamos, entonces, para aislarnos del rugido de las turbinas. Ahora que lo pienso, también me aburría mucho la noche en que se me ocurrió entrar al concierto de Ruggiero Ricci. Yo, que no puedo aguantar a Paganini. Pero me aburría tanto que entré y me senté en una localidad barata que sobraba por milagro, ya que la gente adora a Paganini y además hay que escuchar a Ricci cuando toca los Caprichos. Era un concierto excelente y me asombró la técnica de Ricci, su manera inconcebible de transformar el violín en una especie de pájaro de fuego, de cohete sideral, de kermesse enloquecida. Me acuerdo muy bien del momento: la gente se había quedado como paralizada con el remate esplendoroso de uno de los caprichos, y Ricci, casi sin solución de continuidad, atacaba el siguiente. Entonces yo pensé en mi tía, por una de esas absurdas distracciones que nos atacan en lo más hondo de la atención, y en ese mismo instante saltó la segunda cuerda del violín. Cosa muy desagradable, porque Ricci tuvo que saludar, salir del escenario y regresar con cara de pocos amigos, mientras en el público se perdía esa tensión que todo intérprete conjura y aprovecha. El pianista atacó su parte, y Ricci volvió a tocar el capricho. Pero a mí me había quedado una sensación confusa y obstinada a la vez, una especie de problema no resuelto, de elementos disociados que buscaban concatenarse. Distraído, incapaz de volver a entrar en la música, analicé lo sucedido hasta el momento en que había empezado a desasosegarme, y concluí que la culpa parecía ser de mi tía, de que yo hubiera pensado en mi tía en mitad de un capricho de Paganini. En ese mismo instante se cayó la tapa del piano, con un estruendo que provocó el horror de la sala y la total dislocación del concierto. Salí a la calle muy perturbado y me fui a tomar un café, pensando que no tenía suerte cuando se me ocurría divertirme un poco.
Debo ser muy ingenuo, pero ahora sé que hasta la ingenuidad puede tener su recompensa. Consultando las carteleras averigüé que Ruggiero Ricci continuaba su tournée en Lyon. Haciendo un sacrificio me instalé en la segunda clase de un tren que olía a moho, no sin dar parte de enfermo en el instituto médico-legal donde trabajaba. En Lyon compré la localidad más barata del teatro, después de comer un mal bocado en la estación, y por las dudas, por Ricci sobre todo, no entré hasta último momento, es decir hasta Paganini. Mis intenciones eran puramente científicas (¿pero es la verdad, no estaba ya trazado el plan en alguna parte?) y como no quería perjudicar al artista, esperé una breve pausa entre dos caprichos pera pensar en mi tía. Casi sin creerlo vi que Ricci examinaba atentamente el arco del violín, se inclinaba con un ademán de excusa, y salía del escenario. Abandoné inmediatamente la sala, temeroso de que me resultara imposible dejar de acordarme otra vez de mi tía. Desde el hotel, esa misma noche, escribí el primero de los mensajes anónimos que algunos concertistas famosos dieron en llamar las cartas negras. Por supuesto Ricci no me contestó, pero mi carta preveía no sólo la carcajada burlona del destinatario sino su propio final en el cesto de los papeles. En el concierto siguiente -era en Grenoble- calculé exactamente el momento de entrar en la sala, y a mitad del segundo movimiento de una sonata de Schumann pensé en mi tía. Las luces de la sala se apagaron, hubo una confusión considerable y Ricci, un poco pálido, debió acordarse de cierto pasaje de mi carta antes de volver a tocar; no sé si la sonata valía la pena, porque yo iba ya camino del hotel.
Su secretario me recibió dos días después, y como no desprecio a nadie acepté una pequeña demostración en privado, no sin dejar en claro que las condiciones especiales de la prueba podían influir en el resultado. Como Ricci se negaba a verme, cosa que no dejé de agradecerle, se convino en que permanecería en su habitación del hotel, y que yo me instalaría en la antecámara, junto al secretario. Disimulando la ansiedad de todo novicio, me senté en un sofá y escuché un rato. Después toqué el hombro del secretario y pensé en mi tía. En la estancia contigua se oyó una maldición en excelente norteamericano, y tuve el tiempo preciso de salir por una puerta antes de que una tromba humana entrara por la otra armada de un Stradivarius del que colgaba una cuerda.
Quedamos en que serían mil dólares mensuales, que se depositarían en una discreta cuenta de banco que tenía la intención de abrir con el producto de la primera entrega. El secretario, que me llevó el dinero al hotel, no disimuló que haría todo lo posible por contrarrestar lo que calificó de odiosa maquinación. Opté por el silencio y por guardarme el dinero, y esperé la segunda entrega. Cuando pasaron dos meses sin que el banco me notificara del depósito, tomé el avión para Casablanca a pesar de que el viaje me costaba gran parte de la primera entrega. Creo que esa noche mi triunfo quedó definitivamente certificado, porque mi carta al secretario contenía las precisiones suficientes y nadie es tan tonto en este mundo. Pude volver a París y dedicarme concienzudamente a Isaac Stern, que iniciaba su tournée francesa. Al mes siguiente fui a Londres y tuve una entrevista con el empresario de Nathan Milstein y otra con el secretario de Arthur Grumiaux. El dinero me permitía perfeccionar mi técnica, y los aviones, esos violines del espacio, me hacían ahorrar mucho tiempo; en menos de seis meses se sumaron a mi lista Zino Francescatti, Yehudi Menuhin, Ricardo Odnoposoff, Christian Ferras, Ivry Gitlis y Jascha Heifetz. Fracasé parcialmente con Leonid Kogan y con los dos Oistrakh, pues me demostraron que sólo estaban en condiciones de pagar en rublos, pero por la dudas quedamos en que me depositarían las cuotas en Moscú y me enviarían los debidos comprobantes. No pierdo la esperanza, si los negocios me lo permiten, de afincarme por un tiempo en la Unión Soviética y apreciar las bellezas de su música.
Como es natural, teniendo en cuenta que el número de violinistas famosos es muy limitado, hice algunos experimentos colaterales. El violoncelo respondió de inmediato al recuerdo de mi tía, pero el piano, el arpa y la guitarra se mostraron indiferentes. Tuve que dedicarme exclusivamente a los arcos, y empecé mi nuevo sector de clientes con Gregor Piatigorsky, Gaspar Cassadó y Pierre Michelin. Después de ajustar mi trato con Pierre Fournier, hice un viaje de descanso al festival de Prades donde tuve una conversación muy poco agradable con Pablo Casals. Siempre he respetado la vejez, pero me pareció penoso que el venerable maestro catalán insistiera en una rebaja del veinte por ciento o, en el peor de los casos, del quince. Le acordé un diez por ciento a cambio de su palabra de honor de que no mencionaría la rebaja a ningún colega, pero fui mal recompensado porque el maestro empezó por no dar conciertos durante seis meses, y como era previsible no pagó ni un centavo. Tuve que tomar otro avión, ir a otro festival. El maestro pagó. Esas cosas me disgustaban mucho.
En realidad yo debería consagrarme ya al descanso puesto que mi cuenta de banco crece a razón de 17.900 dólares mensuales, pero la mala fe de mis clientes es infinita. Tan pronto se han alejado a más de dos mil kilómetros de París, donde saben que tengo mi centro de operaciones, dejan de enviarme la suma convenida. Para gentes que ganan tanto dinero hay que convenir en que es vergonzoso, pero nunca he perdido tiempo en recriminaciones de orden moral. Los Boeing se han hecho para otra cosa, y tengo buen cuidado de refrescar personalmente la memoria de los refractarios. Estoy seguro de que Heifetz, por ejemplo, ha de tener muy presente cierta noche en el teatro de Tel Aviv, y que Francescatti no se consuela del final de su último concierto en Buenos Aires. Por su parte, sé que hacen todo lo posible por liberarse de sus obligaciones, y nunca me he reído tanto como al enterarme del consejo de guerra que celebraron el año pasado en Los Ángeles, so pretexto de la descabellada invitación de una heredera californiana atacada de melomanía megalómana. Los resultados fueron irrisorios pero inmediatos: la policía me interrogó en París sin mayor convicción. Reconocí mi calidad de aficionado, mi predilección por los instrumentos de arco, y la admiración hacia los grandes virtuosos que me mueve a recorrer el mundo para asistir a sus conciertos. Acabaron por dejarme tranquilo, aconsejándome en bien de mi salud que cambiara de diversiones; prometí hacerlo, y días después envié una nueva carta a mis clientes felicitándolos por su astucia y aconsejándoles el pago puntual de sus obligaciones. Ya por ese entonces había comprado una casa de campo en Andorra, y cuando un agente desconocido hizo volar mi departamento de París con una carga de plástico, lo celebré asistiendo a un brillante concierto de Isaac Stern en Bruselas -malogrado ligeramente hacia el final- y enviándole unas pocas líneas a la mañana siguiente. Como era previsible, Stern hizo circular mi carta entre el resto de la clientela, y me es grato reconocer que en el curso del último año casi todos ellos han cumplido como caballeros, incluso en lo que se refiere a la indemnización que exigí por daños de guerra.

A pesar de las molestias que me ocasionan los recalcitrantes, debo admitir que soy feliz; incluso su rebeldía ocasional me permite ir conociendo el mundo, y siempre le estaré agradecido a Menuhin por un atardecer maravilloso en la bahía de Sydney. Creo que hasta mis fracasos me han ayudado a ser dichoso, pues si hubiera podido sumar entre mis clientes a los pianistas, que son legión, ya no habría tenido un minuto de descanso. Pero he dicho que fracasé con ellos y también con los directores de orquesta. Hace unas semanas, en mi finca de Andorra, me entretuve en hacer una serie de experimentos con el recuerdo de mi tía, y confirmé que su poder sólo se ejerce en aquellas cosas que guardan alguna analogía -por absurda que parezca- con los violines. Si pienso en mi tía mientras estoy mirando volar a una golondrina, es fatal que ésta gire en redondo, pierda por un instante el rumbo, y lo recobre después de un esfuerzo. También pensé en mi tía mientras un artista trazaba rápidamente un croquis en la plaza del pueblo, con líricos vaivenes de la mano. La carbonilla se le hizo polvo entre los dedos, y me costó disimular la risa ante su cara estupefacta. Pero más allá de esas secretas afinidades… En fin, es así. Y nada que hacer con los pianos.
Ventajas del narcisismo: acaban de anunciar que llegaremos dentro de un cuarto de hora, y al final resulta que lo he pasado muy bien escribiendo estas páginas que destruiré como siempre antes del aterrizaje. Lamento tener que mostrarme tan severo con Milstein, que es un artista admirable, pero esta vez se requiere un escarmiento que siembre el espanto entre la clientela. Siempre sospeché que Milstein me creía un estafador, y que mi poder no era para él otra cosa que el efímero resultado de la sugestión. Me consta que ha tratado de convencer a Grumiaux y a otros de que se rebelen abiertamente. En el fondo proceden como niños, y hay que tratarlos de la misma manera, pero esta vez la corrección será ejemplar. Estoy dispuesto a estropearle el concierto a Milstein desde el comienzo; los otros se enterarán con la mezcla de alegría y de horror propia de su gremio, y pondrán el violín en remojo por así decirlo. Ya estamos llegando, el avión inicia su descenso. Desde la cabina de comando debe ser impresionante ver cómo la tierra parece enderezarse amenazadoramente Me imagino que a pesar de su experiencia, el piloto debe estar un poco crispado, con las manos aferradas al timón. Sí, era un sombrero rosa con volados, a mi tía le quedaba tan…///

Mayo 26, 2009

María Toledano: “Brotes de memoria roja”

Archivado en: María Toledano — max @ 12:41 pm
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“El olvido está en los recuerdos. Advierto que mi aprendizaje de vejez no es otra cosa que la forma que adoptan ahora en mí el pasado y sus sombras.”

Antonio Gamoneda, Un armario lleno de sombra (2009)

Recordar es vivir de nuevo, vivir -la mayoría de las veces- con dolor o resentimiento. Saco fuerzas de la inevitable flaqueza que me acompaña -demasiados años caminando, demasiados familiares y amigos muertos a la espalda- y revuelvo cajones a la búsqueda de fotografías y papeles: un instante (dulce) para la melancolía. Las descoloridas imágenes, con sus arrugas, el papel también se marchita, conforman un pasado que ya no nos pertenece, aunque las vivencias fueran nuestras; un tiempo pretérito que ha quedado asumido, fagocitado, por la historia oficial y sus amanuenses con terno gris. Los historiadores profesionales (y los otros, incluso algunos atrevidos jóvenes novelistas) se empeñan en contarnos cómo fue aquello que pasó cuando éramos capitanes (Teresa Pamies dixit) o cuando éramos protagonistas indirectos (los primeros actores guardan todavía sus secretos de alcoba o los vendieron a cambio de prebendas). Leo libros que transmiten, de cara a las futuras generaciones, impresiones equivocadas o malintencionadas: la historia oficial. Aparecen, casi a la vez, dos libros del fotógrafo Agustí Centelles. Un diario, apuntes del natural, notas sobre vida cotidiana y emocionados alegatos, y un álbum de fotografías tomadas en el campo de concentración francés de Bram. Centelles quiso dejar constancia de las vicisitudes con palabras e imágenes: la combinación mágica de la era moderna. Las democracias europeas, traicionando sus valores y principios rectores (si los tenían, si los tienen), dieron la espalda a la joven República española (cerraron las fronteras, impidieron la llegada de ayuda civil y militar) sin que la Historia se haya detenido mucho en este instante. Han pasado décadas y la vida está, si acaso está viva, en otra parte. Abro y cierro cajones. Encuentro papeles. Tomo un párrafo largo.

“La memoria configura, junto a la sangre y los recuerdos, nuestra leyenda e identidad, la conciencia colectiva, los mitos y símbolos, lo que somos y jamás seremos; pegada a la sombra proyectada y a las huellas del pasado, camina a fogonazos, incertidumbres, destellos, igual que circulan las estrellas fugaces por la bóveda celeste; la memoria va y viene, recuerda cuando le conviene y se olvida de las obligaciones contraídas con el tiempo, de su existencia; se erige en dueña de las fronteras, las imaginarias y las reales, vigiladas por soldados, se pierde en las novedades, en los presentes azarosos y discontinuos, en los flujos y reflujos del rencor, en la constitución material del ser y de las cosas y sus relaciones; baúl de la miseria singular y colectiva y de los acontecimientos de otras vidas, maldita memoria, recuerda el daño y poco olvida y atesora en su jardín, polvoriento jardín, malas hierbas, insectos, margaritas y tréboles de cuatro hojas, cuando había, cosas de niños; atesora también el espasmo del dolor y la pesadumbre del dolor, la espera; la memoria va y viene y en su devenir cruzado, cambiante y torrencial, agitado por el fuego del tiempo que se recrea, perseguido por la fiebre, dispone las secuencias vividas, sentidas, en alacenas, en los estrechos nichos, cemento y arena, de los cementerios civiles, osarios de evocaciones y flores marchitas, más baratos -el Santo Entierro, se pagaban cuotas trimestrales para asegurarse el entierro- que los ilustres panteones -memoria impresa en el mármol, letras de molde-, memoria viajera, perdida en un anden, memoria aprisionada, recuperada en las miradas blancas, cataratas de espanto, de un viejo, en los sabañones y heridas abiertas de una vieja, en las tímidas lágrimas de una niña, en los pliegues y miedos de un hombre sin porvenir, enfermo, alcohólico, sifilítico, tuberculoso, castigado por su condición de hombre, en las miradas ausentes de los amigos perdidos, muertos: el recuerdo; ahora apenas quedan fotografías en papel -no quedan fotógrafos callejeros, quizá vuelvan con la precariedad, como han vuelto los limpiabotas-, ayudaban, todo es digital, y la memoria, los hechos constitutivos de la memoria se difuminan, se esconden y almacenan en los ordenadores, discos duros externos, cajas negras de aviones estrellados, en recodos, angosturas y penitencias de los sistemas informáticos, lugares inhóspitos donde puede morir, para siempre, el recuerdo, maldita memoria, maldita memoria, viajaba también, cuando cruzamos, el plural es necesario, la frontera de Francia, puente de Hendaya, por ejemplo, o por Gerona (ahora Girona enferma de nacionalismo pueril y provinciano), en maletas de cartón, cuadernos, tarjetas postales de barcos y paisajes, hojas sueltas, escrita en servilletas -un número de teléfono, una cita- archivos, documentación, el recuerdo (que conforma la historia) es documentación oficial, burocracia de estado y de gobierno, y sentido, lo que hace que las cosas adquieran su razón de ser, sentido y referencia, la identidad del ser: se hablaba de la memoria aclaratoria o escrutadora, soñadora o indagatoria; la memoria es una mirada esquiva, oblicua, torcida, que, con el paso de los años, se hace más ausente como el recuerdo de aquella comida, cuando éramos jóvenes y nada nos sentaba mal y comíamos y reíamos y soñábamos y bebíamos y luego pasaba el tiempo, lento, sentados, tumbados, mirando el ventanal, cuando teníamos un ventanal y un punto de vista sobre el mundo, no como ahora que somos multifocales, como las gafas.”

Las palabras dejan huellas en el fondo del cajón, huellas de humedad y desconsuelo, marcas en la pared, desconchones de vida, igual que quedan grabadas las cicatrices en la piel. Las palabras dejan huellas pese a la celeridad del presente, una aceleración que provoca, amén de otras enfermedades menores, pérdida de conciencia colectiva. Por eso, lógico, pasa lo que pasa.

Mayo 20, 2009

Almudena Guzmán: “Cogí el vestido…”

Archivado en: Almudena Guzmán — max @ 5:42 pm
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Cogí el vestido que tanto le gusta
a mi amigo
cogí el vestido y volaron mariposas
y lo enredé en mi pecho
con tres deseos de hiedra.

(A las velas del barco blanco
que no me olviden,
al pájaro que no me cante en la rama
de la flor del dolor
y al agua que mi amigo me llame
cuando lo lave.)

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